Itinerario V: A los pies de Toledo

Iniciamos el recorrido en la fábrica de Armas (1).La actual fábrica de Armas tiene su origen en el siglo XVIII, durante el reinado de Carlos III, quien intenta potenciar la actividad industrial de la ciudad y del reino, concentrándose en los sectores textil y metalúrgico. Tras establecer de forma temporal su sede en unos corrales de la calle Núñez de Arce, el conjunto de edificios que albergará los talleres de forma definitiva se construye entre 1778 y 1780. Las nuevas edificaciones se levantaron siguiendo el diseño que trazó Francesco Sabatini, el cual planteó una tipología arquitectónica que ya se había se había establecido en Italia. Para idear el proyecto, el arquitecto se basó en el modelo empleado en otras fábricas reales en España y en Italia.

El edificio de la Real Fábrica de Espadas de Toledo es un gran edificio de planta rectangular que está dividido transversalmente por una crujía que conforma dos espacios de similares características, casi cuadrados. El conjunto de dependencias y edificios que constituyen el complejo fabril se van ampliando progresivamente a lo largo del siglo XIX y XX. Como edificio industrial, sus espacios y edificios se adaptan a las necesidades de cada momento. Así entre 1860 y 1880 pasa a ser fábrica de Cartuchería. En los planos de la ciudad que se realizan en el último tercio del siglo XIX se puede distinguir dentro de la fábrica una línea de tranvía que circulaba por su interior así como varias naves, edificio y almacenes que completaba el conjunto arquitectónico. En 1918 la superficie útil de la fábrica alcanza los 240.000 m2. En ese momento la actividad en la fábrica se centra en la fabricación de armas blancas, la cartuchería, la central eléctrica, los talleres de reparación de maquinaria y construcción de herramientas, ornamentación y carpintería y construcción y reparación de edificios. Cuenta, además, con edificios para oficinas, biblioteca, enfermería, capilla, imprenta, sala de ventas de modelos, comedor de obreros, escuelas de aprendices, polvorines, garajes, almacenes de materias primas y de productos elaborados, y pabellón de Jefes y Oficiales. Las reformas y ampliaciones son tan frecuentes que incluso los planos levantados en 1933 ofrecen importantes diferencias respecto al realizado en 1918. El desarrollo continúa durante los años 60 cuando a la actividad productiva se suman la fabricación de envases de cartón.

El interés arqueológico del espacio que encierra este recinto, actual campus universitario, quedó bien patente tras el descubrimiento en 1923 de los mosaicos de una villa de romana que fueron fechados a mediados del siglo III. Pero también, contamos con algunos hallazgos más recientes efectuados durante algunas de las obras realizadas con motivo de la transformación en aulas para la Universidad de los antiguos edificios de la fábrica. Entre ellos, cabe destacar la documentación de varias tumbas de época visigoda descubiertas durante la construcción del pabellón polideportivo.

Para comprender estos elementos de época visigoda dentro del recinto de la fábrica de Armas hay que ponerlos en relación con los vestigios hallados en el vecino solar de la Vega Baja, que en cierta manera forman parte también de la fábrica de Armas. El amplio espacio de la Vega Baja quedó sin construir debido a que ese espacio formó parte de un cinturón de seguridad que se estableció en torno a la fábrica para proteger a la población en caso de que se produjera un accidente o explosión con los materiales altamente inflamables que se manipulaban en el interior de la fábrica. Esta circunstancia permitió que se conservaran los restos del suburbium de la ciudad de época visigoda, y también los correspondientes al periodo emiral. Junto a ellos, en el barrio de San Pedro el Verde (colindante a la tapia de la fábrica) también se han documentado restos de esa época que vienen a confirmar el amplio uso que se dio a estos parajes en la antigüedad. A todos ellos hay que sumar el valioso patrimonio industrial que constituyen los azudes y pequeñas centrales hidroeléctricas que jalonan el flanco suroccidental de la fábrica junto al río Tajo.

Junto a estos elementos de carácter industrial situados en las orillas de río y dentro del recinto de la fábrica de Armas existe una pequeña senda que discurre hacia Toledo y nos lleva, en dirección a la ciudad, hasta la basílica del Cristo de la Vega (2). Aunque el nombre oficial de esta ermita es Cristo de la Vega, por el Cristo crucificado con una mano desclavada, también se ha mantenido tradicionalmente la denominación de Santa Leocadia, debido a que en este lugar estuvo la basílica dedicada a esta mártir toledana de finales del imperio romano y que, en época visigoda, además de celebrarse varios concilios en ella, fue lugar de enterramiento de reyes y obispos. Distintas excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en este lugar han descubierto cimientos de un gran edificio, enterrado por debajo del suelo actual, que se atribuye a basílica visigoda, así como, un gran número de tumbas pertenecientes a distintas fases históricas que demuestran que esta zona fue cementerio cristiano desde época paleocristiana hasta la Baja Edad Media. El arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada hablaba de ella, a principios del siglo XIII, como una de las iglesias que mantuvieron el culto cristiano durante el dominio musulmán formando parte de las parroquias mozárabes de la ciudad.

