Historia y Patrimonio: del siglo XVI al siglo XIX

La transición de la ciudad medieval a la ciudad de los siglos modernos es, como en etapas anteriores, gradual. El urbanismo del siglo XV está ya ajustado a las necesidades de una sociedad sumergida en la religión y religiosidad cristianas, por lo que no cabe esperar cambios sustanciales en el inmediato siglo XVI y posteriores.

En el siglo XVI, Toledo, convertida ya en capital del extenso reino que reúne bajo su corona Carlos I, recibe el influjo cultural y artístico del centro de Europa, y comienza a percibirse en los edificios tanto civiles como religiosos estos nuevos aires. Es una circunstancia  que convierte a Toledo en un foco de atracción de enorme interés a nivel religioso, político y cultural. La creciente presencia de clérigos y nobles en la ciudad estimula la demanda de productos de todo tipo, lo cual favorece el aumento del crecimiento del sector comercial y de artesanos que venía de un periodo de anterior de también de crecimiento, durante el siglo XV, que gira en torno al suministro de dicha demanda.

En la ciudad se cuentan por un lado los sectores productivos que dinamizan la actividad de la ciudad como son los artesanos, comerciantes y productores (agrupados en gremios bien organizados) que suministran a una clase social elevada compuesta por nobles y gentes vinculadas al clero, y por otro los que pertenecen a la clase humilde que llega a Toledo atraída por este movimiento de creciente actividad. El auge que experimenta la ciudad se traduce en un aumento poblacional muy notable que a larga terminó generando desequilibrios sociales muy importantes.

Un hecho importante para la ciudad fue el traslado de la capitalidad del reino a Madrid en el año 1561. Las primeras décadas tras la marcha de la Corte a Madrid aún fueron de prosperidad para la ciudad gracias a la inercia adquirida por un siglo XV y primera mitad del siglo XVI de gran impulso económico. Al inicio del siglo XVII la economía muestra síntomas de debilidad pues la enorme demanda que conlleva el aprovisionamiento del aparato administrativo de la Corona ya ha desaparecido por completo. La pujante industria textil del siglo anterior decae debido a la falta de mercado al que vender sus productos, y se limita a suministrar únicamente al sector clerical de la ciudad que, eso sí, goza de una gran implantación en la ciudad. La debilidad del sector textil se acompaña del hundimiento de los demás sectores económicos de la ciudad (comercial, artesano y todo el sector primario). Todos ellos incapaces de sostenerse en una ciudad que, además, comienza a despoblarse. A Toledo sólo llegan gentes del ámbito eclesiástico, secular y regular, atraídos por el simbolismo de ser el centro cristiano de mayor prestigio de la península, sede de la Primera Iglesia.

El protagonismo político de Toledo dejó paso al religioso y a comienzos del siglo XVII proliferan en la ciudad multitud de conventos que dan origen a la llamada ciudad conventual.  Esta tendencia al alza de la construcción y fundación de conventos se interrumpe en el siglo XVIII cuando ya Toledo ha perdido gran parte de la clase noble capaz de sostener el ritmo de donaciones a las órdenes religiosas, y se inicia un periodo de estancamiento que será apuntillado por las desamortizaciones del siglo XIX.

Con carácter general, el sector noroeste de la ciudad asiste a la progresiva implantación de edificios de carácter conventual que se suman a los que ya existían desde los siglos bajomedievales: Agustinas Calzadas (siglo XVI), Purísima Concepción (siglo XVII), Carmelitas de San José (siglo XVI-XVII), Carmelitas Calzados (siglos XVI-XVII) o el de Jesús y María (finales del siglo XVI). En otras zonas de la ciudad también se fundan nuevos conventos: el convento de San Gil (en el inicio del siglo XVII), San Antonio de Padua (siglo XVI) o el de la Concepción Benedictina (de finales del siglo XV).

