Historia y Patrimonio: del siglo IX al siglo XVI

TOLEDO – MEDIEVAL ISLÁMICO

En los primeros años con musulmanes en el gobierno de la ciudad no debieron producirse cambios sustanciales en la configuración y el aspecto del entramado urbano existente.

En la Vega Baja se ha documentado la reocupación de viviendas y edificios visigodos manteniendo la misma configuración constructiva. Sin embargo, las excavaciones en extensas franjas de terrenos en esta zona de la ciudad sí han revelado un creciente uso de espacios abiertos en la Vega Baja como basureros y áreas de deposición secundaria a lo largo del periodo emiral, aunque sin grandes alteraciones en el espacio construido. Algunas zonas se destinaron para su uso como cementerios otorgando una funcionalidad distinta de la que habían heredado de época visigoda. Al igual que ocurre en otros sectores de la ciudad, es frecuente encontrar la reutilización de los materiales constructivos de las edificaciones que sí se abandonan, junto con el expolio de las piezas más relevantes de las construcciones visigodas como fueron los capiteles o pequeñas columnas, inscripciones y demás piezas labradas o decoradas.

Durante primeras décadas de ocupación, la población de Toledo continuó siendo claramente hispana, conservando su identidad cultural de tradición romana a la que se habrían incorporado aspectos religiosos del mundo cristiano, ajena por completo a la realidad musulmana. Arqueológicamente, el proceso es muy gradual y no se produce una interrupción de la tradición en su cultura material, por lo que, en cuanto a los restos cerámicos y constructivos, en todo el siglo VIII continuamos encontrando formas de clara tradición visigoda y sólo se detectan cambios significativos cuando la cultura islámica y las influencias orientales se encuentran bien asentadas en los habitantes de la ciudad. Éstas no se muestran con claridad hasta bien entrado el siglo IX, y no se incorporan completamente a la sociedad toledana hasta la instauración del califato a comienzos del siglo X.

Desde el punto de vista urbanístico, Toledo mantiene los rasgos distintivos  de la última etapa visigoda cuando los grandes edificios romanos están amortizados y los barrios extramuros de la ciudad mantienen la vitalidad de un tejido urbano que no se limita a la ocupación del cerro. La sociedad toledana aún no demanda cambios para adaptar la ciudad al modelo cultural islámico. De hecho, la actitud revoltosa los toledanos durante todo el siglo VIII se ha interpretado como una reacción conservadora ante las imposiciones de los gobernantes musulmanes en su interés por desestructurar la sociedad y disminuir el poder y autoridad de Toledo. Las numerosas noticias que recogen cronistas e historiadores de la época confirman que a lo largo del siglo VIII y también en varios momentos del siglo IX, los habitantes de Toledo se levantan en armas contra los gobernadores de la ciudad en un contexto de agitación social con el objetivo de evitar la pérdida de influencia cada vez más evidente de sus ciudadanos más ilustres y que antaño gozaron de una posición privilegiada junto a los monarcas visigodos.

Los primeros cambios en la ciudad se producen precisamente por la necesidad de establecer mecanismos de control dentro de la propia ciudad, y ésta ya se conoce en Al-Andalus como Tulaytula.

Además de mantener en buenas condiciones el perímetro amurallado de la ciudad realizando las convenientes reparaciones y  labores de mantenimiento (muchas de las cuales supondrán la reutilización completa de la sillería y fábrica de la muralla romana), se construye un enclave altamente fortificado en un punto estratégico de la ciudad: el alficén (literalmente ceñidor). El emir Al-Hakam I fue consciente a finales del siglo VIII de que una ciudad como Toledo debía contar con un lugar bien protegido que permitiera a las guarniciones militares y los miembros del gobierno local (incluyendo su residencia) aislarse de forma efectiva y segura del resto de la ciudad dada la actitud rebelde y beligerante de sus habitantes. Los sucesos de la jornada del foso estremecieron hasta tal punto a los toledanos que dicha fortificación se hizo imprescindible para el mantenimiento del orden y el poder de la ciudad en manos de los gobernadores islámicos. Aquel día, y con motivo de la recepción ofrecida al hijo del emir, el futuro Abd al-Rahman II, muchos de los toledanos más influyentes y que fueron más activos durante las revueltas de los años anteriores fueron invitados al palacio del gobernador. A medida que los invitados acudían al lugar, eran decapitados y sus cuerpos arrojados a un cercano foso excavado para la ocasión. Estos sucesos motivaron un nuevo periodo de revueltas y altercados en la ciudad promovidos por los hijos y descendientes de los ajusticiados aquel día.

La construcción del alficén es el punto de partida para el planteamiento de un recinto defensivo y bien fortificado dentro de la propia ciudad, y que permitió un funcionamiento autónomo de las instituciones de poder de la ciudad con sus propios recursos (suministro de agua y alimento) de cara a un posible escenario de conflicto interno en Toledo. Las estancias palaciegas que sirvieron de residencia al gobernador y a su corte, situadas bajo el edificio del convento de Santa Fe, quedaron unidas con el Alcázar,  donde estaba el cuartel general a los mandos militares y se acantonaban las tropas junto a la guarnición permanente del recinto, dentro de un conjunto cerrado y amurallado. El lugar elegido para su construcción responde, entre otros aspectos, a una cuestión estratégica básica: estar situado junto a un punto de entrada y salida directa de la ciudad a través del puente de Alcántara (el puente) y conectado con el otro enclave fortificado al otro lado del río Tajo, el castillo de San Servando. La puerta de que da acceso al puente (Bab-al-Qantara, la puerta del puente) conserva los rasgos distintivos de la arquitectura de tradición andalusí por tratarse de un acceso en codo, dotado con rastrillo, dos torres de flanqueo enmarcadas en una plazuela de armas y frente al torreón fortificado en la cabeza del puente.

Torre defensiva Puente Alcántara
Torre defensiva Puente Alcántara - Ayto. de Toledo

El recinto del alficén contaría únicamente con otro acceso situado en el punto central de la plaza de Zocodover (también de origen árabe, mercado de las bestias), a través de la puerta del Arco de la Sangre cuya ubicación se debe a que es el punto de la plaza más amplio. La forma irregular de la plaza es intencionada ya que se busca que el eje de mayor amplitud en línea recta se sitúe frente a la puerta de entrada al alficén, dificultando su hostigamiento y haciéndola más defendible. Aunque quizá la lógica de la defensa habría aconsejado que la franja de terreno despejada en el costado oeste y principal del alficén hubiera sido mayor, la densidad urbana en la zona debió disuadir a los arquitectos de acometer tales obras de demolición, concentrando los esfuerzos constructivos en el amurallamiento de los flancos con grandes lienzos de sillería y tapial. Parte de uno de estos paños de tapial se ha conservado en el bar El Trébol gracias a que se adosaron viviendas a la cara interior de la muralla para reaprovechar su construcción y que se han recuperado e integrado en el nuevo local. La mayor parte del cerramiento oeste y norte del alficén no se ha conservado, quedando parte del mismo afectado por las obras de reconstrucción del edificio del Gobierno Civil, derruido durante la última guerra civil española, y otro importante tramo desmontado recientemente con motivo de las obras para la construcción del Palacio de Congresos del Miradero.