Su ábside, de estilo mudéjar, fue levantado en la segunda mitad del siglo XIII lo que descarta que allí hubiera un edificio anterior y al que se refiere Jiménez de Rada estuviera en otra localización. El resto de la iglesia a la que se adosaba el ábside se perdió por un incendio en 1808. Los cuatro niveles de arcos ciegos que componen su alzado le confieren una gran esbeltez. Los niveles inferior y superior presentan arcos de medio punto, mientras que el segundo tiene arcos de herradura polilobulados y de herradura apuntados polilobulados que enmarcan, respectivamente, arquillos de herradura y de herradura apuntados. El tercer nivel está ocupado por arquillos de herradura apuntados enmarcados por otros de herradura. Algunos restos de revocos pintados con motivos geométricos que se han conservado entre algunos de los arquillos ciegos pueden dar una idea del colorido con el que fue decorado en su origen el paramento exterior de este ábside. En la actualidad se encuentra dedicada a cementerio de los canónigos de la Catedral de Toledo.

Continuamos por la senda del río hasta pasar bajo el puente de la carretera, y nos situamos junto a una torre cuadrada a orillas del río. Es el llamado Baño de la Cava (3). Este torreón es lo que se conserva del pequeño torreón defensivo con el que se dotó un puente de barcas antes de que existiera el puente de San Martín, situado a poco más de cien metros al sur. Su estructura presenta dos niveles en los que se abren puertas, tanto en el lado del río como en el opuesto, del nivel superior, o del lado norte, en la planta baja. La existencia de estos niveles está relacionada con el nivel del agua del río, pues, además de las variaciones entre crecidas y estiajes, también influyó la construcción de azudes para los molinos que se establecieron, aguas abajo, en los últimos siglos medievales. La importancia de algunos caminos o la existencia de villas y monasterios que había al otro lado del río Tajo en épocas romana y visigoda, ha llevado a pensar que en esta misma zona debió existir un puente anterior, aunque no se han identificado restos que permitan corroborarlo. Las características constructivas de este torreón, con puertas de arcos apuntados y un tipo de aparejo característico del siglo XII o inicios del XIII, lleva a situar su construcción a esa época y no antes. Los restos derrumbados que hay en la orilla opuesta muestran una fábrica coincidente con las del torreón y que pertenecen, por tanto, a la misma época. Si se presta atención a la cimentación de la estructura se pueden observar aparejos que no son encintados lo que podría indicar que la construcción bajomedieval se asienta sobre una anterior, de época islámica. El hecho de que se conozca popularmente como Baño de la Cava se debe a la existencia de un relato según el cual, la hija de un conde visigodo, llamada Florinda o La Cava, fue deshonrada por el rey don Rodrigo (último rey godo y protagonista, también de la leyenda de las cuevas de Hércules) cuando ésta se bañaba en el lugar en el que se encuentra este torreón, lo que provocó la venganza de su padre, uniéndose al ejército musulmán que invadió la Península.

Baño de la Cava y Puente de San Martín
Baño de la Cava y Puente de San Martín - Agustín Puig

El Baño de la Cava está situado junto a una coracha de época medieval que permite el acceso protegido al agua del río desde la muralla. Es posible que esta coracha existiera ya en época medieval pero los aparejos que se pueden observar en distintos puntos no permiten reconocer tipologías concretas y todas ellas se asocian a fases bajomedievales tardías. Tan sólo los torreones circulares que llegan hasta el río podrían conservar algo de las torres o construcciones originales, al menos a nivel de cimentación. El arco que sirve de puerta de paso ha sido abierto en una restauración del siglo XX pues no existe en fotografías del siglo XIX, en las que sí se puede apreciar que el adarve protegido por un parapeto de piedra se conservaba en mejor estado.

 

La senda discurre bordeando el perímetro suroeste de la muralla de la ciudad antes de alcanzar el puente de San Martín (4). Situado al noroeste del casco, hasta ese momento el paso de una orilla a otra en esta zona del río se realizaba mediante el puente de barcas del Baño de la Cava. Una inscripción situada en el torreón de salida del puente de San Martín (por su cara interior) hace referencia a la inundación que en 1203 se llevó por delante el antiguo puente. El cronista local Sixto Ramón Parro identifica este puente arrasado con el Baño de la Cava, y afirma que tras la riada se construyó un nuevo puente en su actual emplazamiento a principios del siglo XIII. Este puente consta de cinco arcos ligeramente apuntados con dos torreones defensivos en sus extremos fruto de diversas reformas a lo largo de los siglos. En el siglo XIV existen referencias al puente relacionadas con la reconstrucción del arzobispo don Pedro Tenorio, motivada por los daños causados en la guerra entre Pedro I y Enrique de Trastámara. En esta reconstrucción (año 1368) se levantaron los elementos defensivos se mantienen en pie actualmente, un gran torreón en la parte exterior y una torre pentagonal en la interior. Hasta ese momento, el puente sólo contaba con un torreón exterior defensivo. Tras este episodio de enfrentamientos vino un largo período de paz que trajo consigo el estado ruinoso del puente hasta que, en 1690, reinando Carlos II, como quedó recogida en una inscripción que se puede leer en el torreón interior, se realizaron nuevas reformas y reparaciones. Anteriormente, en el reinado de Felipe II se colocó en la fachada del torreón exterior una escultura de San Julián y diversas inscripciones. El solado del puente data de 1760.

