Itinerario IV: Siglos Modernos (S. XVI – XII)

Iniciamos el recorrido de la ciudad junto al Hospital de Tavera, situado junto al acceso principal de Toledo desde Madrid, en un entorno que se urbanizó a lo largo del siglo XVI con el objetivo de que la ciudad adquiera las trazas de una ciudad clásica con una entrada triunfal presidida por una larga y amplia calle rectilínea con grandes explanadas a los laterales en las que puedan tener lugar la celebración de los fastos propios de la categoría de la capital del imperio. Ese es uno de los objetivos que se marcan los arquitectos de este siglo, alejar la imagen de ciudad medieval en la que prevalece un  urbanismo abigarrado, y proporcionar una perspectiva más acorde a los vientos renacentistas y modernos que predominan en Europa.

El Hospital de Tavera (1) fue construido a instancias de Juan Pardo de Tavera, llamado de San Juan Bautista, siguiendo el estilo que ya se había importado en la ciudad en el Hospital de Santa Cruz. El diseño final fue firmado por Alonso de Covarrubias que adapta un proyecto anterior al que dota de mayor espacio y homogeneidad constructiva. La monumentalidad del conjunto se refuerza al exterior con la sillería almohadillada y una simetría bien definida de los vanos de puertas y ventanas, y al interior con sus espaciosos patios porticados y gemelos, separados sólo por una galería transversal de un pasadizo apoyado en columnas. Las obras comenzaron en el año 1541 y continúan pocos años después bajo la dirección de Hernán González que será sustituido a finales del siglo por Nicolás de Vergara “el Mozo”. Los arquitectos Vergara “el Mozo” y Monegro serán los que perfilen y encaminen la construcción final de la iglesia, siendo Monegro el impulsor de su estilo definitivo. Los maestros Toribio González y Jorge Manuel Theotocópuli asumirán el cargo de maestros mayores cuando el hospital comienza con normalidad su funcionamiento en el siglo XVII. A lo largo de esta centuria el sepulcro con los restos del fundador, el Cardenal Tavera, se traslada al edificio y se dan por concluidas las obras. Este sepulcro es obra de Alonso Berruguete y fue labrado entre 1552 y 1561.

Hospital de Tavera
Hospital Tavera - Ayto. de Toledo

Desde su construcción hasta la actualidad las obras en el edificio del hospital y su iglesia (donde se encuentra el panteón familiar de los Duques de Medinaceli, propietarios actuales del edificio) han sido constantes, y sus instalaciones se han destinado a cumplir diferentes funciones y con distintos objetivos. Cabe mencionar que el retablo mayor del hospital comenzó a montarse en el año 1608 con encargo expreso a El Greco que no lo pudo terminar en vida. Su hijo Jorge Manuel asumió los trabajos aunque tampoco pudo concluirlos. Todavía en 1790, casi dos siglos después, aún los trabajos en él no se habían acabado después de haber pasado por él las manos de un sinfín de maestros. El estilo predominante en el edificio es el renacentista de influencia italiana, aunque muestra numerosos elementos constructivos de estilo barroco que pertenecen a las reformas que se realizan en el inmueble hasta el siglo XVIII. Por su ubicación extramuros de la ciudad es conocido como Hospital de Afuera.

El paseo de Merchán nos conduce a la entrada principal de la ciudad, rodeada de espacios ajardinados que denotan la influencia europea que se deja sentir en la ciudad del siglo XVI, y que busca engrandecer la imagen de Toledo. La puerta de Bisagra (2), reúne varias de estas características. Construida en el siglo XVI, la puerta que actualmente contemplamos debió sustituir a la que debía existir en este lugar de la ciudad ya en época medieval. De la puerta islámica quedan posibles restos en la zona interior del arco en la parte que da entrada a la ciudad. La arqueología puso al descubierto parte de la cimentación de la puerta de época taifa, que reproduce el estilo andalusí de las puertas en codo para dificultar el tránsito, protegiendo el acceso en caso de conflicto y ataque a la ciudad. Esta entrada en codo estaría acompañada por torres de flanqueo de planta cuadrangular de las que se pueden observar algunos restos conservados mínimamente en los alzados actuales, reconocibles sólo a nivel de cimentación en las tongadas regulares de mampostería al estilo constructivo de la época islámica a lo largo de todo el siglo XI.

Santiago el mayor
Puerta de Bisagra - Agustín Puig

Durante la Edad Media, la puerta de Bisagra no tuvo el carácter monumental que presenta hoy día porque no fue una entrada principal a la ciudad ni en época islámica ni durante el periodo bajomedieval, simplemente daba acceso a un arrabal. Entre los siglos XII al XVI la estructura de la puerta se mantiene intacta y sólo se realizan en reparaciones puntuales, algunas de los  cuales muestran aparejos del siglo XV (doble hiladas de piedra separadas por doble verdugada de ladrillo)

El nombramiento de Carlos I como Emperador del Sacro Imperio (con el nombre de Carlos V) supone un cambio sustancial en la mentalidad de la monarquía castellana y este cambio tiene su traducción en el aparato constructivo de la ciudad, especialmente en lo que a espacios públicos se refiere. La remodelación que en la puerta de Bisagra forma parte de la voluntad expresa de Carlos V de aportar a la ciudad un aspecto más solemne y admirable. Si tenemos en cuenta que la puerta de Bisagra abre el camino que conduce hacia Madrid, es lógico que el rey pusiera especial atención en mostrar toda la suntuosidad y poder de la ciudad en este lugar simbólico. El aspecto, configuración y construcción de la puerta de Bisagra responden a las necesidades de protección y control propias de una ciudad de la envergadura de Toledo, pero también está presente una importante decoración simbólica que se hace patente a partir del reinado de Carlos I.

La puerta de Bisagra consta de dos cuerpos conformados por dos torres cada uno, separados entre sí por un patio de armas llamado del Encuentro ya que tuvo entre sus funciones la de albergar a los visitantes que iban a ser recibidos por el monarca en persona. Cada cuerpo de torres cuenta con sistemas defensa vertical (rastrillos y buhederas) que protegen forma individual e independiente cada paso y cada torre. Las torres están comunicadas mediante un adarve que recorre perimetralmente el patio de armas que permite ejercer la vigilancia del patio desde la ventaja que proporciona la posición en altura. El cuerpo de torres interiores ya existía cuando se inician las obras en el cuerpo exterior. Las torres exteriores fueron diseñadas por Covarrubias y construidas por Nicolás de Vergara “el Mozo” con ligeras modificaciones, pero siempre siguiendo el estilo renacentista del momento. Estas torres, de planta semicircular, son construcciones de enorme solidez que están dotadas con troneras casi a la altura del suelo que permiten la eventual defensa de la puerta desde el interior de las propias torres. Sobre el conjunto de las torres interiores se ubica la casa del alcaide, encargado de gestionar el sistema de recaudación tributaria en el acceso a la ciudad. En la fachada de las torres interiores, que dan su cara hacia la ciudad, se pueden distinguir claramente los añadidos del siglo XVI, que se realizan al cuerpo central de las torres medievales, y cuyas cubiertas están adornadas con tejas vidriadas con la representación heráldica del águila bicéfala que preside la entrada y salida de la ciudad forman parte del programa propagandístico de la monarquía. Según algunos estudios recientes, es posible que el acceso en codo con el que contaba la puerta desde época medieval se mantuviera durante parte del reinado de Carlos I, pero su cometido original, de carácter defensivo, fue perdiendo importancia a favor de una entrada directa y diáfana propia de un acceso más simbólico que funcional.

Santiago el mayor
Puerta Bisagra - Ayto. de Toledo

La gradual pérdida de funciones defensivas y de control que experimenta la puerta de Bisagra alcanza su máxima expresión cuando sus dependencias son adaptadas para cumplir funciones como prisión. Sus habitaciones interiores se compartimentaron y en el exterior se llegaron a ejercer trabajos relacionados con el prensado de aceitunas para la obtención de aceites incluso se ha propuesto un uso como patio de vecinos.

Por la calle Real del Arrabal ascendemos hacia el centro de la ciudad, pasando por este arrabal de Toledo, y llegamos a la calle Gerardo Lobo donde la puerta de Alarcones (3) queda en una pequeña calle peatonal llamada calle Carretas. La puerta de Alarcones se sitúa a escasos metros de la conocida puerta del Sol que formaba parte del recinto amurallado de la medina islámica, y que puede que coexistieran ya desde la Baja Edad Media. Existe una referencia escrita del 1216 que podría relacionarse con la puerta de Alarcones, denominada torre Arrifaa. El término Arrifaa se ha interpretado como una alusión a los parches o remiendos de una torre ya existente, aunque también se ha considerado que podría responder a la evolución del topónimo arriba en relación a su altura o torre de lo alto. En este caso se estaría asociando la situación de dos puertas, haciendo referencia a la puerta de Alarcones como la alta en relación a la puerta del Sol que está en una situación más baja. Tanto la puerta en sí como los aparejos constructivos que la acompañan (cajones encintados de mampostería en doble hilada separados por doble verdugada de ladrillo) corresponden a un momento constructivo del siglo XV, pero se ha interpretado que las piezas de sillería de las jambas y dovelas responden a un esquema de herradura de trazas islámicas, e incluso de inspiración visigoda, modificado posteriormente hasta convertirlo en arco de medio punto.

