Patrimonio II: Conquista y asentamiento europeo

La «arqueología histórica», «colonial» o «moderna» de San Cristóbal de La Laguna puede contemplarse como una amalgama de enclaves, parcialmente excavados y sin recurrencia investigadora, que han aportado una valiosa información histórica pero con escasa continuidad, lo que impide ofrecer explicaciones sobre el pasado de la urbe. De forma consciente o no, se ha enfatizado la monumentalidad de los inmuebles frente a otro tipo de patrimonio menos visual. Aunque se ha conservado relativamente bien el trazado urbanístico original, así como muchas edificaciones singulares, la relevancia arquitectónica de estas últimas ha condicionado el trabajo de los arqueólogos. Por desgracia, la presencia de restos humanos en las obras de rehabilitación ha sido el único criterio que ha motivado la realización de excavaciones arqueológicas. Y cuando éstas se han emprendido, se han orientado simplemente al levantamiento de los restos afectados (asegurando así su adecuada preservación), para continuar con la rehabilitación del edificio. Esto ha minimizado, al menos parcialmente, el énfasis otorgado a la conservación, exposición y divulgación de los restos arqueológicos repartidos por la ciudad. Así, y salvo un ejemplo muy reciente, San Cristóbal de La Laguna carece actualmente de enclaves arqueológicos visitables o susceptibles de ser incluidos dentro de un itinerario temático coherente. Lo que aún no ha desaparecido, queda oculto o enmascarado entre la monumentalidad arquitectónica de algunas edificaciones que han seguido transformándose desde el mismo siglo XVI.

En este sentido, resulta complicado abordar la realidad arqueológica de la ciudad y, mucho más, plantear un recorrido por unas evidencias materiales que han ido desapareciendo debido a los avatares urbanísticos y los escasos presupuestos asignados para su estudio y preservación. La mayoría de los inmuebles históricos susceptibles de aportar información relevante han sufrido rehabilitaciones sin un seguimiento arqueológico que pudiera documentar, aunque fuera mínimamente, el registro material asociado. De las cinco excavaciones arqueológicas realizadas en San Cristóbal de La Laguna, solo dos han sido acometidas desde su declaración como Ciudad Patrimonio de la Humanidad en 1999. A este escaso número de intervenciones habría que añadir, aunque con casi veinte años de diferencia entre ellas, el reciente desarrollo de una segunda campaña en la ermita de San Miguel Arcángel (1995/2012).

La primera excavación arqueológica acometida en la ciudad, la ermita de San Benito Abad, se remonta a 1989, y queda fuera de lo que, actualmente, es el perímetro de delimitación de la Ciudad Patrimonio de la Humanidad. La presencia de restos humanos durante las obras de restauración de la edificación motivó una intervención de urgencia que extrajo gran parte de las evidencias localizadas, las cuales se encuentran aún en proceso de estudio.

Ermita de San Benito
Ermita de San Benito - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde

Las labores de campo identificaron dos niveles de ocupación diferentes que se relacionarían con su primitiva fábrica que data de 1532, y la posterior reedificación durante el siglo XVII. El más antiguo, con restos de los muros y pavimentos originales, ya habían sido parcialmente levantado por los primeros enterramientos. El segundo nivel, mucho más superficial y reciente, continuaba esa tendencia llegando, incluso, a superponerse con las anteriores inhumaciones, evidenciando así la constante reutilización que experimentó el espacio sepulcral de esta ermita.