Puente de San Martín
Puente de San Martín - Agustín Puig

El camino junto al río vuelve a descender hasta la orilla, y se pueden observar los paños de la muralla conservados en la ladera de la ciudad, en un punto donde éstas se vuelven más abruptas e inclinadas favoreciendo los derrumbamientos a causa de su estado de abandono.

En una zona habilitada como espacio de recreo junto al río se pueden observar en mitad del cauce del río lo que parecen los estribos y tajamares de un antiguo puente pero que, en realidad, corresponden, a las estructuras del molino de Daicán (5). Los restos que se conservan son mínimos y corresponden a parte de los tajamares y canales del molino, y sus bóvedas a las salas de molienda. Algunas referencias medievales a estos molinos, con el nombre de Icam en el siglo XII, sugieren que estos molinos ya existían cuando la ciudad fue conquistada por los musulmanes. En el plano elaborado por Arroyo Palomeque en el siglo XVIII aparecen unidos a tierra por un pontón, y son mencionados anteriormente en documentos del siglo XVI, aún activos en la molienda. En 1842 ya se encontraban completamente abandonados y en avanzado estado de ruina. Algunos de los restos que se conservan en la orilla, junto a la senda, se han interpretado como parte de un torreón defensivo que protegía el conjunto.

A continuación, muy próximos a los restos del molino de Daicán, encontramos los restos de otro molino. Los restos del llamado molino de Romayla la Vieja (6) son los de uno de los molinos más antiguos de Toledo según los datos documentales que se conservan. Parece que, por lo poco que se ha conservado, pudo tratarse de una aceña de dos ruedas. En la otra orilla están los molinos de Romayla la Nueva.

Conviene puntualizar que, en la ingeniería hidráulica aplicada a la actividad de molienda, hay que diferenciar entre molinos y aceñas. En general, los molinos son aquellos dotados de una rueda horizontal, denominada rodezno, y las aceñas son las que presentan una rueda en vertical. La diferencia entre unos y otros radica en el sistema de aprovechamiento y adecuación de la fuerza motriz del agua en función del tipo de estructura de molienda (vertical y horizontal), determinada ésta por los recursos y espacio disponible, si se trata de estructuras de molinos junto a ríos grandes o que aprovechen lluvias estacionales en pequeños arroyos (generalmente en zonas montañosas). En el caso de los molinos de Toledo, situados junto a un río como el Tajo, se recurre a la construcción de azudes que se prolongan de una orilla a otra para instalar molinos a cada lado y aprovechar la infraestructura. Estos azudes elevan de forma artificial el cauce del río y se genera así un desnivel que proporciona una corriente de caída aprovechada para mover la maquinaria del molino. Los modelos de rueda vertical o aceña se ha considerado que corresponden al modelo más antiguo y menos eficaz para la molienda debido a los constantes desajustes que sufre la rueda y el sistema de engranaje que la mueve. La evolución y perfeccionamiento del sistema condujo a la creación de mecanismos más fiables surgiendo el modelo de rueda horizontal. Los molinos de rueda horizontal permiten adaptar todo el sistema al volumen de caudal disponible y a su fácil reparación, por lo que su uso se generalizó a partir de los siglos XV y XVI. De hecho, casi todos los restos de molinos que se conservan en Toledo corresponden a este tipo de modelo, reaprovechando con total seguridad la infraestructura de las aceñas anteriores, muchas de ellas posiblemente de época islámica.

La senda por la que hemos encontrado distintos molinos nos introduce en un tramo de la ribera del río con arbolado más denso y donde se pueden entrever los restos de las construcciones de viviendas y construcciones en las que estuvieron instalados los molineros y bataneros con sus familias hasta el siglo XIX. Se trata, además, del antiguo barrio de los curtidores donde éstos se trasladaron al final de la Edad Media ya que su actividad generaba incomodidad dentro del casco urbano y necesitaba del agua para los trabajos con los textiles. En la zona se han documentado tenerías y estructuras asociadas a la actividad fabril desde época islámica.

Remontando el camino en zig-zag que asciende por la ladera llegamos hasta los baños islámicos de Tenerías (7). La estructura interna del baño se ha podido recomponer casi en su totalidad gracias a que quedó sepultado por los aportes de escombros y desechos constructivos que originaron la formación  del “rodadero”, manteniendo alejada esta zona de las trasformaciones urbanas del núcleo de la ciudad. Las excavaciones arqueológicas pusieron al descubierto las salas frías, calientes y templadas del baño, así como la recepción, sus alcobas o vestuarios, las letrinas y los pasillos que servían de distribuidores dentro del conjunto. Se trata de uno de los baños más completos de la ciudad y del que se han podido extraer valiosos datos relativos a las características constructivas de sus muros, bóvedas y la distribución interna de sus estancias. Gracias a toda esta información, la fecha aproximada de su construcción y periodo de actividad se sitúa en torno a los siglos X y XI.

