Historia y Patrimonio: desde la Prehistoria al mundo visigodo

Imaginar la ciudad de Toledo en época prehistórica implica un ejercicio de abstracción que conlleva desdibujar la imagen actual que se pueda tener de la ciudad, aunque es cierto que resulta difícil imaginar un paisaje concreto para toda la prehistoria debido a los diferentes cambios climáticos que, sin duda, influyeron de manera notable en el paisaje. A lo largo del Paleolítico es cuando se sucedieron las glaciaciones y los períodos interglaciares que provocaron importantes modificaciones en la topografía debido a las grandes crecidas de los ríos y actuales arroyos, por lo que cabe imaginarse un río Tajo muy caudaloso, que ocuparía los espacios de las actuales vegas. El resto del territorio solía estar ocupado por zonas boscosas en las que las especies arbóreas cambiaban según la climatología reinante. Y es en esos paisajes cambiantes en los que se estuvieron moviendo los clanes familiares de las especies humanas que han evolucionado a lo largo del paleolítico.

Debido a que la supervivencia de esos pobladores prehistóricos dependía de la caza y la recolección, es frecuente encontrar herramientas de piedra (bifaces, hendedores, raederas, etc.) que eran utilizadas para cazar o descuartizar animales. Las pruebas más evidentes de estas piezas del Paleolítico se encontraron en una de las terrazas del Tajo, en la finca de Pinedo, a apenas 3 kilómetros al noreste de Toledo. El hecho de encontrarse esos útiles líticos junto a los restos de un elefante (Elephas Antiquus) hizo pensar en la posibilidad de que, hace unos 200.000 años, ese lugar hubiera sido una zona pantanosa y boscosa en la que se cazaran los grandes animales que pudieran quedar atrapados. Otros restos de elefante, que en la actualidad se encuentran en el Museo Arqueológico Nacional, se encontraron en la zona del polígono industrial de Toledo (a unos 6 km al este del casco histórico).

Después de la última glaciación, con el río Tajo y sus afluentes discurriendo por su cauce actual y un clima templado, surgen las sociedades productoras que, aunque con asentamientos de no mucha duración, buscan la explotación de los recursos que se encuentran en los territorios. Así, desde el Neolítico hasta la Edad del Bronce, se han documentado un gran número de yacimientos arqueológicos situados en las terrazas y cerros cercanos al río y sus vegas. Entre todos esos yacimientos destaca el situado en el Cerro del Bu, un empinado promontorio situado en la margen izquierda del Tajo, al sur del casco histórico de Toledo, en el que las excavaciones arqueológicas han demostrado la existencia de un poblado de más de 15.000 m2, que se interpreta como el origen de la ciudad. La superposición de un importante número de restos de cabañas (de planta ovalada y circular), junto a las fechas de C14 que sitúan los períodos de hábitat, al menos, entre los siglos XX y XV a. C., llevan a pensar en la existencia de uno de los poblados mayores y con más influencia en la Edad del Bronce en este territorio de las cuenca media del Tajo. Los restos de una posible muralla y el hecho de que se trate de un asentamiento en el que la mayor parte de las cabañas se encontraban dispuestas sobre bancales, muestran la existencia de una importante organización social, posiblemente muy jerarquizada, en la que su economía giraría en torno al control de un vasto territorio y al comercio generado a partir de su posición estratégica en un lugar en el que se cruzaba el río.

Cerro del Bu
Cerro del Bu - Ayto. de Toledo

El traslado de la población del Cerro del Bu al actual promontorio en el que se encuentra el casco histórico de Toledo debió producirse de forma gradual a lo largo de un espacio de tiempo difícil de acotar entre el final de la Edad del Bronce y el comienzo de la Edad del Hierro. Las evidencias arqueológicas de la ocupación de Toledo durante todo el I milenio a. C. son dispersas, ya que los posibles restos del poblado que pudieran conservarse se han visto muy afectados por la incesante actividad constructiva que ha tenido lugar en Toledo desde entonces. En casi todos los casos, los hallazgos corresponden a cerámicas encontradas entre los rellenos del subsuelo de la ciudad, removidos y alterados. Tan sólo se han encontrado restos de construcciones de posibles cabañas en el entrono del Alcázar y de la plaza de Zocodover.