De ellos cabe destacar el de las Carmelitas de San José, cuya construcción fue promovida por Santa Teresa, y cuya capilla y el retablo mayor fueron adornados por cuadros de El Greco (en la bóveda y los lienzos del retablo). El conjunto arquitectónico y pictórico de la capilla constituyen uno de los ejemplos mejor conservados del renacimiento toledano, a pesar del expolio de algunas de las pinturas de El Greco que fueron vendidas a comienzos del siglo XX por el Conde de Güendulain. El caso de la capilla de San José y el convento de las Carmelitas demuestra que el fenómeno expansivo de los edificios conventuales continúa basándose en la adquisición y adaptación de casas y propiedades colindantes para su incorporación al convento. En el convento de Jesús y María, que fue fundado en el año 1599 a instancias de Juana de Castilla, se han conservado algunas yeserías de época mudéjar que han sido fechadas en el siglo XIV, y que habrían formado parte del conjunto de viviendas medievales sobre las que se edificaría posteriormente el convento, y que fueron propiedad de los marqueses de Malpica (a los que fueron adquiridas las viviendas).

Junto a los edificios conventuales, en el siglo XVI se levantan en la ciudad complejos hospitalarios que se construyen conforme a las influencias renacentistas del momento y que convierten a Toledo en una ciudad referente en materia de asistencia sanitaria porque no sólo cuenta con grandes edificios que acogen enfermos, sino que además también existen edificios que sirven como sanatorios mentales y casas de recogidas para mujeres de la calle. El cronista de la época Francisco de Pisa recoge hasta 24 de estos edificios en Toledo a comienzos del siglo XVII. Todo ello hace que Toledo fuera una ciudad precursora de la asistencia social y que también atrajo a visitantes y necesitados de sus servicios.

La caridad siempre estuvo vinculada de forma consustancial a la actividad de las parroquias. La problemática que generaba fue abordada por éstas con la colaboración de las autoridades locales y de familias que realizaron donaciones para que se construyeran estos centros de atención sanitaria. Se construyen así los hospitales del Rey, el de San Antón, Santiago o el de San Lázaro a lo largo de los siglos  XIV y XV, el de Santiago el más antiguo del siglo XII. La gestión de ellos no correspondía a las parroquias o cofradías en todos los casos. Algunos como el de San Lázaro o el de Santiago lo eran por la propia corona, otros como el de San Juan Bautista tenían una dirección de carácter laico.

El Hospital de Santa Cruz (actual sede del Museo Regional) es un edificio de singular importancia dentro del renacimiento de la ciudad. Fue fundado por iniciativa del cardenal don Pedro González de Mendoza a finales del siglo XV, pero sus obras no se iniciaron hasta comienzos del siglo XVI bajo la dirección de los hermanos Antonio y Enrique Egas. El hospital ocupó un espacio en el que se creyó que estaba situada la basílica visigoda de San Pedro y San Pablo (sede de los históricos concilios), razón por la cual Alfonso VI dedicó a San Pedro la advocación del convento que en ese mismo lugar mandó construir, aunque no se ha encontrado vestigio alguno de esta basílica cuyo emplazamiento la arqueología ha demostrado debió situarse en la zona de la Vega Baja, en uno de los arrabales de la ciudad visigoda. En la zona del Hospital de Santa Cruz se edificarían, además, y en plena Edad Media, otros dos conventos: Santa Fe y San Francisco, de los cuales el hospital aprovecharía parte de sus claustros y dependencias. Las cimentaciones del convento original de San Pedro fueron encontradas durante las obras de remoción en la plazuela que precede la entrada al museo. La mayor parte de los muros del convento fueron derribados para la construcción del hospital y sus materiales (principalmente la cantería) fueron reutilizados para la construcción de los muros del Hospital de Santa Cruz. Tanto el trazado de su planta como los accesos, las portadas y toda la carpintería interior están considerados en clara sintonía con el renacimiento de influencia italiana. El aparato escultórico de todo el edificio es obra de Alonso de Covarrubias, siendo especialmente relevantes tanto la portada exterior de estilo plateresco como las escaleras que comunican las dos plantas del claustro suroriental. Inicialmente el edificio debería haber contado con cuatro claustros siguiendo el modelo en cruz característico del patrón hospitalario. La existencia en el sector noroccidental del convento de Santa Fe impidió que éste pudiera construirse, y el que sí se construyó, situado al suroeste, ha quedado desfigurado por su instalación allí de dependencias administrativas a lo largo del siglo XX.