Baños Árabes de Tenerías
Baños Árabes de Tenerías - Ayto. de Toledo

Volvemos a descender hacia el río por la calle Incurnia y nos situamos junto a otro conjunto de construcciones que pertenecen al molino de Noya (8). En este caso se han conservado parte de las estancias del molino, salas de molienda, despacho y accesos a las esclusas que controlaban el caudal de entrada a los canales de los rodeznos. Se pueden contemplar incluso las compuertas de hierro y mecanismos de apertura y cierra de su última etapa de actividad. Actualmente el acondicionamiento del entorno permite situarnos frente a los tajamares que definen perfectamente las dimensiones de los canales y los paramentos en cuya parte más baja se pueden observar los arcos que servían de entrada a estos los canales. Los paramentos visibles están muy alterados por las profundas reformas realizadas en ellos, así como las reparaciones que se hicieran durante su fase de actividad. Tan sólo en algunos puntos se pueden reconocer paramentos con características medievales con aparejos encintados muy poco definidos.

La senda nos conduce hasta otro conjunto molinero bien conservado: los molinos del Hierro (9). Estos molinos fueron propiedad del cabildo catedralicio durante la Edad Media, y su existencia se remonta al menos hasta el año 1234. Por referencias documentales, puede que ya existieran en época andalusí, siendo mencionados aún activos en el año 1841, año en que fueron desamortizados. En algunas vistas y grabados de los siglos XVII y XVIII, como en la vista dibujada por Alfred Guesdon, se representan dentro de la isla del Hierro y se reconoce una estructura dividida en tres cuerpos. Su estado de conservación es desigual como el de casi todos los molinos de la ciudad. Al igual que ocurre en el molino de Noya, los paramentos y restos constructivos de los molinos del Hierro muestran que las reparaciones y reconstrucciones en él han sido numerosas y de distinta naturaleza, lo que no permite señalar cuáles son los restos más antiguos y medievales, o cuáles pudieron ser añadidos posteriores de época moderna. Sin embargo, sí se han mantenido las estructuras de algunos de sus canales, tajamares y parte de las habitaciones que corresponden a las salas de molienda, zonas de despacho o almacenes.

Próxima al molino del Hierro se sitúa la torre del Hierro (10). Esta es una de las dos torres albarranas que se han identificado en la ciudad (la otra es la llamada Almofala, en la muralla del arrabal junto a la puerta del Vado). Se trata de una torre con un pequeño arco en la base que permite el tránsito bajo la estructura de la torre y que se proyecta fuera del paño de muralla en el que está con el objetivo de proteger un punto concreto de ella, en este caso la puerta del Hierro. De esta puerta no contamos con información arqueológica alguna, y conocemos su existencia gracias algunas referencias documentales. Se trataría de una puerta que controlaría el paso del río por este sector de la ciudad y quedaría protegida únicamente por esta albarrana. La fábrica de la torre muestra dos momentos constructivos distintos: la parte inferior y el arco, construidos con sillería de granito en las esquinas y sillajero para las hiladas más regularizadas. El aspecto de esta fábrica guarda similitud constructiva con los tramos de muralla de época emiral de otras zonas de Toledo, mientras que el tercio superior habría sido reconstruido en un momento indeterminado de la baja Edad Media.

La torre del Hierro se sitúa en una zona en una zona de paso que en la actualidad se usa durante las festividades locales y que es conocida como el “la barca de pasaje”, heredera, sin duda, de la importante zona de paso que ha constituido este punto históricamente.

En el extremo norte de la plazuela del paseo Barco de Pasaje se sitúa la conocida Casa del Diamantista (11). Se trata de una construcción de aspecto palaciego situada en un entorno poco acorde con su pretendido estatus ya que el barrio formaba parte de un sector empobrecido de la ciudad. De hecho, antes de ser llamada del Diamantista era conocida como casa del Tinte del Barco, en referencia al barrio de las tenerías y tintoreros en el que se encuentra. Directamente cimentada en el afloramiento granítico de la orilla del río, se levanta sobre el río en vertical completamente expuesta al Tajo. En las fotografías que se conservan del siglo XIX se pueden observar paños completamente almenados a modo de decoración, e incluso cuenta en la planta baja con matacanes que rodean todo el muro. El aspecto, por tanto de la casa es casi de una pequeña fortificación. En algunas de estas imágenes se puede observar cómo se abren nuevas terrazas en algún momento del mismo siglo XIX.

En el siglo XX las almenas son suprimidas y se pueden apreciar las reformas que llevan a cabo en el inmueble los distintos propietarios. La mayor parte de los paramentos que componen la casa pertenecen al estilo constructivo del siglo XIX (muchos de ellos de entramado de madera y ladrillo) aunque se pueden distinguir paños que podrían pertenecer a los siglos XVII o XVIII. Es probable que el conjunto resultante que hoy podemos contemplar sea el resultado de la unión de varios inmuebles mediante adquisición de un único propietario. Al interior, la casa presenta una distribución de las estancias en torno a un patio poligonal (casi un pentágono) y un segundo patio exterior que se asoma al río.

Esta casa es singularmente conocida porque en ella vivió, tras retirarse oficialmente de su oficio a finales de la década de los años 40 del siglo XIX, un afamado orfebre llamado José Navarro. Este artesano adquirió fama nacional al recibir el encargo de realizar, grabar y componer una corona para la reina Isabel II. También fue muy popular, en el sentido más negativo del término, por ser uno de los responsables de la venta de las coronas visigodas del Tesoro de Guarrazar.

