Itinerario IV: El Patrimonio Arqueológico de Segovia

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EL MUSEO DE SEGOVIA

En la conocida como Casa del Sol se ubica el Museo de Segovia. En éste se encuentra una importante colección de arqueología, bellas artes y etnografía desde la que se explica la evolución histórica de Segovia y su provincia. La primera colección, creada tras las desamortizaciones, data de 1844 moviéndose por diferentes edificios de la ciudad: el Obispado, la iglesia del San Facundo y la casa del Hidalgo. No será hasta los años 80 del siglo XX cuando se traslade a su ubicación actual tras una cesión del edificio del Ayuntamiento al Ministerio de Cultura y de éste a la Comunidad Autónoma. Tras varias remodelaciones, el complejo expositivo se inaugura finalmente en el año 2006.

Gran parte del patrimonio arqueológico de Segovia se alberga en estas instalaciones junto con otros hallados en otros puntos de la provincia. En la sala dedicada a arqueología, la segunda de la exposición, encontramos materiales desde la prehistoria hasta la época visigoda. Algunas de las piezas más relevantes que se han localizado en la propia ciudad se muestran aquí, sobre todo de época romana, como son varias piezas cerámicas o la fuente de vidrio tallado del siglo III encontrada en la Plaza de Guevara. De especial interés son los fragmentos de una plaza de bronce con inscripción que fueron hallados en la antigua calle Melitón Martín, hoy calle Herrería. Se trata de una inscripción honorífica dedicada a un ciudadano romano perteneciente al ordo equester que ha desempeñado el cargo de flamen local del culto al emperador Tibero y tribunus militum en una legión cuyo nombre se desconoce. Esta placa ha reavivado la discusión sobre el carácter de municipio latino o no de la ciudad de Segovia.

También están expuestos algunos materiales constructivos romanos entre los que destacan los restos de la pintura mural hallada en la plaza de la Reina Doña Juana o los ladrillos del hipocausto de las posibles termas de San Martín.

La última parte de la sala está dedicada al periodo visigodo, fundamentalmente al mundo funerario. Se encuentran expuestos varios ajuares recuperados en diferentes necrópolis de la provincia, algunas a escasos kilómetros de la ciudad de Segovia como son la de la ermita de Veladíez en Espirdo o la del Camino de la Alamilla de Madrona.

En el patio central del museo, espacio dedicado a grandes piezas, se expone un importante conjunto de piezas de diferente carácter. Las más antiguas se corresponden con dos verracos realizados en granito que se encontraban situados en la plaza de Medina del Campo, junto al torreón de Lozoya, fuera de su contexto original. Son dos figuras zoomorfas que representan un toro y un suido (cerdo o jabalí). En este mismo espacio están expuestas varias lápidas romanas, muchas de ellas recuperadas de la muralla medieval, y trasladadas aquí para evitar su deterioro y facilitar su estudio y contemplación.

En la planta superior del museo, en la sala destinada a la Edad Media, se custodian diferentes piezas, desde un pequeño capitel islámico a varios elementos decorativos de estilo románico y gótico recuperados en diferentes puntos de la ciudad.

REAL CASA DE MONEDA DE SEGOVIA

La Real Casa de Moneda de Segovia, situada fuera del recinto amurallado, en el margen izquierdo del río Eresma, muy próxima a la puerta de Santiago, es uno de los mejores ejemplo de arqueología industrial conservados en la ciudad. Más allá del interés histórico, arquitectónico y artístico del monumento, los trabajos de restauración de la industria original, han permitido recuperar las instalaciones y sistemas hidráulicos que dieron lugar a la primera fábrica de moneda que empleaba el sistema de rodillo en España.

El conjunto está formado por una serie de pabellones cada uno destinado en origen a un uso bien concreto. En esta ocasión, nuestro punto de mira son los ingenios de acuñación así como el sistema hidráulico desarrollado para su funcionamiento que se encuentran situados en el edificio de máquinas y en el patio de canales.

El agua de tomaba del río Eresma a través de un azud situado junto al puente del Parral. Desde este punto era conducido por un conjunto de canales de tal modo que la fuerza motriz del caudal ponía en funcionamiento el sistema de ruedas y engranajes encargados de los distintos dispositivos situados en el interior del taller.