El alficén cuenta, además, con otra particularidad constructiva adicional y que resulta poco habitual en los ejemplos estudiados de fortificaciones de andalusíes. Además, de tratarse de un recinto cerrado y amurallado dentro de la ciudad, el alficén está dotado con otros dos elementos constructivos, también de carácter fortificado, que permiten la circulación y tránsito entre puntos concretos del alficén de manera independiente, englobados dentro del propio conjunto. Se trata de sendas corachas, que consisten en murallas que protegen un recorrido concreto para unir de forma directa y efectiva dos puntos no muy alejados entre sí, y que tuvieron como objetivo en el caso del alficén, por un lado, comunicar la zona palaciega (convento de Santa Fé) con la zona militar (Alcázar); y por otro, facilitar el acceso al agua, y también la salida de la ciudad a través del puente de Alcántara, por la coracha que desciende desde el Alcázar hasta alcanzar el propio cauce del río Tajo, junto a los restos del acueducto romano. En ambos casos, las corachas están definidas por tramos paralelos de muralla que protegen el espacio de tránsito interior, y que facilitan la comunicación entre los puntos mencionados de forma rápida y segura.

En la fachada de acceso al Museo del Ejército, lateral norte del Alcázar, se pueden observar los restos conservados de estos formidables tramos de muralla que protegían el pasillo que comunicaba con la residencia del gobernador, y en el que también se puede identificar el forrado interior de la muralla con mampostería encintada con el tipo de aparejo constructivo habitual en entre los siglos X y XI, y que coincide con una de las reformas que promovió  Abd al-Rahman III para reconstruir el alficén en torno al año 936, poco después de que finalizara el asedio a la ciudad iniciado en el año 929 y que duró hasta el año 932. La otra coracha, que desciende hacia el río y cuya funcionalidad está marcada por el aprovisionamiento de agua, está definida por una serie de torreones intermedios, algunos de ellos conservados y visibles en las murallas de la ciudad, y en los que se puede observar que las esquinas cuentan con sillares y sillarejo salientes que indican la continuidad de un muro desde el torreón. En algunos de los torreones se aprecian pequeñas puertas o poternas por las que se transitaba hasta descender a la torre situada en el río Tajo. Es muy probable que gran parte de las torres conservadas lo estén gracias a la reutilización que se haría de ellas durante la baja edad media.

Además de centrar los esfuerzos defensivos al noreste de la ciudad, las autoridades musulmanas también eran conscientes de que el centro neurálgico de la ciudad se situaba en la zona del antiguo foro romano y donde estaba situada la basílica visigoda de Santa María, que mantuvo el simbolismo central heredado del periodo romano. Era lógico, por tanto, que trataran de aprovechar su simbolismo y convirtieron el importante templo cristiano en la mezquita Mayor, pasando a ser la aljama de la medina. Aunque se desconocen las dimensiones exactas de la aljma, éstas debieron ser considerables pues los hallazgos del muro que separarían el patio de abluciones (shan) bajo el suelo del claustro indican que, al menos, tuvo las mismas dimensiones que el muro norte de la Catedral y por tanto, su tamaño no debió diferir demasiado en volumen de la actual Catedral.

El barrio que rodea la catedral se mantuvo como el principal eje de la actividad comercial de la ciudad. Este barrio comercial, o alcaná, contó con numerosos locales que fueron surgiendo en torno a calles que fueron estrechando el espacio urbano. Las sucesivas construcciones y el planeamiento urbanístico de influencia musulmana favorecieron la aparición de las calles de aspecto sinuoso que buscaban el máximo aprovechamiento del espacio disponible. Junto a la catedral, algunas calles como la Sinagoga o la cuesta de la Sal formaron parte de estos callejones que contaron con numerosos establecimientos de carácter comercial en largas hileras agrupadas y cuyos propietarios solían vivir en pequeñas viviendas sobre ellas. El resultado de esta concepción del espacio para la actividad comercial supuso, desde el punto de vista urbano, la evolución hacia un tejido urbano denso con una sucesión continua de edificaciones en torno a calles estrechas, y muy compartimentadas.

La implantación de las costumbres y cultura islámica en Toledo fue progresiva, y al igual que la inercia de la actividad religiosa en torno a la mezquita aljama originó la aparición del barrio comercial en el centro de la medina, el surgimiento de barrios que agrupaban a distintos gremios de artesanos y comerciantes, también formó parte de la evolución interna de la ciudad. Por su parte, la zona comercial se extendió hasta unirse con el otro foco comercial surgido en el entorno del alficén, en la plaza de Zocodover y cuyo corredor, la calle Comercio, se ha mantenido con la misma funcionalidad hasta la actualidad. En la zona periférica de la ciudad al borde del río Tajo (sur y este del núcleo urbano) se establecen los artesanos textiles por la necesidad de agua abundante para su actividad: curtidores y tintoreros construyen tenerías y batanes junto a los molinos harineros que comienzan a instalarse en las orillas del río. Se levantan azudes en el cauce del río y se modifican las riberas para que la ingeniería hidráulica funcione con efectividad.

El contexto político del momento acompaña a la progresiva implantación de la cultura islámica y a finales del siglo IX la ciudad muestra ya una configuración en la que se reconoce el influjo islámico. En la medina ya se ha definido áreas con funcionalidad específica en la vida de la ciudad. La alcaicería como lugar de compra-venta de productos de lujo es propiedad de la autoridad de la ciudad y el califa. Debió situarse cerca del Alcázar y los palacios reales, en el entorno de la plaza de la Magdalena en el llamado Barrio Rey, llamado así porque las casas e inmuebles fueron propiedad de los monarcas castellanos heredados de los últimos reyes taifas, por lo que se ha situado en este barrio la posible alcaicería.

Algo más al sur, y próximo a la Catedral, se sitúan algunas de las alhóndigas (al-funduq) de la ciudad. Se trata de zonas o edificios que contaban con almacenes para guardar las mercancías e importaciones que llegaban a la ciudad y que también disponían de habitaciones para que los comerciantes se alojaran en ellas. Debieron existir varias de estas alhóndigas en la ciudad distribuidas probablemente alrededor del cinturón comercial que rodeaba la zona de la mezquita aljama, pudiendo haber otras alhóngidas junto al foco comercial de la plaza de Zocodover. Estos espacios comerciales o zocos también debieron ser numerosos por la una importante actividad comercial en la ciudad. Muchos de estos zocos  son nombrados en las crónicas de la época, algunos de ellos de pequeño tamaño y surgidos en torno a una actividad específica. Así, encontramos el arrabal de los barberos al sur de la mezquita aljama, carniceros y pescaderos junto a la actual plaza Mayor (algunos nombres de las calle en esta zona recuerdan estas actividades como la bajad de la Tripería), zapateros y peleteros junto a la calle Comercio o los herreros junto a Zocodover, tintoreros y curtidores junto al río, además de carpinteros, esparteros, herbolarios, despachos de hortelanos y cereales, etc.