En 1605, Francisco de Pisa ya menciona la puerta como Torre de Alarcón, situada junto a la puerta del Sol al estar unidas por una muralla y formando parte de una gran estructura defensiva. Este esfuerzo defensivo y constructivo que concentra dos elementos fortificados en este sector de la ciudad está relacionado con el hecho de que es la única zona de la ciudad que no cuenta con la defensa natural del río Tajo. Tras la construcción de la puerta del Sol la función defensiva de la puerta de Alarcones quedó relegada a un segundo plano, por lo que en los siglos XVI o XVII se permitió al convento de las Bernardas Recoletas construir sobre la puerta, destruyendo su parte superior.

En la actualidad, las calles Gerardo Lobo y calle de las Armas son el resultado de la demolición de las viviendas y casas particulares para poder hacer el terraplén para ambas calles y habilitar el paso del tráfico de vehículos, inutilizando la función original que tuvieron tanto de la puerta de Alarcones como la del Sol.

Antes de continuar el ascenso hacia el centro de Toledo, la calle Gerardo Lobo, en su bifurcación antes de la calle Armas, nos sitúa a los pies del Palacio de Congresos El Miradero y su remonte mecánico, construidos junto al antiguo edificio de la Alhóngida (4) junto a la ermita de los Desamparados. Se trata de la única alhóndiga que ha llegado hasta nuestros días, aunque en Toledo hubo varias a lo largo de la Edad Media y la Edad Moderna. La referencia más antigua a un edificio con estas características corresponde a un documento de principios del siglo XII en el que se hace referencia a la llamada alhóndiga del Rey (al-funduq al Sultan), que se hallaba en las proximidades de la Catedral y, por tanto, inmersa en la zona más comercial de la ciudad. La función de las alhóndigas era la de acoger a los comerciantes foráneos y servir de almacén para las mercancías. Su estructura es similar a la de las famosas corralas madrileñas, con un gran patio, alrededor del cual se distribuyen un buen número de habitaciones dispuestas en dos o tres plantas. Entre las alhóndigas más conocidas en Toledo y que han llegado hasta el siglo XX transformadas en fondas, son la conocida posada de la Sangre, frente al edificio del ahora Museo de Santa Cruz, y la posada del Lino, entre la calle de la Plata y la iglesia de Santa Justa.

El actual edificio de la alhóndiga, que se conserva al pie del Palacio de Congresos fue construido en el último tercio del siglo XVI, en el lugar en el que se encontraba el hospital y ermita de los Desamparados, para lo que fue necesaria la demolición del primero. Todavía conserva muchas de sus estructuras originales, como son las arquerías y bóvedas de la planta baja, si bien, las portadas platerescas que hay en la fachada norte (incluyendo las placas conmemorativas), fueron traídas desde las ruinas del convento de los Trinitarios Calzados, en los años 60 del siglo XX, y reutilizadas en la construcción del siglo XVI. El edificio ha sido empleado para distintas funciones desde el siglo XIX: almacén militar de los franceses en la guerra de la Independencia, almacén municipal, albergue, archivo notarial, sala de ensayos, estación de autobuses, juzgados, etc.

Si continuamos hasta acceder al remonte mecánico ubicado en el interior del Palacio de Congresos subimos hasta la calle de las Armas, junto a la plaza de Zocodover. El arco de la Sangre, en un lateral de la plaza nos sitúa dentro del recinto islámico del alficén donde los gobernadores y reyes musulmanes levantaron sus residencias reales, por su posición defensiva y estratégica dentro de la ciudad, y su alcázar. Este sector de la ciudad muestra una configuración completamente distinta en el siglo XVI de la que pudo tener durante el periodo islámico y también en los últimos siglos medievales.

Descendemos por la calle Cervantes hasta situarnos frente al Hospital de Santa Cruz (5), sede del Museo Regional, edificio de singular importancia dentro del renacimiento peninsular. Fue fundado por iniciativa del cardenal don Pedro González de Mendoza a finales del siglo XV, pero sus obras no se iniciaron hasta comienzos del siglo XVI bajo la dirección de los hermanos Antonio y Enrique Egas. La obra se materializó, a título póstumo de su fundador, gracias a las gestiones de su albacea (la propia reina Isabel la Católica, que además le otorgó la categoría de Hospital General). El hospital ocupó un espacio en el que se creyó que estaba situada la basílica visigoda de San Pedro y San Pablo (sede de los históricos concilios), razón por la cual Alfonso VI dedicó a San Pedro la advocación del convento que en ese mismo lugar mandó construir, aunque no se ha encontrado vestigio alguno de esta basílica cuyo emplazamiento la arqueología ha demostrado debió situarse en la zona de la Vega Baja, en uno de los arrabales de la ciudad visigoda. En la zona del Hospital de Santa Cruz se edificarían, además, y en plena Edad Media, otros dos conventos: Santa Fe y San Francisco, de los cuales el hospital aprovecharía parte de sus claustros y dependencias.

Las cimentaciones del convento original de San Pedro fueron encontradas durante las obras de remoción en la plazuela que precede la entrada al museo. La mayor parte de los muros del convento fueron derribados para la construcción del hospital y sus materiales (principalmente la cantería) fueron reutilizados para la construcción de los muros del Hospital de Santa Cruz. Tanto el trazado de su planta como los accesos, las portadas y toda la carpintería interior están en clara sintonía con el renacimiento de influencia italiana que predomina en todo el conjunto. El aparato escultórico de todo el edificio es obra de Alonso de Covarrubias, siendo especialmente relevantes tanto la portada exterior de estilo plateresco como las escaleras que comunican las dos plantas del claustro suroriental. Inicialmente el edificio debería haber contado con cuatro claustros siguiendo el modelo en cruz característico del patrón hospitalario. La existencia en el sector noroccidental del convento de Santa Fe impidió que éste pudiera construirse, y el que sí se construyó, situado al suroeste, ha quedado desfigurado por su instalación allí de dependencias administrativas a lo largo del siglo XX. En cuanto al patio nororiental, éste, bien conservado, muestra en su construcción multitud de elementos arquitectónicos reutilizados de diferentes épocas, entre los que cobran especial interés los capiteles y cimacios visigodos que coronan cada una de las columnas de las galerías. La existencia de un número considerable de estas piezas en el edificio ha conducido a sospechar que podría haber existido en las inmediaciones del convento un edificio de cierta relevancia en época visigoda, descartando ya la opción de que se trate de la basílica de San Pedro y San Pablo, situada en la Vega Baja.

Dentro del complejo hospitalario, la zona dedicada a la oración y al rezo se habilitó al norte del en una pequeña capilla de estilo gótico tardío.

Frente a la portada del Hospital de Santa Cruz, la plaza de Santiago de los Caballeros nos conduce por una escalera y tramo de calle peatonal hasta la escalinata de acceso al Alcázar (6) donde se ubica el Museo del Ejército. Situada en el extremo nororiental del casco histórico, esta imponente edificación defensiva domina el paso del río por el puente de Alcántara y ocupa uno de los emplazamientos más elevados de la ciudad con el objetivo de ejercer, también, el control militar de núcleo urbano. Los esfuerzos para establecer un firme control militar y defensivo en este sector de la ciudad se remontan a época islámica. Tradicionalmente se ha considerado que durante época romana en este lugar se situaba el pretorio romano y que posteriormente se convirtió en el emplazamiento de los palacios de los reyes visigodos, aunque no se han encontrado elementos arqueológicos que lo puedan confirmar. Pero sí sería el lugar elegido por los musulmanes para levantar su la alcazaba donde albergar la residencia de los gobernadores de la ciudad, que también serviría para hospedaje de los posteriores reyes taifas, junto a su alcázar. Algunos restos de las dependencias de estas casas palaciegas se conservan en el interior del convento de Santa Fe (detrás del Museo de Santa Cruz). El conjunto de la alcazaba se extendía, además, por el actual paseo del Miradero y paseo del Carmen.

En el lugar que hoy ocupa el Alcázar se construyó la primera fortificación con estas características en época islámica, bajo el mandato de Abd al-Rahman III (891-961). Las constantes y enérgicas revueltas que tenían lugar en Toledo, prácticamente desde la llegada de los musulmanes a la península, obligaron a los emires y gobernadores locales a contar con un espacio fortificado que les protegiera de un clima de permanente hostilidad. Construido por iniciativa del emir Al-Hakam I a finales del siglo VIII o comienzos del IX, debió ser reformado a mediados del IX por su hijo Abd al-Rahman II y vuelto a reconstruir por Abd al-Rahman III ya en época del califato, cuando se acomete una reforma integral del recinto del alficén tras el conocido asedio de la ciudad entre los años 929 y 932. Las crónicas cuentan que se levantó con muros de tapial (tierra apisonada) siguiendo el estilo constructivo habitual en los alarifes musulmanes, y que se ha podido confirmar en los tramos descubiertos en el Miradero y el bar El Trébol. De los restos del alcázar islámico primitivo quedan algunas evidencias aisladas en distintos puntos de la actual fortaleza. Pero sin duda, los más sobresalientes son los muros que se pueden contemplar junto a la escalinata de acceso al Museo del Ejército y en el interior del mismo. Se trata de dos grandes lienzos de muralla o pared fortificada, que, apoyados sobre la roca, nacen perpendiculares a la base de la fachada norte del Alcázar y que formaron parte de una coracha que conectaba el Alcázar con la zona palaciega situada en la zona del Convento de Santa Fe.