Respecto al encargo para realizar la corona de la reina Isabel II, existe una leyenda según la cual el artesano, incapaz de abordar la ejecución de su encargo desde un enfoque original y creativo acorde a su fama y calidad artística, trabajaba sin descanso en el diseño durante horas sin conseguir resultado alguno. Sin embargo, cada mañana el trabajo iniciado el día anterior aparecía ya completo en la mesa del taller. Según esta leyenda, unos duendes salían del río para ayudar al artesano y fueron copartícipes de la magnífica creación del orfebre. En cuanto al suceso con las coronas de oro que fueron encontradas por unos agricultores en las huertas de Guarrazar en la cercana población de Guadamur en el verano de 1858, el joyero toledano recibió parte de las coronas medio desechas de un militar francés que las compró a los agricultores, con el encargo de recomponerlas. Reconstruidas, José Navarro completó el conjunto con algunas piezas que fueron vendidas por separado a otros plateros de la ciudad, y se fue a venderlas al estado de Francia por mediación del militar. El joyero toledano fue duramente criticado por el gobierno español, a pesar de lo cual, continúo sacando provecho económico de sus adquisiciones procedentes de Guarrazar y vendió al propio gobierno español parte del tesoro que no había ofrecido a los franceses. Del taller donde se supone que elaboró la corona de la reina y ensambló las coronas visigodas de Guarrazar no queda rastro alguno, y tampoco se sabe con certeza si esta fue la casa donde realizó estos encargos y trabajos.

Para continuar por la senda del río debemos ascender por unas escaleras que bordean la casa del Diamantista y continuar por una pasarela anclada a la roca y que nos conduce por un largo paseo hasta los pies del acueducto romano (12) y que nos sitúa sobre la torre de una coracha medieval.

Los vestigios conservados de mayor entidad del acueducto corresponden a los arranques de las arcadas (arcuationes) que sujetaban el acueducto en su delicado paso por encima de las aguas del río Tajo. Estos restos (los más espectaculares) pertenecen al tramo final del acueducto y existe una distancia considerable desde el punto donde captaban el agua. La distancia entre ambas orillas en el punto donde se encuentran los restos del canal documentado es muy grande y habría requerido de una estructura de monumentales dimensiones que no concuerdan con la capacidad de carga estructural que podrían soportar los estribos que se conservan junto al río. Por esta razón, la interpretación más aceptada es la de que existiera un sifón cuyo canal vertiera aguas a un tramo de cerrado en tubería (para soportar la presión de la columna de agua), que descendiera hacia el tramo horizontal del canal sobre un acueducto para, a continuación, volver a ascender por la ladera este de la ciudad, al pie del Alcázar, gracias al empuje de la propia fuerza del agua y según el principio de los vasos comunicantes. Debemos alejarnos, por tanto, de la imagen de un acueducto rectilíneo sobre arcos que atraviesan el valle del río, e imaginar una tubería que desciende por la ladera de la Academia de InfanterÍa para cruzar el río a través de un puente y volver a ascender por la ladera al pie del Alcázar.

Respecto a la coracha, conocida como de Docecantos por la cercana puerta que conecta con la zona del Alcázar, los restos mejor conservados corresponden a la torre inferior a través de la que se obtiene el agua, pero en varios puntos de la ladera que asciende hasta el Alcázar se conservan también parte de las otras torres intermedias, aprovechando una de ellas la propia muralla de la ciudad y la otra la estructura del acueducto romano. No han llegado hasta nuestros días los muros fortificados que protegían el paso y circulación por el interior de la coracha. La torre terminal de la coracha es la que se sitúa junto al río, al lado de la senda, y cuyas características se pueden contemplar con más detalle desde la otra orilla del río, cuya perspectiva ayuda a comprender la disposición de la coracha. La torre terminal muestra un cuerpo de planta cuadrada y compacta, construida con sillarejo enripiado y trabado con argamasa de cal de buena calidad. La mitad inferior muestra un sillarejo de mayor tamaño en el que se pueden distinguir algunas piezas colocadas en posición vertical similares a las que se encuentran en construcciones de época andalusí de la ciudad (tanto en la muralla como los muros del Alficen). La mitad superior, en cambio, ofrece una fábrica distinta con piedras de un tamaño más regularizado y homogéneo recortado, y que forma como parte del arco para ventana o puerta abierto en mitad del paramento, que parece corresponder a un tipo de aparejo bajomedieval. En la documentación fotográfica conservada se puede apreciar un hueco en el centro de la estructura y que podría indicar la existencia de un espacio hueco interior que correspondiera a un aljibe o pozo del que obtener el agua de forma segura. La coracha debió existir desde época medieval islámica y fue reaprovechada y reconstruida durante el periodo bajomedieval.