La estabilidad política en Al-Andalus durante los siglos IX y X favorece, por tanto, el arraigo de las costumbres de tradición islámicas. Es el momento en el que la religión y la religiosidad islámica comienzan a condicionar también el urbanismo de la ciudad. Hasta ese momento los hábitos religiosos debieron adaptarse a la realidad de una ciudad con la apariencia urbana de la etapa visigoda, y por tanto, de clara herencia romana. Pero el afianzamiento de las instituciones andalusíes y con la cultura islámica bien arraigada ya en los toledanos, generaron en los ciudadanos demandas de infraestructuras que pudieran satisfacer sus necesidades religiosas y culturales al modo islámico. Necesidades que los gobernadores de la ciudad estuvieron en disposición de cubrir.

Las comunidades religiosas y sus dirigentes promueven la construcción de pequeñas mezquitas para satisfacer las necesidades religiosas de los habitantes de la ciudad y comienzan a surgir pequeños templos en numerosos puntos de la ciudad. La distribución de estas mezquitas estuvo condicionada por la capacidad del muecín para realizar la llamada a la oración desde el alminar, de tal manera que todos los habitantes pudieran oír esta llamada. La difícil orografía de Toledo obligaba a que existieran numerosas de estas mezquitas para que tal fin pudiera conseguirse, algunas de las cuales se han podido rastrear en la actualidad gracias a que fueron reaprovechadas para el culto cristiano tras la conquista de la ciudad a finales del siglo XI. En particular, fueron las torres de los alminares las que más elementos de las mezquitas han conservado en su reconversión a campanarios. Así, las torres de las iglesias de San Bartolomé, el Salvador, San Andrés, San Lorenzo o Santiago del Arrabal conservan aparejos y elementos arquitectónicos originales de los alminares: ventanas con arcos de herradura, puerta de acceso y aparejos de mampostería encintada bien fechados en los siglos X y XI.

Entre las mezquitas que tuvo Toledo, dos han conservado prácticamente íntegra su configuración interna por distintos motivos, la mezquita de Bab-al-Mardum o del Cristo de la Luz, y la mezquita de Tornerías. La primera fue construida a finales del siglo XI según aparece en una inscripción con caracteres cúficos realizada con ladrillos en uno de sus frisos y que permaneció oculta hasta el siglo XX. Arqueológicamente, la importancia de esta pequeña mezquita reside en que ha permitido contextualizar un estilo constructivo concreto (aparejos encintados de hiladas simples de mampostería separadas por verdugadas simples de ladrillos) y asociarlo a una fecha específica, en este caso el año 999. Es el punto de partida para establecer una seriación tipológica del llamado aparejo toledano, pudiendo asociar estos tipos de aparejos a cronologías concretas sin necesidad de contar con un contexto material en particular o fósil guía, y también si necesidad de acudir a un archivo para rastrear documentalmente la historia del edificio en estudio. Esta mezquita muestra una planta cuadrada subdividida en nueve pequeñas naves, y cuya estructura se mantiene sin alterar cuando es reconvertida a iglesia en el siglo XII cuando se le añade un ábside en el costado este. Es el mismo modelo arquitectónico que presenta la mezquita de Tornerías, también de planta cuadrada y nueve naves interiores. En este caso, la mezquita ha sobrevivido con su configuración inicial gracias a que en ella se mantuvo el culto islámico como aljama durante la ocupación cristiana.

Mezquita Cristo de la Luz
Mezquita Cristo de la Luz - Agustín Puig
Iglesia del Salvador
Iglesia del Salvador - Ayto. de Toledo

El esquema de mezquita de planta cuadrada se ha propuesto también para la posible mezquita que existió en la iglesia de San Ginés, hoy desaparecida, donde se encuentran las Cuevas de Hércules. Este modelo coexiste con el de otras mezquitas de mayor tamaño y que ofrecen una planta rectangular dividida en tres naves separadas por arquerías con el muro de qibla alargado y el mirhab ocupando un lugar central. Es el caso de las mezquitas de Al-Dabaggin en la Iglesia de San Sebastián, el de la iglesia del Salvador o la de Santa Justa y Rufina. En todas ellas se han encontrado restos de los edificios andalusíes, y se presupone su existencia bajo otras muchas iglesias de la ciudad según los indicios de los alminares como en los mencionados casos de San Bartolomé, San Lorenzo o Santiago del Arrabal.

La construcción de mezquitas forma parte del proceso de transformación urbana de la ciudad durante los siglos IX y X, y que se prolonga durante buena parte del siglo XI. Junto a ellas aparecen otros edificios íntimamente ligados a la cultura religiosa del mundo islámico: los baños. Tanto en Toledo como en otras ciudades plenamente arabizadas se reproduce el esquema en el que junto a las mezquitas es habitual encontrar edificios destinados al baño para poder realizar una purificación completa del cuerpo antes de entrar a la mezquita y cumplir con la oración. Este patrón lo encontramos en varios puntos de la ciudad, en el que no sólo en el binomio mezquita y baño se identifica con claridad, sino que también se sitúan junto a las entradas de la ciudad. Es el caso de la mezquita de Al-Dabaggin en la iglesia de San Sebastián situada junto a la puerta de la ciudad que lleva el mismo nombre y donde encontramos dos baños, los de Yuso y Suso (éstos últimos conocidos como los de Tenerías, han sido recuperados gracias a una intervención arqueológica). El mismo esquema se reproduce junto a la puerta de Bab-al-Mardum, al norte de la ciudad, donde la mezquita del mismo nombre (Cristo de la Luz) se sitúa junto unos baños ocultos bajo el convento de los Carmelitas Calzados. Aunque no sólo junto a las puertas de la ciudad se puede rastrear este modelo, ya que junto a los baños del Cenizal y de la plaza de las Fuentes se encontraría la mezquita bajo el edificio del Colegio de Infantes, y lo mismo en los baños de la calle Pozo Amargo y su pequeña mezquita. Además, de estos baños públicos también existieron algunos de carácter privado como es el caso de los de la calle del Ángel, sin estar necesariamente relacionados con una mezquita. Estos baños, situados en pleno barrio judío debieron pertenecer a un particular o que formaron parte de una actividad privada.

Baños de Tenerías
Baños de Tenerías - J.M. Moreno
Baños del Cenizal
Baños del Cenizal - Ayto. de Toledo

En el siglo XI las costumbres religiosas están ya plenamente integradas en la vida de la ciudad y en la muerte de sus habitantes. Los numerosos cipos funerarios reutilizados en construcciones de la ciudad y en hallazgos fortuitos nos hablan de la existencia de lugares de enterramiento próximos a la ciudad. Los datos arqueológicos permiten situar estos cementerios extramuros de la ciudad y junto a los caminos de entrada a ella. Se han encontrado inhumaciones agrupadas en la Vega Baja, en la explanada del circo, así como en el Cerro de la Horca y junto a la Peraleda (Nudo Norte), que nos indican de la existencia de estos cementerios o maqbara distribuidas de forma dispersa en el perímetro de la ciudad.