Tras la reconquista de la ciudad por las tropas cristianas, el alcázar experimenta algunas reformas, las más significativas durante el periodo Trastámara (siglo XIV) y se construyen varios torreones en el perímetro murario de la ciudad así como en el propio alcázar. Uno de ellos, con planta ligeramente girada respecto al eje, fue descubierto durante las excavaciones arqueológicas realizadas con motivo de la construcción del Museo del Ejército.

El periodo de reformas más notable que tiene lugar en el Alcázar de Toledo se desarrolla durante el siglo XVI, cuando el rey Carlos V se propone transformar la fortaleza en palacio y realiza numerosas reformas que diseña y ejecuta el arquitecto Alonso de Covarrubias. El nuevo trazado supone el derribo parcial de dos fachadas (norte y sur) la readaptación de otras dos (este y oeste) así como dotar de una nueva configuración al patio. El edificio resultante se mantiene intacto, con puntuales reformas, algunos cambios de imagen (sobre todo en el remate de las torres con chapiteles) y un uso variado que se realizó de sus dependencias (hospital de beneficencia para mendigos en el siglo XVIII, cárcel real y academia de infantería militar en el siglo XIX, etc.), hasta que se destruye una parte considerable de la fortaleza como consecuencia de las ofensivas artilleras que se producen durante la Guerra Civil (1936-1939) y que afectaron considerablemente a varias de las fachadas.

La reconstrucción del Alcázar que se realiza en la década de los 40 del siglo XX reproduce varios estilos arquitectónicos. Actualmente, además del Museo del Ejército, dentro del Alcázar está alojada la Biblioteca Regional y varios despachos militares.

Alcázar noche
Alcázar de noche - Agustín Puig Sánchez

Nos trasladamos hasta la cercana plaza de Zocodover que en el siglo XVI será escenario de autos de Fe y de la reprobación pública que forma parte de la propaganda que pone en marcha el Tribunal de la Inquisición a finales del siglo XV. Esta plaza se mantiene como centro económico de la ciudad ya que el mercado se diversifica con varias actividades comerciales, artesanales recreativas e institucionales. En sus alrededores también se instalaron todo tipo de tiendas, artesanos, mesones y posadas. Felipe II, tras un incendio que tuvo lugar en 1589, quiso darle el esplendor monumental de una plaza típica del renacimiento acorde con la importancia de la ciudad. Para ello encargó un proyecto a Juan de Herrera, el cual planificó una plaza Mayor de planta cuadrada cerrada, cuyos laterales estarían conformados por soportales y balcones corridos, semejantes a otras plazas castellanas como Madrid o Valladolid. Sin embargo, el cabildo catedralicio, debido a intereses relacionados con los alquileres que cobraba de las casas que tenía allí, se opuso al proyecto. Como consecuencia, la plaza quedó con su forma original y únicamente se levantaron los edificios incendiados, se ensancharon algunos accesos, como la calle ancha y la cuesta del Alcázar, en la que se construyeron dos arcos a modo de puerta que daban acceso esta calle.

De la plaza de Zocodover parte la calle de la Sillería hasta encontrarse con la calle Cadenas que conecta en línea recta con la calle Núñez de Arce, en cuyo extremo final se encuentra la Capilla de San José (7). Construida entre 1588 y 1596, la capilla siguió el diseño elaborado por el arquitecto Nicolás de Vergara el Mozo. La propuesta inicial de su construcción fue realizada por el mercader local Martín Ramírez quien planteó a Santa Teresa la posibilidad de trasladar la comunidad de las carmelitas descalzas de su convento, en estado de práctica ruina, a uno nuevo situado en un lugar privilegiado de la ciudad. Al morir Martín Ramírez sin apenas haber iniciado siquiera la obra, Santa Teresa adquiere la propiedad de las casas anexas a la actual capilla propiedad de Alonso Martínez donde las monjas se comprometieron a construir su convento. Además, asumieron el encargo de adquirir otro solar para edificar la iglesia y en caso de no hacerlo, los albaceas de Martín Ramírez se reservaban la opción de construir allí la iglesia, voluntad última de éste. Transcurridos los 10 años pactados como periodo máximo para iniciar las obras, las monjas, que no habían iniciado trámite alguno para el comienzo de la construcción de la iglesia y seguían ocupando las habitaciones-celdas de la casa de Alonso Martínez (aún hoy se puede ver indicada la habitación que correspondió a la celda que ocupó la propia Santa Teresa), se decidió comprar las vecinas casas palaciegas del marqués de Montemayor con el fin de construir en ese lugar la capilla.

Después de varios años, las carmelitas continuaban sin comenzar los trámites para la construcción de la iglesia debido a la falta de recursos económicos por lo que finalmente abandonan las casas que habían ocupado y se trasladan a otras situadas en la calle Tendillas (donde luego fundarían el convento de las Capuchinas). En esas circunstancias los albaceas de Martín Ramírez consiguen recuperar la propiedad de las casas que hasta entonces habían ocupado las carmelitas y se propusieron cumplir con la voluntad de Martín Ramírez, aunque fuera en parte, construyendo una capilla dedicada a San José a finales del siglo XVI. Las antiguas casas de las carmelitas serían recuperadas para uso como residencia nobiliaria algo más tarde a cargo de los condeses de Güendulain que asumen el patronazgo de la Capilla. Los elementos más sobresalientes de esta capilla se encuentran en la bóveda, cuyas pinturas son obra de El Greco, así como los lienzos del retablo del altar mayor. El conjunto arquitectónico y pictórico de la capilla constituyen uno de los ejemplos mejor conservados del renacimiento toledano, a pesar del expolio de algunas de las pinturas de El Greco que fueron vendidas a comienzos del siglo XX por el Conde de Güendulain.

Retrocedemos por la calle Núñez de Arce para tomar la calle Alfileritos hacia la Plaza de San Vicente, cuyo ábside mudéjar sirve de bifurcación para girar hacia la calle Santa Clara, pasando por el Callejón de Santa Clara, ascender hasta el cobertizo homónimo adentrándonos en plena zona conventual de la ciudad. Tomamos la calle de Santo Domingo el Real, pasando bajo su cobertizo y nos situamos junto al convento de las Comendadoras (8). Actualmente el edificio que ocupa esta comunidad de religiosas es el resultado de la agrupación de algunas de las propiedades del convento de Santo Domingo el Real y el convento de Santa Clara desde el año 1935. Las monjas se trasladaron aquí desde el convento de Santa Fe donde habían permanecido desde el siglo XVI. El convento de las dominicas (Santo Domingo el Real), sobre el que se asienta el de Santiago, fue construido en el siglo XIV gracias a la generosa donación de un conjunto de casas propiedad de Inés García de Meneses. A lo largo de este siglo XIV y el posterior siglo XV se acometieron multitud de obras menores para adaptación y remodelación del espacio conventual. Aún se pueden observar en las paredes del convento multitud de paramentos que debieron formar parte de las casas sobre las que se asienta el convento, algunos de ellos de antiguas viviendas islámicas. Hay que mencionar que, dentro de los muros que conforman la calle del cobertizo pueden verse varios tipos de aparejos habituales en las construcciones de la ciudad entre los siglos XIII-XIV sobre otros que se pueden remontar a época islámica (siglos X-XI). De las construcciones medievales del  convento destaca el espléndido alfarje del siglo XV que decora los techos del refectorio que las comendadoras integraron en la iglesia para alojar al coro.

El sector del convento de Santa Clara que ocupan las comendadoras nace en el siglo XIV y las casas en las que se levanta el cenobio pertenecían a don Per Afán de Ribera, el cual cedió parte de sus palacios para que en 1371 se instalaran allí las clarisas. Todavía son muchos e importantes los restos de los edificios de estilo mudéjar que se conservan en el convento de Santa Clara, y en los que pueden verse arcos con yeserías y alfarjes de gran calidad decorativa y artística.

En el siglo XVI se inicia un proceso de transformación integral del edificio del que forma parte la construcción de la iglesia y el claustro de la Mona cuyo nombre, procede, supuestamente, de un cinamomo que hubo plantado en el jardín del clasutro. Las trazas del claustro fueron definidas por Diego de Alcántara a finales del siglo XVI y decorado con un panel de azulejería de excelente calidad técnica y artística, acorde a la capacidad artesanal de los alfareros de la ciudad. El claustro fue levantado sobre los restos del trazado anterior de época mudéjar (aunque algo tardío, siglo XV). Este claustro sirvió hasta los años 50 del siglo XX como lugar de enterramiento de las religiosas, pero actualmente se da sepultura a las monjas en un cementerio construido al efecto fuera del convento. El crecimiento progresivo del convento en el siglo XVIII supuso, además, la adhesión de un callejón que separaba el convento dominico del convento de Santa Clara. El convento alcanza su configuración definitiva a mediados del siglo XX, cuando se afinca en él la orden de las comendadoras. Junto al refectorio entran a formar parte del nuevo convento de la orden de las comendadoras el citado claustro de la Mona y una serie de las antiguas celdas que ocupaban las dominicas, así como otras propiedades similares del vecino convento de Santa Clara.