La técnica importada de la actual Alemania permitía crear láminas de metal de espesor uniforme que daban lugar a monedas perfectamente circulares, con el peso exacto e iguales entre sí. El mecanismo consistía en laminar el metal entre dos rodillos de acero cuya separación podía regularse. El resultado era una lámina de metal cada vez más larga, en función de las veces que fuera prensada y alargada por los rodillos. A continuación, la lámina se pasaba por unos nuevos rodillos que tenían grabada la imagen del anverso y reverso de la moneda respectivamente. Cuando ambos rodillos estaban perfectamente alineados, al pasar la hoja de metal, quedaba acuñada la moneda en su superficie.

Los engranajes necesarios para el funcionamiento de estos dos ingenios de laminar y de acuñar, eran movidos por la fuerza del agua dirigida por canales hasta el exterior el edificio de máquinas.  Cada una de las máquinas contaba con una rueda hidráulica de eje horizontal realizada en madera con refuerzos de hierro, que estaba colocada en el exterior del edificio. La velocidad de la rueda se podía controlar dando más o menos agua por medio de una compuerta que regulaba el caudal del canal. De la rueda partía un gran eje de madera o árbol, de 22 pies de largo, que se introducía en el interior por un vano en el muro y en cuyo otro extremo había una rueda engranaje llamada linterna. Engranado a esta rueda, había otras dos paralelas, en esta ocasión con dientes, llamadas colaterales que hacía girar los rodillos de acero necesarios para laminar y acuñar. En el interior del taller había distintos bastidores en donde se apoyaban cada una de las partes de la maquinaria.

En el edificio de máquinas había tres ingenios de laminar y dos de acuñar, que poco después fueron ampliados a cinco y dos respectivamente. En la ampliación de 1592, cuando se levantó el Ingenio Chico, colindante al edificio de máquinas, se instalaron otros cuatro ingenios de laminar y acuñar destinados a elaborar únicamente monedas de oro y plata. Este sistema funcionará hasta 1771, momento en el que se instaló el nuevo sistema de acuñado en prensas de tornillo llamadas volantes.

Otro de los puntos de interés de la fábrica es el taller de la herrería, lugar en el que se elaboraban y reparaban las herramientas de los operarios y los rodillos de laminar y acuñar. Actualmente en el mismo edificio de máquinas, se pueden ver la fragua, el fuelle, el martinete y el torno que han sido reconstruidos según los modelos originales plasmados en un plano detallado de 1664. Todos ellos se accionaban gracias a la rueda hidráulica situada en el exterior.

OTROS ESPACIOS

Son varios los edificios que albergan restos pertenecientes a antiguas construcciones.

A extramuros, en el valle del río Eresma, a escasos metros de la puerta de San Cebrián, se encuentra el convento de Santa Cruz la Real, actual sede de la Universidad IE. Se trata de la primera fundación dominica realizada en España en 1218. Este primer complejo se levantará siguiendo los cánones tardorrománicos al igual que otros muchos edificios religiosos que por estas fechas se construyen en la ciudad. Los restos de la primera fundación aún pueden verse en varios espacios del edificio actual. Los más destacados son parte del ábside sur de la primitiva iglesia, a los que se accede a través de la llamada “Cueva de Santo Domingo”, y algunos paramentos también pertenecientes al templo que se encuentran en la conocida como “aula de arqueología” del centro universitario.

La profunda reforma llevada a cabo por los Reyes Católicos a finales del siglo XV dio lugar a un complejo compuesto por la iglesia, claustro, sala capitular, refectorio y el resto de estancias destinadas a la vida monástica. El responsable de las obras será Juan Guas, máximo exponente del estilo hispano-flamenco.

La riqueza acumulada por esta comunidad dio pie a la ampliación del conjunto. Durante los siglos XVI y XVII se añadieron dos nuevos claustros y otra serie de dependencias. Su decadencia comienza con la ocupación francesa, que expolió gran parte del patrimonio mueble que aquí se custodiaba. Con la llegada al trono de Fernando VII, los monjes volvieron a ocuparlo, pero su estado era tan deplorable que finalmente en 1845 la Diputación se hizo cargo de las instalaciones destinándolo a asilo de anciano y hospicio de niños. En 1980 se abandona este uso y desde 1997 se convierte en sede de la actual universidad privada.

Para realizar la visita es necesario contactar con las monjas dominicas de Santa Cruz la Real, que custodian la capilla de Santo Domingo y su “cueva”, y con la Universidad IE para acceder al resto del convento.