El otro gran hospital de la ciudad es el de Tavera, también conocido como Hospital de Afuera, por estar situado extramuros de la ciudad. Fue construido a instancias de Juan Pardo de Tavera, y fue llamado de San Juan Bautista, siguiendo el estilo ya importado en la ciudad en el Hospital de Santa Cruz. El diseño final fue firmado por Alonso de Covarrubias que adapta un proyecto anterior al que dota de mayor espacio y homogeneidad constructiva.

En este sector norte de la ciudad se llevan a cabo una serie de transformaciones urbanísticas que reflejan la nueva mentalidad que llega a la ciudad y que es promovida muy activamente por el propio monarca Carlos I, y especialmente a partir de su nombramiento como Emperador del Sacro Imperio en 1519. Como emperador considera que Toledo, capital de su imperio, debe ofrecer una imagen a la altura de ese título y no duda en que esto tenga su traducción en el aparato constructivo de la ciudad, especialmente en lo que a espacios públicos se refiere. La remodelación que tiene lugar en la Puerta de Bisagra forma parte de la voluntad expresa de Carlos V de aportar a la ciudad un aspecto más solemne y admirable. Si tenemos en cuenta que la Puerta de Bisagra abre el camino que conduce hacia Madrid, es lógico que el rey pusiera especial atención en mostrar toda la suntuosidad y poder de la ciudad en este lugar simbólico. El aspecto, configuración y construcción de la Puerta de Bisagra responden a las necesidades de protección y control propias de una ciudad de la envergadura de Toledo, pero también debe formar parte del simbolismo de una entrada de aspecto glorioso presidida por una larga y amplia calle alineada con grandes explanadas laterales y ajardinadas, que sirvieran de escenario para celebraciones que estuvieran a la altura de una capital de un imperio. La puerta que actualmente contemplamos debió sustituir a la que existió en este lugar de la ciudad ya en época medieval. El cuerpo de torres interiores ya estaba cuando se inician las obras en el cuerpo exterior en el siglo XVI según el diseño de Covarrubias y construidas por Nicolás de Vergara el Mozo con ligeras modificaciones, pero siempre siguiendo el estilo renacentista del momento, y cuyas cubiertas están adornadas con tejas vidriadas con la representación heráldica del águila bicéfala que preside la entrada y salida de la ciudad forman parte del programa propagandístico de la monarquía.

Puerta de Bisagra
Puerta de Bisagra - Agustín Puig
interior Puerta de Bisagra
Puerta de Bisagra (interior) - Agustín Puig

Siguiendo con este programa de reordenación de espacios públicos en los que tanto interés puso la monarquía durante el siglo XVI, se plantea un proyecto de reforma en la Plaza de Zocodover. En el siglo XVI la plaza es escenario de autos de Fe y de la reprobación pública que forma parte de la propaganda que pone en marcha el Tribunal de la Inquisición a finales del siglo XV. Esta plaza se mantiene como centro económico de la ciudad ya que el mercado se diversifica con varias actividades comerciales, artesanales recreativas e institucionales. En sus alrededores también se instalaron todo tipo de tiendas, artesanos, mesones y posadas. Felipe II, tras el incendio de 1589, quiso darle el esplendor monumental de una plaza típica del renacimiento acorde con la importancia de la ciudad y conforme al gusto que había heredado de su padre Carlos I. Para ello encargó un proyecto a Juan de Herrera, el cual planificó una plaza mayor de planta cuadrada cerrada, cuyos laterales estarían conformados por soportales y balcones corridos, semejantes a otras plazas castellanas como Madrid o Valladolid. Sin embargo, el cabildo catedralicio, debido a intereses relacionados con los alquileres que cobraba de las casas que tenía allí, se opuso al proyecto. Como consecuencia, la plaza quedó con su forma original y únicamente se volvieron a levantar los edificios incendiados, se ensancharon algunos accesos, como la calle ancha y la cuesta del Alcázar, y se construyeron dos arcos a modo de puerta que daban acceso a la cuesta del Alcázar.