Aunque las características del subsuelo crearon un ambiente poco favorable para la conservación de los restos, dado los elevados índices de humedad que exigió la aplicación de tratamientos de consolidación, pudo recuperarse un volumen muy elevado de materiales arqueológicos. Así, aparecieron huesos pertenecientes a un número indeterminado de individuos de diferentes edades (cráneos, vértebras, costillas, mandíbulas, dientes, etc.), la mayoría sin conexión anatómica y recubiertos de cal. En el interior de las más de veinte fosas constatadas, se localizaron alfileres de metal empleados para sujetar los paños que envolvían a los cadáveres, algunos fragmentos de tela y gasa de los sudarios, cordeles, monedas, botones y suelas de calzado. Como elemento singular cabe mencionar la presencia de fragmentos de cal compactados en los que quedaron adheridos los negativos de partes de la anatomía o de los pliegos del sudario de algunos individuos. Igualmente, aparecieron fragmentos cerámicos a torno y vidriados, carbones, restos de fauna animal (roedores y conejos), fauna marina (conchas y burgados), ladrillos, tejas, piedras de diverso tamaño, maderas, vidrios, clavos, botellas de cristal y hasta un fragmento de obsidiana.

Pese a configurarse como un espacio sepulcral, la excavación de la ermita de San Benito Abad constituye un buen ejemplo de las peculiaridades de los yacimientos arqueológicos de la ciudad: densamente reutilizados, con estratos muy revueltos, con presencia de constantes superposiciones y con importantes afecciones dada la alta acidez del subsuelo y la gran humedad que ocasionan las filtraciones de agua.

En 1993, durante las obras de restauración del antiguo convento de San Agustín (hoy I.E.S Canarias Cabrera Pinto) se localizó, en la zona del claustro, una pequeña cripta de la que no se tenía constancia documental. El convento, uno de los más antiguos de la ciudad, aparece ya citado en 1504, aunque su construcción definitiva parece que no concluyó hasta 1524. La cripta, que fue creada originariamente para velar los cadáveres de los frailes agustinos, pasó a ser en poco tiempo «de libre disposición» es decir, que en ella podían enterrarse aquellos acomodados que lo solicitaran. Con su entrada sellada a nivel del suelo, se sitúa en la esquina noreste del claustro, bajo un vano adintelado que da acceso al segundo claustro del convento. Es una pequeña cámara de planta casi rectangular (2,38 m de largo por 2,48 m de ancho y 1,52 m de altura máxima), con techo abovedado, paredes laterales con bloques de cantería de toba roja y el muro del fondo a base de piedras secas dispuestas en hileras irregulares rellenadas con «ripio». Se accede a través de tres escalones con losas de basalto encajadas que las distintas modificaciones del suelo del claustro fueron ocultando. La cripta contenía, adosados a los laterales y colocados sobre el suelo de tierra apisonada, dos ataúdes de pino canario de forma trapezoidal forrados de tela, así como un pequeño osario, en un nicho labrado (23 x 29 cm), situado en la pared derecha, muy cerca del techo.

Los sarcófagos, realizados con tablones unidos con clavos de metal de diferentes formatos y esquinas superiores reforzadas con escuadras metálicas, estaban forrados –al menos con seguridad uno de ellos– con un tejido de seda y un tafetán de lana fijados a la madera con tachuelas decoradas de cabeza semiesférica. La relación entre el tamaño de los ataúdes y los cadáveres que albergaban indica que no fueron realizados a medida. Los escasos centímetros de diferencia en las dimensiones ha llevado a los investigadores a plantear que, al menos durante el siglo XVIII, su construcción se hacía conforme a dimensiones fijas según fueran para hombres, mujeres o niños. Las maderas, aunque pueden considerarse de mala calidad (procedentes de los extremos del tronco por lo que es más ligera, menos densa y sin canales resiníferos), son claramente un signo de lujo y de alta capacidad adquisitiva, ya que la progresiva deforestación que provocó la tala indiscriminada desde el inicio de la conquista generó una importante escasez de madera. Otro elemento que apunta a esta hipótesis es la presencia de la cal. Bien escaso en Canarias, aparece no solo cubriendo los cadáveres –con el fin de evitar el olor de la putrefacción– sino en el mortero de las paredes.