También a orillas del río Eresma, muy próximo a Santa Cruz la Real, al otro lado del cauce, se encuentran los restos del monasterio premostratense de Santa María de los Huertos. Los trabajos arqueológicos desarrollados en esta finca particular, han permitido documentar uno de los complejos religiosos más importantes del valle del Eresma. El recinto religioso cuenta con una distribución bastante similar a la que encontramos en las comunidades cistercienses, ya que, en lugar de desarrollar una regla propia para la construcción de sus monasterios, adaptan el modelo del Cister a sus necesidades. El espacio central del claustro, de planta romboidal, se adapta a la topografía de la zona. Uno de los elementos que caracteriza las pandas del patio, son los pavimentos de guijarros combinados con metatarsos de bóvido, de forma diferente, a través de motivos geométricos entrelazados: círculos y octógonos. También es destacable la técnica empleada para la decoración de las esquinas, ya que estas, al ser romboidales, se disimulan empleando como principal motivo la circunferencia, que se enmarca en losas calizas planas, prolongación  esta de los muros del zócalo.

A través del claustro se daba acceso a las estancias que a él se abría en cada uno de sus laterales. El muro este conserva los accesos a la iglesia y a la sala capitular. El pavimento de esta última estancia continúa siendo de cantos de cuarcita combinados con metatarsos de bóvido, formando líneas de círculos entrecruzados que dan lugar a dieciséis flores de cuatro pétalos, mientras que en el acceso, se realizaron dos figuras de peces afrontados.

En cuanto a la iglesia, principal construcción del monasterio, en lugar de situarse al norte del claustro, tal y como era costumbre en otros enclaves premostratenses, se encuentra al este, con acceso directo desde la galería oriental.  La planta original era de tres naves rematadas en tres ábsides semicirculares.

Los resultados aportados  por estas actuaciones indican que, posiblemente, al igual que ocurre en otros monasterios, las comunidades mostenses ocupan construcciones que habrían pertenecido a  Canónigos Regulares de San Agustín. Por ello, es habitual  que a la llegada de la nueva comunidad, ésta se encuentre con un edificio construido o en construcción.  Es probable que, en una primera fase, con seguridad anterior a 1208, año de la llegada de los mostenses, el cuerpo de la iglesia estuviera configurado por tres naves y tres tramos, funcionando como transepto el más próximo al ábside. En una segunda fase, realizada a mitad del siglo XIII, se amplió un tramo hacia los pies y el abovedamiento de las naves, para lo que hubo que readaptar la vieja fábrica. Es posible, que al sur de esta iglesia se encontrara un primer claustro al que se abrirían las diferentes dependencias, pero los restos arqueológicos a este respecto, son bastante escasos. No será hasta el siglo XVI, cuando la comunidad cuente con los recursos suficientes para la construcción de un nuevo claustro en lo que será la tercera etapa constructiva, a los pies de la iglesia. Su localización nos hace pensar que el claustro medieval, o parte de él, todavía se mantenía en pie y dando servicio a la abadía, por lo que la comunidad de Los Huertos se vio obligada a reorganizar la topografía claustral y así poder mantener el viejo mientras se construía el nuevo.

Será en 1627 cuando se produzca el primer traslado junto a la parroquia de Santa Eulalia y, el definitivo, en 1629 en la calle San Facundo, como consecuencia de las frecuentes inundaciones que sufría el monasterio. En el momento en el que la comunidad abandona el monasterio, se construye la parroquia de Santa Ana. Para ello, reutilizaron el muro sur de la iglesia y en este nuevo templo los mostenses seguirán practicando la cura de almas en la vega de Segovia. Será tras la desamortización, cuando el monasterio entre definitivamente en ruina.

Actualmente los restos de este conjunto no pueden ser visitados ya que se encuentran a la espera de su restauración. Sí se pueden ver desde el exterior los restos de la ermita de Santa Ana.