La ubicación de la torre junto al río adosándose al estribo del acueducto romana no es casual y busca aprovechar en la medida de lo posible su estructura. Es probable que una de sus torres intermedias estuviera construida sobre el arranque de uno de los arcos del acueducto. Pero la principal evidencia de la existencia de una coracha y de los muros que servían de pasillo protegido, que conectaban con la torre terminal situada en el río, se encuentra en una de las torres de la muralla que flanquean la puerta de Docecantos. Esta torre de planta cuadrada muestra en sus esquinas una serie de sillares que sobresalen de su fábrica pero que forman parte de ella, muestra inequívoca de que existía un muro o pared que partía de sus esquinas en dirección al río. Además, en la parte superior se puede distinguir una pequeña poterna abierta en la fábrica original que servía de acceso al pasillo protegido de la coracha y que discurría, a modo de adarve, entre las murallas de la coracha que, como mínimo, en este tramo debió tener la anchura de la torre. Esta torre cuenta con el mismo tipo de sillería colocada en posición vertical en el tercio inferior de su fábrica y que en la torre terminal junto al río pertenecen a la fase andalusí, por lo que se puede considerar que esta torre forma parte de una construcción de época islámica que es reaprovechada y adaptada durante los siglos bajomedievales, momento en el que se abre la pequeña poterna, cuya fábrica difiere en su constitución de la que se puede observar en la mitad inferior de la torre.

Cruzando el puente de la carretera y descendiendo por un camino que baja hasta el pie del puente de Alcántara, no situamos junto a un extenso conjunto de carácter hidráulico, entre cuyos restos se encuentran los que formaron parte de una noria de época islámica cuya estructura sirvió de base para instalar el Artificio de Juanelo (13). Este lugar reúne una serie de condiciones adecuadas para que cualquier intento de suministrar aguas a la ciudad desde el río se realizara en este punto, sobre todo porque la situación del Alcázar y su entorno, sede de los gobiernos militar y político así lo obligaba. El abastecimiento de aguas a la ciudad ha sido tradicionalmente problemático, y las distintas soluciones adoptadas han suscitado gran interés entre académicos e investigadores. Parece muy probable que con la llegada de los musulmanes se mantuviera el mismo sistema de suministro de agua al casco a través del acueducto que levantaron los romanos y que había seguido en uso durante el periodo visigodo. Sin embargo, se desconoce la fecha exacta en la que el acueducto dejó de transportar agua a Toledo. Entre las hipótesis que se barajan, es frecuente la referida al derribo intencionado que ordenó Abd al-Rahman III tras recuperar Toledo después de un asedio de un par de años debido a conflictos internos del califato y considerar que el acueducto facilitaba las incursiones al interior del recinto amurallado. Una vez que el suministro a través del acueducto fue suprimido, fue necesario, lógicamente, buscar un sistema alternativo para resolver el problema del abastecimiento de agua, que finalmente se encontró en una noria.

La noria estuvo alojada entre dos grandes muros realizados con sillares de granito que se conservan en parte, gracias a que fueron reutilizados en los posteriores sistemas para subir el agua a la ciudad. A través del hueco donde estaría ubicada esta noria continúa discurriendo el agua del río Tajo, y sigue formando parte, aunque notablemente deteriorado, del conjunto constructivo allí conservado. El agua recogida por la noria sería elevada hasta un acueducto que transportaría el agua a la altura de la Cuesta de Docecantos, donde debió existir algún tipo de pilón o estanque al que acudirían los ciudadanos a recoger agua. El acueducto estaría situado en la corona de una enorme arquería construida con ladrillos que con toda probabilidad se reutilizó posteriormente en los diferentes sistemas de abastecimiento construidos. La existencia de estos arcos se conoce gracias a la documentación fotográfica conservada en archivo, ya que la construcción del sistema de bombeo y de las llamadas Turbinas de Vargas a finales del siglo XIX supusieron la destrucción absoluta de la arquería.

Amortizado el uso de la noria que tan hábilmente idearon los musulmanes, a la estructura se adosaron construcciones para instalar molinos harineros durante los siglos XIII, XIV y XV. Muchos de los canales y estancias que se conservan pertenecen a estos molinos que aprovecharon la existencia del azud construido por los musulmanes para construir un segundo complejo molinero en la otra orilla del río, los molinos de Cervantes o Garci Núñez.

En el siglo XVI, casi cinco siglos desde que posiblemente quedó en desuso la noria de época islámica se instaló en este mismo lugar otro método efectivo para elevar las aguas del río a la ciudad. Su autoría se la debe Toledo al matemático y relojero italiano Juanelo Turriano. Este italiano, nacido en Cremona, diseñó y construyó un artefacto, del que se desconocen los detalles específicos de su funcionamiento. El sistema que puso en práctica Juanelo se basaba, principalmente, en el aprovechamiento de la energía cinética del río para mover, mediante engranajes, un sistema de brazos basculantes con cazos de latón en los extremos que vertían agua unos a otros permitiendo salvar progresivamente el fuerte desnivel que separa la lámina de agua del río respecto al Alcázar y la plaza de Zocodover. Los datos arqueológicos han apoyado esta tesis tras poder documentarse parte de los muros y las estancias en las que quedaría alojada y protegida toda la maquinaria. Igualmente, se ha confirmado que el primer tramo de este complejo mecanismo reutilizó en su totalidad la infraestructura que ya existía de la noria islámica, su acueducto y algunos canales por los que circula el agua que fueron  construidos para instalar molinos harineros bajomedievales. Contando con esta infraestructura previa Juanelo sólo necesitó suministrar fuerza motriz a los engranajes ubicados a partir de cierta altura, suprimiendo, por tanto, la necesidad de dotar de movimiento a un número considerable de brazos en la parte de baja del ingenio. El tamaño de la noria era cercano a los 22 metros de diámetro, y las marcas que la rodadura de la misma dejó tras años de funcionamiento son aún visibles en la pared interior de los muros de sillería de granito.