En la zona este de la Catedral se acometieron obras de reforma y reordenación en la Plaza Mayor de la ciudad. La configuración actual que presenta esta plaza es el resultado del planeamiento que de ella hizo Nicolás de Vergara El Mozo a finales del siglo XVI. El proyecto difiere sustancialmente de la visión general que de las plazas mayores castellanas existe en la España de los siglos XVI y XVII, en la que los grandes espacios porticados en madera caracterizan su estética. En el caso de Toledo, al tratarse del corazón comercial de la ciudad, la Plaza Mayor debía combinar de la forma más equilibrada posible los distintos elementos que su angosto urbanismo ofrecía. Así, el espacio resultante debía contemplar la ampliación que se iba a efectuar de la capilla del Sagrario de la Catedral, el mercado en sí mismo (que pasará a ser conocido como las Carnicerías Mayores), el nuevo Hospital del Rey y el Corral de Comedia que sustituiría al antiguo corral llamado Mesón de la Fruta. Todos ellos iban a ser construidos de nueva planta lo que permitiría a Nicolás el Mozo adaptar, con relativa facilidad y sencillez, la configuración de la plaza a las nuevas edificaciones previstas dotando de cierta proporcionalidad al corazón comercial y vital de la ciudad. No disponemos de datos concretos del aspecto que debió tener la plaza medieval, si bien en el plano que El Greco dibujó a comienzos del siglo XVII parece que el espacio representado debió ser más o menos parecido a la actual. No obstante, en el dibujo del pintor se pueden distinguir algunas edificaciones que hoy ya no existen, y que debieron ser derribadas durante las obras de remodelación y adaptación de la Plaza a finales del siglo XVI.

La ejecución de estas obras aportó a la plazuela una configuración de aspecto humilde que aún conserva algo del vitalismo que tuvo en épocas anteriores como son los grafitos pintados con almagra, llamados “vítores”, que adornan las fachadas de sillería de la catedral, con lo que los estudiantes de la universidad, tras recibir su título escribían sus nombres en un ambiente festivo y popular. Hoy día, tanto el teatro como el mercado a duras penas sostienen la actividad comercial y cultural de la Plaza.

Otra gran obra de reordenación del espacio tuvo lugar en la plaza del Ayuntamiento y que tuvo un doble objetivo, construir un edificio para el cabildo municipal acorde al estatus de la ciudad y crear una zona abierta y diáfana frente a la Catedral e instalar allí la residencia del arzobispo. El edificio del Ayuntamiento fue construido entre los siglos XVI y XVII, siguiendo las trazas de diferentes arquitectos de renombre de la ciudad: Nicolás de Vergara el Viejo en colaboración con Alonso de Covarrubias, Juan de Herrera, o Vergara el Mozo a comienzos del XVII, siendo finalmente Jorge Manuel Theotocópuli (hijo del Greco) el que dio por concluidas las obras en 1618. Algunas de las inscripciones que existen en el zaguán de acceso al edificio cuentan con fechas de 1690, que indican la ejecución de obras al menos hasta finales del siglo XVII. De hecho a este periodo final pertenecen el cuerpo superior de las torres y los chapiteles que las rematan, que fueron diseñadas por Teodoro Ardemn.