Dentro del mismo conjunto arquitectónico pero en diferentes inmuebles encontramos el convento de Santo Domingo el Real (9). Fundado en 1364, ocupa el lugar donde se situaban las casas propiedad de su fundadora, Inés García Suárez de Meneses. El expansionismo constructivo que caracterizó a los conventos de Toledo en el siglo XIV no fue una excepción en Santo Domingo el Real. Tanto es así, que la necesidad de ampliar la superficie útil del edificio por parte de las religiosas alteró notablemente el trazado viario en este sector de la ciudad. Tanto la actual plaza, denominada de Santo Domingo el Real, como la calle Buzones y el cobertizo llamado también de Santo Domingo son el resultado directo de la conveniencia de la comunidad de religiosas que cambiaron sus propiedades con la de otros particulares (convento de Santa Clara incluido) en colaboración con el propio ayuntamiento con el objetivo de resolver las necesidades de espacio tan acuciantes. Resultado de estos acuerdos fue la construcción de una nueva iglesia que vino a sustituir a la anterior, del siglo XIV, y también un nuevo refectorio que quedaría situado en el tercio sur del edificio y construido en el siglo XVI. Durante el periodo de reformas principales acometidas en este siglo XVI se integran algunas de las dependencias de las casas palaciegas que existían en el entorno.

Convento de Santo Domingo El Real
Convento de Santo Domingo El Real - Ayto. de Toledo

La articulación del espacio monástico continúa centrada en los claustros medievales cuya función y estética se mantienen intactas: el denominado del Moral o de Autos data del siglo XV y pertenece en su estilo al gótico-mudéjar; el otro, llamado del Rosal o de la Cerveta, presenta ya unas características típicamente renacentistas. El claustro de la Mona forma parte del espacio conventual de las Comendadoras de Santiago.

Las constantes particiones y adaptaciones para diferentes usos y funciones que ha sufrido el convento han desfigurado considerablemente la monumentalidad de su estructura. Tanto es así, que a día de hoy son tres las órdenes religiosas las que lo habitan.

Si continuamos por la plaza de Santo Domingo del Real en dirección a la calle Buzones y plaza del mismo nombre alcanzamos la plaza de la Merced donde se sitúa el actual edificio de la Diputación, levantado en el siglo XIX sobre el antiguo convento de los mercedarios descalzos, entre cuyos muros vivió el fraile Tirso de Molina en el siglo XVII. Tomamos la cuesta de la calle de Santa Leocadia, dejando la iglesia junto a la plaza de Santo Domingo el Antiguo para aproximarnos a la entrada del Convento de Santo Domingo el Antiguo (10), por el costado sur del edificio, en la calle Garcilaso de la Vega.

Se trata posiblemente del edificio conventual más antiguo de la ciudad, de  ahí el apelativo que lo acompaña. Fundado por Alfonso VI, éste sería el primer edificio cristiano que se levantó en el interior de la ciudad tras su conquista en el año 1085. Sin embargo, según la tradición conventual, en este mismo lugar existió, en tiempo de los visigodos, un primer monasterio levantado en honor a la ilustre figura cristiana de Santa Leocadia cuyos restos fueron allí mismo enterrados ante la inminente llegada de los conquistadores árabes. El crecimiento del convento se inicia cuando éste se encuentra ya funcionando con normalidad y cuenta con una comunidad bien asentada. A mediados del siglo XIII comienza la progresiva adquisición de propiedades colindantes, bien por vía de la donación, o bien a través de la compra directa. Algunas de estas casas fueron donadas por don Juan Manuel (sobrino del rey Alfonso X), gracias a lo cual, el convento continuó su crecimiento y pudo ampliar su superficie útil conservando portadas y algunas de las habitaciones de las casas palaciegas (entre las que destaca la llamada Sala de Acción de Gracias, a la que se accede a través de arcos de herradura apuntados, muy característicos de la arquitectura almohade del siglo XIII).

Convento Santo Domingo El Antiguo
Convento Santo Domingo El Antiguo - J.R.Márquez

La iglesia actual fue levantada en el siglo XVI sobre las trazas de la anterior siguiendo los diseños propuestos inicialmente por Nicolás de Vergara el Mozo, y los de Juan de Herrera en un segundo momento. El convento cuenta con dos claustros que muestran evidentes huellas de haber sufrido reformas y transformaciones constantes. El de mayor tamaño, de los Laureles, fue construido entre los siglos XV y XVI, y debía haber presentado con toda probabilidad un aspecto distinto al actual sin que estuviera vista su fábrica.  El convento, por otro lado, aún conserva multitud de elementos del mudéjar típicamente medieval. Tal es el caso de la Sala Capitular, cuyos pórticos están adornados con excelentes yeserías y sus suelos tapizados con azulejos de aristas propios del estilismo bajomedieval. Los techos y alfarjes de todo el edificio recogen la combinación del arte clásico del renacimiento toledano con la tradición mudéjar tan presente en la ciudad de Toledo.

En sentido contrario a la calle Garcilaso de la Vega, ascendemos hasta la plaza de Padilla donde nos encontramos con otro de los conventos más antiguos de la ciudad, el convento de San Clemente (11). El acceso se realiza por la calle de San Clemente, perpendicular a la Plaza de Padilla a la que podemos llegar por la calle y plaza de San Román. Este convento fue fundado probablemente en época de Alfonso VII, del que existen algunas referencias documentales que se remontan al siglo XII. Los restos más antiguos del edificio conventual están localizados bajo el actual claustro donde se han hallado las cimentaciones del anterior, cuyos paramentos se han fechado en el siglo XIII. En la esquina sur de la Sala Capitular se localizó, tapiado por los actuales muros de la propia sala y de la iglesia, un panel de pinturas murales con bellísimas escenas bíblicas que también han sido fechadas en el siglo XIII. Cada uno de estos elementos constructivos habría formado parte del convento primigenio, cuya iglesia estaría orientada en perpendicular a la actual y su claustro contaría con unas dimensiones inferiores a las del patio que hoy podemos observar.

A finales del siglo XIII y a lo largo de todo el siglo XIV las donaciones a la orden y al convento son tan habituales y frecuentes que la comunidad va adquiriendo progresivamente la propiedad de todas las casas colindantes, y el edificio conventual se va ampliando hacia el suroeste. En las dependencias al noreste del convento (actual lavandería, pero también en la Sala Capitular y el claustro) se han encontrado algunos restos de las cimentaciones de las casas que fueron incorporadas al conjunto constructivo del convento. Todas ellas parecen corresponder al momento inmediatamente anterior a la construcción del convento, entre los siglos XI y XII. De las casas que fueron donadas entre los siglos XIII y XIV quedan restos ocultos entre los entramados de las paredes de la lavandería y los pasillos interiores de que dan acceso a las celdas, cocinas y almacenes. Algunos de ellos, de bellísima factura islámica y mudéjar (viguería talladas con bajorrelieves o yeserías policromadas) indican que los propietarios de éstas pertenecieron a familias notables, las únicas que podrían permitirse realizar donaciones de esa envergadura. A este contexto de expansionismo constructivo de mediados del siglo XIV pertenecen el excepcional alfarje del refectorio así como las yeserías e inscripciones que en él existen, situadas en el los puntos de comunicación y tránsito del salón hacia otras dependencias del convento.

En el siglo XVI y a comienzos del XVII el convento alcanza su configuración definitiva tras el incendio de la iglesia y parte del edificio conventual, hecho que obliga a una ampliación y profunda remodelación del inmueble. La orden cuenta con recursos económicos suficientes gracias a los cuales se permite construir una iglesia que será adornada con ornamentos en piedra y madera únicos en calidad y belleza. El incendio que motivó la reconstrucción se llevó por delante lienzos y tallas de retablos e imágenes con alto valor artístico.  Junto a la iglesia también se reforma la Sala Capitular casi al completo y su magnífico alfarje policromado de finales del siglo XV, así como el solado de azulejería, se derriba el antiguo claustro y se construye el actual llamado de las Procesiones. Es el momento en el que los arquitectos Alonso de Covarrubias y Nicolás de Vergara el Mozo proporcionen al convento las piezas escultóricas que mejor representan el renacimiento de Toledo (especialmente en la portada de la iglesia, obra del primero).