La ciudad protohistórica debemos entenderla con un planteamiento similar al de la Edad del Bronce en el Cerro del Bu, es decir, como un núcleo principal interrelacionado con asentamientos menores y complementarios situados en el territorio circundante. A Toledo se la sitúa como una de las principales poblaciones de la Carpetania de la II Edad del Hierro, y aunque en el actual núcleo urbano se han descubierto relativamente pocos restos que atestigüen esas dimensiones, se han hecho descubrimientos, como los restos de un alfar en la finca de La Alberquilla (situada entre Toledo y el Polígono Industrial), que muestran la existencia de un centro de producción adaptado a la demanda de una gran población.

La información disponible y más detallada sobre Toledo durante la Edad del Hierro la proporcionan los historiadores romanos Tito Livio, Ptolomeo y Plinio, cuyos textos ofrecen datos centrados en el siglo II a.C., época en la que se produjo la conquista por el ejército romano. Los datos que hacen referencia a Toledo se presentan en relación con un oppidum junto a vagas alusiones a un emplazamiento bien defendido o amurallado, cuya existencia se ha interpretado a partir de la comparación con otros poblados dentro del territorio carpetano.

TOLEDO ROMANA Y VISIGODA

El punto de partida de la presencia romana en Toledo se ha fijado en el año 192 a.C., según la información ofrecida por Tito Livio en su Historia de Roma. Sin duda, al igual que otras ciudades conquistadas por los romanos, es a partir de ese momento cuando comienza la configuración de un espacio urbano para la creación de la ciudad denominada Toletum.

A pesar de la incesante actividad constructiva que ha tenido Toledo a lo largo de la historia, se han conservado una gran cantidad de restos arqueológicos que están permitiendo imaginar cómo debió ser esta urbe romana. Aun así, no se debe idealizar una imagen única de la ciudad para toda la época romana, ya que, tal y como demuestran los hallazgos arqueológicos, se dio una constante evolución en el urbanismo y en las obras públicas desde su conquista en el siglo II a. C. hasta el desmoronamiento del Imperio Romano de Occidente, en el siglo V d. C. 

Los pocos datos arqueológicos que se tienen de la ciudad de los siglos II y I a. C. dan a entender que el espacio urbano se extendía en la mitad septentrional del actual casco histórico, ocupando el espacio en el que había estado la ciudad carpetana de la II Edad del Hierro. Los hallazgos arqueológicos están permitiendo saber que la ciudad de la época republicana romana ya tenía implantado su sistema urbanístico de calles ortogonales orientadas de norte a sur (cardo) y de este a oeste (decumano). Debemos imaginar, por tanto, que el asentamiento carpetano comienza a transformarse y desaparecen las cabañas o las viviendas con sus entramados de madera, para ser sustituidas por casas construidas en piedra y adobe, agrupadas en torno a manzanas, y en cuya distribución se intuye una coexistencia equilibrada y bien diferenciada entre espacios públicos y privados. Para poder realizar este tipo de urbanismo fue necesario acometer una importante labor de desmonte de rocas con la que suavizar las abruptas pendientes que presentaba la topografía natural del cerro en el que se asienta Toledo. Y es por esta razón por la que se encuentran muchos restos de casas y de tramos de antiguas calles sobre espacios con la roca recortada o asentados sobre bancales creados con las rocas extraídas en los desmontes.