La gestión de una ciudad como Toledo en pleno apogeo de Al-Andalus debió responder en su urbanismo a la realidad de una complejidad social en la que los ciudadanos plenamente islamizados debieron convivir con los que mantuvieron su religión y tradición cristiana (el colectivo mozárabe) junto con una comunidad judía que se agrupa en torno a un barrio al oeste de la ciudad. Esta realidad condicionó el urbanismo de la ciudad ya que obligó a mantener cierto tono de coexistencia tolerada respecto a un colectivo judío cuya protección pasó, necesariamente, por la construcción de un recinto amurallado que lo aislara del resto de la ciudad (dando origen a la judería siguiendo, además, una recomendación directa de las autoridades de la ciudad), y por el mantenimiento, por otro lado, de una serie de iglesias de origen visigodo en las que se mantuvo el culto cristiano que demandaba la comunidad mozárabe de la ciudad. En las crónicas de la época se menciona a siete de estas iglesias, en las que se mantuvo activo el culto cristiano hasta la conquista de la ciudad por las tropas castellanas a finales del siglo XI. Estas iglesias son las iglesias de San Torcuato (desaparecida en la actualidad), San Sebastián, Santas Justa y Rufina, San Marcos, Santa Eulalia y San Lucas, en las que arqueológicamente no se han encontrado indicios de los supuestos edificios de época visigoda o andalusí, perteneciendo todos sus paramentos a momentos constructivos de los siglos XII o XIII.

El denso tejido urbano de la ciudad andalusí se caracterizó por la existencia de mezquitas, zocos, baños, talleres de artesanos y comerciales, pero la mayoría de las edificaciones corresponden a viviendas de particulares que se agrupan en manzanas que se levantan entre los callejones de la ciudad. El modelo de casa que se generaliza en Toledo entre los siglo IX y XI responde al modelo tradicional de vivienda andalusí, cerradas al exterior y volcada en su distribución interior en torno a un patio central al que se accede por un zaguán, habitualmente situado en un lateral (siguiendo el esquema en recodo que también reproducen en los amurallamientos y accesos fortificados de la ciudad). Alrededor de estos patios (rectangulares o cuadrados, según el espacio disponible, y con brocal de un pozo o aljibe) se disponen amplios salones alargados, siendo el principal el que se ubica preferentemente en el lateral noroeste para recibir la mayor cantidad de luz natural posible, y que se caracteriza por contar con las techumbres más elevadas y acceso centrado respecto al eje del patio y decorado con yeserías. En los extremos de estos salones se sitúan las alcobas y las habitaciones secundarias. En la planta superior se situarían, posiblemente, almacenes y cocinas, pero las profundas reformas posteriores han desfigurado considerablemente las viviendas de época andalusí.

El crecimiento de la ciudad en los siglos X y XI sobrepasó el recinto amurallado original y fue necesario rodear con un segundo recinto amurallado el arrabal que había prosperado en el costado norte de la ciudad, siendo necesario dotarlo de su correspondiente puerta (puerta del Vado) con sus torres de flanqueo para protegerla y, a su vez, a la propia muralla. Parece que en esas fechas el gobierno de la ciudad con la aprobación de la autoridad califal, se inicia un programa de reparación de torres y murallas de la ciudad, pudiendo diferenciar este momento constructivo en las torres y paramentos en los que se distingue un basamento de sillería de granito (que corresponde al primer momento constructivo de la muralla) sobre el que se levantan aparejos de mampostería encintada de una única hilada de piedra separa por verdugadas simples de ladrillo (que pertenecen a las reformas del siglo XI). En el tramo de muralla de la calle Carrera y los torreones (conocidos como de la Reina) hasta la puerta de Bisagra, en la puerta de Alcántara o la puerta Vieja de Bisagra o de Alfonso VI, así como en algunos tramos de los sectores de la muralla sur, se puede observar la superposición de estos aparejos.

Algunas de las puertas de la ciudad andalusí cuya existencia se conoce por las referencias documentales que se han encontrado, no han llegado hasta nuestros días. Es el caso de la puerta que debió existir junto al puente de San Martín, la del Hierro (junto a la torre albarrana homónima, al sur de la ciudad), la de Al-Faray en la zona del parque del Tránsito, la de Al-Tefalín luego llamada de Perpiñán o de Grederos (que da acceso desde el arrabal al interior de la ciudad, junto al alficén) o la de Al-Dabaggin junto a la iglesia de San Sebastián y los baños de Tenerías, famosa esta última por las clepsidras o relojes de agua movidos por mecanismos accionados supuestamente por la gravedad de la luna y que el astrónomo Azarquiel instaló allí en el siglo XI.

La medina de Toledo alcanzó unas dimensiones considerables a finales del X y comienzos del siglo XI. De hecho, la monumentalidad de la ciudad fue sobredimensionada por el geógrafo Al-Idrisi quien, en el siglo XII, describe una gigantesca noria situada junto al puente de Alcántara, desconocemos si funcionando o no, pero que según los datos que ofrece el propio Al-Idrisi, su diámetro llegaba hasta los 90 codos (algo más de 50 m.) con el objetivo de engrandecer, también, la capacidad de la ingeniería andalusí. Un reciente estudio arqueológico ha permitido calcular el diámetro de la rueda gracias a las marcas del rozamiento que dejó en las paredes interiores del canal sobre las gruesas capas de sales que quedaron adheridas a la superficie de las paredes tras años de agua derramada sobre ellas de forma continua. Su diámetro no superaba los 24 m. y elevaba el agua hasta la altura del Puente de Alcántara en cuyas inmediaciones debió existir un depósito para acumular el agua. En las huertas que rodeaban el espacio inmediato de la ciudad debieron existir norias como ésta, de pequeñas dimensiones pero que, junto con los molinos harineros y batanes, facilitaron la actividad agrícola y textil de la ciudad.

Puente Alcántara
Puente Alcántara - J.R. Márquez

TOLEDO – MEDIEVAL CRISTIANO

La conquista de la ciudad por las tropas castellanas mandadas por Alfonso VI se produce en el año 1085. La derrota de Al-Qadir, rey de la taifa toledana, implica un cambio en el mando del gobierno y en la administración del territorio, pero no supone un cambio inmediato en la sociedad y cultura toledana. Al igual que ocurrió a comienzos del siglo VIII cuando los musulmanes llegaron a la ciudad y ésta fue sometida a su control político, la vida en la ciudad a finales del siglo XI y comienzos del siglo XII continuó con su curso normal conforme a su cultura y costumbres islámicas (al igual que ocurrió con los usos y costumbres de la etapa visigoda). La ciudad no experimentó un cambio inmediato tras la llegada del monarca castellano. De hecho, la islamización de la ciudad había penetrado tanto en la mentalidad y costumbres de los toledanos que muchos de sus rasgos distintivos se mantuvieron vigentes durante décadas, incluso siglos, tanto a nivel cultural como artístico, constructivo e ideológico.

Tradicionalmente se ha aceptado que la multiculturalidad de Toledo tras la llegada de los cristianos fue respetada y asumida por los distintos gobernadores de la ciudad (que ya se había iniciado durante el periodo andalusí), circunstancia que estimuló la diversidad artística, cultural y religiosa de la ciudad. Con independencia de que dicha aceptación haya podido estar o no sobrevalorada con el objetivo de dignificar la historia de la ciudad, lo cierto es que la coexistencia de judíos, musulmanes y cristianos en Toledo fue una realidad que obligó a todas las comunidades a convivir en un mismo espacio. Aunque se trata de una convivencia frágil, es indiscutible que el potente bagaje cultural de cada una de estas comunidades generó una dinámica cultural en la ciudad que hizo de Toledo un centro de enorme interés para la intelectualidad de la época. La erudición no sólo se daba en el ámbito eclesiástico (aunque sí era el mayoritario), muchas familias (en particular las de la comunidad mozárabe) demandaban formación para sus hijos y se crearon escuelas donde se estudiaban materias como matemáticas, gramática o filosofía. La cuestión del idioma fue importante debido a la multiculturalidad, de tal manera que los propios ciudadanos eran conscientes de la necesidad de tener conocimientos de hebreo, castellano y árabe. En los siglos XII y XIII se traducen multitud de obras a todos estos idiomas y se crea la Escuela de Traductores de Toledo que se convierte en centro de interés para los intelectuales del momento. El rey Alfonso X fue muy partidario de la idea de una institución que tradujera a los idiomas predominantes los escritos de autores clásicos y no sólo los relacionados con las Sagradas Escrituras y su teología.