Descendiendo por la calle San Román, pasando junto a la iglesia de San Román y el Museo de los Concilios, llegamos hasta la plaza Juan de Mariana a la que se abre la monumental fachada de la iglesia de San Juan Bautista o de San Ildefonso (12), conocida como de los Jesuitas. En realidad se trata de un extenso conjunto arquitectónico donde estuvo situada la casa Profesa y su iglesia, ambas englobadas en las construcciones que la Compañía de Jesús construyó sobre las antiguas casas propiedad del conde de Orgaz. Estas viviendas fueron adquiridas por los jesuitas a mediados del siglo XVI aunque las obras se iniciaron a comienzos del siglo XVII. A pesar de que no fueron rematadas hasta el siglo XVIII, los jesuitas fueron desarrollando su actividad cultual con normalidad en los espacios disponibles y habilitados. Al conjunto se van sumando progresivamente los inmuebles del hospital de la Misericordia y el convento e iglesia de la Purísima Concepción completando un extenso complejo arquitectónico de carácter religioso en pleno corazón de la ciudad y que fue puesto bajo la advocación de San Ildefonso y posteriormente de San Juan Bautista.

Con el objetivo de dotar de amplitud a la nueva iglesia e introducir el simbolismo de su monumentalidad a la parroquia, la fachada se retranquea varios metros respecto a la línea original que guardaban las casas del conde de Orgaz y respecto a vecino convento de Madre de Dios. También se construye una escalinata de acceso que contribuye a que la percepción de altura del edificio se incremente jugando con la perspectiva que ofrece desde el nivel tan bajo de la plaza. Finalmente, la iglesia adquiere mayor uniformidad y una planta debidamente regularizada.

A mediados del siglo XVIII el complejo edilicio adquiere su configuración definitiva al estilo barroco de la época y acorde, por otro lado, a la filosofía de la congregación jesuita, que buscaba deliberadamente fachadas e interiores de aspecto impactante con las que simbolizar el poder y capacidad de la comunidad. En ese sentido, el emplazamiento en este lugar elevado de la ciudad reúne muchas de las condiciones demandadas por los jesuitas. Según esta filosofía de carácter propagandístico el lugar y su edificio permitían ejercer una posición dominante sobre el resto del tejido urbano (dominio respaldado por las dos monumentales torres que flanquean la sólida fachada).

La expulsión de los jesuitas por orden del rey Carlos III, a mediados del siglo XVIII, dejó en manos de la Inquisición la propiedad de la casa y su iglesia. A partir de ese momento sólo se mantiene el culto en la iglesia mientras que el conjunto de las casas pasa a cumplir funciones civiles. Desde entonces los edificios de la casa Profesa están dedicados de forma exclusiva a oficinas de la administración pública.

La calle Alfonso X El Sabio parte de un lateral de la plaza de San Juan de Mariana. Esta calle se cruza con la calle Nuncio Viejo que desciende hasta la plaza de Amador de los Ríos en cuya esquina opuesta por la que entramos está la calle de San Ginés que atraviesa el barrio comercial desde época medieval, hasta enlazar directamente con la calle de la Sal y de ella bajamos por la cuesta de la Sal que nos sitúa junto a la plaza de las Cuatro calles. De esta plaza parte, nuevamente en sentido descendente, la calle Martín Gamero hasta desembocar en la calle Tornerías que nos conduce hasta la plaza Mayor (13).

La configuración actual que presenta esta plaza es el resultado del planeamiento que de ella hizo Nicolás de Vergara El Mozo a finales del siglo XVI. Dicho planeamiento difiere sustancialmente de la visión general que de las plazas mayores castellanas existe en la España de los siglos XVI y XVII, en la que los grandes espacios porticados en madera caracterizan su estética. En el caso de Toledo, al tratarse del corazón comercial de la ciudad, la plaza Mayor debía combinar de la forma más equilibrada posible los distintos elementos que su angosto urbanismo ofrecía. Así, el espacio resultante debía contar con la ampliación que se iba a efectuar de la capilla del Sagrario de la Catedral, el mercado en sí mismo (que pasará a ser conocido como las Carnicerías Mayores), el nuevo hospital del Rey y el Corral de Comedia que sustituiría al antiguo corral llamado Mesón de la Fruta. Todos ellos iban a ser construidos de nueva planta lo que permitiría a Nicolás el Mozo adaptar, con relativa facilidad y sencillez, la configuración de la plaza a las nuevas edificaciones previstas dotando de cierta proporcionalidad al corazón comercial y vital de la ciudad. No disponemos de datos concretos del aspecto que debió tener la plaza medieval, si bien, en el plano que El Greco dibujó a comienzos del siglo XVII parece que el espacio representado debió ser más o menos parecido al actual. No obstante, en el dibujo del pintor se pueden distinguir algunas edificaciones que hoy ya no existen, y que debieron ser derribadas durante las obras de remodelación y adaptación de la plaza a finales del siglo XVI.

La ejecución de estas obras aportó a la plazuela una configuración de aspecto humilde que aún conserva algo del vitalismo que tuvo en épocas anteriores como son los grafitos pintados con almagra, llamados “vítores”, que adornan las fachadas de sillería de la catedral, con lo que los estudiantes de la universidad, tras recibir su título escribían sus nombres en un ambiente festivo y popular. Hoy día, tanto el teatro como el mercado a duras penas sostienen la actividad comercial y cultural de la plaza.

De todos los edificios que actualmente rodean la plaza, el hospital del Rey es el único que conserva el aspecto original del siglo XVI. Fue levantado a finales del siglo XVI siguiendo el diseño que elaboró Nicolás de Vergara el Mozo en 1593. Originalmente el hospital estuvo ubicado en el actual emplazamiento de varias capillas de la Catedral que se construyeron como parte de la ampliación de la misma durante el siglo XVI. El hospital fue fundado en el siglo XIII, para acoger a enfermos desahuciados, sobre unas casas situadas junto a la catedral. Esta institución benéfica, administrada por la cofradía del Corpus Christi, había tenido su sede en diferentes puntos de la ciudad hasta que se establecen en las antiguas tiendas vecinas de la catedral, en pleno barrio comercial.

La reordenación de finales del siglo XVI para dar cabida a las ambiciones constructivas de la Catedral afectó de forma directa a las instalaciones del hospital del Rey. Tras negociar la compra de las antiguas propiedades del hospital por parte de la Iglesia, la cofradía del Corpus Christi adquirió unas casas muy próximas a su ubicación de entonces, justo enfrente. Estas casas, junto a algunas donaciones que efectuaron algunos cargos eclesiásticos, sirvieron para construir el nuevo edificio donde instalar el hospital del Rey. Las obras se realizaron entre 1595 y 1602. La actual calle Pedro Pérez, cuya alineación bien escuadrada contrasta con la sinuosidad habitual de las calles toledanas, nace gracias a la transformación y adaptación urbana en la zona. Además, se pierde y ciega definitivamente la calle de Gorreros que unía la calle de Chapinería con la actual de Sixto Ramón Parro debido a la ampliación de la Catedral, y se habilita la de Pedro Pérez, tal y como contempla el proyecto de Nicolás “el Mozo”.

Al sur de la plaza Mayor, y en sentido descendente, la calle Sixto Ramón Parro borde el costado de la sacristía de la Catedral y conecta con la calle Bajada del Barco. El colegio de Infantes (14) se encuentra a altura de la plaza que lleva su mismo nombre. Este edificio de singular interés fue construido y fundado a instancias del cardenal Silíceo a mediados del siglo XVI (en torno al año 1559) para dar formación en materia de música y gramática a los niños cuya posterior misión sería dar asistencia al coro. Sus trazas responden a la reconstrucción y reforma del inmueble sobre edificaciones anteriores, sobre todo de casas bajomedievales que ya existían en el siglo XIV, que a su vez debieron ocupar el lugar de una posible mezquita. Por este motivo el inmueble cuenta con una disposición irregular como respuesta al sinuoso trazado de las calles toledanas. Las obras del siglo XVI, que le configuraron como es en la actualidad, fue necesario acometer la demolición de algunos edificios que había en la zona, entre los que se encontraba el baño de época islámica conocido como del  Caballel.

Del colegio destaca la entrada principal al edificio que se encuentra descentrada respecto al eje de la fachada. Se trata de una puerta de doble hoja flanqueada por dos cariátides (interpretadas como canéforas por el cesto con vegetales que sostienen en la cabeza) que sujetan el friso principal donde el escudo del cardenal Silíceo ocupa un lugar principal y sobre el que hay un disco con la imagen de la Virgen y el Niño. El autor de la portada, Francisco de Villalpando, muestra su clara influencia italiana al incorporar, además de las cariátides a ambos lados de la puerta, un recercado realizado con chapado de sillares almohadillados que confieren a la portada cierto grado de solemnidad. La calidad artística de esta portada justificaba que estuviera desplazada respecto al centro de la fachada con el fin de que pudiera ser contemplada directamente desde la calle Bajada del Barco, calle que, por otro lado, conectaba directamente con la catedral.

Los recientes trabajos de restauración y acondicionamiento del edificio para que éste albergar la sede del Museo de Tapices, se localizaron restos de construcciones de época romana, en concreto una gran cisterna de opus caementicium revestida de signinum, que debió aprovechar los manantiales que discurren por el subsuelo de la zona, tal y como hicieron en la vecina plaza de las Fuentes los propietarios de los baños de época islámica.

