Patrimonio: del Paleolítico al siglo I a.C.

La colonización de Segovia y su entorno puede remontarse a épocas muy pretéritas, como acreditan los hallazgos de varios de los abrigos y cuevas de los valles del Eresma, del Clamores y de Tejadilla. Son varios los puntos en los que se han localizado restos materiales enmarcados en el Paleolítico Medio y Superior (Pleistoceno Superior), con la presencia del hombre de neandertal. Las investigaciones que se están desarrollando en estos enclaves han localizado restos de industria lítica, fauna (abrigos del Molino y de San Lázaro) e incluso muestras de arte rupestre (cueva de la Zarzamora).

Campo de Hoyos de Las Zumaqueras, en la Lastrilla, Segovia - Informe depositado en el Servicio Territorial de la Junta de Castilla y León de Segovia

Los contextos Calcolítico y del Bronce son mejor conocidos en las proximidades de Segovia. Se han localizado una serie de enclaves que definen la ocupación del territorio en estos momentos de la prehistoria. Se trata de un conjunto de poblados situados al aire libre, como el Calcolítico de La Mesa, en Zamarramala, o el de Las Zumaqueras, en Segovia y La Lastrilla, con posible origen en la Edad del Cobre y perduración atestiguada hasta la Edad del Bronce Medio. Asociados a estos lugares de hábitat, también se han identificado una serie de lugares de enterramiento como es el caso de cueva de La Tarascona, con ajuares característicos del Campaniforme, o el algo anterior de Los Areneros de Las Zumaqueras. Sin duda, la miríada de covachos que salpican los farallones calizos de los valles del Eresma y Clamores pudieron servir en estas etapas de la prehistoria reciente como morada o como lugar de enterramiento, y en este sentido es mucho lo que queda por explorar.

Las primeras comunidades que se asentaron en el cerro de lo que andando el tiempo fue el recinto amurallado de la ciudad, y posiblemente en el espacio que actualmente ocupa el Alcázar, lo hicieron a lo largo del siglo V-IV a. C. en la Segunda Edad del Hierro.

Son dos las estructuras prerromanas que han llegado hasta nuestros días, el foso del primer recinto (s. V a.C.) y la muralla de la ampliación del oppidum en el siglo II a.C.

La primera ocupación del espacio en el que hoy se encuentran el barrio de las Canonjías y el Alcázar hay que buscarla en el siglo V a.C. Este espacio de unas 4 Ha. de superficie, situado en una magnífica posición estratégica, protege su flanco este, el más accesible, con una muralla de la que sólo se conoce su trazado por el foso rupestre paralelo a la misma. La obra alcanza entre 2,6 y 2,8 m de anchura y una profundidad oscilante entre 2,3 m y 4 m, “cortando” la peña de norte a sur. Su trazado es lineal, con sección trapezoidal, siendo su base horizontal y las paredes regulares algo exvasadas.   

Extremo norte del foso rupestre ubicado en el paseo de San Juan de la Cruz - Clara Martín

El foso se conoce por su documentación en intervenciones arqueológicas puntuales desarrolladas en solares del Paseo de Juan II (en 21 m de longitud)  y C/ Velarde 16 (en 8 m),  así como bajo los paramentos de la muralla medieval, en sus dos extremos Norte (entre los cubos 58 y 59) y Sur (entre los cubos 74 y 75). Actualmente sólo es visible en dichos extremos, el resto de los lugares en donde se ha localizado ha quedado oculto por nuevos edificios.

En un momento del siglo II a.C. este foso se colmata de forma intencionada con tierra bien compactada, perdiendo su funcionalidad, como respuesta a una ampliación de la superficie ocupada del cerro. Como consecuencia de este mismo proceso, la comunidad indígena fortifica de nuevo el oppidum con una nueva muralla.

Trazado hipotético del foso rupestre del primer asentamiento de la Edad del Hierro - Clara Martín

La actuación arqueológica asociada a un proyecto de restauración de la muralla medieval de Segovia (cubos 59-61) ha permitido documentar un tramo de la fortificación celtibérica del siglo II a.C. La altura máxima conservada es de 1,5 m y su ancho ronda los 2 m. La base geológica sobre la que apoya la muralla celtibérica es un estrato terciario, conformado por roca caliza muy blanda, con vetas alternas de arenas y magras. Sobre una plataforma bastante regular, aparentemente rebajada en algunos puntos, se asentaron directamente los bloques que conforman el paramento externo del lienzo. En el interior se dispone el relleno de cascote de bloques de caliza de menor tamaño, muy irregulares, entremezclados con un sedimento de naturaleza arcillosa que dota a todo el conjunto de una gran compactación e impermeabilidad. El paramento interno de la muralla no ha sido documentado, ya que en este punto el relleno se apoya directamente en la pared caliza del roquedo.

El estudio arqueológico de la muralla no ha permitido determinar el sistema empleado para el alzado del lienzo por encima del zócalo apoyado sobre el sustrato geológico. No se puede concluir si la zona superior del muro estaba realizada en fábrica de adobe, según es habitual en algunas murallas coetáneas del ámbito celtibérico y vacceo, o si mantenía hasta su coronamiento el mismo sistema de mampostería que el documentado en la zona de la base.

Muralla celtibérica situada en el lado norte de la ciudad, próxima a la puerta de Santiago - Clara Martín

Los depósitos asociados a la construcción de la muralla envuelven materiales cerámicos del Celtibérico Tardío, adscritos al s. II a.C. El periodo de convivencia de todos ellos, establecido por la cronología de las cerámicas espatuladas (160-120 a.C.) y la cerámica de imitación de vasos metálicos (135-70 a.C.),  aportan un marco cronológico de cierta precisión para la construcción de esta defensa entre 135 y 120 a.C.

Estructura romana de sillares adosada a la muralla celtibérica - Clara Martín

El extremo occidental del paramento defensivo fue desmontado y reutilizado parcialmente en un momento determinado a finales del siglo I e inicios del siglo II d.C. Los grandes bloques de la muralla celtibérica son reutilizados como cimentación del ángulo de un nuevo edificio.  Se trata de la esquina de una construcción conformada por dos muros unidos en un ángulo de 90º, realizada en opus quadratum, con sillares de caliza “cosidos” con grapas metálicas de las que sólo se conserva el rebaje realizado en la piedra en forma de cola de milano en el que quedarían fijadas las mencionadas grapas.  La funcionalidad de esta estructura la desconocemos, aunque el tipo de fábrica, el tamaño de los sillares y el cosido de los mismos, nos hacen decantarnos hacia el cimiento de una edifico de cierta envergadura, quizás destinado a contener depósitos de aterrazamiento para apoyo de una estructura superior.

Gracias a estos hallazgos podemos conocer el desarrollo urbano del núcleo prerromano entre los siglos IV y II a.C. y su evolución en época romana altoimperial.