No obstante, la convivencia entre judíos, cristianos y musulmanes debió pasar, lógicamente, por altibajos, y las disputas entre estos colectivos formó parte de esta convivencia tolerada. Son de sobra conocidas las revueltas y acosos de unos grupos a otros en periodos precedentes a la conquista de la ciudad en el año 1085, y que éstos continuaron sucediendo también después de esa fecha. El deterioro de la situación se agudizó notablemente a finales del siglo XIV y comienzos del siglo XV, ya focalizado en la comunidad judía y que terminó con el decreto de expulsión del año 1492.

Desde el punto de vista del urbanismo, la ciudad no se transformó de inmediato, y mantuvo su característico urbanismo abigarrado de calles estrechas y sinuosas durante toda la baja Edad Media, prolongándose a los siglos modernos y hasta la actualidad. Las soluciones constructivas adoptadas en la ciudad ante las nuevas necesidades e inquietudes culturales y religiosas pasaron por abordar las remodelaciones como una adaptación de lo que ya existía. Sólo en los últimos siglos medievales se comienza a percibir en la ciudad un cambio en la  configuración de los barrios que, hasta ese momento, habían mantenido cierta polarización por sectores de actividad. La zona comercial alrededor de la mezquita aljama, reconvertida en Catedral en el siglo XIII, se mantuvo sin alterar durante todo el periodo bajomedieval. Alrededor de ese foco comercial también perduró el dinamismo en zocos y barrios agrupados en función de su actividad: carniceros, pescaderos, despachos de cereales y harinas, artesanos de la madera, hierro, alarifes, etc.

Las principales alteraciones volumétricas en los edificios de la ciudad se produjeron de manera progresiva, y los casos más significativos tuvieron lugar por motivaciones religiosas para levantar nuevos templos, y para incidir en la necesidad de que la religión y religiosidad cristiana debían prevalecer por encima del resto. La conversión arquitectónica de las mezquitas en iglesias se inicia en el siglo XII y se generaliza en el siglo XIII. Es el periodo en el que eclosiona el estilo mudéjar y todas las iglesias, ya sean de nueva planta o de reconversión de las mezquitas, se construyen siguiendo esta estética y trazas arquitectónicas.  Entre las iglesias construidas sobre mezquitas y que conservan algunos restos de ellas (bien a nivel de cimentación o bien han reaprovechado algunas de sus construcciones) destacan las de San Sebastián, Santas Justa y Rufina, San Lorenzo, Santiago del Arrabal, El Salvador y la del Cristo de la Luz. Otras muchas se construyen ex novo, y en todos los casos se generalizan los frisos con arquillos ciegos entrelazados, arcos polilobulados, túmidos, apuntados y de herradura recercando puertas y ventanas.

Mezquita Cristo de la Luz
Mezquita Cristo de la Luz - Ayto. de Toledo

Sin duda el salto de la ciudad de tradición islámica a la cristiana se produce cuando se inician los trabajos de construcción de la Catedral. La Catedral es el edificio más representativo del mundo religioso y artístico de la ciudad medieval. Fue construida en el emplazamiento del foro de la ciudad romana sobre el que se levantó la antigua mezquita mayor de la medina islámica, la cual, a su vez, se erigió en la supuesta localización de la basílica visigoda consagrada a la Virgen María y de la que no hay noticias arqueológicas (tan sólo una referencia epigráfica en el claustro de la Catedral). El espacio donde se emplaza la Catedral hereda de época islámica la relevancia estratégica del emplazamiento por encontrarse en el centro de la ciudad  y en pleno barrio comercial.

Catedral de Toledo
Catedral de Toledo - Agustín Puig

La construcción de la Catedral se inicia en el año 1226, comenzando por la cabecera al este, como sucede habitualmente en las iglesias medievales, dando prioridad a las zonas litúrgicas más importantes. En este caso, mientras se trabajaba en la cabecera, continuaba el culto en la antigua mezquita, todavía en pie y que fue desmontada gradualmente.

Junto a la creación de iglesias y parroquias, la fundación de comunidades religiosas en edificios conventuales se extiende poco a poco por la ciudad a partir del siglo XIII. Sus edificios crecen mediante la adquisición de casas y viviendas particulares, bien por donaciones, bien por compra-venta. Algunos llegaron a alcanzar volúmenes considerables y perduraron hasta la actualidad manteniendo la configuración que tuvieron al final de la Edad Media (aunque muchos ejemplos también corrieron la suerte del abandono o la destrucción).

La implantación de edificios conventuales, y sobre todo su crecimiento, se intensifican en el siglo XV, agrupándose al noroeste del núcleo urbano de la ciudad. Al final de la Edad Media en esta zona de la ciudad, las calles curvas y estrechas a las que se asoman edificios de viviendas de aspecto irregular, se convierten en calles rectas delimitadas por esbeltas paredes sin apenas ventanas y cuya altura supera las 3 plantas en muchos casos. Los conventos aportan a este sector de la ciudad un aspecto de sobriedad, en los que apenas hay viviendas, y en los que aparecen construcciones singulares como son los cobertizos, que unen unos edificios con otros como parte de la adquisición que realizan las comunidades conventuales de casas y edificios anexos. En muchos casos, los conventos son beaterios en origen, en los que monjas o frailes se instalan en apenas unas habitaciones de una casa alquilada o donada, y poco a poco obtienen recursos, donaciones principalmente, para conseguir propiedades y adaptarlas para celdas, construir los claustros y levantar nuevas iglesias. Muchos de estos conventos surgen, lógicamente, alrededor de las iglesias que ya existían en los siglos XII y XIII. Son los conventos más antiguos de la ciudad y en los que se pueden identificar, a simple vista, los aparejos de las diferentes casas o construcciones que se han integrado en los edificios conventuales. Los conventos más sobresalientes que se crean entre los siglos XII y XIV son los de San Clemente, Santo Domingo el Real y Santo Domingo el Antiguo. A los que cabe sumar, a finales del siglo XV, el convento de San Juan de los Reyes, máxima expresión del estilo gótico de la ciudad.