Retrocedemos por la calle Bajada del Barco hasta volver a situarnos a la altura de la Catedral en la calle Cardenal Cisneros que nos conduce por el lateral sur de la Catedral hasta llegar al punto de entrada por la puerta Llana. Para contemplar la monumentalidad de la construcción debemos continuar por la calle Cardenal Cisneros hasta alcanzar la plaza del Ayuntamiento y situarnos frente a su fachada.

La Catedral (15) se mantiene como edificio distinguido de la ciudad de época moderna, heredando el protagonismo religioso y artístico que adquirió en los siglos bajomedievales. Fue construida en el emplazamiento del foro de la ciudad romana sobre el que se levantó la antigua mezquita mayor de la medina islámica, la cual a su vez se erigió en el supuesto emplazamiento de la basílica visigoda consagrada a la Virgen María y de la que no hay noticias arqueológicas, tan sólo una evidencia epigráfica en el claustro de la Catedral. La importancia comercial de los barrios que rodean la Catedral procede de la andalusí, cuando los establecimientos de carácter comercial y artesano surgen alrededor del dinamismo de la Mezquita Mayor.

La construcción de la Catedral se inicia en el año 1226, comenzando por la cabecera al este, como sucede habitualmente en las iglesias medievales, dando prioridad a las zonas litúrgicas más importantes. En este caso, mientras se trabajaba en la cabecera, continuaba el culto en la antigua mezquita, todavía en pie.

Desde el año 1221 se realizaron trabajos para la futura Catedral, iniciados en tiempos de Fernando III, por iniciativa de D. Rodrigo Jiménez de Rada y con el maestro Martín. Parece que la primera piedra se colocó en 1226 según unos autores o en 1227 según otros. El elemento más destacado de la catedral es la girola ya que, el maestro Martín, conocedor de catedrales francesas como Notre-Dame, Bourges y Le Mans se basa en ellas. En la girola se sitúan quince capillas en cuyas advocaciones se advierte la sucesión del Credo Apostólico, de Patriarcas y Profetas, y la mayoría de las ellas son funerarias.

En una segunda campaña constructiva (1253-1263) bajo el reinado de Rey Alfonso X el sabio y con el arzobispo Infante Sancho I de Castilla, se desarrolla una intensa actividad constructiva, reforzada por la adquisición de la reliquia de la Santa Cruz. En este periodo se completa la cabecera, se realiza el abovedamiento del ambulatorio interno, se completa el presbiterio y se construyen los muros orientales de los transeptos para sujetar los muros del presbiterio.

La tercera campaña constructiva (1282-1317) se desarrollaría con el rey Sancho IV y el arzobispo Gonzalo Pétrez, el maestro encargado de las obras es Pedro Pérez. En este momento se centran en los transeptos y segmentos orientales de la nave central, en completar la fachada occidental y las torres, para así permitir que la catedral fuese abovedada. Se da un periodo de parón en las obras y se retoman en la tercera década s. XIV y aunque hay momento crisis con colapso de la torre sur en 1345, los trabajos continúan, probablemente centrándose en la construcción de las bóvedas, también se finaliza la fachada occidental.

En cuanto a los elementos arquitectónicos del edificio, han sido las torres con las que han suscitado mucho interés entre los investigadores por tratarse de elementos poco conocidos y de los que no se ha conservado información arqueológica. Inicialmente se proyectaron dos torres, pero en la del lado sur solo se levantó un cuerpo y quedo convertida en capilla. La Torre Mayor, situada en el lado norte, comenzó a construirse en 1425 aunque hay alusiones a una torre anterior, no más alta que las naves y que funcionaba como campanario. Al exterior está formada por seis cuerpos desiguales entre los que destaca la franja de piedra negra con los escudos del arzobispo Contreras y el tesorero. Al interior está dividida en cuatro bóvedas, una es la actual capilla del Tesorero, otra destinada a vivienda, otra que sirvió de prisión y la cuarta para las campanas. La torre fue terminada por Hanequin de Bruselas entre 1453-1454, quien introdujo el estilo definido como flamígero.

La famosa campana gorda no formó parte de las iniciativas de la época medieval y se subió a la torre el 30 de septiembre de 1755, después de ser transportada desde el taller de la cuesta de San Justo, donde había sido fundida. La Torre del Reloj se construyó para albergar las campanas del nuevo reloj que encargo el arzobispo Martínez Contreras en el primer tercio s. XV y se erigió sobre el contrafuerte izquierdo de la portada norte del crucero pero debido a su mal estado se derribó en 1889.

Respecto a las portadas de acceso al templo, la llamada puerta del Reloj es la más antigua, situada al norte del crucero y conocida primero como de las Ollas y luego de los Reyes. Se construyó durante el pontificado de don Gonzalo Pétrez (1280-1299) y, originalmente estaba enmarcada por dos contrafuertes y un arco coronado en triángulo que sube hasta el rosetón que culminaba la fachada. Actualmente, un gran arco apuntado protege el tímpano y sus de relieves. La puerta se abre al interior de la iglesia con dos vanos adintelados separados por un parteluz. El arco se prolonga creando una bóveda de cañón apuntada que cubre el tramo recto. Delante de la portada se configuró un espacio propio, a modo de atrio, ampliado con construcciones posteriores: al este la Torre del Reloj y la Capilla del Sagrario y, al oeste, la Capilla de San Pedro. Este espacio se cerró en el siglo XVIII con una reja gótica. Está decorado con esculturas que narran diferentes escenas de la vida de Cristo, la temática es ensalzar la divinidad de Cristo.

La portada del Perdón está situada a los pies de las naves y debe su nombre, al igual que otras catedrales, a las indulgencias que en ella se concedían. Compuesta de tres puertas, la central es la del Perdón y está decorada con la imposición de la Casulla a San Ildefonso (símbolo de la catedral) y las puertas que la cierran realizadas en bronce están fechadas en 1337. La puerta de la derecha del Infierno o de los Escribanos con dos escenas del Juicio Final y la de la izquierda de la Torre (llamada del Sol en el s. XV) con decoración vegetal en forma de soles con caras humanas. Esta falta de uniformidad en los temas se debe a los cambios de planes y estilos que surgieron en el siglo XV y siguen en el XVI, XVII y XVIII y que ocultaron la fachada medieval.

La puerta del Mollete se sitúa en el ángulo suroeste del claustro y denominada así porque allí se repartía el pan a los pobres. Por su decoración, puede fecharse en el primer tercio del siglo XV.

La puerta de los Leones se localiza en el brazo meridional del crucero, esta puerta Nueva cuya construcción se inició en 1452, posiblemente sobre otra anterior, fue llamada también de la Oliva y de la Alegría hasta que en el siglo XVII cuando se construye la verja y se colocan los seis leones, pasa a ser conocida con el nombre actual. Su decoración, aunque con modificaciones del siglo XVIII, constituye un destacado ejemplo de gótico tardío. La temática del exterior está dedicada a la virgen y, se complementa con la interior dedicada a Cristo. En los trabajos de decoración de esta puerta trabajaron entre otros Hanequín de Bruselas, Egas Gueman o Juan Guas. En el siglo XVI Alonso de Covarrubias es el encargado de la remodelación de la parte interior de la portada.

La puerta Llana es la situada  en el muro sur de la catedral, al mismo nivel que el templo lo que hizo que se utilizara para entrada y salida de materiales y procesiones. Esto hizo que se la denominase puerta de los Carretones, y en la documentación medieval aparece como la puerta del Deán. En el siglo XVI Alonso de Covarrubias da las trazas para la desparecida puerta Llana Vieja. Algunos autores consideran que esta puerta estuvo tapiada hasta finales del siglo XVIII. En el año 1800 el arquitecto neoclásico Ignacio Haan construyó el pórtico exterior con dos grandes columnas y dos pilastras de capiteles jónicos que sujetan un entablamento de sencillo friso sobre el que se apoya un frontón con decoración denticulada como la cornisa.

El elemento constructivo más llamativo es el llamado Transparente. El lugar donde se encuentra era parte de la capilla real que en la que se construyó un gran retablo entre 1498 y 1509 y fue modificada en época del Cardenal Cisneros. Este retablo tiene en el centro una custodia o templete flamígero que condicionó el esquema final resultante. En el último tercio del siglo XVII ocupa la sede toledana don Pascual de Aragón quien tenía conocimiento del arte italiano pues fue embajador en la Santa Sede y Virrey de Nápoles. En su deseo de enriquecer esta zona de la catedral encarga una serie de obras al pintor Francisco Rizi y, probablemente al escultor Anselmo Quadro. Las esculturas llegaron tras la muerte de Pascual de Aragón por lo que permanecieron almacenadas hasta que se recuperaron para colocarlas en el remate definitivo del transparente. El proyecto se retoma en 1720 y se le encarga a Teodoro Ardemans pero ya es mayor y no prospera esta idea. Con el nuevo cardenal se le encarga la obra a la familia Tomé y en 1732 se inaugura el Transparente. Esta obra barroca está concebida para filtrar la luz a través del muro de la girola, de tal manera que se pueda contemplar el Santísimo Sacramento desde el plano del reverso del Altar Mayor.