Pero la transformación en gran ciudad romana, dotada con los importantes edificios y obras públicas, cuyos restos han llegado hasta nuestros días, se empezó a levantar a partir del siglo I de nuestra era, que es cuando Toletum ascendió al grado de municipio. Es en esa época cuando se realizan obras fundamentales y determinantes para la ciudad como son el acueducto, de las termas, el alcantarillado, el edificio del circo, etc. y es posible que también sean del siglo I el teatro y el anfiteatro. Esto no quiere decir que hasta entonces no hubiera existido un circo o un teatro, sino que, si los hubo, es probable que fueran de menores dimensiones y, tal vez, construidos sólo con madera. Todas esas infraestructuras y edificios públicos supusieron una transformación casi revolucionaria para la ciudad, tanto en lo referente al urbanismo como a la vida pública. En concreto, la traída de agua mediante un acueducto conllevó la construcción de cisternas, cloacas, termas y más acueductos en el interior de la ciudad, con las consiguientes transformaciones  urbanísticas que acarrearon, ya que, según se ha podido comprobar en diferentes intervenciones arqueológicas, para la construcción de los acueductos urbanos, las cisternas, las termas y la red de alcantarillado, se demolieron una gran cantidad de casas y se modificaron trazados urbanos. Fueron cambios tan significativos y profundos que no sólo hicieron desaparecer la estructura y concepción urbana de la Toletum de época republicana romana, sino que se puede calificar como la mayor transformación que ha tenido la ciudad a lo largo de su historia.  Concretamente, el edificio de las termas, situado en la zona de la plaza Amador de los Ríos, del que todavía se desconoce un gran porcentaje de sus dimensiones y características, se calcula que ocupaba una extensión de más de 6.000 m2, y para su construcción debieron eliminarse varias manzanas de casas, de las que se han encontrado restos en el subsuelo de una sala fría de las termas (frigidarium) descubierta en el sótano de la capilla de San Felipe Neri.

Termas - Amador de los Ríos

Al igual que también deben pertenecer a esa misma época un tramo de acueducto y unas cisternas descubiertos en el edificio del convento de Madre de Dios (hoy universidad) que se construyeron sobre otra casa de época republicana que tenía la cisterna de un impluvium excavada en la roca.

Es evidente que la construcción del edificio de las termas supuso no sólo la demolición de manzanas de casas, sino, también, la supresión de tramos de calles. Tal y como se ha documentado en los restos de casas demolidas con motivo de la construcción de los acueductos urbanos, de las termas y de la red de evacuación de aguas residuales (cloacas), parece se acometió un importante cambio en el trazado urbano, ya que, tanto las termas como los restos de edificaciones romanas documentadas en los barrios de su entorno conservan una orientación noreste-suroeste y noroeste-sureste, mientras que el barrio situado entre las plazas de Amador de los Ríos y San Vicente (extremo oriental de las termas), y las plazas de Zocodover y San Agustín conservan el trazado norte-sur / este-oeste que tenían las edificaciones de la época republicana romana.

El conjunto que integraba la urbs de la época imperial se extendía por gran parte del actual casco histórico de Toledo, aunque, al igual que siguió sucediendo en la Edad Media y la Edad Moderna, casi todos los edificios públicos y, probablemente, las domus importantes, se encontraban en el tercio norte de la ciudad. Es lógico que en esta zona se encuentren la mayor parte de las cisternas, como la de las famosas Cuevas de Hércules (callejón de San Ginés), ya que se trata de las zonas más elevadas de la ciudad y desde ellas se distribuía el agua, pero lo que aún no se conoce con certeza es dónde estaría ubicado el foro, el ombligo de la urbe. La hipótesis más aceptada lo sitúa en la zona de la Catedral y la plaza del Ayuntamiento, debido a que está en el centro del casco urbano y a que concentra espacios públicos y el principal edificio religioso en cuyo solar se alzó la mezquita aljama y la iglesia primada de la época visigoda, que, a su vez, habría amortizado algún templo u otros edificios públicos romanos.

Cuevas Hércules
Cuevas Hércules - Ayto. de Toledo

En las ciudades romanas el foro es un lugar de cruce o confluencia del cardo (norte-sur) y el decumano (este-oeste), como las dos vías principales a partir de las cuales se replanteaban el resto de calles. En el caso de Toledo, aunque no hay certeza a la hora de saber por dónde discurrirían las principales vías de la ciudad, se ha planteado la hipótesis de que, posiblemente, los restos de la cloaca y del pavimento de losas de granito que pasan bajo la antigua mezquita de Balmardón (iglesia del Cristo de la Luz) pudieran haber formado parte del cardo. El hecho de que sea este punto de la puerta medieval de Balmardón donde parece tener su final la cloaca plantea la posibilidad de que en ese mismo lugar también hubiera existido una puerta de la muralla romana, de la que se documentó parte de un torreón junto a la puerta del Sol (situada a menos de 50 m al noreste).