Inicialmente, Juanelo ensambló un artificio que suministraba agua exclusivamente al Palacio Real situado en el Alcázar, en cuyas explanadas se construyó un conjunto de depósitos terminales donde almacenar el agua. A instancias del ayuntamiento, el italiano montó una segunda estructura, idéntica a la primera, y adosada a ella, con la que se aumentará el volumen de agua proporcionada, ampliando así la posibilidad de que fuera consumida por la ciudadanía. Para ello se colocaron algunas fuentes en la plaza de Zocodover. Pero la constante insolvencia del cabildo municipal impidió a Juanelo disponer de recursos suficientes para mantener en funcionamiento su sistema, a pesar de lo cual, y tras la muerte del relojero en un lamentable estado de ruina, el artificio continúo “malfuncionando”. Finalmente, por real decreto se procedió a su desmantelamiento en 1645, debido a la incapacidad, ya manifiesta, del ayuntamiento para asumir su mantenimiento.

Los molinos que habían permanecido en funcionamiento durante el periodo de actividad de los artificios se mantuvieron hasta el siglo XIX, ampliándose en algunos casos y reutilizando las estancias para la vivienda del molinero. El conjunto de molinos se conocía como Molinos del Artificio.

La construcción de una estación de bombeo de agua diseñada por José López de Vargas en 1875 supuso la destrucción casi completa tanto de los muros de la noria islámica como los del artificio de Juanelo. Con el posterior reaprovechamiento de la infraestructura a comienzos del siglo XX para instalar una central hidroeléctrica se consumó la destrucción definitiva de tan singular ingenio.

En este mismo lugar encontramos un torreón, casi unido a los estribos del puente de Alcántara, y que corresponden a la Coracha de Alcántara (14). Esta torre de planta pentagonal se encuentra situada en un punto delicado por su difícil defensa estratégica ya que se localiza junto a un puente fortificado de enorme interés como zona de acceso a la ciudad y por estar situada en la parte baja del recinto amurallado muy expuesta al hostigamiento enemigo desde la otra orilla. La evidencia de que esta torre corresponde a una coracha la encontramos en la existencia de un pequeño portillo en el costado sur de la torre. Este pequeño vano ofrece un arriesgado acceso al río (cuyo cauce actual discurre sensiblemente más bajo que el de la época) pero protegido, al menos en su embocadura, por la orientación que tuvo la torre en origen, oblicua a la muralla y al puente con el objetivo de que la estructura completa cumpliera una función de parapeto y que desenfilara el tiro directo desde el puente de Alcántara, en caso de que los asediantes hubieran tomado el puente. Es probable que esta torre por su ubicación cumpliera una doble función, complementar la defensa del puente de Alcántara en un costado que está más desprotegido que el otro (flanqueado por las torres de la puerta de Alcántara) y la posibilidad de un suministro de agua en caso de necesidad ante un eventual asedio. De la torre original sólo se conservaría el frente en el que podemos distinguir el basamento inicial con sillarejo alternado con sillería en las esquinas sobre el que se levanta un aparejo encintado similar al que encontramos en construcciones de los siglos XII o XIII en Toledo, así como su pequeña puerta. Esta primera torre quedaría conectada con el interior de la ciudad a través de un punto intermedio o torre situada en el lienzo de muralla de la puerta de Alcántara. En ese sector de la muralla encontramos un basamento de un torreón semicircular con el mismo tipo de aparejo encintado que formaría parte de esta coracha, sirviendo de punto de partida del muro que conduciría hasta la torre junto al río.

En momento aún por determinar se produce la reconfiguración de la torre y ésta adquiere la planta pentagonal actual. Esta configuración pentagonal constituye un indicador cronológico que nos sitúa en el final de la Edad Media. Si atendemos a las características constructivas del alzado de la torre se puede apreciar a simple vista que el tercio inferior por ambos costados muestra un sillarejo irregular en el que se alternan piedras de distinto tamaño con ripios en algunas zonas, mientras que el tercio superior muestra en ambas caras un aparejo de mampostería irregular de menor tamaño posiblemente debido a posteriores reparaciones.  La coronación actual de la torre y su altura corresponden a un recrecido de una reciente restauración que imita la fábrica de la parte intermedia y ha alterado la volumetría original de la torre. Los merlones y almenas de la plataforma superior también han sido supuestos ya que no hay constancia de que existieran en origen.

