Historia: desde el siglo XIV al siglo XVII

Espadañas del convento de San Miguel y del Oratorio de San Juan de la Cruz
Espadañas del convento de San Miguel y del Oratorio de San Juan de la Cruz - Eduardo Samblás Martínez

Tras la conquista castellana la ciudad entra en una nueva etapa marcada por la hegemonía del Cristianismo y su posición militar privilegiada, modificando la fisonomía medieval musulmana. Se reurbaniza adaptándose a las necesidades de la Corona, el clero, y sobre todo, los pecheros que acuden a repoblar la ciudad y su alfoz al hostigo de los beneficios de los fueros otorgados por el rey castellano tomando como modelo el Fuero de Cuenca.

El establecimiento de la frontera entre Castilla y Granada en el curso del río Guadalquivir hará que Úbeda se convierta en una plaza militar estratégica para las fuerzas castellanas en la defensa del reino cristiano frente a la amenaza musulmana. Ello da lugar a un mayor refuerzo de sus murallas y al establecimiento de una élite militar de origen castellano que será el germen del importante estatus que alcanzará la nobleza ubetense dentro y fuera de la ciudad. Por otro lado, el Cristianismo, la religión del vencedor, consolidará el segundo de los estamentos de poder, el clero. Once serán las parroquias instauradas en la ciudad sirviendo a su vez de división administrativa de la urbe. Numerosos terminarán siendo los conventos tanto femeninos como masculinos de órdenes regulares contemplativas, mendicantes y hospitalarias con el patronazgo de la nobleza militarizada, que junto a gremios y cofradías, crean otras instituciones religiosas, oratorios y ermitas, hospitales, hospicios de huérfanos, pobres y ancianos, etc. Constituye el grueso de la población los pecheros, los cuales dedicados a la agricultura, la artesanía y el comercio, son los pagadores de impuestos y, por tanto, el sostén de la economía local y los compromisos económicos del Concejo con la Corona. La nobleza quedaría exenta de impuestos, ratificado por la promulgación por el príncipe Enrique de la Sentencia Arbitraria de 1447.  Por último no podemos olvidar las minorías religiosas: mudéjares y judíos, que serán acosados por los diferentes agentes sociales, especialmente por el clero, consiguiendo hacer desaparecen a los primeros pocos años después de la conquista castellana, mientras los segundos, terminarían por ser expulsados en el reinado de los Reyes Católicos.

El continuo estado de guerra en el que estuvo sumido la ciudad como posición de vanguardia frente al Reino de Granada, la guerra civil castellana entre Pedro I y Enrique II o la minoría de edad de monarcas como Fernando IV o Alfonso XI, harán que los reyes castellanos otorguen grandes privilegios a Úbeda para ganarse o recompensar su favor. Las posesiones ubetenses aumentan con la incorporación de las villas y términos de Olvera, Cabra, Canena, Quesada y Torreperogil entre otros. Grandes serán también los beneficios para los ubetenses en exención de impuestos en el resto de ciudades castellanas o para el reparo de sus muros y templos. La ciudad crece económicamente, lo que permite una buena dote de los cargos públicos.

El aumento de poder de la nobleza hará que paulatinamente acapare estos cargos públicos, los cuales incluso serán otorgados perpetuamente por la Corona. El control económico, fiscal y judicial queda en sus manos, en perjuicio de comerciantes y artesanos que en numerosas ocasiones recurren al síndico personero y al corregidor en un intento por obtener justicia. Aun así, frecuentes serán los alzamientos contra el estamento privilegiado, y por tanto contra la Corona, en un intento por recuperar su participación política. Destaca entre ellos la participación del común de Úbeda en la revuelta de las Comunidades de 1520, con numerosos destrozos y daños para los nobles locales, que rápidamente se alinean al lado del Emperador y reprimen la sublevación. Antes de finalizar el conflicto, mediado el año 1521, Úbeda se uniría a la Confederación de la Rambla promovida por varias ciudades andaluzas y sus nobles leales al Monarca, comprometiéndose a evitar nuevos levantamientos y lleva a cabo los compromisos suscritos en la misma, obteniendo el perdón real meses después.