Ayuntamiento
Ayuntamiento - Ayto. de Toledo

Con anterioridad a la construcción de la casa consistorial, en el solar existieron durante siglo XIV moradas, casas et tiendas que era propiedad del Cabildo Catedralicio. El arzobispo Gil de Albornoz ordena su derribo a mediados del siglo XIV para comenzar la explanación del lugar con el objetivo de ganar espacio frente a la puerta de la catedral ya en el siglo XIV. Hasta entonces, la actual plaza frente al consistorio, de menores dimensiones, contaba con calles y casas que limitaban el espacio abierto de la plaza, y que poco a poco fueron dejando su espacio para descongestionar la franja de terreno frente a la portada de la catedral y, por otra parte, para disponer también de más superficie libre para el futuro emplazamiento del cabildo. Es probable que en el lugar ya existiera un edificio destinado a albergar a la corporación municipal antes de que se construyera el actual, y al que debió pertenecer la fachada mudéjar, datada en el siglo XIV. Esta fachada perteneció al antiguo Hospital de Nuestra Señora de la Paz y cuyas dependencias fueron reaprovechas para la nueva construcción. Anteriormente a la existencia de este edificio medieval, las reuniones ordinarias se celebraban en las propias casas de los Alcaldes Mayores y las más importantes en el claustro de la catedral. A mediados del siglo XV se regulan las reuniones del cabildo, considerando estas primeras normativas como los primeros pasos de una administración local regulada. Estas reuniones quedaron fijadas para su celebración solamente en la casa del ayuntamiento desta çibdad. Gracias a diferentes intervenciones arqueológicas dentro del actual edificio se ha podido comprobar que algunas de las estancias interiores han mantenido la distribución de antiguas casas islámicas-mudéjares. Tal es el caso de las habitaciones centrales del edificio cuyas características responden a la herencia de las alcobas de las casas medievales.

Por su parte, la construcción de Palacio Arzobispal se inicia a partir de la donación de un particular de varias casas contiguas entre sí que existían en este emplazamiento en el siglo XIII. La manzana de casas ocupaba un lugar idóneo para la construcción de la nueva sede arzobispal ya que sus edificios se encuentran situados junto a la propia catedral, siendo éste un lugar que había despertado el interés de la autoridad eclesiástica para fijar allí la residencia arzobispal. Las ventanas con arquillos mudéjares que están aún visibles en la fachada que da la plaza del ayuntamiento son los únicos vestigios que se conservan de aquellas construcciones medievales. El arco a través del cual se comunica el Palacio Arzobispal con el claustro alto de la catedral fue construido en el siglo XV. A partir de ese momento se inicia un dilatado periodo de reformas de manera casi ininterrumpidas que consisten en remodelaciones y ampliaciones del edificio original a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII y que alcanzan varias calles colindantes (hasta la calle Trinidad y la cuesta de la Ciudad). De las reformas llevadas a cabo en el Palacio, la más importante la acometió el cardenal Lorenzana en el siglo XVIII cuando se promovió el derribo total de todas las construcciones que se mantenían en pie para una reconstruir íntegramente el palacio con un esquema más ordenado, y a la vez más ambicioso. Finalmente el edificio resultante fue un monumental y complejo conjunto constructivo cuya configuración y aspecto definitivos no resolvieron el problema funcional de habitaciones y edificios agrupados en un mismo inmueble, persistiendo la desorganización interna del conjunto.