Sin duda, la muralla sobre el borde escarpado del cerro en el que se asentaba la urbs debió suponer una línea bien definida que marcaba con rotundidad las distintas formas de vida del interior y del exterior de la ciudad. En Toletum quedaba bien diferenciado el exterior que había al otro lado del río, que era un espacio relativamente agreste, respecto del que había al norte de sus murallas, que tenía un definido carácter suburbano, en el que se encontraban, además de algunas villas, los cementerios que jalonaban las vías de acceso a la ciudad y los edificios públicos de ocio, como el teatro, el anfiteatro y el circo.

La vida de la ciudad romana de Toletum, al igual que en otras ciudades de esa época o incluso de la actualidad, dependía del exterior, ya que de fuera venían, además del agua, todos los productos agropecuarios que generaban las múltiples explotaciones que se extendían a lo largo de la rica vega del Tajo. Desde finales del siglo XIX hasta la actualidad, se han venido descubriendo restos de asentamientos romanos (villas, vicus, etc.) en un buen número de las fincas que hay a lo largo del río. En una de ellas, situada a unos 5 km al oeste de Toledo, se documentaron los restos de una bodega (con tres espacios para pisar la uva y decantar el mosto) junto a varias habitaciones de vivienda que aún conservaban los mosaicos policromados de los suelos. También había importante enclave suburbano en la zona del barrio de Santa Bárbara, concretamente, en el entorno de la estación del AVE. Se considera importante esta zona de población por el hecho de tener un gran edificio de termas públicas, cuyos restos comenzaron a descubrirse, en el siglo XIX, al hacerse la primera estación de ferrocarril, y se complementaron con el descubrimiento de una piscina (natatio) durante la construcción de un edificio de viviendas, en 1989, situado entre la estación y la fuente de Cabrahigos. La existencia de este complejo termal da a entender que esa zona del barrio de la estación debió tener un elevado número de población entre los siglos I y IV d. C., quizá, favorecido por su localización junto a una de las vegas más fértiles de Toledo (la conocida Huerta del Rey) y por estar a la entrada de la ciudad, en la principal vía que venía desde Levante, con lo que ello supondría para la existencia de establecimientos comerciales y de hospedaje.

Del teatro, anfiteatro y circo, sólo se conservan restos visibles de este último, localizado a unos 300 m al noroeste de las murallas, en el paseo del Circo Romano y el parque Escolar. Sus grandes dimensiones (unos 420 m de largo y unos 100 m de ancho) le sitúan como uno de los mayores que se construyeron en Hispania, por lo que cabe deducir que Toletum también debió ser una de las mayores ciudades de la Península en época romana. El circo se construyó en el lugar más bajo de la ladera norte del cerro en el que se asienta el casco histórico, en el punto donde se produce la transición con la llanura de la llamada Vega Baja. Aunque es uno de los monumentos menos visitados de Toledo, resulta ser un espacio muy atractivo en el que se pueden ver un buen número de restos de estructuras de los graderíos.

Circo romano
Circo romano - Ayto. de Toledo

A pesar de los pocos datos que se conocen sobre el teatro y el anfiteatro, existen referencias que sitúan al primero junto al extremo noreste del circo, mientras que el anfiteatro se encontrada a escasos metros al este de donde ahora se levanta el hospital de Tavera.

Pero si la presencia de los edificios dedicados a los espectáculos resulta llamativa, las obras de ingeniería dedicadas a las vías de comunicación y al abastecimiento de agua resultaban de una importancia vital para el desarrollo de la ciudad romana. Además de los restos de las vías, de las que aún se conservan algunos restos al sur de Toledo, se cree muy probable que existieran sendos puentes en los mismos lugares en los que se encuentran los medievales de Alcántara y San Martín por los que se accedería a la ciudad desde las vías procedentes de Levante y La Mancha, y de Mérida y la Lusitania, respectivamente. En cuanto a la ingeniería hidráulica, los estudios arqueológicos han demostrado que, a partir del siglo I de nuestra era, el abastecimiento de agua a Toletum se hacía mediante acueductos que hacían captaciones de aguas subterráneas en pequeños valles cercanos a la ciudad, como en el arroyo de la Degollada, a unos 3,5 km al sur de Toledo. Pero también realizaron una importante captación mediante una presa que se construyó a unos 25 km al sur (en el arroyo de Guajaraz), tal vez, construida para satisfacer un aumento de la demanda de agua y a una sucesión de años secos. Tanto la presa como el acueducto constituyen una magnífica obra de ingeniería, entre la que cabe destacar el acueducto aéreo que cruzaba el Tajo entre la zona de la actual Academia de Infantería y la ladera que hay al este del Alcázar, donde todavía se conservan los restos de varias pilas y estribos en los que se apoyaban las arcadas. Sin duda, este gran esfuerzo de ingeniería para poder abastecerse de agua era estaba más que justificado para los romanos, puesto que no concebían la vida en la ciudad sin ese elemento imprescindible.