Junto a la coracha se encuentra el estratégico de puente de Alcántara (15). Su construcción data de época romana, siendo el punto de paso para comunicar Toletum con las calzadas en dirección a Córdoba, Mérida o Zaragoza. En época islámica este puente y otras infraestructuras continuarían utilizándose como zona de entrada a la ciudad, siendo en este momento cuando recibe el nombre de Alcántara, en árabe literalmente puente y cuya puerta, bab-al-qantara significa, también literalmente, la puerta del puente. Debido a su valor estratégico y militar de control del acceso a la ciudad ha sido objeto de múltiples destrucciones parciales. Las fuentes islámicas recogen que, a mediados del siglo IX, durante el emirato de Muhammad I, durante una revuelta de los habitantes de la ciudad se demolió parte del puente, posiblemente el tercer arco desaparecido hoy en día. La proclamación del Califato no apaciguó a la población local en sus reivindicaciones históricas y en el año 930 se produce otro levantamiento de gran virulencia. La dimensión de la revuelta fue tal que el propio califa Abd al-Rahman III ordenó el sitio de la ciudad y se puso al frente de las tropas durante los tres años que se prolongó el asedio, durante el cual mandó destruir parte del puente (posiblemente el lateral de la orilla opuesta a la ciudad). Una vez tomada la ciudad mandó reconstruir partes de puente y a esta reconstrucción debe corresponder el pequeño arco de herradura bajo el estribo este del puente. Además, Abd al-Rahman III mandó también reconstruir el recinto del alficén y todos sus elementos defensivos, prestando especial atención a los dispositivos de defensa (corachas) que permitían el tránsito protegido entre distintos sectores del recinto amurallado interior (alficén) como eran la zona palaciega (residencia del gobernador, bajo el convento de Santa Fe), el Alcázar y el puente de Alcántara (para proteger una eventual huida). En una de las placas conmemorativas colocadas en el puente (la situada sobre el arco de entrada) se recoge la reconstrucción que se realizó del puente en época de Almanzor y que fue mandada colocar por Alfonso X El Sabio en el año 1258.

En la etapa cristiana las noticias sobre el puente de Alcántara vuelven a hacer referencia a múltiples reconstrucciones parciales motivadas por los ataques almorávides (1109) y por las crecidas del río acontecidas en 1205, 1211 o 1258. De las obras de reparación producidas por esta última crecida parece ser que data la construcción del torreón situado en el lateral del puente junto a la ciudad. Una placa fue mandada colocar en el momento de la reconstrucción para conmemorar el suceso. Durante la Baja Edad Media la labor defensiva deja paso a la civil y el puente junto con sus torreones permiten ejercer control de las mercancías y el cobro del impuesto de portazgo. Esta labor la realizaba el corregidor y alcaide de la ciudad quien se encargaba de todas las reparaciones y mantenimiento necesarios para el puente. En una de estas reparaciones, Gómez Manrique, en el 1483, reconstruyó el arco exterior del torreón, obras con las cuales se relaciona la colocación del escudo de los Reyes Católicos y del relieve de la imposición de la casulla de San Ildefonso. El control del paso por el puente y el pertinente cobro del portazgo por transitar por el puente para acceder a la ciudad continuaron activos hasta el año 1911, momento en el que la Dirección General de Obras Públicas se incautó del puente.

El paso por el puente hacia la orilla opuesta a la ciudad y descendiendo a la senda que discurre junto al río nos sitúa en un entorno agrario conocido como la Huerta del Rey y que nos conduce hasta un edificio aislado pero próximo a la ciudad: el palacio de Galiana (17). Este palacio es en realidad la almunia construida en la vega del río Tajo por al-Mamun, rey de la taifa de Toledo durante la segunda mitad del siglo XI. Posiblemente, este nombre lo recibió tras desaparecer los palacios de Galiana originales que se encontraban en el alficén, junto al Alcázar. Por el hecho de que la almunia real estuviera situada en esta zona de vega, su denominación inicial derivó a huerta del Rey como se la conoce en la actualidad. Tras la conquista de Toledo por Alfonso VI en el año 1085, y durante todo el siglo XII, la ciudad fue asediada de forma intermitente por almorávides y almohades. Es posible, según los investigadores, que durante alguno de estos asedios el edificio original fuera destruido y que el actual corresponda a una construcción de época mudéjar, entre los siglos XIII o XIV. Algunas crónicas de la época mencionan la visita del rey taifa de Granada a la ciudad para entrevistarse con Alfonso X a mediados del siglo XIII y que se hospedó en las dependencias de este palacio en la Huerta del Rey. Esta referencia en textos de la época a lo que fue el palacio de Galiana se ha interpretado como la existencia del edificio original y que el actual es el resultado de la remodelación de la edificación primigenio según el estilo de la época, es decir, que se añadieron yeserías y arcos del estilo típico mudéjar que predominaba en aquel momento. Los aparejos constructivos que conforman la mayor parte de la edificación muestran una fábrica de mampostería encintada articulada de forma homogénea en toda la construcción. Este tipo de aparejo pertenece a una cronología entre los siglos XII y XIII, y que se puede encontrar en multitud de edificios en Toledo (particularmente en los religiosos, iglesias o conventos, pero también en viviendas particulares) cuya fecha de construcción ha sido contrastada con la documentación de la época. Aunque no sería descartable que a nivel de cimentación se conservaran restos del palacio original del siglo XI, el alzado del inmueble actual corresponde en su totalidad a una construcción posterior, siglos XII o XIII.

La estructura del palacio muestra una configuración simétrica con dos naves rectangulares paralelas separadas por un salón central y accesos por ambos costados, con un gran estanque frente a la entrada. Una tercera nave rectangular permanece exenta del conjunto. En las inmediaciones del palacio también existió una noria que servía para regar huerta y jardines, hoy completamente desaparecida.