En el interior del recinto amurallado, otros dos edificios religiosos conservan trazas de los primitivos templos. El más antiguo de todos ellos está en la iglesia de San Juan de los Caballeros, situada en el sector noreste del recinto amurallado, junto al postigo de San Juan. Gracias a los estudios arqueológicos realizados en la iglesia, se ha podido comprobar cómo se conserva la planta de un primer edificio visigodo del siglo VI que fue amortizado por las posteriores ampliaciones medievales realizadas entre los siglos XI y XIII. El edificio visigodo era de planta basilical, con cabecera recta dividida en tres espacios, situándose el altar en el central. En el siglo X se reaprovechan parte de los muros y paramentos absidales. La fábrica del siglo XI realza los muros exteriores de las naves laterales, se derriba la antigua cabecera y se levanta un nuevo ábside. Por último, entre finales del siglo XII e inicios del siglo XIII se alzan los ábsides laterales y se erigen la torre y el atrio meridional. Estas diferentes fases constructivas se pueden analizar en el muro sur del templo gracias a un panel informativo que ofrece al visitante la posibilidad de diferenciar cada etapa presente en el alzado.

Actualmente el templo depende del Museo de Segovia y alberga la colección de cerámicas de Daniel Zuloaga.

La segunda de las iglesias en las que se han localizado huellas de templos anteriores es la de la Santísima Trinidad. Las excavaciones arqueológicas desarrolladas en los años 80 y 90 del siglo XX y las efectuadas estos últimos años, han permitido documentar una de las secuencias estratigráficas más completas de la ciudad. Las fases más antiguas datan de los siglos I-II d.C. y se corresponden con depósitos ricos en materiales cerámicos de época romana altoimperial, en ningún caso se han localizado estructuras de este periodo. La etapa constructiva más antigua se corresponde con la cimentación de una cabecera de tramo presbiteral y ábside semicircular y los muros de arranque de la nave. Estos paramentos, situados al sur de la iglesia actual, parecen ser los restos de una primera iglesia que posiblemente se arruinó como consecuencia de un incendio a finales del siglo XI. El edificio actual, obra del siglo XII, debió contar con problemas estructurales desde el inicio de las obras. La orografía irregular de esta zona de la ciudad provocó que la traza de la cabecera se viera rectificada en varias ocasiones tal y como queda atestiguado en su cimentación. La restauración que se ha llevado a cabo en estos años ha permitido recuperar el pavimento original del templo así como el aspecto del repertorio escultórico de los diferentes elementos decorativos que con el paso de los años estaban bastante deteriorados.

No visible, bajo rasante :

Las numerosas actuaciones arqueológicas que se han desarrollado en el interior del recinto amurallado a partir de los años 80 de la pasada centuria, han permitido documentar numerosos restos arqueológicos que han quedado ocultos en criptas arqueológicas o camuflados por las nuevas construcciones.

Uno de los ejemplos más destacados se encuentra en la plaza de Guevara, muy próximo a la iglesia de la Santísima Trinidad. En el espacio que hoy aparece delimitado por unas cadenas y en el cruce de calles que es transitado por los vehículos, en los años 90 pusieron al descubierto una serie de apoyos de cimentación de pilares que estaban asociados a una construcción de época romana de, al menos 30 m de largo y 15 m de ancho. Estos cimientos, son bloques cuadrangulares de caliza asentados directamente sobre la roca. Así mimo se localizaron varias estructuras más, parcialmente talladas en el sustrato calizo, con varios paramentos asociados que conservaban un alzado cercano a los dos metros. Dichos muros conservaban los revestimientos murales que fueron protegidos in situ a la espera de su posterior estudio. Todas estas estructuras y depósitos de época romana altoimperial de finales del silo I d.C., quedaron sellados por construcciones posteriores.

Bajo el cruce de vías, años más tarde, se descubrieron dos arcos de medio punto, realizados en sillería de caliza de buena fábrica, que posiblemente están asociados a este edificio altoimperial.

Las diversas investigaciones que se han realizado sobre este conjunto apuntan a que se trata de un edificio público dada la riqueza ornamental y el desarrollo monumental de las estructuras. Tales cimentaciones estaban destinadas a soportar importantes empujes de una posible cubierta monumental o de los propios elementos sustentantes. Todo ello unido a su localización en la zona central del punto más elevado de la ciudad, han hecho pensar que se trata de los restos de foro de la ciudad romana. Otros hallazgos realizados próximos a este punto como los de la plaza de la Rubia o en la plaza del Doctor Laguna, en donde se han identificado otros muros de singular envergadura o un espacio llano, libre de estructuras, sobre la roca caliza, apuntan a una orientación noreste-suroeste para este espacio público, que actualmente quedaría bajo las manzanas de viviendas enmarcadas por las calle Serafín, plaza y travesía de la Rubia, calle Miguel Canto Borreguero, plaza de Guevara y calle San Agustín.

