Patrimonio II: el epicentro de Compostela (del siglo I - al IX)

El espacio ocupado por la Catedral y, en especial, el entorno inmediato del edículo apostólico, constituyen el corazón de la ciudad tanto desde el punto geográfico como histórico. No es extraño, por tanto, que durante muchas décadas la arqueología de Santiago haya sido la arqueología de la Catedral. Sin embargo, la concentración de esfuerzos en este punto ha producido un desigual conocimiento sobre la historia de la ciudad, de manera que las preguntas que se planteaban hace un siglo, prácticamente siguen abiertas. Una de las principales causas hay que relacionarla, precisamente, con su posición respecto a la ciudad histórica: es el origen y centro de la ciudad compostelana, un punto caracterizado por la reincidencia de la ocupación desde sus etapas iniciales hasta la actualidad. Cada nueva etapa destruía o reutilizaba lo anterior, por lo que intentar establecer una concatenación coherente de acontecimientos se convierte en una tarea harto complicada.

El yacimiento romano-medieval de la Catedral ocupa la superficie ocupada por el propio templo y su entorno inmediato (plazas de Praterías, Quintana y Acibechería), aunque el mayor rompecabezas se conserva en el subsuelo de la Catedral.

El subsuelo de la Catedral

Las exploraciones arqueológicas en la ciudad de Santiago comenzaron hace más de un siglo en la Catedral con un objetivo muy concreto: encontrar los restos del apóstol y recuperar, en lo posible, la tumba primitiva. La tarea se encomendó en 1878 a los canónigos Antonio López Ferreiro, (autor de la Historia de la S.A.M. Iglesia de Santiago de Compostela) y José Labín Cabello. Estos primeros arqueólogos de la Catedral después de realizar sondeos en deambulatorio, pórtico de la Gloria, crucero y presbiterio, abordaron la excavación de la superficie emplazada bajo el altar mayor. Allí localizaron una serie de estructuras murarias que, por su disposición y características, interpretaron como el edículo sepulcral primitivo. En el llamado reconditorio localizaron las ocultas reliquias del apóstol y sus discípulos en una urna-osario.

Una vez localizadas las evidencias materiales, se procedió a adecentar el edículo originario para depositar en él las reliquias y convertirlo en la cripta en la que hoy en día se rinde culto a los restos del apóstol Santiago.

Las exploraciones no se retomaron hasta 1946. Es a partir de este momento cuando se empieza a perseguir un objetivo más ambicioso: reconstruir las primeras etapas de la historia de la ciudad con base en los restos arqueológicos de la catedral.

Desde 1946 hasta la actualidad las exploraciones arqueológicas de la Catedral han estado asociadas a tres nombres: Chamoso Lamas, Guerra Campos y Suárez Otero. No obstante son muchos los investigadores que han reinterpretado este espacio con base en los resultados obtenidos por estos tres estudiosos.

Chamoso Lamas dirigió las excavaciones durante dos décadas desde 1946 a 1966. A él se debe, en realidad, la excavación de la práctica totalidad del subsuelo de la Catedral que ahora puede ser visitado, además de la excavación de otros sectores del entorno del templo, como la plaza de la Quintana, Platerías, parte del claustro renacentista y el interior de la iglesia de Santa María de la Corticela.

Ocupación romana de Santiago - Pérez Lousada 2002: 306

La mayor aportación de Guerra Campos fue la labor de sistematización realizada en la obra Exploraciones arqueológicas en torno al sepulcro del Apóstol Santiago, publicada en 1982. Suárez Otero realizó nuevas excavaciones en los años 90 y a él debemos el último trabajo de síntesis y reinterpretación de los restos arqueológicos exhumados hasta el momento.

Con base en los estudios hasta ahora realizados, se puede decir que los restos conservados en el interior de la Catedral y su entorno inmediato evidencian la ocupación de Santiago claramente desde época romana.