Cada conflicto social no hará sino aumentar el poder de los nobles. Esta consolidación de la elite militar en la ciudad provocará intereses enfrentados entre familias. Era importantísimo consolidar la posición hegemónica de la familia en la política local. Ello les permitiría obtener beneficios fiscales y económicos en perjuicio del noble rival, lo que llevaría a la ciudad a un continuo enfrentamiento entre familias que se hace más evidente a finales del siglo XIV y sobre todo durante el XV.

En los antiguos barrios medievales comienzan a construirse casonas nobiliarias que alteran el viario. Vista de la calle Ginés Gómez
En los antiguos barrios medievales comienzan a construirse casonas nobiliarias que alteran el viario. Vista de la calle Ginés Gómez - Eduardo Samblás Martínez

Al principio, los linajes de los Aranda y los Trapera comienzan a enfrentarse por ocupar los altos cargos en la ciudad, siendo necesaria la intervención judicial del corregidor Rui López Dávalos. Tiempo después serán los Molina y los Cueva los que, como herederos de los linajes anteriores, mantendrían esta lucha. Se enfrentarían por ser partidarios y contrarios a don Álvaro de Luna durante el reinado de Juan II de Castilla, por la elección del heredero de Enrique IV en el príncipe Alfonso o la princesa Juana, conocida por la Beltraneja, o durante la regencia del Reino debido a la incapacidad de Juana I y la minoría de edad de Carlos I. Importante en esta lucha sería la posesión del Alcázar por un bando u otro, provocando numerosos conflictos, haciendo frente incluso a las decisiones de la Corona, que en un golpe de autoridad ordena la demolición del recinto fortificado en 1503, orden ejecutada en 1507 afectando especialmente a las puertas y muros en su lado septentrional.

Esta necesidad de mostrar el poder familiar en la ciudad se hizo mayor aún cuando, finalizada la guerra de Granada y concluida la Reconquista, la elite nobiliaria adquiere un periodo de bonanza económica y riqueza que les permite consolidar su nobleza y fundar mayorazgos. Además, la citada demolición del Alcázar y la venta de terrenos del común para obtener rentas municipales extraordinarias, generan nuevos terrenos y espacios en los que construir, facilitando una planificación urbana destinada a ensalzar al noble constructor. Es ahora cuando aumenta el interés por levantar casas solariegas, palacios y capillas funerarias, a lo que se suma la necesidad de reconstruir los destrozos ocasionados por la sublevación de los Comuneros. Será el Renacimiento el estilo importado por los nobles locales que, tras ocupar puestos de importancia en la Corte e impregnados de Humanismo, desean que sus edificios se levanten en este estilo mucho más racional y moderno, imitación de los clásicos griegos y romanos. Úbeda renace viviendo uno de sus mayores momentos de esplendor y riqueza.

Pero esta circunstancia no puede continuar indefinidamente. Las continuas crisis agrícolas y las inclemencias climatológicas harán que la subsistencia en la ciudad sea cada vez más difícil. La baja demanda de productos suntuarios ralentiza el comercio y la producción artesanal, provocando la emigración de artesanos y comerciantes. Igual ocurrirá con la nobleza, que emigra a la Corte y otras ciudades tales como Granada, Sevilla, Toledo, en busca de cargos administrativos más relevantes e influyentes. El clero crece exageradamente y mantiene sus conventos con las rentas de las manos muertas que la nobleza pudiente en su día otorgó, y comienzan a ser insuficientes para su mantenimiento. Todo ello ocasionará un aumento de la pobreza, padeciendo el común hambrunas y enfermedades, sin que el Concejo pueda actuar dada la situación de crisis a la que estaba sometido por las continuas exigencias económicas y militares de la Corona.