Todos los restos descritos han quedado protegidos bajo una losa de hormigón oculta por el pavimento. Actualmente se puede acceder al interior a través de un pequeño portillo que se encuentra en un garaje particular de la vivienda contigua, esto facilita a los técnicos las labores supervisión del estado de conservación de los hallazgos, en ningún caso está permitido el libre acceso.

En la zona sur del recinto amurallado, entre las calles Judería Vieja e Isabel la Católica, en la manzana de viviendas que hoy está ocupada por el hotel la Casa Mudéjar, fruto de varias excavaciones arqueológicas se localizaron otra serie de estructuras de época romana y prerromana. La más antigua se corresponde con el posible foso celtibérico, de finales del siglo I e inicios del siglo II a.C. que aparece excavado en la roca, paralelo a la calle Judería Vieja. Estaría asociado al segundo momento de fortificación del castro prerromano junto con la muralla hallada en la ladera norte. En el interior de esta gran fosa aparecieron los restos constructivos de varios edificios del siglo III d.C. (fustes de columnas, basas, mosaicos, pintura mural, etc.) que están custodiados en el Museo de Segovia.  Parte de los paramentos de época romana y medieval que aquí se hallaron hoy pueden verse en las instalaciones del spa del hotel.

Hay otra serie de hallazgos que están ocultos a los ojos del visitante, al haber quedado otra vez cubiertos in situ. Tal es el caso de las posibles termas localizadas a finales del siglo XIX en las escaleras de acceso del atrio de la iglesia de San Martín. En el momento en el que desmontaron esta estructura se localizaron los pequeños pilares de ladrillos circulares que formaban parte de un hipocausto. El descubrimiento no debió suponer mucho interés, los restos se volvieron a cubrir, aunque desconocemos si se conservaron, ya que varios de los ladrillos se encuentran en el Museo de Segovia.

En la plaza mayor, con motivo de las obras de urbanización de la misma, se documentó parte de la antigua iglesia románica de San Miguel. Este templo en el que fue coronado Isabel la Católica en 1474 fue una de las principales parroquias durante la Edad Media hasta su derribo y traslado a su ubicación actual en el siglo XVI. La excavación arqueológica llevada a cabo en el lado sureste de la plaza sacó a la luz varios de los pilares de la nave lateral de la iglesia románica original así como parte de una estructura de mampostería que bien pudo haber pertenecido a la cabecera. Las dimensiones de las cimentaciones, así como la luz de los arcos que estos basamentos sustentaban, indican que se trataba de un templo de gran envergadura, con una planta de similar escala a la de la iglesia de San Millán.

No visible en suelo: Trazas urbanas en calles:

Una de las características de la ciudad antigua de Segovia es su configuración urbanística surgida con la repoblación en la Edad Media y descrita por el geógrafo árabe Al-Idrisi del siguiente modo: “cincuenta millas al Oriente [de Ávila] está Segovia, que tampoco es una ciudad, sino muchas aldeas próximas unas a otras hasta tocarse sus edificios, y sus vecinos, numerosos y bien organizados, sirven todos en la caballería del Señor de Toledo, poseen grandes pastos y yeguadas y se distinguen en la guerra como valientes, emprendedores y sufridos”.

Como ya se ha relatado en apartados anteriores, el núcleo de población en época prerromana y romana se limitó a la zona alta de la ciudad. Del urbanismo de estos periodos apenas se pueden aportar datos ya que los restos arqueológicos documentados hasta la fecha no han permitido plantear el urbanismo propio de cada periodo.

Sin embargo a finales del siglo XII e inicios del siglo XIII, como consecuencia del proceso de repoblación iniciado por el monarca Alfonso VI surge una expansión de la ciudad más allá del recinto amurallado. La ausencia de conflictos bélicos y la bonanza de los terrenos bañados por los dos ríos que circundan la peña segoviana, favoreció la creación de una serie de barrios conocidos como los arrabales, cuyas actividades económicas será fundamentalmente agrarias y manufactureras. Cada uno contará con su iglesia parroquial e incluso con una pequeña ermita o santuario secundario.

Aunque varias de estas pequeñas aldeas han visto modificar su imagen como consecuencia del desarrollo urbanístico acontecido a partir de mediados del siglo XX, aún hoy se conservan sus parroquias y alguna de la traza de sus calles en varios de ellos.