El enclave romano primitivo se emplazaría en el tramo medio de la abrigada ladera oeste del promontorio sobre el que se emplaza la ciudad histórica. Es éste un punto privilegiado por dos razones. La primera se relaciona con su posición prominente en el paisaje. A pesar de que su altitud absoluta no es muy elevada (se dispone a unos 265-270 m), desde este emplazamiento se obtiene una posición abierta y dominante del valle del Sarela. La segunda tiene que ver con la proximidad a las principales vías de tránsito del momento, cuyo punto de encuentro se localizaba en las proximidades (la actual plaza de Cervantes).

Este primer enclave romano sería un pequeño establecimiento (apenas abarcaría una hectárea de superficie de acuerdo con los restos arqueológicos conservados) creado ex novo, es decir, en un área no poblada hasta ese momento y construido de una manera organizada con construcciones de entidad. Numerosos autores defienden que la naturaleza de este asentamiento romano tiene relación con la vía XIX y lo asocian a la mansión viaria de Asseconia. Quienes se postulan a favor de esta tesis recurren a la distancia de trece millas que separaba Asseconia de la mansión de Iria o Tria, equivalente a los veinte kilómetros que separan Santiago de Iria Flavia.

Este asentamiento dataría de época altoimperial (siglos I-II d.C.) y se extendería por el espacio ocupado en la actualidad por la catedral, el claustro catedralicio, la plaza da Quintana y, tal vez, las calles de Acibechería e inicios de las del Vilar y Nova. Quienes vivieron en ese primitivo enclave eran, en su mayor parte, ciudadanos romanos de pleno derecho, tal y como atestiguan los materiales cerámicos y constructivos y, sobre todo, diversas estelas funerarias entre las que el ara de San Paio es la más popular. Es ésta una placa de mármol en la que la adolescente Seviria Modesta homenajea a sus abuelos Atio y Atia Modesta. La placa fue repicada en el año 1572 lo que demuestra que el reciclaje y el vandalismo son tan antiguos como el hombre.

Son cuatro las estructuras murarias que se asocian a esta primera ocupación romana y se emplazan en el brazo sur del crucero de la catedral románica y en la plaza da Quintana. Sus características constructivas, posición estratigráfica y la cultura material recuperada en las excavaciones son los argumentos que avalan su adscripción a esta fase inicial de la ocupación romana. Sin embargo, hay que aclarar que presentan problemas de interpretación, sobre todo en lo que se refiere a su funcionalidad, porque se trata de muros posteriormente reutilizados y adaptados a nuevos usos.

Esta primera ocupación romana contó también con un cementerio, una necrópolis de incineración dispuesta en los alrededores de la vía que pasaba por las proximidades del asentamiento. Con este lugar de enterramiento estaría relacionado, precisamente, el gran mausoleo funerario atribuido al apóstol Santiago localizado por López Ferreiro en el siglo XIX.

El mausoleo consiste en un espacio más o menos cuadrangular acondicionado dentro de un terreno en pendiente, cerrado al menos en tres de sus lados con estructuras pétreas. Este recinto albergaba en su interior un edificio cuadrado, aparentemente cerrado en sus cuatro caras. Las estructuras están realizadas con sillería de granito de gran calidad, dispuesta a soga y tizón, algunos de ellos con cara almohadillada. Este edificio estaba dividido en dos mitades por un muro de mampostería. La mitad este aparecía rellena de tierra y cubierta por un suelo en el que se conservaban restos de un mosaico con decoración de tipo vegetal. Es en este punto donde la tradición y las distintas interpretaciones del recinto sitúan la tumba del Apóstol. Es fácilmente reconocible en la actualidad puesto que coincide con el punto que alberga la urna que contiene las reliquias. La mitad oeste es un espacio colmatado y rematado en un suelo de ladrillo que acogía en el norte y en el sur dos tumbas de ladrillos pegadas a las paredes del recinto. Estas tumbas fueron interpretadas como las tumbas de dos discípulos que acompañaron, según la tradición, al apóstol en su traslado a Compostela.