Si, en el siglo I d. C., la construcción de los grandes edificios públicos y de las infraestructuras de acueductos y cloacas marcaban el inicio de Toletum como una gran ciudad, tal y como era concebida por el imperio romano, en el siglo IV, el abandono de dichas infraestructuras y edificios públicos, marca, sin duda alguna, el final de un sistema sociopolítico y el inicio de otro muy distinto en el que toman un notable protagonismo las fortunas de los grandes señores latifundistas. Un buen reflejo de ello son los diferentes mausoleos que se erigieron en varios pueblos de las comarcas situadas al sur de Toledo, entre los que destaca el de la localidad de Layos (9 km al sur de Toledo), donde se descubrió un interesante sarcófago paleocristiano. Diversos estudios arqueológicos han venido a demostrar que, ya en el siglo IV, la urbs de Toletum manifestaba un claro deterioro de lo urbano, tanto en lo que se refiere a los aspectos arquitectónicos como sociales. Se ha constatado que en esa época ya no estaban en uso ni los acueductos ni las termas, que habían sido amortizadas con la construcción de otros edificios sobre ellas (en las de la actual plaza de Amador de los Ríos, posiblemente, se edificó una iglesia y en las de la estación del AVE se construyeron viviendas). En este sentido, también se sabe a través de la arqueología que en esa misma época se construyeron baños más pequeños (llamados balnea), pero dentro de las viviendas de las familias importantes de Toletum que ocupaban el espacio del suburbium, situado en la zona que ahora se conoce como Vega Baja. Sin duda, se trata de datos que hablan de una notable pérdida de importancia de la urbs frente a la mayor relevancia del suburbium, cuyo protagonismo llegaría a su máxima cota con la designación de Toletum capital del reino visigodo.

La conversión de Toledo en ciudad real visigoda surgió a consecuencia de la caída del reino de Tolosa y la pérdida de gran parte del territorio de la Galia, tras la derrota sufrida por el ejército visigodo frente a los francos en la batalla de Vouillé (año 507). Esto condujo a que los visigodos se desplazaran a la antigua provincia romana de Hispania, donde la sede regia se mantuvo itinerante hasta que, en el año 554, el rey Atanagildo fijó la sede real en Toletum.

Entre las razones más probables que parece que se tuvieron en cuenta a la hora de elegir Toledo como capital del reino visigodo figuran el carácter inexpugnable de su urbs y su situación en un punto central del territorio peninsular, sobre el cual pretendían ejercer su control y dominio. Esto convertía a Toletum en una ciudad estratégica por sus buenas comunicaciones con el resto de las regiones y sus capitales, y contaba, además, con una entidad urbana suficiente como para acoger el aparato administrativo del nuevo estado que estaba naciendo.

Al igual que para hacer una reconstrucción ideal de cómo debió ser la Toletum romana es fundamental diferenciar entre la ciudad de antes y de después de la municipalización (siglo I d. C.), también es importante distinguir entre la Toletum de cuando se establece la capitalidad visigoda (mediados del s. VI) y la del final reino visigodo (principios del siglo VIII). Se trata de diferencias sustanciales marcadas por el urbanismo de la ciudad y por los grandes edificios, tanto civiles como religiosos.