San Juan de los Reyes
San Juan de los Reyes - Ayto. de Toledo

El de Santo Domingo El Antiguo podría tratarse del edificio conventual más antiguo de la ciudad, de  ahí el apelativo que lo acompaña. Fundado por Alfonso VI, y sería el primer edificio cristiano que se levantó en el interior de la ciudad tras su conquista en el año 1085. Sin embargo, según la tradición conventual, en este mismo lugar existió, en tiempo de los visigodos, un primer monasterio levantado en honor a la ilustre figura cristiana de Santa Leocadia cuyos restos fueron allí mismo enterrados ante la inminente llegada de los conquistadores árabes. A mediados del siglo XIII se inicia la progresiva adquisición de propiedades colindantes, bien por vía de la donación, o bien a través de la compra directa. El de San Clemente fue fundado probablemente en época de Alfonso VII y del que existen algunas referencias documentales que se remontan a este siglo XII. El de Santo Domingo el Real fue fundado en 1364 y la necesidad de ampliar la superficie útil del edificio por parte de las religiosas alteró notablemente el trazado viario en este sector de la ciudad. Tanto la actual plaza, denominada de Santo Domingo el Real, como la calle Buzones y el cobertizo llamado también de Santo Domingo son el resultado directo de la conveniencia de la comunidad de religiosas que permutaron sus propiedades con la de otros particulares (convento de Santa Clara incluido) en colaboración con el propio ayuntamiento con el objetivo de resolver las necesidades de espacio tan acuciantes.

En los siglos XIV y XV se producen también fundaciones de carácter hospitalario para cubrir la necesidad de muchos de los habitantes humildes y empobrecidos de la ciudad. La caridad, siempre vinculadas de forma prioritaria a la actividad de las parroquias, fue abordada por éstas pero con la colaboración de las autoridades locales y de familias que realizaron donaciones para que se construyeran estos centros de atención sanitaria. Se construyen así el Hospital del Rey, el de San Antón, Santiago o el de San Lázaro. La gestión de ellos no correspondía a las parroquias o cofradías en todos los casos. Algunos como el de San Lázaro o el de Santiago lo eran por la propia corona, otros como el de San Juan Bautista tenían administradores laicos, y posteriormente los de Santa Cruz o la Visitación por una dirección de carácter religioso.

La actividad edilicia en Toledo no se limitó al ámbito religioso, la iniciativa privada y la arquitectura civil promovieron también la construcción de nuevos edificios, reaprovechando los existentes en algunos casos y derribando para explanar en otros. En este sentido, la propia administración local acometió obras de cierto relieve al final de los siglos medievales en algunos sectores de la ciudad, bien para uso de la propia administración o en relación con la defensa de la ciudad interviniendo en sus puertas y murallas. Respecto a esto último, la presión fronteriza que ejercieron los almohades y almorávides aún durante los siglos XII y XIII, sus incursiones y ataques puntuales a Toledo, obligaron a constantes reparaciones en las murallas. La estabilización de la frontera lejos de Toledo a finales del siglo XIV favoreció que el cabildo local y la corona pudieran destinar fondos a otros aspectos de la ciudad que no fueran los estrictamente militares. En este sentido, la capacidad económica de la administración se vio incrementada gracias a la creciente actividad comercial de la ciudad que estaba sometida a una imposición fiscal e impositiva muy controlada. Esta fiscalización de la actividad comercial se ejercía en los accesos a la ciudad, en cuyas puertas se cobraban no sólo los impuestos correspondientes al uso de estos accesos, sino también los referidos a las materias que entraban en la ciudad.

El contexto económico en el que el lento crecimiento de la ciudad se sostenía en la dinámica comercial que había convertido a Toledo en un foco de consumo importante. La distribución de barrios comerciales alrededor de la Catedral y el cordón que lo unía con la plaza de Zocodover se mantuvo con gran vitalidad durante todo el periodo bajomedieval como lo había sido durante la época andalusí. Esta vitalidad hacía que los sectores productivos funcionaran a pleno rendimiento, y que los secundarios, como lo artesanos y oficios tradicionales, pudieran mantenerse sin problemas e incluso experimentar cierto crecimiento superada la crisis del siglo XIV (motivada por los conflictos internos de la corona y la epidemia de peste que supuso un descenso demográfico importante). Adquirió particular notoriedad el sector de la producción textil cuya tradición en la ciudad se remontaba al periodo andalusí, pero que se implementó a partir de los siglos XIV y XV, concentrándose toda su infraestructura en las orillas de los ríos y abandonando los pequeños talleres y tenerías del interior de la ciudad, agrupándose para formar potentes gremios de actividad. Junto a estos sectores, el primario, agrícola y ganadero, suministraba los alimentos a una ciudad con demanda creciente, aunque a los campesinos no se beneficiaron del apogeo comercial de la ciudad y continuaron sometidos al régimen señorial que los mantuvo en estado permanente de empobrecimiento y marginalidad.

La capacidad económica de muchas familias se benefició de la prosperidad de los sectores comerciales y artesanales tan dinámicos de aquellos momentos, lo que se trasladó al ámbito de las viviendas a partir de los siglos XIV y XV. Algunas de las familias más adineradas comienzan a transformar sus viviendas en casas de estilo palaciego en las que la influencia islámica se muestra aún vigorosa, no sólo en la configuración arquitectónica del inmueble, sino también en sus aspectos ornamentales a través del estilo mudéjar. En el siglo XIV, además de estos palacios de estilo mudéjar, la nobleza toledana comienza a fundar conventos y capillas siguiendo el ejemplo de los primeros monarcas castellanos tras la conquista de la ciudad.

En los primeros años la nobleza toledana estaba representada por la comunidad mozárabe, cuyos miembros habían mantenido lo que ellos consideraron que era el honor de la verdadera ciudadanía toledana, heredera de los primeros cristianos de la etapa visigoda. Se trata de las conocidas familias de los Illán, Lampáder, Pantoja, ben Harits, Gudiel y Palomeque. La implantación del nuevo modelo castellano basado en un credo cristiano actualizado y controlado por la Iglesia de Roma contrasta con el tradicionalismo y cierto conservadurismo mozárabe (originado por el contexto hostil en el que sobrevivieron durante cuatro siglos) cuyo credo resulta obsoleto a ojos de una Iglesia que va de la mano de los monarcas castellanos. Los mozárabes no gozaron en estas primeras décadas del favor que ellos presuponían que se merecían por parte de los monarcas castellanos. A pesar del supuesto fuero mozárabe creado e impulsado por Alfonso VI para compensarlos y respetarlos, comienzan a rivalizar con las nuevas familias que ejercen influencia directa y tenida en cuenta no sólo en la corona y la iglesia, sino también en la sociedad, robándoles, en cierta medida, el protagonismo de la “reconstrucción” de Toledo siguiendo una identidad cristiana que nunca debió perder. Frente a las familias mozárabes de Toledo surgen otras nuevas como son las de Ayala, Meneses, Silva, Ávalos y Tenorio dando lugar a los Gómez de Toledo, Suárez de Toledo, García de Toledo o Téllez de Meneses.