Los ataúdes contenían dos varones adultos completamente vestidos. El análisis de los fragmentos de tejido permitió establecer la existencia de diversas prendas masculinas usadas a partir del segundo cuatro del siglo XVIII. Se identificaron tejidos de lino y lana pertenecientes a camisas, tafetanes, sargas, ternos, calcetas de seda, bordados, etc. Junto a las indumentarias aparecieron medio centenar de botones –de latón y hueso–, suelas de zapatos, hebillas –de pantalón y del calzado–, alfileres y parte del herraje de los ataúdes.

Por su parte, el osario no contenía esqueletos completos, solo cráneos y huesos grandes revueltos, llegando a computarse restos de hasta siete individuos diferentes (cinco mujeres, un varón y un subadulto indeterminado). A partir de las características de la pelvis, del sacro y del cráneo, así como del grado de robustez y dimensiones del resto de elementos óseos –especialmente los huesos mayores y las vértebras–, se pudo identificar el sexo y la edad de la mayoría de los individuos. Junto a los dos varones depositados en los ataúdes –uno de 30-34 años y otro de 40-49 años– pudo constatarse en el osario un tercer varón de unos 25-29 años, dos mujeres dentro del intervalo de 20-29 años, otra de 40-44 años y, finalmente, un subadulto de unos 8-12 años. Entre las patologías observadas la más común fue la artrosis en las distintas articulaciones. Igualmente, la presencia de caries, junto a la pérdida de piezas dentales, evidenciaba una pobre higiene dental y un consumo elevado de azúcares refinados.

Tras una exhaustiva investigación en las actas de defunción pudo atestiguarse la identidad de los dos individuos depositados en los ataúdes. Correspondieron a dos miembros de la familia Salazar de Frías, que a finales del siglo XVII habían adquirido la cripta: Don Cristóbal de Frías (1744) y Don Ventura Salazar de Frías, tercer Conde del Valle de Salazar (1761). Su estudio patológico evidenció una fuerte complexión física –alto grado de robustez–, así como algunas alteraciones esqueléticas de tipo degenerativo –artrósico–, presentes en los varones que realizan ejercicio físico intenso y continuado, algo que se vincula, como lo confirmó la documentación consultada, con la actividad militar que desarrollaron.

Con motivo de la celebración del V Centenario de la fundación de la ciudad, en 1995 se interviene en la trasera de la ermita de San Miguel Arcángel, pequeña edificación de una sola nave situada en el sector oriental de la actual plaza del Adelantado, anteriormente de San Miguel. Fundada en 1505 por el primer Adelantado Alonso Fernández de Lugo como panteón familiar (pese a no utilizarse para tal fin), fue durante las primeras décadas del siglo XVI sede capitular del Consejo. Con el paso del tiempo, y como consecuencia del intento por privilegiar el núcleo de la Villa de Abajo frente a la Villa de Arriba, fueron ubicándose en su entorno distintas edificaciones como las casas del Adelantado, la sede del Cabildo –con la audiencia y la cárcel–, la carnicería, la pescadería o la picota que irán cerrando el perímetro de la plaza.

Restos de pavimentos enlosados del siglo XVIII. Excavación de la trasera de la Ermita de San Miguel, 2012
Restos de pavimentos enlosados del siglo XVIII. Excavación de la trasera de la Ermita de San Miguel, 2012 - Fco. Javier de la Rosa Arrocha

La excavación arqueológica de esta ermita, que recientemente ha tenido continuidad con una segunda fase aún en proceso de redacción, se circunscribió a los restos más antiguos de la edificación, los situados en la parte trasera donde afloraban diversas estructuras exentas y en la que se había erigido en los años 60 del siglo XX un transformador eléctrico. En su origen, dicho sector formó parte del cuerpo principal del templo, aunque quedó aislado y delimitado por muros tras una modificación constructiva posterior. La ermita fue reedificada en el mismo solar en 1574, ya que por entonces había caído en cierto abandono al dejar de abonar las rentas correspondientes los descendientes de su fundador. Tras diversas vicisitudes históricas, que la llevaron a sufrir nuevos períodos de abandono intercalados con destinos muy diferentes al de su creación original, en 1759 sufrió su mayor modificación. Fue completamente reconstruida alineándose su fachada al resto de la plaza y adquiriendo las actuales dimensiones, casi un tercio mayor de su tamaño original.