La ciudad visigoda de mediados del siglo VI conservaba la mayoría de los grandes edificios públicos, aunque estuvieran abandonados o reutilizados para otras funciones totalmente diferentes de las que motivaron sus construcciones, como es el caso de la cisterna romana de las llamadas Cuevas de Hércules, en la que se construyeron unos fuertes arcos de piedra de granito para servir de sustentación a una iglesia, o también la edificación de otra iglesia (posiblemente dedicada a San Juan Bautista) en el solar de las termas situadas en la plaza Amador de los Ríos.

Cuevas Hercules
Cuevas Hercules - Ayto. de Toledo

Urbanísticamente, la urbs debía mantener la mayoría de los edificios y trazado viario de la época altoimperial, mientras que en la zona suburbana se alzaban los edificios del circo y el teatro junto a varias villas distribuidas en distintos puntos de lo que en la actualidad se conoce como Vega Baja. En cambio, la ciudad de principios del siglo VIII que se encontraron los invasores árabes, presentaba un espacio suburbano (suburbium) en el que se había creado un urbanismo en torno a los nuevos edificios del poder político y religioso, que duplicaba o triplicaba la extensión de la urbs.

La presencia de una corte real estable y permanente en la ciudad, junto con miembros principales de la Iglesia, convirtió a Toledo en un foco de atracción, no sólo dentro del mundo hispano sino también de buena parte de Europa y de la cuenca mediterránea continental. La ciudad tuvo que adaptarse para funcionar como una urbe constituida como centro de poder político y religioso. Se construyeron grandes edificios que sirvieron de escenario para la celebración de eventos propios de una capital, como fueron las coronaciones de los reyes y los concilios. Y alrededor de estos edificios principales surgieron todo tipo construcciones para cubrir la necesidad de viviendas, comercios o almacenes, básicos para el funcionamiento diario de todo el aparato administrativo y religioso de la ciudad.

Las referencias aportadas por las fuentes escritas de la época visigoda acerca del paisaje urbano y de los edificios importantes de Toletum son bastante escasas, y las que hay se reducen a la mención de algunos edificios religiosos pero sin aportar datos concretos sobre su localización. En el espacio de la antigua urbs el único edificio que se menciona es la iglesia de Santa María, sede del obispo metropolitano, que estaría situada en la zona que ahora ocupa la Catedral. Pero a través de los textos conciliares se conoce la existencia de una serie de monasterios dedicados a Santa Eulalia, Santa Leocadia, San Miguel, Santa Cruz, Santa Columba y a los Santos Cosme y Damián, que aunque no existen datos de su ubicación exacta, la tradición los sitúa en el suburbium y en un entorno más o menos alejado de la ciudad. Los datos arqueológicos, junto al hecho de que, por norma, ocuparan lugares cercanos a vías de comunicación de cierta importancia, están contribuyendo a su mejor conocimiento. De hecho, el prestigioso monasterio llamado Agaliense, al que se asocia la iglesia de los Santos Cosme y Damián, podría haber estado situado entre el vértice formado por el entronque de los caminos que iban hacia el norte (actual avenida de Portugal) y el oeste (actual carretera de Ávila y camino de Albarreal-Talavera de la Reina), ya que así parecen indicarlo tanto la documentación arqueológica de esa zona como la de las fuentes escritas que hacen referencia al topónimo. En el entorno de este lugar se han documentado una extensa zona con restos del siglo VII, entre los que además de varias monedas de la época (tremises) destacan los hallazgos de diversos cimientos de edificios y un pozo de nieve en el que se hallaron un gran cantidad de vasijas y huesos de corderos y cabritos que estaban almacenados en la nevera cuando se produjo un derrumbamiento de su estructura. 

A pesar de la escasez de textos que hacen referencia a la ciudad y a pesar de que la intensa actividad constructiva que ha habido en el espacio interior de las murallas a lo largo de la historia ha hecho que se pierdan la mayoría de los restos arqueológicos de la época visigoda, las circunstancias históricas han querido que la zona de la actual Vega Baja haya permanecido como terreno de cultivo desde la Edad Media. Esto ha propiciado que en su subsuelo se conserve gran cantidad de restos de las antiguas casas y vías del antiguo suburbium de la capital visigoda que fueron parcialmente descubiertas durante un intento de urbanización llevado a cabo durante los años 2005 y 2006. Sin duda, se trata de un espacio arqueológico excepcional que puede considerarse el mejor archivo donde descubrir buena parte del conocimiento sobre arquitectura, urbanismo y formas de vida, tanto de la Toletum visigoda como de otras ciudades de esa época.