Sección del sepulcro apostólico - Guerra Campos 1982:157. 1789

Los restos de un edificio localizados bajo el brazo sur del crucero de la catedral indican que la ocupación romana continuaría en época bajoimperial, entre los siglos III y IV. Estos muros (interpretados en el pasado como termas) conformarían la parte baja de un edificio realizado en mampostería de granito o esquisto cuyo uso desconocemos. De él se conservan los arranques de un gran arco realizado con ladrillos cuadrangulares trabados con argamasa, y un espacio menor con un suelo posiblemente pavimentado con ladrillos. Este edificio fue posteriormente abandonado y entre sus muros se habilitó una necrópolis. En el siglo IX, además, los restos de este edificio fueron parcialmente reutilizados, por lo que acertar con la funcionalidad originaria de la estructura es muy complicado.

De esta etapa bajoimperial ha sido recuperada cultura material mueble como materiales constructivos (tégulas, ímbrices y ladrillos así como losas pavimentadas), fragmentos de terra sigillata hispánica, cerámica pintada, cerámica gris, un numisma del emperador Constancio II (324-361 d.C.) y un bronce del emperador Magno Máximo acuñado en Arelatum (Arlés actual) localizado en la Acibechería.

Este uso cementerial también se mantiene en la etapa bajoimperial, aunque con cambios. Se registra una sustitución paulatina de la incineración por la inhumación en el ritual funerario. A partir del siglo IV es cuando se introduce el ritual cristiano. Algunas tumbas que claramente se asocian a esta etapa bajoimperial están excavadas en el sustrato rocoso y presentan forma de bañera. Otras fueron construidas con tégulas.

El registro arqueológico conocido parece avalar la desaparición en el siglo V del uso habitacional de este espacio. La nueva realidad socio-económica, caracterizada por una mayor ruralización y dispersión en la población, sería la causa más probable del abandono del antiguo poblado romano en el siglo V.

Tumbas hispano-romanas descubiertas en la nave central y en la nave menor sur - Chamoso Lamas 1977:72

Sin embargo, el uso cementerial se mantuvo prácticamente de forma ininterrumpida hasta la Edad Media. La necrópolis tardoantigua se extendería por el sector noreste de la Catedral, bajo la actual capilla de la Corticela y sus alrededores hasta por lo menos la Vía Sacra, y en el lado opuesto al mausoleo, bajo el actual brazo sur del crucero de la Catedral. Asimismo podría haber algún indicio al oeste del edículo apostólico. Las tumbas que claramente se asociarían a este período presentan una tipología diferente. Las hay de planta trapezoidal excavadas en la roca, de ladrillo, antropomorfas, grandes sarcófagos graníticos con la cubierta decorada con motivo de doble estola o con representación esquemática del difunto en actitud orante, o las que incorporan lajas o reaprovechan tégulas.

Es importante destacar que en esta fase tardoantigua se habrían hecho remodelaciones en el edículo apostólico, entre las que destacaría un pavimento de mosaico en una de las partes en las que se dividía el edificio que por su decoración algunos autores atribuyen a finales del siglo IV o inicios del V.

San Fiz de Solovio

En las primeras décadas del siglo IX, un ermitaño llamado Pelayo visualizó unas extrañas luminarias que, en medio de la noche, ardían sobre el bosque en el que vivía. A veces, esas luminarias iban sucedidas de apariciones angélicas. Estos sucesos fueron también percibidos por fieles que habitaban en las proximidades de San Félix de Lovio. Enterado el obispo de Iria, Teodomiro, acude personalmente al lugar. Tras un ayuno de tres días y asistido de la gracia divina, penetra entre la maleza y descubre un pequeño edículo que identifica, sin vacilar, como el túmulo funerario del Apóstol Santiago.

El relato de la revelatio del sepulcro del apóstol nos da pistas sobre la configuración de Compostela en los primeros años del siglo IX. La zona en la cual se localiza el edículo apostólico debía de estar abandonada, tanto el área cementerial como el asentamiento romano que existió en sus inmediaciones. Parece que el único núcleo de población se localizaba en el entorno de la iglesia de San Fiz.