Las nuevas familias son las que desarrollan el concepto de casas palaciega en la ciudad. Las más representativas son el Palacio de Fuensalida, la casa del Taller del Moro (conserva uno de sus salones y dos alcobas), la casa de Mesa (se conserva sólo uno de sus salones), el palacio del Rey Don Pedro (Pedro I, del que se conserva sólo uno de sus salones dentro de la sede de la Escuela de Traductores de Toledo), el palacio de los López de Ayala y Téllez de Meneses (conservados en parte dentro del Convento de Santa Isabel) o el Corral de don Diego con su Salón Rico (cerrado al público). Todos ellos responden al modelo de palacio mudéjar toledano generalizado desde el siglo XIV y que en algunos casos muestran profundas influencias góticas (como el palacio de Fuensalida debido a que se reedificó de nuevo en el siglo hacia el año 1440). En cuanto a su distribución interna, reproducen el esquema habitual heredado del modelo andalusí de viviendas. Las estancias principales se presentan en crujías rectangulares articuladas en torno a un espacio central o patio abierto, puede que porticado, cuyas columnas podían ser de piedra o madera. Los accesos a las estancias principales que servían como salones suelen aparecer decorados con recercados de paneles con yeserías a cuyos laterales se disponen habitualmente ventanas que pueden estar también recercadas con yeserías. Al interior, los salones cuentan con artesonados de pintados con policromías y representación heráldica en las tabicas según el estilo de la época. En los extremos de las habitaciones o salones alargados se suelen disponer las alcobas o habitaciones de carácter secundario. Al exterior los accesos suelen contar con portadas labradas en piedra en las que se representa la heráldica de la familia, y dependiendo del momento en que se construyan pueden contar con otros elementos decorativos como arcos de ladrillo o ménsulas lobuladas. Entre las fachadas mudéjares más destacadas dentro de las construcciones privadas de Toledo cabe mencionar la localizada durante la rehabilitación del convento de la Madre de Dios para albergar la universidad, concretamente se trata de la portada de un palacio relacionado con la familia Oter de Lobos adscrita al siglo XIV y cuenta con la particularidad de ser la única conservada en Toledo con decoración a base de azulejería.

A finales del siglo XV estos suntuosos inmuebles mantienen el poderío e identidad nobiliaria en todo su esplendor. Junto a ellos, comienzan a aparecer en la ciudad, portadas más modestas en las fachadas de viviendas que pertenecen a familias menos acomodadas, pero con idénticos gustos estéticos. En ellas se labran versiones más sencillas de portadas en piedra en las que columnas de granito acompañan a la puerta bajo frisos adintelados en los que se deja notar la influencia gótica del siglo XV. Comienzan a aparecer en estas portadas elementos de inspiración isabelina (bolas), pináculos o decoración de rosetas. Este fenómeno se mantiene en los siglos XVI y XVII, y muchas de las portadas con columnas de piedra muestran entablamentos y frisos de estilo más barroco. En general, muchas de estas modestas casas se han visto muy alteradas en su configuración con el paso de los siglos, especialmente durante los de época moderna y contemporánea (siglos XVIII y XIX). Sin embargo, las portadas solían ser respetadas, al menos en parte, aunque haya que lamentar expolios y traslados de piezas completas en algunos casos.

En la plaza del Ayuntamiento, el edificio actual fue construido en el siglo XVI sobre uno del siglo XV. Con anterioridad a la construcción de esta casa consistorial, en el solar existieron durante siglo XIV moradas, casas et tiendas que eran propiedad del Cabildo Catedralicio. El arzobispo Gil de Albornoz, a mediados del siglo XIV, ordenó su derribo para comenzar la explanación del lugar con el objetivo de ganar espacio frente a la puerta de la catedral. Hasta entonces, la actual plaza frente al consistorio, de menores dimensiones, contaba con calles y casas que limitaban el espacio abierto de la plaza, y que poco a poco fueron dejando su espacio para descongestionar la franja de terreno frente a la portada de la catedral y, por otra parte, para disponer también de más superficie libre para el futuro emplazamiento del cabildo. En la calle Ciudad existen indicios arqueológicos que confirmarían la presencia de casas y construcciones de ámbito doméstico donde ahora está el Ayuntamiento. Es probable que en el lugar ya existiera un edificio destinado a albergar a la corporación municipal antes de que se construyera el actual, y al que debió pertenecer la fachada mudéjar, datada en el siglo XIV, descubierta en 1980 durante los trabajos de rehabilitación del inmueble. Esta fachada perteneció al antiguo Hospital de Nuestra Señora de la Paz y cuyas dependencias fueron reaprovechas para la nueva construcción. Anteriormente a la existencia de este edificio medieval, las reuniones ordinarias se celebraban en las propias casas de los Alcaldes Mayores y las más importantes en el claustro de la catedral. A mediados del siglo XV se regulan las reuniones del cabildo, considerando estas primeras normativas como los primeros pasos de una administración local regulada. Estas reuniones quedaron fijadas para su celebración solamente en la casa del ayuntamiento desta çibdad. Gracias a diferentes intervenciones arqueológicas dentro del actual edificio se ha podido comprobar que algunas de las estancias interiores han mantenido la distribución de antiguas casas islámicas-mudéjares. Tal es el caso de las habitaciones centrales del edificio cuyas características responden a la herencia de las alcobas de las casas medievales.

La gestión de las puertas y murallas que protegen la ciudad son competencia de la autoridad municipal con la participación del propio monarca. En los siglos siguientes a la conquista de la ciudad, la presión militar de Al-Andalus fue grande dada la cercanía de la frontera. Almorávides y almohades a lo largo de los siglos XII y XIII atravesaban la Marca con frecuencia y llegaban hasta las murallas de Toledo ocasionando daños que debían ser reparados, y obligaba a las autoridades a diseñar sistemas de defensa y resistencia eficaces. Son numerosas las referencias a las reconstrucciones en puentes y murallas durante este periodo y posteriores. Tras el enfrentamiento en Toledo entre los partidarios de Enrique II y Pedro I, a mediados del siglo XIV, se inicia un programa de reconstrucción de torres y murallas que supone la reparación de muchas de ellas y la mejora de los lienzos más deteriorados al oeste y noroeste de la ciudad. Toledo se había mostrado partidaria de Pedro I y fue escenario de duros ataques por parte de los seguidores de Enrique II. En compensación por su fidelidad Pedro I agilizó la reconstrucción de la ciudad, y además, adoptó medidas para aliviar la situación de la ciudad tras las epidemias de peste de la década de los años 40 del siglo XIV. El puente de San Martín es reedificado íntegramente en el siglo XIV y el de Alcántara reconstruido con motivo de las crecidas de mediados del siglo XIII, y posteriormente, en el siglo XV, dotado con sendas torres puerta en ambos extremos. En el costado sur y oeste de la ciudad se construyen corachas que garanticen el suministro de agua en caso de asedio, como las del puente de San Martín, la de Docecantos o la del puente de Alcántara, todas ellas con fábricas de los siglo XIV y XV, y puede que aprovechando corachas anteriores de época andalusí.