Las excavaciones arqueológicas realizadas en la zona de la Vega Baja permitieron la documentación de gran cantidad de restos constructivos que desvelaron la existencia de edificios muy diferentes, cuya orientación marca cambios significativos que hubo en el urbanismo de las épocas romana, visigoda y andalusí. Un aspecto interesante del urbanismo del suburbium de la capital visigoda es que un gran número de los edificios se encontraba en torno a las principales vías de comunicación, cuyo origen podría estar en los caminos que daban acceso a la ciudad o que comunicaban los grandes edificios de la zona entre ellos y con la urbs. Uno de esos grandes edificios de época visigoda, construido con grandes cimientos de argamasa y piedra (descubierto durante la construcción de un clínica en calle San Pedro el Verde) se ha interpretado como una parte del complejo que habría formado el palacio real (palatium) y la iglesia palatina de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo. En sus inmediaciones se descubrió una de las vías principales que, con un trazado en línea recta, comunicaba esta zona de edificios con la del actual templo del Cristo de la Vega, en donde la tradición oral y los hallazgos arqueológicos de los cimientos de un edificio monumental y de la única necrópolis cristiana que se conoce en Toledo del final del imperio romano y de época visigoda sitúan la basílica martirial de Santa Leocadia.

La entidad de esas grandes basílicas de la Vega Baja las situaba como referentes en todo el reino visigodo, ya que las dos, no solo fueron sede de la mayoría de concilios que se celebraron en Toledo, a los que asistían los obispos del reino (toda la península ibérica y la provincia narbonense del sur de Francia), sino que la iglesia de Santa Leocadia también fue utilizada como panteón funerario de reyes, y la de San Pedro y San Pablo, tal vez por su cercanía con el palacio real, era donde se ungían y coronaban los reyes, al menos desde Wamba a Witiza.

Tras la conversión del rey Recaredo al catolicismo durante la celebración del III Concilio de Toledo (año 589), se inició un período de apogeo de la ciudad, prolongándose durante todo el siglo VII. En esos años proliferaron los mencionados monasterios alrededor de la ciudad y Toledo pasó a convertirse en centro de referencia para la intelectualidad religiosa de la época. Los numerosos hallazgos de piezas arquitectónicas ricamente decoradas y la calidad técnica de muchas de ellas, nos hablan del auge de una época que también dejó su huella en cerámicas, elementos de adorno personal y otros objetos del ámbito doméstico.

La relevancia y proyección que debió tener Toledo como metrópoli también tuvo su repercusión en el territorio circundante, donde, a través de la arqueología, se va conociendo la existencia de asentamientos relacionados con las fincas de explotación y recreo, y con establecimientos monásticos. Entre éstos, los más destacados se encuentran en el conjunto formado entre Sonseca con Casalgordo y Arisgotas (a unos 26 km al sur de Toledo) y los más famosos yacimientos de Guarrazar (Guadamur) y Santa María de Melque (San Martín de Montalbán), situados, respectivamente, a unos 10 km y 40 km al suroeste de Toledo. Los estudios históricos y arqueológicos que se están realizando en los últimos años apuntan a que estos dos últimos yacimientos debieron ser monasterios relacionados con la realeza. De hecho, en Guarrazar, las excavaciones arqueológicas están poniendo al descubierto los restos de un monasterio y de una basílica de la que procederían las coronas votivas del famoso tesoro descubierto en 1858 que, a su vez, formarían parte de un gran palacio (palatium) de planta rectangular, del que se están hallando indicios a apenas 50 m al este de donde estarían la basílica y el monasterio.

Todavía es poco lo que se conoce de la ciudad visigoda de Toletum, aunque es cierto que la gran cantidad de descubrimientos arqueológicos que se están realizando desde los inicios del siglo XXI está abriendo una importante vía de conocimiento de lo que hasta entonces se pensaba que sólo quedaban las escasas referencias de los escritos antiguos y una serie de piedras decoradas que se hallaban fuera de su contexto original.