Patrimonio III: Ilustración y regresión urbana

Dejando de lado aquellos inmuebles en los que se ha realizado algún tipo de intervención arqueológica, el patrimonio de San Cristóbal de La Laguna también lo componen otra serie de enclaves y restos aislados que muestran los dilatados procesos históricos sufridos en la ciudad. Los que no se han perdido, han quedado como simples testigos de edificaciones anteriores o enmascarados por los cambios estructurales que experimentaron los distintos inmuebles a lo largo del tiempo. Estas evidencias materiales han sobrevivido al paso de los siglos sin que exista entre ellos ninguna relación contextual. Aparecen distribuidos por la trama urbana de manera aleatoria, sin conexión con el resto de evidencias arqueológicas y con la única salvedad, cuando es posible asegurarlo, de ser adscritos a los primeros siglos de la ciudad. La mayoría de ellos han aparecido en los procesos de restauración y rehabilitación de iglesias, conventos, inmuebles particulares, calles, etc., pero sin que fuesen objeto de intervención arqueológica y sin que se hayan practicado los procedimientos y nuevos métodos de registro que nos aporta la llamada «Arqueología de la Arquitectura».

Como testigos descontextualizados de anteriores estilos arquitectónicos pueden citarse, por ejemplo, el capitel corintio y fuste helicoidal de la casa de Nava; los arcos, dinteles y alfarje policromado del ex-convento de Santo Domingo; las pequeñas ventanas de toba roja, una de ellas de factura gótica, descubiertas en las distintas reformas del antiguo hospital de Dolores; la puerta, el ventanillo rectangular y las franjas de cantería quemada que se descubrieron en la restauración del convento de Santa Clara; el arco y bóveda catalana, ambos realizados con ladrillo, de la casa Lercaro; o las vasijas invertidas que buscaban optimizar la impermeabilización en una de las viviendas de la calle San Agustín.

Capitel corintio de la Casa de Nava durante su restauración
Capitel corintio de la Casa de Nava durante su restauración - Fernando Beautell Stroud
Alfarje policromado del Convento de Santo Domingo
Alfarje policromado del Convento de Santo Domingo - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde
Ventanas de toba del Hospital de Dolores
Ventanas de toba del Hospital de Dolores - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde
Franjas de cantería quemadas del Convento de Santa Clara
Franjas de cantería quemadas del Convento de Santa Clara - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde
Bóveda catalana de la Casa Lercaro
Bóveda catalana de la Casa Lercaro - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde
Vasijas invertidas del inmueble calle San Agustín
Vasijas invertidas del inmueble calle San Agustín - Servicio de Patrimonio Histórico del Cabildo de Tenerife

En algunas de las obras de restauración han aparecido estructuras que, dada su singularidad, han sido consolidadas para dejarlas visibles. Son, por ejemplo, la fosa séptica, con muros de mampostería basáltica y arcos escarzanos de toba roja, que se conserva en el jardín trasero del ex-convento de Santo Domingo; o el pozo de la casa Alvarado-Bracamonte, similar al anterior y que se levanta sobre un banco de mampostería rectangular con tres arcos rebajados de ladrillo.

Fosa séptica del Convento de Santo Domingo
Fosa séptica del Convento de Santo Domingo - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde
Pozo de la Casa de Alvarado-Bracamonte o de los Capitanes
Pozo de la Casa de Alvarado-Bracamonte o de los Capitanes - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde
Muro del Convento de Santo Domingo por la calle Molinos de Agua
Muro del Convento de Santo Domingo por la calle Molinos de Agua - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde
 
Pavimentación del patio de la Casa Lercaro
Pavimentación del patio de la Casa Lercaro - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde

Algo semejante ha ocurrido con algunos de los pavimentos originales, en los patios de las casas Alvarado-Bracamonte, del ex-convento de Santo Domingo o de la casa Lercaro, donde aún se identifican tramos de adoquinado y/o empedrado antiguo.

Asimismo, se conservan algunos restos de viejas delimitaciones o muros perimetrales como los del antiguo hotel Wattenberg, que actualmente forma parte del pórtico de las dependencias del I.E.S. Canarias Cabrera Pinto, en la calle Anchieta. También puede contemplarse, en algunos tramos de las calles Corregidores y Molinos de Agua, el imponente muro de mampostería que cerraba la huerta del ex-convento de Santo Domingo, y que constituía uno de los límites de la ciudad por el este.

 
Muro del antiguo hotel Wattenberg
Muro del antiguo hotel Wattenberg - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde
Empedrado de la entrada al IES Cabrera Pinto - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde

Sin embargo, muchos de los inmuebles de la ciudad edificados durante los siglos XVI y XVII han sufrido, a lo largo de su historia, diversas adversidades que motivaron importantes reconstrucciones o incluso su completa demolición. Muestra de ello sería, por ejemplo, el santuario del Cristo (Ex-convento franciscano de San Miguel de las Victorias), cuya fundación data de 1506 pero que fue pasto de las llamas en 1810, rehaciéndose íntegramente. O el palacio Salazar, sede episcopal de la Diócesis Nivariense y ejemplo destacado del barroco canario, pasto de las llamas en 2006 y que, salvo su fachada, se reconstruyó totalmente.