Puerta del Cambrón
Puerta del Cambrón - J.R. Márquez

Todos estos cambios en el urbanismo de Toledo fueron el resultado lógico de la evolución de la ciudad medieval a una de época moderna. En el caso de Toledo, la impronta medieval no ha desaparecido por completo. Sus calles estrechas y sinuosas continúan marcando su identidad desde época andalusí. La estabilidad política y territorial del reino hizo que algunos de los aspectos constructivos de la ciudad, como sus puertas y murallas perdieran parte de su función original. En el caso de las murallas, el ejemplo más evidente es su amortización dentro de edificios conventuales en la fachada norte de la ciudad. El convento de los Mercedarios (actual Diputación) o de las Carmelitas Descalzas, que abren ventanas en los muros de la muralla, están directamente construidos sobre ellas. Las puertas pasan de tener un control efectivo para impedir el acceso a servir de aduanas para el cobro de los impuestos de pontazgo o portazgo. Sobre las puertas se construyen y acomodan salas que sirvan de despacho a los alcaides, encargados del cobro de estos impuestos. Estas salas las encontramos en la cabecera de los puentes de San Martín y Alcántara, la puerta de Bisagra o la de El Cambrón. El decaimiento funcional de las puertas de la ciudad lleva a que una entrada tan significativa como fue la puerta Vieja de Bisagra o de Alfonso VI fuera tapiada e inutilizada cuando se construye la actual puerta de Bisagra.

En el ámbito privado y doméstico de las viviendas de época moderna, se mantienen sus rasgos distintivos sin alteraciones de consideración ya que la estructura edilicia de la ciudad ya está consolidada. Asistimos a un periodo en el que predominan las reformas interiores en las que sí se produce la reordenación interna de sus espacios. Se asignan nuevas funciones a estancias cada vez más compartimentadas, y posiblemente se recrecen los edificios empleando paredes de entramado y panderete para evitar la sobrecarga de la estructura. Muchas de las decoraciones medievales de las casas (yeserías y pinturas) quedan engullidas por los recrecidos de los muros y no desaparecen. Igual ocurre con los artesonados y alfarjes de las casas palaciegas bajomedievales que quedaron ocultas bajo falsos techos.

Santo Domingo el Antiguo
Santo Domingo el Antiguo - J.R. Márquez

A pesar de que se ralentiza el ritmo de transformación de los edificios de la ciudad, continúan desapareciendo calles que son absorbidas por el crecimiento de las manzanas, sin embargo también aparecen otras nuevas cuando se producen derribos necesarios para nuevas construcciones.

En el marco de la reordenación de espacios públicos para dotar a la ciudad de ese aspecto moderno, además de todas estas obras de acondicionamiento también se construyen paseos ajardinados dentro de la ciudad como el de El Miradero y el de las Vistillas junto al puente de San Martín, además se desahogan las plazas frente a los Conventos de Santo Domingo El Real y El Antiguo, así como el de San Pedro Mártir.

Santo Domingo El Real
Santo Domingo El Real - Ayto. de Toledo

El propio Ayuntamiento asume la responsabilidad de ejercer control sobre la construcción en edificios particulares y aprueba normativas de aplicación municipal para que las fachadas no supusieran una fuente de conflicto con sus voladizos, balconcillos y tejados para que las calles estuvieran convenientemente aireadas. Para evitar también el almacenamiento de los productos que se venden en el mercado en lugares insalubres se construyen alhóndigas de gestión municipal. Se diseñaron nuevas redes de alcantarillado para favorecer la higiene pública y una correcta distribución de las aguas. Respecto a esta última cuestión, Juanelo Turriano, un relojero y matemático de la corte al servicio de Carlos I, tuvo un particular papel protagonista.

Oficialmente Juanelo fue relojero del rey Carlos I que era aficionado al coleccionismo de los relojes, y le acompañó a su retiro en Yuste hasta su muerte en 1556, donde construyó relojes de sol y diseñó estanques para los jardines del convento. Con Felipe II pasó a ser Matemático del Reino y recibió el encargo de subir aguas del río Tajo hasta el Alcázar. Casi cinco siglos después de que quedara en desuso la noria de época islámica, se instaló en este mismo lugar otro método efectivo para elevar las aguas del río a la ciudad. Diseñó y construyó un artefacto, del que se desconocen los detalles específicos de su funcionamiento, que se basaba, principalmente, en el aprovechamiento de la energía cinética del río para mover, mediante engranajes, un sistema de brazos basculantes con cazos de latón en los extremos que vertían agua unos a otros permitiendo salvar progresivamente el fuerte desnivel que separa la lámina de agua del río respecto al Alcázar y la Plaza de Zocodover. Los datos arqueológicos han apoyado esta tesis tras poder documentarse parte de los muros y las estancias en las que quedaría alojada y protegida toda la maquinaria. Igualmente, se ha confirmado que el primer tramo de este complejo mecanismo reutilizó en su totalidad la infraestructura que ya existía de la noria islámica, su acueducto y algunos canales por los que circula el agua que fueron  construidos para instalar molinos harineros bajomedievales. El tamaño de la noria era cercano a los 22 metros de diámetro, y las marcas que la rodadura de la misma dejó tras años de funcionamiento son aún visibles en la pared interior de los muros de sillería de granito.