CATEDRAL Capilla Mayor
CATEDRAL Capilla Mayor - Ayto. de Toledo

En la plaza del Ayuntamiento, en la calle Arco de Palacio y bajo el propio arco nos situamos frente al palacio Arzobispal (16), unido al templo por el citado pasaje elevado. Este edificio constituye una importante edificación que, junto al Ayuntamiento y la catedral, forma parte de una de las zonas de mayor envergadura constructiva de la ciudad. La construcción de palacio Arzobispal se inicia a partir de la donación por parte de un particular de varias casas contiguas entre sí que existían en este emplazamiento en el siglo XIII.  La manzana ocupaba un lugar idóneo para la construcción de la nueva sede arzobispal ya que las casas se encuentran situadas junto a la propia catedral, siendo éste un lugar que había despertado el interés de la autoridad eclesiástica para fijar allí la residencia arzobispal. Las ventanas con arquillos mudéjares que están aún visibles en la fachada que da la plaza del ayuntamiento son los únicos vestigios que se conservan de aquellas construcciones medievales. El arco a través del cual se comunica el palacio Arzobispal con el claustro alto de la Catedral fue construido en el siglo XV. A partir de ese momento se inicia un dilatado periodo de reformas que consisten en remodelaciones y ampliaciones del edificio original a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII. De las reformas llevadas a cabo en el palacio, la más importante la acometió el cardenal Lorenzana en el siglo XVIII cuando promovió el derribo total de todas las construcciones que se mantenían en pie para una reconstruir íntegramente el palacio con un esquema más ordenado, y a la vez más ambicioso. Las dificultades que el propio cardenal fue encontrando, y el incierto devenir que iba a sufrir el edificio, no permitieron al voluntarioso cardenal ver culminado el proyecto.

Finalmente el edificio resultante fue un monumental y complejo conjunto constructivo cuya configuración y aspecto definitivos no resolvieron el problema funcional de habitaciones y edificios agrupados dentro de un mismo bloque, persistiendo la desorganización interna del conjunto. Otra importante reforma que se llevó a cabo a mediados del siglo XX abordó nuevamente la problemática distribución interna del palacio, y cuya solución pasó por tratar de regularizar los espacios en la medida de lo posible.

Entre los elementos ornamentales destacan, por encima de las construcciones interiores, las portadas que se abren a la plaza del ayuntamiento (obras de Alonso de Covarrubias en el siglo XVI), junto a la otra que se sitúa frente a la entrada de la Catedral (construida en el siglo XVIII) y por último, la que da acceso a la capilla situada en la cara norte (también realizada en el siglo XVIII), y que sustituye a la anterior gótica.

El otro gran edificio que forma parte de la plaza es el propio Ayuntamiento (17) que fue construido entre los siglos XVI y XVII, siguiendo las trazas de diferentes arquitectos de renombre de la ciudad: Nicolás de Vergara el Viejo en colaboración con Alonso de Covarrubias, Juan de Herrera, o Vergara el Mozo a comienzos del XVII, siendo finalmente Jorge Manuel Theotocópuli (hijo del Greco) el que dio por concluidas las obras en 1618. Algunas de las inscripciones que existen en el zaguán de acceso al edificio cuentan con fechas de 1690, que indican la ejecución de obras al menos hasta finales del siglo XVII. De hecho a este periodo final pertenecen el cuerpo superior de las torres y los chapiteles que las rematan, que fueron diseñadas por Teodoro Ardemn.

En la plaza del Ayuntamiento, el edificio actual fue construido en el siglo XVI sobre uno del siglo XV. Con anterioridad a la construcción de esta casa consistorial, en el solar existieron durante siglo XIV moradas, casas et tiendas que eran propiedad del Cabildo Catedralicio. El arzobispo Gil de Albornoz, a mediados del siglo XIV, ordenó su derribo para comenzar la explanación del lugar con el objetivo de ganar espacio frente a la puerta de la catedral. Hasta entonces, la actual plaza frente al consistorio, de menores dimensiones, contaba con calles y casas que limitaban el espacio abierto de la plaza, y que poco a poco fueron dejando su espacio para descongestionar la franja de terreno frente a la portada de la catedral y, por otra parte, para disponer también de más superficie libre para el futuro emplazamiento del cabildo. En la calle Ciudad existen indicios arqueológicos que confirmarían la presencia de casas y construcciones de ámbito doméstico donde ahora está el Ayuntamiento. Es probable que en el lugar ya existiera un edificio destinado a albergar a la corporación municipal antes de que se construyera el actual, y al que debió pertenecer la fachada mudéjar, datada en el siglo XIV, descubierta en 1980 durante los trabajos de rehabilitación del inmueble. Esta fachada perteneció al antiguo hospital de Nuestra Señora de la Paz y cuyas dependencias fueron reaprovechas para la nueva construcción. Anteriormente a la existencia de este edificio medieval, las reuniones ordinarias se celebraban en las propias casas de los Alcaldes Mayores y las más importantes en el claustro de la catedral. A mediados del siglo XV se regulan las reuniones del cabildo, considerando estas primeras normativas como los primeros pasos de una administración local regulada. Estas reuniones quedaron fijadas para su celebración solamente en la casa del ayuntamiento desta çibdad. Gracias a diferentes intervenciones arqueológicas dentro del actual edificio se ha podido comprobar que algunas de las estancias interiores han mantenido la distribución de antiguas casas islámicas-mudéjares. Tal es el caso de las habitaciones centrales del edificio cuyas características responden a la herencia de las alcobas de las casas medievales.

Por el lateral peatonal de la plaza del Ayuntamiento, a través de la plaza del Consistorio y subiendo por la cuesta de la Ciudad, bordeando la fachada oeste del palacio Arzobispal llegamos hasta la calle Trinidad, donde nos encontramos junto a la plaza del Salvador el convento de San Marcos (18) junto a la iglesia de la Trinidad. Actualmente es sede del Archivo Municipal de Toledo y sirve de Centro Cultural para exposiciones. El convento del que formara parte la iglesia fue levantado comienzos del siglo XIII, y reformado en gran medida en el periodo comprendido entre los siglos XVI y XVII (en cuyas obras de reforma se reutilizan multitud de elementos constructivos entre los que destacan algunos relieves de época visigoda). Del convento original tan sólo parecen conservarse in situ el pozo y el aljibe que han quedado visibles bajo la pasarela de acceso al interior del edificio del archivo municipal. Algunos tambores y piezas labradas con motivos góticos aparecen embutidos en los muros de la sacristía, cuya procedencia se podría atribuir al claustro medieval o a espacios porticados del convento, o también de las casas sobre las que éste se edificó.

El trazado que se diseñó para la iglesia en el siglo XVII reutiliza parte del templo anterior, el cual se edificó, a su vez, sobre una ermita fechada en el siglo XII según algunas referencias históricas y que fue cedida para la construcción del nuevo templo. En la actual iglesia aún son visibles restos de cimentaciones de algunas de las casas adquiridas por los monjes para la construcción del templo. Algunas crónicas de la época mencionan la existencia de un pequeño hospital en el lugar donde los trinitarios levantaron su monasterio en el siglo XIII, por lo que es posible que se pueda conservar algo de aquella construcción anterior del siglo XII y que tuvo carácter benéfico. Los trabajos arqueológicos que se llevaron a cabo en el interior del edificio permitieron confirmar la existencia de casas anteriores al siglo XII en la zona, sino también restos de época romana.

Bajo el solado actual de la iglesia se conservan varias estancias abovedadas que sirvieron como osarios o panteones familiares de algunos de los patrocinadores del convento en el siglo XVIII. En el extremo noroeste han llegado hasta nuestros días un conjunto de dependencias del convento que fueron utilizadas como cárceles para los propios monjes. Prueba de ello son los abundantes grafitos en las paredes, que muestran representaciones de monjes o individuos presos acompañados de frases y fechas que fueron realizadas los propios monjes que estuvieron cautivos en distintos momentos del siglo XVIII. Como curiosidad cabe mencionar que en uno de los mechinales de la iglesia se encontró una baraja de cartas en la que el 2 de espadas aparece con fechas escritas de finales del siglo XVI y comienzos del XVII. El hallazgo de las cartas en un lugar recóndito del edificio indica que si bien el juego de naipes debió ser habitual entre frailes, también debió estar mal vista su práctica dentro del convento.

La desamortización del convento y su iglesia permitió que en el siglo XIX sus instalaciones pasaran a formar parte de usos militares, instalándose allí un cuartel de infantería. El progresivo estado de abandono del edificio conventual motivó que a mediados del siglo XX las portadas de acceso al conjunto monástico se  trasladaran y reinstalaran en el edificio de la Alhóndiga (al norte del Casco, bajo el Paseo del Miradero), procediéndose al derribo de las escasas dependencias que aún se conservaban en pie.