En la vega del río Eresma surgieron los barrios de San Lorenzo y San Marcos y otros ya desaparecidos en torno a las iglesias de San Blas, Santiago y San Gil. La plaza de San Lorenzo es el mejor ejemplo conservado de la traza medieval de estos arrabales.

La riqueza de las huertas de este valle así como los condicionantes geográficos del mismo que le protegen de las inclemencias climatológicas, facilitaron también el asentamiento de varias comunidades religiosas (monasterio cisterciense de San Vicente el Real, el premostratense de Santa María de los Huertos, el benedictino de Santa Cruz la Real, el jerónimo de Santa María del Parral y el de los Carmelitas Descalzos), así como la ubicación del Santuario de la virgen de la Fuencisla, patrona de la ciudad.

En torno al otro río, el Clamores, surgen otros tres arrabales, el de Santo Tomás, el de Santa Eulalia y el de San Millán. Hoy todos ellos han sido profundamente reformados, pero conservan total o parcialmente sus templos románicos, siendo los mejores ejemplos las iglesias de San Clemente y de San Millán.

El último de los arrabales es el del Salvador, que en esta ocasión se sitúa junto al tercer cauce principal de agua de la ciudad, el Acueducto. Entre las dos iglesias, la del Salvador y la de San Justo aún se conserva parte de la traza viaria medieval en lo que hoy es la calle Santa Ana.

La organización urbanística también está presente en el interior del recinto amurallado. A partir de la Edad Media, en torno a las diferentes puertas de la muralla, surgieron varios barrios que aún hoy están presentes.

El ejemplo más paradigmático son las Canonjías, uno de los mejores conjuntos de románico civil de Europa. Surge a inicios del siglo XII tras la donación de unos terrenos por parte del Concejo al cabildo de la catedral de Santa María. El objetivo era crear un barrio para los canónigos de la misma  catedral, que estuviera perfectamente delimitado y contara con sus propios accesos para controlar el tránsito de personas que accedían y salían de él. El espacio estaba delimitado al norte por la muralla y la puerta de Santiago, al este por la iglesia y la puerta de San Andrés, al sur por la muralla y al oeste por la antigua catedral. Las viviendas se organizaron en torno a dos ejes centrales que discurrían de este a oeste, las calles Daoiz y Velarde, así como por dos calles exteriores pegadas a la muralla, la Ronda de Juan II y las calles Pozo de la Nieve y paseo de San Juan de la Cruz. De norte a sur se trazaron varios callejones que comunicaban las vías antes mencionadas.

El acceso al agua corriente estaba garantizado ya que el canal urbano del Acueducto discurre longitudinalmente por la calle Daoiz hasta el Alcázar.

Al recinto se accedía por tres puertas, de las cuales se conserva únicamente la puerta de la Claustra en la calle Velarde. La configuración de las viviendas era sencilla, una puerta de acceso con trazas románicas, que daba paso a un zaguán del que partían las escaleras a la bodega y a la planta superior y al patio en torno al que se distribuían el resto de estancias. En la parte trasera se encontraban el corral y un pequeño huerto.

La judería es otro de los barrios que surge durante la Edad Media contiguo a las Canonjías tal y como se ha descrito en el itinerario denominado “El patrimonio judío”.

El resto del espacio del recinto amurallado va a estar ocupado por distintos palacios y casas nobles que se agrupan en torno a sus parroquias. Muchas de estos edificios aún hoy se conservan, algunos de los mejores ejemplos están junto a la iglesia de San Martín, en la plaza de Medina del Campo, o junto a las iglesias de San Esteban, San Juan de los Caballeros, la Santísima Trinidad o San Sebastián. La traza urbana apenas se ha visto alterada en estos espacios, únicamente el eje que comunicaba la plaza mayor con la puerta de San Juan, la principal vía de acceso al tráfico de la ciudad (Cronista Lecea – plaza de la Rubia – calle Serafín – plaza del Doctor Laguna – plaza de San Facundo – calle San Agustín – plaza del Conde Cheste) fue objeto de profundas remodelaciones a finales del siglo XIX e inicios del siglo XX.

No visible, perdido:

Como consecuencia de las desamortizaciones acontecidas a lo largo del siglo XIX y del desarrollo urbanístico iniciado en los últimos años de aquella misma centuria, la ciudad de Segovia vio cómo varios de sus monumentos fueron derribados.