Inicialmente, Juanelo ensambló un artificio que suministraba agua exclusivamente al Palacio Real situado en el Alcázar, en cuyas explanadas se construyó un conjunto de depósitos terminales donde almacenar el agua. A instancias del ayuntamiento, el italiano montó una segunda estructura, idéntica a la primera, y adosada a ella, con la que se aumentará el volumen de agua proporcionada, ampliando así la posibilidad de que fuera consumida por la ciudadanía. Para ello se colocaron algunas fuentes en la Plaza de Zocodover. Pero la constante insolvencia del cabildo municipal impidió a Juanelo disponer de recursos suficientes para mantener en funcionamiento su sistema, a pesar de lo cual, y tras la muerte del relojero en un lamentable estado de ruina, el artificio continúo “malfuncionando”. Finalmente, por real decreto se procedió a su desmantelamiento en 1645, debido a la incapacidad, ya manifiesta, del ayuntamiento para asumir su mantenimiento.

Los molinos sobre los que se edificó el artilugio de Juanelo, y que habían mantenido su actividad durante el funcionamiento del ingenio, pasaron a llamarse los molinos del Artificio. En las orillas del río la mayoría de los molinos harineros como éste continúan funcionando con normalidad y bajo la propiedad de la iglesia (a través de sus conventos principalmente) o bien de la corona. La titularidad de estos molinos no era frecuente por lo costoso de su mantenimiento, lo cual no impidió que algunos fueran arrendados en condiciones favorables para los usuarios y se mantuviera así la actividad en ellos. El suministro de grano a la ciudad hacía que la existencia de estos molinos fuera necesaria, y a pesar de que la economía se había resentido considerablemente en el siglo XVII ésta no se paralizó por completo. La demanda de los comerciantes y artesanos de productos básicos se mantuvo a un nivel que permitió a agricultores y ganaderos sobrevivir. Una vez más la capacidad económica de los conventos y de la Iglesia fue la que sostuvo ciertos sectores de actividad.

Desde el punto de vista cultural y humanístico, además de las notables manifestaciones artísticas visibles en edificios y construcciones de la ciudad del siglo XVI (escultura y arquitectura se combinaron siguiendo el modelo renacentista más bello), Toledo fue escenario de la capacidad creativa del famoso pintor El Greco.

El Greco llega a Toledo en 1576 buscando el mecenazgo de personajes importantes en una ciudad en todo su esplendor, y también de la propia Iglesia a través de su Arzobispado. Gracias a sus contactos entró de lleno en la vida intelectual de la ciudad y recibió los encargos para comenzar a trabajar en el Convento de Santo Domingo el Antiguo y la propia Catedral. A partir de ese momento sus trabajos para la institución y la propia Corona fueron habituales. Además, Toledo contaba con una numerosa población eclesiástica de clérigos y nobles creyentes muy interesados en poseer obras de carácter religioso. A comienzos del siglo XVII dibujó un gran lienzo con una vista de Toledo y el primer plano que se conserva de la ciudad y que contiene valiosa información acerca del trazado urbano de la ciudad alrededor de los años 1604 y 1605. Vivió en una casa alquilada al Marqués de Villena frente a la sinagoga del Tránsito y de la que no ha perdurado nadas hasta nuestros días. El actual Museo del Greco es una recreación de una vivienda de la época y donde el marqués de la Vega-Inclán trató de reunir parte de sus obras y mostrarlas al público para dignificar su trabajo.