Independientemente de las deformaciones que las fuentes históricas puedan hacer del hallazgo para hacer la revelatio coherente, el registro arqueológico también apunta a ese abandono del sector en los inicios de la etapa medieval.

El origen de la iglesia de San Fiz lo sitúa López Ferreiro, el autor de la Historia de la S.A.M. de Santiago de Compostela, en los siglos V-VI en función de las rocas excavadas halladas en el año 1724 en el atrio de la iglesia. Según nos cuenta el mismo autor, la primera reedificación de la iglesia de San Fiz se remontaría a los inicios del siglo X  ya que según cuenta “… Lovio, que edificó el santo Obispo Sisnando, donde estaba el Hospital, para los criados y gente de servicio de la apostólica iglesia de Santiago, qués donde ahora llaman San Fins”. Después de su destrucción por Almanzor en el 997 la iglesia fue reconstruida en el año 1122 por Gelmírez desde los cimientos.

El núcleo de San Fiz, una vez descubierta la tumba del apóstol y conformado el Locus Sancti Iacobi, se convertirá en un área suburbial del lugar y posterior villa apostólicos y sólo pasará a formar parte de la ciudad medieval a partir del siglo XI cuando quede protegido por la nueva muralla.

Acerca de la configuración que en los siglos IX y X (siglos que los estudiosos ubican dentro de la Alta Edad Media) tenía este núcleo poblacional, apenas tenemos noticia documental. Tampoco los trabajos arqueológicos realizados hasta la fecha han contribuido a aclarar esta cuestión. Sin duda la constante remodelación urbanística de la que ha sido objeto este sector desde la Alta Edad Media hasta la actualidad es, en gran medida, responsable de ello. El espíritu románico de la iglesia de San Fiz (cuyo aspecto actual es fruto de una profunda remodelación de época moderna) es el único testimonio que se conserva en el área de su pasado medieval a nivel superficial.

Tumbas altomedievales identificadas en las inmediaciones de la iglesia de San Fiz - Chao Álvarez 2006

La arqueología ha aclarado, sin embargo, la utilización de parte de este espacio como cementerio desde época altomedieval, al menos, en el sector más próximo a la iglesia. Las tumbas registradas tienen forma antropoide (en realidad ovales sin llegar a marcar la silueta de cabeza y hombros). Las sepulturas estaban vacías cuando fueron excavadas, por lo que o bien nunca fueron utilizadas, o bien fueron vaciadas en el momento en el que esos terrenos pasaron a formar parte del solar de Altamira.

El conde de Altamira fue un personaje de gran trascendencia en la vida política, social y económica de la Compostela moderna. Tal es así, que incluso uno de los accesos a la ciudad, el postigo de San Fiz, estuvo prácticamente para el servicio del conde, cuya residencia construyó en los terrenos emplazados inmediatamente al norte de la iglesia de San Fiz, es decir, en el solar que ahora ocupa el mercado de la ciudad.

Aunque se desconoce el momento exacto en que el solar pasa a ser propiedad del Conde de Altamira, se sabe que en 1535 el pazo ya había sido edificado. La propiedad del Conde de Altamira estaba conformado por un edificio palacial rodeado de jardín cercado por un muro que distaba de la cerca de la ciudad unos 4 m. Conocemos su aspecto gracias al arquitecto Juan López Freire quien, en una visita que hizo a finales del siglo XVIII al inmueble para evaluar su estado, comprendió la importancia de hacer una buena descriptiva del mismo, pues claramente estaba llegando al final de su existencia.

No sabemos si el Conde de Altamira estuvo al tanto de que en los terrenos que formaron parte de su huerta, en algún momento de la Baja Edad Media, fueron depositados los cuerpos de dos individuos, uno de ellos una mujer con toda probabilidad. Ambos fueron colocados en el suelo sin excavación previa de fosa alguna o ataúd y enterrados sin ornamentos ni ropas o ajuares. El por qué de este enterramiento tan inusual y la identidad de sus protagonistas sigue siendo, a día de hoy, uno de los misterios de Compostela.