La documentación histórica nos indica que a lo largo de la Edad Media eran un total de  treinta y cuatro las iglesias existentes en la ciudad quedando agrupadas las localizadas en el interior del recinto amurallado como las de los arrabales. Intramuros: San Andrés, San Cebrián, San Gudumián, San Briz, San Esteban, San Facundo, San Juan, San Martín, San Miguel, San Nicolás, San Pablo, San Pedro, San Quirce, San Román, San Sebastián y la Santísima Trinidad. En los arrabales se encontraban las de Santa Columba, San Clemente, San Millán, San Justo, San Salvador, Santo Tomás, Santa Eulalia, San Lorenzo, San Gil, San Blas, Santiago, San Marcos y el Santo Sepulcro. Además hay noticia de otra serie de ellas dedicadas a San Polo, San Antolín, San Bartolomé, San Mamés y San Segundo. De todas ellas, las señaladas en negrita son las que se conservan actualmente, el resto fueron objeto de diferentes vicisitudes a lo largo de la Edad Moderna y la Edad Contemporánea, si bien la documentación conservada nos ha permitido conocer su ubicación original.

Muchas de ellas desaparecieron por falta de aportaciones de sus parroquianos, que ante tal número de iglesias terminaron agrupándose en torno a las más importantes. Otras tantas pasaron de la iglesia a manos públicas con la desamortización, quedando totalmente abandonadas y en estado de ruina. En 1803 se derribó la iglesia de San Gil, seguida de la vecina de Santiago en 1836. La de San Román, situada en la plaza de Conde Cheste, se vino abajo en 1866 junto con la de  san Pablo en 1881 y la de San Facundo en 1884. El último templo en ser derribado fue la iglesia de Santa Columba, situada en un lateral de la plaza del Azoguejo, en el lugar en el que hoy se encuentra el centro de recepción de visitantes.

Son escasos los estudios arqueológicos que se han centrado en localizar los restos de las todas estas antiguas iglesias románicas de la ciudad. Tampoco se tienen suficientes datos de lo que fuera la antigua catedral de Santa María, construida en el siglo XII y derribada en el siglo XVI, así como del resto de edificios que se hallaban junto al Alcázar, en la plaza de la Reina Victoria Eugenia.  En el dibujo de Wyngaerde (1562), realizado escasos años antes del derribo del antiguo templo, y algunas otras referencias documentales, permiten acercarnos a la primitiva catedral. Se encontraba junto al foso del Alcázar, siendo su planta de tres naves rematadas con sus correspondientes ábsides y crucero. El central estaba dedicado a Santa Maria, el del lado de la epístola a Santiago y el del evangelio a San Juan Bautista y San Juan Evangelista. Al sur se encontraba el claustro, de doble altura, cuyo estado de ruina llevó al obispo don Juan Arias Dávila a derribarlo y levantar uno nuevo, de estilo gótico, encargado al maestro Juan Guas. Frente al Alcázar se levantaba la torre. La proximidad del templo a la fortaleza fue determinante en la Guerra de las Comunidades. Los Comuneros se refugiaron en la iglesia, quedando esta tremendamente dañada tras varios enfrentamientos entre las tropas reales y los rebeldes castellanos. Misma suerte corrieron otros edificios que se encontraban próximos a la catedral y al Alcázar. Aquí estaban un antiguo hospital, entendido como albergue, un refectorio, símbolo de la vida conventual desarrollada por los canónigos en este conjunto y el palacio episcopal. Todo este conjunto constituía el centro religioso de la ciudad en el periodo comprendido entre los siglos XII y XVI. Tras las Guerras de las Comunidades este espacio será reformado, Carlos V manda construir la catedral más allá de las canonjías, alejada del Alcázar y Felipe II nivela los terrenos creando el espacio libre que vemos actualmente. 

La muralla también ha sido uno de los bienes patrimoniales más afectados por distintos derribos surgidos en los siglos XIX y XX. De las cinco puertas que originariamente permitían el acceso al interior de la ciudad, sólo se conservan tres. La de San Martín y la de San Juan, fueron demolidas por el arquitecto municipal Juan Guas en 1883 y 1887 respectivamente. Misma suerte corrieron los postigos del  Sol (1864) y de la Luna (1885). Otros de los postigos conocidos de la muralla se fueron cerrando conforme perdieron su uso. Actualmente sólo se conservan los siguientes: postigo de San Juan de los Caballeros, el del Consuelo o Santa Columba, el de la Luna y el del sol, estos dos últimos reconstruidos en la década de los noventa del siglo XX.