Los trabajos de campo documentaron tres momentos de ocupación diferentes. Un estrato correspondiente al suelo del siglo XVI, donde se asientan los enterramientos localizados, otro nivel marcado por el pavimento del siglo XVIII y un tercero, correspondiente al siglo XX, en el que a la trasera de la ermita se adosó un transformador eléctrico durante varias décadas.

El aspecto más relevante de la intervención será el descubrimiento de cinco fosas de enterramiento distribuidas de forma paralela y perpendicular al muro de la ermita. Aunque los restos se encuentran aún en estudio, se han podido identificar tres varones y dos hembras, todos ellos adultos, con edades comprendidas entre los 24 y 55 años, y que padecían diversas patologías óseas de tipo artrósico, lesiones en extremidades inferiores, así como la presencia, en las piezas dentales, tanto de caries y sarro, como de hipoplasias del esmalte y desgaste.

Esqueleto de la excavación de la trasera de la Ermita de San Miguel, 1995
Esqueleto de la excavación de la trasera de la Ermita de San Miguel, 1995 - Fco. Javier de la Rosa Arrocha

Junto a las cinco inhumaciones, se localizaron numerosos restos de teja, morteros de cal, trozos de enfoscado –algunos de ellos decorados–, losetas rojas y ocres, clavos metálicos con un nivel de corrosión importante y diversos fragmentos cerámicos de tipología variada (popular, vidriada, esmaltada, etc.). Un aspecto interesante lo constituye el elevado número de restos de fauna vertebrada terrestre (cabra, oveja, vaca, conejo), malacofauna marina e ictiofauna que se identificaron. Pertenecientes a especies destinadas al consumo humano, debieron ser aportados en el sedimento empleado para la creación de los suelos y pavimentos del recinto. La proximidad de las dependencias del matadero y carnicería municipal, que llegan incluso a dar nombre al barranco adyacente con el topónimo de «Las Carnicerías», explicarían este hecho. Probablemente, los desperdicios y desechos generados durante el procesado de los animales fueran a parar al barranco, lugar de donde se extraería la tierra utilizada para la preparación de los suelos y muros del inmueble.

En la actualidad, y tras la finalización de la segunda campaña de excavación en 2012, la ermita de San Miguel es el único enclave arqueológico de la ciudad que se encuentra acondicionado para su visita. A través de la musealización de los muros, el empleo de urnas acristaladas, la delimitación de las siluetas de los enterramientos y el uso de paneles didácticos, se ofrece una síntesis de las labores arqueológicas llevadas a cabo en dicho lugar.

Musealización de la trasera de la Ermita de San Miguel
Musealización de la trasera de la Ermita de San Miguel - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde

Tras la declaración de San Cristóbal de La Laguna como Ciudad Patrimonio de la Humanidad, se produce una nueva intervención arqueológica en la denominada Casa de Lercaro, sede del actual Museo de Historia y Antropología de Tenerife. En 2003, mientras se ejecutaba el acondicionamiento eléctrico de una de las dependencias, afloraron una serie de restos óseos, cerámicos y malacológicos que motivó la paralización de las obras. Situados bajo el pavimento de la denominada «Bodega», los huesos pertenecían a un individuo de entre 15 y 20 años del cual no pudo identificarse el sexo, debido al reducido tamaño y al mal estado de conservación que ofrecían los restos.

Panorámica de la excavación de la Casa Lercaro
Panorámica de la excavación de la Casa Lercaro - Museo de Historia y Antropología de Tenerife

La casa Lercaro es uno de los ejemplos arquitectónicos más antiguos conservados en la ciudad, ya que se remonta a finales del siglo XVI. Perteneciente a una acaudalada familia de linaje genovés, la estructura original del inmueble ha ido ampliándose a lo largo del tiempo pero manteniendo algunas de sus características más interesantes. La rehabilitación de 1984 permitió reconocer las distintas etapas evolutivas y recuperar una interesante serie de objetos y ornamentos del interior. Destacan, por ejemplo, el primitivo pavimento del patio principal, la lápida del siglo XVII empleada en el arranque de la escalera de uno de los patios interiores o los restos de crin de caballo que aparecieron en el enfoscado de la actual tienda del Museo.

