Geografía

La ciudad de Toledo está situada junto al río Tajo sobre un promontorio rocoso conformado por un afloramiento de granito de superficie muy irregular en la que se alternan vaguadas y cerros. La franja de terreno en la que se encuentra la ciudad cuenta con la particularidad de ser la zona de contacto entre dos formaciones geológicas muy distintas. Por un lado, al sur de Toledo, aflora la conocida como “Meseta Cristalina” caracterizada por el mismo tipo de base granítica sobre la que se asienta la ciudad, mientras que al norte encontramos las superficies llanas de las vegas del río caracterizadas por arenas y arcillas, todas ellas formaciones asociadas a la actividad de arrastre del propio río que origina estas extensiones aluviales. Hace unos cinco millones de años, los pequeños cauces y torrentes de agua que surcaban la superficie rocosa del granito al sur de Toledo fueron depositando los materiales más ligeros en la actual cuenca del río Tajo. Cuando el río empieza a formar su propio cauce, comienza a erosionar los materiales más blandos (arenas principalmente) hasta que, al llegar a las duras vetas rocosas de la meseta cristalina, detiene su avance hacia el sur para establecerse en su cauce actual. Sin embargo, en un punto concreto, sí consiguió entallarse en el granito lo que permitió que su cauce atravesara una parte de esos afloramientos, dando origen al “torno” que rodea el promontorio actual. Esta circunstancia resulta algo singular desde un punto de vista geológico, pues el hecho de que quedara un cerro exento y elevado, en el que sus costados este, sur y oeste están rodeados por el río Tajo, le ha conferido una defensa natural de un alto valor estratégico.

El hecho de situarse junto al cauce principal de un río como el Tajo hace que este cerro se configurara como un escenario muy adecuado para el establecimiento de grupos humanos ya desde las primeras fases de las economías productoras. Si a ello añadimos que se trata de un cerro exento y protegido por el propio cauce del río que lo rodea, se convierte no sólo en un lugar adecuado para un poblado o aldea, sino en un emplazamiento estratégico de gran por la defensa natural que proporciona.

La proximidad a unas tierras cultivables tan fértiles como las que encontramos en las vegas del río Tajo, garantizan el suministro y supervivencia de los grupos establecidos en el peñón, cuyo acceso a recursos de origen agrícola era inmediato. Además, la cercanía a puntos de aprovisionamiento de metales de enorme interés como el hierro, el cobre o el estaño (en los cercanos Montes de Toledo), hicieron que su progresivo protagonismo, desde época prehistórica como núcleo de referencia en la comarca, fuera incrementándose poco a poco. Por otra parte, la disponibilidad de recursos forestales en el entorno inmediato del cerro, constituye una variable más para tener en cuenta. No muy lejos, en las cercanías de la Mesa de Ocaña, existen áreas salobres donde conseguir el valioso recurso de la sal cuando los caminos y rutas de explotación y comerciales ya están establecidas.

Si a todo ello añadimos que se trata de un lugar que ocupa un lugar central en la geografía de la Península Ibérica, tanto a nivel comarcal como regional, se convierte en un punto de enorme utilidad con enormes ventajas para una administración de carácter estatal como fue primero la romana y posteriormente la visigoda, la primera con vocación centralista.

En época protohistórica, Toledo formó parte de los numerosos poblados del interior de la Península que ejercían cierto control sobre un territorio interior de ámbito comarcal. Posteriormente, la administración romana no consideró que pudiera ejercer una autoridad mayor más allá de la gestión a nivel regional, de hecho tardaron en conceder el título de municipio a la ciudad, nombramiento que debió producirse en un momento indeterminado a mediados del siglo I. Esto se debe a que los romanos concebían una división territorial en provincias en la que Toledo jugaba un papel secundario.

Sin embargo, los monarcas visigodos, a mediados del siglo VI, sí entendieron que Toledo reunía condiciones adecuadas, especialmente geográficas, para establecer en ella la capital de una administración de carácter centralista. No sólo por el hecho de ocupar un lugar central respecto a los territorios que administraban, también contaba con buenas comunicaciones y se situaba en un lugar  equidistante de otras capitales como Mérida, Zaragoza, Córdoba y hacia el levante peninsular. Todo ello convirtió a Toledo en una ciudad clave para vertebrar el proyecto de estado que concibieron los monarcas visigodos y que luego recuperaron los reyes de Castilla tras la conquista de la ciudad a finales del siglo XI, manteniendo en ella el eje en torno al que articularon su proyecto político y territorial cargado de simbolismo y religiosidad