Fachada principal del Palacio Salazar
Fachada principal del Palacio Salazar - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde
Fachada principal de la Casa de Ossuna
Fachada principal de la Casa de Ossuna - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde

Otros casos en los que el grado y número de modificaciones estructurales alteraron el inmueble original son, por ejemplo la ermita de San Cristóbal, y, en menor medida, la casa de Ossuna. En esta última, de finales del XVII, sus diversos propietarios insertaron nuevas volumetrías según las necesidades del momento (algo que, por otra parte, es un hecho muy común en la arquitectura doméstica de filiación mudéjar, dado su carácter modular). Sin embargo, los cuerpos añadidos durante las décadas centrales del XX resultaron especialmente desafortunados, circunstancia que ha intentado revertirse en una reciente restauración. En la actualidad acoge la sede del Instituto de Estudios Canario y la Casa-Museo de Ossuna.

Por su parte, la ermita de San Cristóbal, erigida a principios del siglo XVI, ha sufrido también múltiples transformaciones, por lo que su interés histórico reside más en lo que representa para la memoria colectiva y la tradición popular que en su relevancia arquitectónica. Junto al santo patrono de la ciudad acoge la supuesta sepultura de Fernando de Guanarteme, nativo converso de Gran Canaria que participó en la conquista de Tenerife junto a las tropas del Adelantado.

 
Lápida de Fernando de Guanarteme
Lápida de Fernando de Guanarteme - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde

Un aspecto relevante para la arqueología urbana de San Cristóbal de La Laguna lo constituye su antiguo adoquinado. Ya desde 1530 constan acuerdos para empedrar las calles principales, que durante el invierno se convertían en auténticos lodazales. El Cabildo solía sufragar la mano de obra y los vecinos aportaban la piedra, que debían apilar frente a sus casas; o bien se instaba a cada vecino para que aderezara el tramo de calzada que le correspondía. La reparación de estos empedrados, muy menoscabados por el tránsito de carros y bestias, fue a partir de este momento una de las demandas recurrentes del vecindario. Con el tiempo, y sobre todo bajo la influencia de la Ilustración, se fomentó la construcción y mejora de calles y caminos como factor de desarrollo económico. La precariedad financiera del Cabildo, no obstante, condicionó la mayoría de los proyectos, de forma que el estado de degradación en que llegaron las calles al XIX fue tal que el propio Ayuntamiento calificó las calles de «intransitables». Entre 1806 y 1816 se acometió un plan de mejora y repavimentación de las principales calles, y en 1852 se abordó un nuevo plan de restitución del firme. Por esta época se había hecho extensivo el contenido del Real Decreto para la Mejora y Conservación de Caminos a las obras públicas municipales, de forma que los ayuntamientos quedaban facultados para distribuir las prestaciones personales en trabajo entre los vecinos y los propietarios de carros, carretas y animales de carga que transitasen las calles.

El cambio del empedrado por el adoquinado tuvo lugar entre finales del XIX y principios del XX. Asimismo, varió el perfil de la calle, abandonándose la sección en «V», con drenaje de aguas hacia el centro —por donde solía correr una franja de cantería que hacía de canal—, sustituyéndose por un perfil ligeramente abombado, formando una suerte de «U» invertida, con drenaje hacia los laterales y aceras elevadas sobre la rasante. La técnica del empedrado se ejecutaba mediante la excavación de un hoyo para cada una de las piedras llamadas maestras, transversales o traviesas, las de mayor tamaño, que servían de base o refuerzo para soportar el paso de carros y en torno a las cuales se disponía el resto del empedrado. Una vez preparado el suelo, se vertía una capa de arena de unos 10 cm de espesor sobre la cual se asentaban las piedras. Luego se apisonaba, y a continuación se vertía una capa de tierra de unos 2 cm para rellenar las holguras sobre la que, finalmente, se daba dos riegos de agua. El pavimento de las aceras solía ser de losa de basalto y su altura no difería de la de la calzada. El adoquinado está compuesto por prismas basálticos más o menos regulares de entre 7 y 10 cm de ancho por 9 o 12 de largo y 10 o 12 de grosor, ofreciendo una cara externa rectangular y de tamaño parejo. Lo normal es que asiente sobre un lecho de arena sobre tierra compactada e incluso sobre mampostería.

Habida cuenta que con la sustitución de los empedrados se alteraron los perfiles y que la parte aprovechable de este pavimento se utilizó como mampostería de base para el siguiente, es previsible que no se conserven restos de calles empedradas. El adoquinado, sin embargo, se reutilizó de una actuación a otra seleccionando las piezas aprovechables después del levantamiento de la calzada. Aún en fechas tan avanzadas como 1946 se redactaron proyectos de pavimentación con adoquinado en las vías centrales de La Laguna, caso de la calle Herradores. El arquitecto Tomás Machado justificaba su utilización en esta calle, la más transitada de la ciudad, por su probada resistencia para soportar la intensidad de tráfico. Años antes, en 1939, el arquitecto Javier Felip Solá pavimentó la calle Anchieta con macadán asfáltico sobre firme de mampostería, cambiando la rasante y aprovechando los restos útiles de piedra para componer el mampuesto de la base.