La zona objeto de excavación responde a una de las numerosas ampliaciones que sufrió el inmueble a lo largo de su historia y que generó su prolongación estructural hacia la calle Tabares de Cala. A principios del siglo XX el inmueble perderá su carácter residencial destinándose sus dependencias a funcionalidades muy diversas (escuela pública, áreas comerciales, sede de la Facultad de Filosofía y Letras, etc.). Los restos aparecieron en un recinto abovedado de planta cuadrangular perteneciente a la tercera fase constructiva, la correspondiente al siglo XVIII. Hasta las obras de restauración, dicha estancia no poseía comunicación directa con el resto del inmueble, por lo que parece que cumplió funciones comerciales o de servicio orientadas a la calle Tabares de Cala.

La excavación identificó dos rellenos sedimentarios diferentes y una estructura muraria. El nivel superficial, donde aparecieron los restos humanos, estaba compuesto por un depósito muy heterogéneo que variaba sutilmente de composición conforme se descendía la cota. Mezclaba restos de fauna terrestre, malacofauna, cerámica vidriada, piezas metálicas y diverso material constructivo (tejas, ladrillo, mortero, cemento). El levantamiento del segundo nivel, más compacto y de coloración más anaranjada, permitió identificar varias losas rectangulares alineadas junto a un material muy similar al encontrado en el estrato anterior. Finalmente, la estructura muraria afloró en la zona central de la estancia. De tendencia oval, más o menos regular, no ofreció continuidad en el resto del yacimiento, asociándosele el mismo tipo de material arqueológico. Junto a una pequeña anilla para colgar, un botón y varios clavos y alfileres, lo más destacado fueron las cuatro piezas de metal circular, interpretadas como monedas, cuyo estado de conservación impidió su datación.

Las características, tanto de los materiales como del sedimento extraído, permitieron relacionar la estancia con el esquema evolutivo del inmueble ya conocido. La mezcolanza del relleno sedimentario se correspondería con la tercera fase de remodelación del recinto, espacio que anteriormente debió ocupar, muy probablemente, una zona de huertas durante el siglo XVIII.

La última intervención arqueológica realizada en la ciudad, dejando de lado la segunda campaña recientemente acometida en la ermita de San Miguel, fue la excavación de la capilla de San Bartolomé de la iglesia de La Concepción en 2005. Como en ocasiones anteriores, la presencia de restos humanos motivó la paralización de las obras, en este caso al renovarse la instalación eléctrica del templo.

Aunque La Concepción de La Laguna se considera la iglesia matriz de Tenerife, por cuanto de ella fueron desgajándose progresivamente el resto de parroquias de la demarcación, poco o nada queda de su fábrica original. Tras su reubicación definitiva al lugar que actualmente ocupa en 1511, se erigirá una nueva edificación de tres naves y diversas capillas de patronazgo privado, a la que se le adosará, tras diversas reconstrucciones, el actual campanario en 1694. El inmueble, que sufrió numerosas modificaciones y ampliaciones durante sus primeros siglos, fue prácticamente reconstruido a lo largo del xviii, momento en el que se decidió ampliar a cinco el número de sus naves. Dicha reconstrucción se prolongó indefinidamente hasta las primeras décadas del siglo XX, cuando se sustituye el enlosado por un piso de mármol. Finalmente, y motivado en parte por la mala calidad de los materiales empleados, el templo sufrió el hundimiento de varias de sus naves en 1974, por lo que se emprendió una reedificación integral.

Capilla de la Familia Casabuena (Iglesia de La Concepción), 2005
Capilla de la Familia Casabuena (Iglesia de La Concepción), 2005 - Departamento de Historia del Arte ULL

La capilla de San Bartolomé, erigida entre 1714 y 1720, fue parcialmente desmantelada en 1904 al ampliarse la nave central, redistribuyéndose su retablo entre los distintos altares de la propia iglesia y trasvasándose buena parte de los restos a los sepulcros principales. Durante más de un siglo fue panteón de la familia Casabuena (acomodado linaje entre los que existieron diversos jueces de Indias), llegando a constatarse documentalmente hasta diez enterramientos, fechándose el último en 1808.

Como en otros espacios arqueológicos de San Cristóbal de La Laguna, en las tres inhumaciones excavadas se identificaron diferentes niveles de ocupación. El más superficial, compuesto por un revuelto de huesos, cal y material constructivo muy fragmentado, fue creado tras la reorganización de la iglesia a principios del siglo XX. Corresponde a diversos osarios que se colocaron encima y en los laterales de las sepulturas procedentes de otros sepulcros, y que evidencian la reutilización del espacio funerario. El siguiente nivel, sellado por una capa de cal y mortero, se relaciona con los individuos enterrados, cuyas características de conservación no eran las más adecuadas, ya que la cal empleada provocó un alto grado de descomposición ósea. Junto a otros osarios anteriores, se identificaron tres cadáveres en situación primaria, en clara conexión anatómica pero situados de dos formas diferentes. Un varón y una hembra colocados en posición decúbito supino, con las manos descansando sobre el abdomen y los codos ligeramente flexionados. Sus cabezas se apoyaban sobre un cojín de cal y los pies aparecían unidos. El tercer enterramiento, también de una hembra, fue colocado lateralmente sobre su costado derecho pero inclinado levemente hacia la izquierda. Esta posición tan forzada se debe, según sus investigadores, al alto grado de escoliosis que presentaba su columna vertebral. Por ello, su cabeza reposaba sobre un cojín de mortero, con la parte frontal hacia su izquierda siguiendo el eje del resto del cuerpo.

Individuo 1 de la excavación de la Capilla de la Familia Casabuena (Iglesia de La Concepción), 2005
Individuo 1 de la excavación de la Capilla de la Familia Casabuena (Iglesia de La Concepción), 2005 - Fco. Javier de la Rosa Arrocha
Detalle de decoración de la vestimenta del individuo nº 2. Excavación de la Capilla de la Familia Casabuena (Iglesia de La Concepción), 2005
Detalle de decoración de la vestimenta del individuo nº 2. Excavación de la Capilla de la Familia Casabuena (Iglesia de La Concepción), 2005 - Fco. Javier de la Rosa Arrocha

Durante la exhumación de los cadáveres fue posible localizar algunos restos de tejido (partes de una casaca militar, de un fajín, de un pantalón y de un hábito) así como diversos tipos de botones y alfileres. Destacó la presencia, en una de las muñecas del varón, de restos de tejido con una flor de lis bordada. Junto a restos de teja, piedra, malaco e ictiofauna, aparecieron clavos y pequeños fragmentos de madera, lo que estaría indicando la existencia de ataúdes. Se pudo constatar la presencia de losetas de mármol de color blanco y negro en el fondo de las sepulturas y la utilización de cantería azul de basalto para los muros laterales, algo inusual en las islas.

Finalmente, el estudio arqueológico se complementó con la investigación de archivo. Así, y como ocurriera para la cripta de San Agustín, la documentación consultada permitió reconocer a los tres individuos sepultados en la capilla: a Don Bartolomé Benítez de Ponte Lugo y Casabuena (1808), y a dos miembros femeninos de su familia, Doña Juana de Casabuena y Guerra (1795) y Doña Antonia de Rivas (1799).

Dibujo de la Cripta de San Agustín
Dibujo de la Cripta de San Agustín - Museo de Historia y Antropología de Tenerife
Enterramiento del lateral derecho de la Cripta de San Agustín
Enterramiento del lateral derecho de la Cripta de San Agustín - Museo de Historia y Antropología de Tenerife