Museo del Greco
Museo del Greco - Agustín Puig

Un foco de actividad cultural de la ciudad estaba situado en la Plaza Mayor en una pequeña casa conocida como Mesón de la Fruta, en un lateral de la plaza. En él tenían lugar representaciones teatrales durante algunos días o periodos señalados del año, asumiendo, pues, la actividad propia de un corral de comedias aunque originalmente funcionó como almacén. El hijo del Greco tomó la iniciativa de sustituir este lugar por un auténtico corral de comedias cuya existencia, aunque efímera, permitió que la ciudad contara al menos con un teatro acorde a la categoría de la ciudad. Tras incendiarse en el año 1633 fue necesario reconstruirlo y fue levantado con uso exclusivo como teatro. Este modesto corral de comedia, cuya existencia estuvo marcada por las continuas reformas y reparaciones, fue definitivamente derribado a finales del siglo XIX y se levantó el actual Teatro de Rojas.

El dibujo que realizó Anton Van den Wyngaerde en 1563 muestra la ciudad en todo su apogeo. La vista, realizada desde el norte, ofrece una visión de una ciudad compacta de urbanismo abigarrado rodeada de una poderosa muralla, y en la que se pueden distinguir sus edificios principales.

En un intento de revitalizar el decaimiento general del sector industrial de la ciudad, a mediados del siglo XVIII, durante el reinado de Carlos III, se intenta potenciar la actividad industrial de la ciudad y del reino, concentrándose en los sectores textil y metalúrgico. La iniciativa parte del propio monarca, y tras establecer de forma temporal su sede en unos corrales de la calle Núñez de Arce, el conjunto de edificios que la albergarán los talleres de forma definitiva se construyen entre 1778 y 1780 en un lugar escogido junto al río, en la Vega Baja. Las nuevas edificaciones se levantaron siguiendo el diseño que realizó Francesco Sabatini, el cual planteó una tipología arquitectónica de bloque compacto. Para idear el proyecto, el arquitecto italiano se basó en el modelo empleado en otras fábricas reales en España, así como en otras que ya existían en Italia. El edificio de la Real Fábrica de Espadas de Toledo es un gran edificio de planta rectangular que está dividido transversalmente por una crujía que conforma dos espacios de similares características casi cuadrados.

Esta Real Fábrica de Armas es el último gran proyecto de carácter constructivo que se produce en Toledo como simbólica ciudad insignia de la corona castellana. Las dificultades generales por las que atraviesa el reino durante todo el siglo XVII, se enquistan en el siglo XVIII, dejándose sentir en Toledo, cuyo urbanismo y dinamismo se estancan.

El hermetismo de la ciudad en el siglo XVIII es capaz de hacer de Toledo una ciudad impermeable a los intentos reformistas del Cardenal Lorenza, único en ofrecer una visión ilustrada de la ciudad (acorde al pensamiento de la época), o a las nuevas ideas y aportaciones desde una perspectiva económica que realiza colectivo de la Sociedad de Amigos del País. Algunos de los ciudadanos que aún mantienen cierto nivel de riqueza en Toledo tratan de impulsar y acompañar estos intentos ilustrados de modernizar los aspectos más descompuestos de la sociedad y economía toledana, pero no se alcanzan objetivos realmente transformadores en la ciudad, a pesar incluso de que su principal promotor, el Cardenal Lorenzana, es miembro de la propia comunidad eclesiástica. El régimen de propiedad, aún señorial, y el carácter oligárquico del poder municipal, junto con la persistencia de instituciones herméticas, como la Inquisición, hicieron de Toledo una ciudad que mantuvo un bajo nivel demográfico, una economía desmantelada y una incapacidad manifiesta de sus ciudadanos de tomar iniciativas regeneradoras, al estar absorbidos por el discurso inmovilista de la Iglesia.