La calle del Salvador desciende bordeando el ábside mudéjar de la Iglesia de Santa Úrsula (19), en cuyo interior podemos encontrar una excelente muestra del arte escultórico de Alonso Berruguete de comienzos del siglo XVI. La iglesia de Santa Úrsula está integrada en el convento de la misma advocación y su origen se sitúa en la construcción de un beaterio agustino en el año 1260. Posteriores donaciones permitieron la construcción de la iglesia en 1360 y la ampliación del recinto hasta la conversión de las beatas en monjas agustinas en el 1365. Con las sucesivas reformas el convento se fue modificando su configuración original de tal forma que de la fase mudéjar se conserva el ábside y parte de sus techumbres, entre las que destaca el “tajuelo” o techo plano de madera de la sacristía de la iglesia, así como los muros de la nave de la epístola y el friso superior de la fachada de acceso con sus característicos arquillos ciegos entrelazados. La mayor parte de las reformas que se llevan a cabo en el convento y la iglesia pertenecen al siglo XVII y siguiendo el estilo barroco de la época. Es el momento en que se cubre con bóveda de cañón la nave mudéjar original, se construyen dos naves laterales en torno esta nave original y cuando se reforma la capilla mayor, donde se  instala el retablo de la Visitación de Alonso Berruguete de 1535.

El tramo de la calle Ciudad por el que accedemos al interior de la iglesia nos lleva hasta la calle Santa Úrsula que asciende hasta el cruce de la calle Taller del Moro por la que avanzamos hasta descender a la zona ajardinada del Tránsito donde se sitúa la Casa Museo de El Greco (20). Aunque el afamado pintor nunca vivió en la que hoy en día se conoce como Casa Museo de El Greco, este conjunto de viviendas ha sido adaptado para albergar las instalaciones donde se exponen numerosas obras del cretense. En realidad, el museo está ubicado en la antigua casa palaciega del Marqués de la Vega-Inclán. Este mecenas artístico que vivió en Toledo a comienzos del siglo XX reedificó unas viviendas sobre las ruinas de un antiguo caserío del siglo XVI de estilo renacentista acorde al gusto de la época. Este apasionado de la obra de El Greco adaptó y presentó las estancias de la casa que había reconstruido con la intención de reunir allí algunas de las obras del pintor y mostrar de la manera más fidedigna posible cómo era el ambiente doméstico de la época en la que vivió El Greco. Los datos disponibles sobre la biografía de El Greco sitúan su llegada a la ciudad alrededor del año 1576 y se instaló en una vivienda próxima a la actual Casa-Museo, en la zona donde se sitúa el edificio de la Residencia Universitaria y bajo el actual jardín que hay frente a la Sinagoga del Tránsito. De esta posible vivienda de El Greco no se ha conservado resto alguno, puede que desapareciera tras un incendio según algunos datos aportados por algunos investigadores. Allí vivió con su mujer Jerónima de las Cuevas y su hijo Jorge Manuel. Aunque la situación de esta casa es incierta, el propio Greco señaló su casa en el plano que él mismo elaboró de Toledo, en un punto concreto sobre la muralla. En planos posteriores de Toledo (del siglo XVIII) se ha identificado esta casa con un inmueble que tuvo dos plantas y un cobertizo que la unía con la casa de la duquesa de Arjona, al otro lado de la calle.

Aunque no está relacionado con la vivienda del siglo XVI en la que vivió El Greco, en los jardines de la Casa Museo del Marqués de la Vega-Inclán se han excavado una serie de sótanos abovedados que servían como sustentación  a un importante edificio bajomedieval, probablemente el palacio del judío Samuel Ha-Levi, tesorero real de Pedro I. Según la tradición popular estos sótanos cuentan con siete plantas, aunque los estudios arqueológicos han demostrado que no hay más de dos.

La calle Reyes Católicos nos conduce por delante de la sinagoga del Tránsito y la de Santa María La Blanca hasta la iglesia y monasterio de San Juan de los Reyes, cuya bajada nos lleva hasta una de las puertas de la ciudad, la puerta del Cambrón (21). El acceso a la ciudad por este punto se remonta a la Edad Antigua, ya que era el punto más cercano al suburbium de la Vega Baja. Algunos historiadores han llegado a atribuir su origen a la fase de reconstrucción de las murallas que mando hacer el rey Wamba a finales del siglo VII. Lo cierto es que de las épocas romana y visigoda sólo conserva sillares de granito y varios relieves de caliza que fueron reutilizados en las edificaciones de época islámica y bajomedieval. La puerta que ha llegado hasta nuestros días, mantiene las trazas de la construcción islámica y se cree que podrían ser de esa época la mitad inferior de los dos torreones exteriores, además del que hay en el lado sureste, en los que se pueden distinguir grandes bloques de sillería. La mayor parte del edificio actual fue construido entre 1571 y 1576 por mandato del corregidor Gutiérrez Tello, dentro de un ambicioso proyecto de mejora de los accesos a la ciudad. Para ello, no sólo llegó a mejorar las puertas, sino que también llegó a realizar nuevas calles, como la actual subida a Zocodover prescindiendo del trazado medieval que pasaba por las puertas del Sol y de Alarcones. El nombre de la puerta se debe a que, en los siglos XVI y XVII, en esa zona crecía la planta llamada cambronera, pero anteriormente fue conocida como de San Martín por su proximidad a la iglesia de ese nombre (actualmente desaparecida) y, en época islámica, se conocía como bab al-Yahud (puerta de los Judíos) por ser el acceso principal a la judería. Entre las inscripciones que conserva, la más antigua es la de un cipo funerario musulmán que fue reutilizado como columna de apoyo del arco de la puerta exterior, en el que traducido dice: Dios es grande. Confieso que no hay Dios sino Alá. Confieso que Mahoma es apóstol de Dios. Dios es nuestro auxiliador. En uno de los muros del patio de armas hay una pequeña lápida en la que se lee: Son libres de portazgo los vecinos de Toledo y de sus montes y de los lugares de su jurisdicción. Sobre el arco de la puerta que da al interior de la ciudad hay otra inscripción en la que aparece el nombre del corregidor Gutiérrez Tello y el año cuando se hizo la reconstrucción de la puerta, 1571.

Una vez situados extramuros de la ciudad, realizamos el recorrido hacia el río bordeando el actual instituto Sefarad por el paseo de Recaredo, rodeando el emplazamiento original del convento de San Agustín. Este convento fue fundado en el siglo XIII por iniciativa del rey Alfonso X y próximo a una ermita dedicada a San Esteban, próxima al puente de San Martín (de ubicación desconocida). Fue remodelado en el siglo XVI por el arquitecto Covarrubias que realizó una importante intervención el claustro, dotándolo con tres pisos. También este mismo siglo se intervino en la capilla de Nuestra Señora de Gracia o la capilla del Capítulo. En 1577 se inician las obras de la iglesia conventual, obras que continúan en 1618 con Espinosa. Es en este momento cuando se derriba el viejo artesonado de la nave, se levantan nuevos muros con pilastras de yeso y capillas hornacinas entre pilastras. Se cubre toda la nave con bóveda de cañón con lunetos en los que se abren ventanas. La portada es obra de Nicolás de Vergara que dibujó el diseño en 1601, y fue construido en piedra. El convento fue derribado en 1809 tras la ocupación francesa.

Los edificios actuales en los que se encuentran las aulas del instituto Sefarad son, en realidad, las instalaciones del antiguo matadero municipal. Antes de llegar hasta aquí, el local del matadero pasó por varias ubicaciones temporales hasta que el ayuntamiento de la ciudad decidió levantarlo en los antiguos terrenos del desaparecido y amortizado convento de San Agustín. El diseño, de extrema sencillez, consistió en la construcción de pequeñas naves aisladas para albergar las reses y un edificio de planta cruciforme para la administración del matadero. Todas las naves se edificaron siguiendo un mismo diseño, empleando exclusivamente ladrillos en su fábrica y disponiéndolas en un sencillo esquema de damero.

Por último, y descendiendo por el paseo de Recaredo, llegamos hasta el puente de San Martín (22), situado al noroeste del casco, hasta ese momento el paso de una orilla a otra en esta zona del río se realizaba mediante el puente de barcas del Baño de la Cava. Una inscripción situada en el torreón de salida del puente (por su cara interior) hace referencia a la inundación que en 1203 se llevó por delante el antiguo puente. El cronista local Sixto Ramón Parro identifica este puente arrasado con el Baño de la Cava, y afirma que tras la riada se construyó un nuevo puente en su actual emplazamiento a principios del siglo XIII. Este puente consta de cinco arcos ligeramente apuntados con dos torreones defensivos en sus extremos fruto de diversas reformas a lo largo de los siglos. En el siglo XIV existen referencias al puente relacionadas con la reconstrucción del arzobispo don Pedro Tenorio, motivada por los daños causados en la guerra entre Pedro I y Enrique de Trastámara. En esta reconstrucción (año 1368) se levantaron los elementos defensivos se mantienen en pie actualmente, un gran torreón en la parte exterior y una torre pentagonal en la interior. Hasta ese momento, el puente sólo contaba con un torreón exterior defensivo. Tras este episodio de enfrentamientos vino un largo período de paz que trajo consigo el estado ruinoso del puente hasta que, en 1690, reinando Carlos II, como quedó recogida en una inscripción que se puede leer en el torreón interior, se realizaron nuevas reformas y reparaciones. Anteriormente, en el reinado de Felipe II se colocó en la fachada del torreón exterior una escultura de San Julián y diversas inscripciones. El solado del puente data de 1760.

Santiago el mayor
Puente San Martin - Ayto. de Toledo