Puente de San Martín
Puente de San Martín - J.R. Márquez

En la distribución y configuración interna de la ciudad medieval, mención aparte merece el barrio de la judería por tratarse de un barrio de Toledo que se mantuvo al margen, en cierta medida, de las inquietudes artísticas, culturales y constructivas que se extendían por el resto de la ciudad, motivo por el cual al oeste de la ciudad apenas encontramos edificios cristianos, y los que hay se construyeron a finales de la Edad Media, cuando la población de judíos y su barrio se encontraban en regresión. La condición religiosa de los habitantes de este barrio y sus retraídas costumbres culturales y familiares determinaban, en múltiples aspectos, su relación con el resto de la población. Entre cristianos y musulmanes surgieron un sinfín conflictos y asperezas fruto de la convivencia y de las diferencias que mostraban por sus credos religiosos, pero nunca alcanzaron la envergadura de la hostilidad que, tanto cristianos como musulmanes, pero especialmente los primeros, ejercieron contra la comunidad judía. Esta hostilidad no resultaba novedosa en la ciudad. Durante el periodo andalusí, desde la etapa emiral y durante los gobiernos califales, las autoridades andalusíes creyeron conveniente, dada la naturaleza introvertida del colectivo judío en la ciudad, que se agruparan en un mismo barrio para garantizar su propia seguridad, y que el recinto quedara protegido por una muralla. Contaron incluso con pequeñas fortificaciones que son citadas en los siglos XII y XIII en el barrio de la judería con el nombre de Castillo Viejo y Nuevo. El castillo Viejo estaría en el interior de la judería,  y según las fuentes escritas lindaba con las carnicerías de los judíos, con la cuesta que desciende al río y otras calles de alrededor. Algunos de los torreones que quedan junto a los huertos de San Juan de los Reyes o los que quedan junto a la torre del puente de San Martín se han interpretado como parte de este castillo Viejo. Por su parte, el Castillo Nuevo llegó a existir hasta finales del siglo XVI. El cronista de la época Francisco de Pisa lo sitúa en la zona del antiguo matadero, el cual fue llamado, a su vez, Rastro Nuevo cuando el corregidor Gutiérrez Tello derribó los restos de la fortaleza y levantó esta nueva construcción. Ambas fortificaciones servían para defensa de la ciudad y también para control y defensa del Puente de San Martín.

La animosidad hacia la comunidad judía estuvo determinada principalmente por motivos económicos debido a la inclinación de éstos a desempeñar el oficio de prestamistas. Secundarias fueron las razones de índole religiosa, las cuales tan sólo contribuyeron a justificar los actos de acoso y persecución que tenían lugar cada vez con más frecuencia. Éstos se intensificaron a lo largo del siglo XIV, y finalmente desembocaron en las conocidas persecuciones del año 1391, aunque no serían las únicas. Durante los sucesos se destruyeron numerosas viviendas y ajusticiaron a judíos en un número indeterminado, marcando un punto de inflexión en la vida de esta comunidad en Toledo. La tibia actitud de las autoridades respecto al conflicto con esta comunidad generó un clima de desconfianza entre los judíos y muchos de ellos comenzaron a abandonar sus propiedades y a exiliarse. Con el tiempo la situación empeoró y la propia administración participaba de esta animadversión sobrecargando fiscalmente las actividades de los judíos, confinándolos a su barrio y limitando su interacción con el resto de los toledanos, ya de por sí escasa.

A pesar de su difícil situación algunos judíos sí prosperaron en Toledo como el famoso Samuel Ha-Leví que llegó a ser tesorero real de Pedro I y una persona influyente en la ciudad. Vivió en un palacio situado junto a la sinagoga del Tránsito, del que tan sólo se han conservad unos sótanos abovedados que han sido interpretados como uno de los baños rituales o micvé que fueron propiedad del tesorero. Este baño ritual de carácter litúrgico servía, al modo de los baños árabes, para la purificación espiritual de los miembros de la comunidad judía y actualmente quedan dentro del recinto de la Casa Museo de El Greco.

De las numerosas sinagogas que citan las fuentes documentales de la época (12 en total, aunque recientemente se ha añadido alguna más), dos se han conservado con su estructura edilicia original o gran parte de ella (la del Tránsito y la de Santa María La Blanca). Una tercera ha sido identificada en las excavaciones arqueológicas realizadas en la plazuela situada frente a la entrada al convento de San Juan de los Reyes donde confluyen las calles del Ángel y Reyes Católicos. Bajo el entarimado de madera de la plaza se han recuperado parte de los restos de la Sinagoga del Sofer. Construida entre los siglos XII y XIII, quedó despoblada desde 1391 tras las revueltas y persecuciones contra los judíos de la ciudad. Según los datos que han publicado algunos investigadores, la sinagoga en realidad estaría formada por un conjunto de casas de la zona como las de la Figuera o Higuera y otras mencionadas en las fuentes como las de la Atahona.

Santa María la Blanca
Santa María la Blanca - Agustín Puig

La sinagoga de El Tránsito fue mandada construir por Samuel Ha-Levi, y aunque no estaba permitido construir sinagogas de nueva planta sin licencia, tras un saqueo de la judería por parte de los partidarios de Enrique de Trastámara, el rey Pedro I da licencia para la construcción de una sinagoga mayor. Se trata una construcción sencilla de planta rectangular con una sala de oración a la que se adosan por el lateral sur pequeñas estancias que debieron servir en origen como zaguán de entrada. La decoración de las yeserías interiores permite fechar como plenamente mudéjar. En los frisos interiores se repiten inscripciones bíblicas con los salmos rituales con cantos de alabanza a Dios o exaltación de la oración.  La otra sinagoga, la de Santa María La Blanca quedaría emplazada en la denominada “judería menor”.  El edificio actual es fruto de diversas modificaciones realizadas a raíz del paso de sinagoga a iglesia, momento del que datan las primeras referencias al edificio (año 1411). La excavación arqueológica que se realizó en su interior a finales del siglo XX dejó al descubierto muros con zócalos pintados datados en el siglo XIII. Esto ha servido para apoyar la teoría de que aquí se encontrase la sinagoga mayor, de la que se sabe sufrió un incendio en 1250 y fue reconstruida, de ahí que se hayan encontrado al menos dos fases constructivas a nivel de cimentación. La sinagoga fue reconvertida a iglesia en 1411, bajo la advocación de la Virgen María, de la que recibirá su nombre definitivo. En el siglo XVI pasó a ser un beaterio a instancias del Cardenal Silíceo, aunque pasó todo el siglo XVII desocupada, para ser reutilizada de nuevo en el siglo XVIII como cuartel de las tropas de la ciudad. Durante la ocupación francesa a inicios del siglo XIX fue utilizada como almacén y depósito.

Un ejemplo bien conservado del espacio doméstico de la judería lo encontramos en la denominada Casa del Judío que nos permite conocer algunos aspectos de las viviendas de la época y de sus elementos ornamentales. Además de conservar numerosas yeserías en la zona del patio, el  sótano abovedado se ha interpretado como un baño ritual de carácter litúrgico. En esta casa también se han encontrado otras estancias, junto al sótano, que formaban parte del mismo inmueble y cuyas paredes se encontraban revestidas de un enlucido con almagra y por tanto de un lugar para almacenamiento de aguas consolidando la tesis de que se trata de una zona para el baño. Por otro lado, y como confirmación del contexto judío de la casa, en la puerta de acceso al sótano se ha conservado una madera alojada en el cargadero con una inscripción cuyo texto aparece acompañado de motivos florales tallados con excelente calidad artesanal y que se trataría de parte del texto de un salmo de origen judío y relacionado con un mensaje de bienvenida para los invitados a la casa. Aunque el conjunto de la casa muestra una configuración surgida a partir de las profundas reformas que se realizaron en ella entre los siglo XVIII y XIX, el contexto constructivo de los elementos del sótano y el patio nos llevan a una casa cuyos orígenes se pueden remontar a los siglos XIV o XV con influencia del estilo mudéjar del momento.