La mayoría de estos proyectos de pavimentación abordaban de forma parcial el problema del alcantarillado. Se conoce que hasta la segunda mitad del siglo XX esta cuestión no obtuvo una respuesta generalizada. Con ella y con las nuevas redes de agua y pluviales, se abrieron infinidad de zanjas, pozos de registro, imbornales, etc., una compleja red subterránea que determinó la paulatina sustitución de los adoquinados por una solución técnica más sencilla a la hora de abrir y cerrar huecos: los pavimentos de mezcla bituminosa en caliente. En algunos casos, sin embargo, el adoquinado se utilizó como base del riego asfáltico y no fue levantado en su totalidad, de forma que en algunas calles, especialmente en las franjas laterales, las menos afectadas por la apertura de zanjas, han aparecido restos de adoquinado durante las recientes obras de peatonalización. El caso más extraordinario es el del primer tramo de la calle Carrera, donde se ha podido completar el adoquinado de la parte central con el que se ha ido acopiando en los depósitos municipales.

Túnel de la calle Candilas
Túnel de la calle Candilas - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde

La inexistencia de una red general de alcantarillado hasta el siglo XX no implica la ausencia de infraestructuras subterráneas previas. En una ciudad que suele recibir abundantes precipitaciones durante el invierno, y en la que las zonas próximas a la laguna sufrían frecuentes inundaciones, tenían que existir necesariamente conducciones para la evacuación de las aguas pluviales. Recientemente ha sido descubierta una de estas canalizaciones: discurre por la calle Las Candilas en dirección a la 6 de diciembre, recogiendo asimismo aguas de la zona de San Benito y desaguando en el barranco de Cha Marta (actualmente soterrado). Se trata de una construcción con base de muros de mampostería basáltica con cubierta en arco angular creado por dos bloques de tosca, formando el conjunto una cavidad de alrededor de 50 cm de alto y 40 de ancho.

También se ha hallado una conducción similar, aún en uso, en la calle Herradores, en el tramo que desciende hacia la plaza de San Cristóbal. Junto a estas infraestructuras, la ciudad cuenta con una red de antiguos depósitos y conducciones de agua que rodean el conjunto histórico y que, pese a estar soterrados, pueden rastrearse por la toponimia. Un ejemplo es la calle del Agua (actual Nava y Grimón) cuya denominación indicaba el paso de uno de los caños de suministro de agua principales de La Laguna que permitían el abastecimiento de la pila de la plaza del Adelantado. Otros lugares de la geografía histórica de la ciudad, y que también requieren un estudio más detallado, son las diversas fuentes que canalizaban las aguas de los cercanos nacientes del Monte de Las Mercedes. Testigo de ello son, por ejemplo, las fuentes de Cañizares, Madre del Agua, Tanque Abajo o Tanque Grande. Mención especial merece los Lavaderos que, situado en las cercanías de la plaza del Cristo, fue durante siglos un lugar de sociabilidad muy relevante para los vecinos de La Laguna y del que aún se conservan algunas evidencias materiales. Dichos espacios se complementaban con los numerosos lugares devocionales que, situados en las cercanías de las vías más relevantes, fueron transformándose con el tiempo de simples cruces o humilladeros a capillas o ermitas, erigiéndose en algunos casos estructuras monumentales como la Cruz de Piedra, la cual recibe al visitante al acceder por el antiguo camino a Santa Cruz.

Panorámica del valle de Las Mercedes con la ciudad de fondo
Panorámica del valle de Las Mercedes con la ciudad de fondo - Concejalía de Patrimonio Histórico del Ayuntamiento de San Cristóbal de La Laguna
Plaza del Cristo. Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde
Plaza del Cristo - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde

Finalmente, y muy vinculado a la manera en que aparecen las evidencias arqueológicas en el trazado urbano de la ciudad, se han localizado restos de pavimento empedrado y otras estructuras en la plaza de la Catedral, la de Los Remedios. Dicho espacio, en origen mucho más extenso que en la actualidad, fue recortándose desde la década de los años 20 del siglo XVI conforme se ampliaba la iglesia. Las primitivas edificaciones, entre las que se señala en la documentación los corrales del Cabildo o la antigua torre del siglo XVII, fueron desmantelándose o insertándose en el cuerpo principal de la Catedral. Como consecuencia de la remodelación de dicho espacio, en 2014 salieron a la luz algunos de estos restos que se encuentran a la espera de ser excavados.

Grabados de la Plaza de La Catedral y calle Santiago Cuadrado
Grabados de la Plaza de La Catedral y calle Santiago Cuadrado - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde
Enlosado de la Plaza de La Catedral
Enlosado de la Plaza de La Catedral - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde
Restos arqueológicos de la Plaza de La Catedral
Restos arqueológicos de la Plaza de La Catedral - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde