Patrimonio I: Primeros pobladores

El valle en el que se asienta la ciudad de San Cristóbal de La Laguna estuvo ocupado, hasta bien entrado el siglo XVIII, por un amplio lago que fue progresivamente desecándose ya desde la propia fundación de la ciudad en 1496. Sin embargo, y durante todo el periodo aborigen, el valle de Aguere atesoró un importante ecosistema vegetal y animal que fue explotado intensamente por los primeros habitantes de la Isla. Aunque son necesarios más estudios, parece que toda la vega lagunera conformó un espacio de interacción social para la sociedad aborigen, con pautas similares a las aplicadas en otros parajes de la Isla como, por ejemplo, Las Cañadas del Teide. La presencia de abundantes recursos naturales, su cercanía a vías de comunicación y la existencia de tipologías de yacimientos arqueológicos muy específicos en todo su perímetro así lo confirman.

Las características medioambientales de la laguna, la intensa humedad que generaba, las variaciones estacionales de su perímetro, o el tipo de vegetación que crecía en sus cercanías no favorecieron el asentamiento permanente de la población aborigen en dicho lugar. Muy diferente era la situación de los enclaves circundantes, en cotas más elevadas o en zonas cubiertas de un manto vegetal en el que dominaba el monteverde. En las estribaciones que rodean el valle de Aguere (Mesa Mota, La Atalaya, San Roque, La Gallardina), así como en varios de los barrancos que lo delimitan (Gonzaliánez, La Carnicería), han sido localizados algunos enclaves arqueológicos que han sobrevivido a la expansión urbanística de la ciudad. Corresponden a yacimientos en los que domina una tipología específica que no se vincula directamente con el hábitat permanente. Son, en su mayoría, estaciones de cazoletas y canales y grabados rupestres que se ubican en zonas elevadas con buena visibilidad, en las cercanías de recursos naturales o muy próximos a vías de comunicación. Algo similar ocurre al sur de la ciudad, en la zona de Geneto y Gracia, donde se reproduce el mismo patrón de distribución aunque con una mayor alteración debido, fundamentalmente, a la acción de agentes antrópicos que han transformado sus ubicaciones originales.

El asentamiento aborigen principal de esta parte de Tenerife se localiza en el cercano Barranco de Agua de Dios el cual reúne, en diferentes puntos de su perímetro, importantes conjuntos de yacimientos arqueológicos que han motivado su declaración como Bien de Interés Cultural. Compartido con el cercano municipio de Tegueste, ofrece mejores condiciones de habitabilidad que el valle de Aguere: una mayor disponibilidad de cuevas naturales, amplias zonas para su explotación agropecuaria, así como abundantes y constantes recursos naturales para la vida cotidiana de los guanches. La otra gran concentración de enclaves arqueológicos aborígenes, estrechamente vinculada a la vega lagunera dada su relativa cercanía, es la costa de Valle Guerra. En ella se localiza el otro Bien de Interés Cultural del municipio, la Zona Arqueológica de La Barranquera. Conocida desde los años 40 del siglo XX y estudiada, al igual que el Barranco de Agua de Dios, por Luis Diego Cuscoy, considerado el padre de la arqueología canaria, reúne un alto porcentaje de cuevas de hábitat y registro en superficie que lo convierten en otra de las zonas relevantes para el conocimiento del pasado guanche de San Cristóbal de La Laguna.

BIC de Barranco de Agua de Dios
BIC de Barranco de Agua de Dios - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde
BIC de La Barranquera
BIC de La Barranquera - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde

Aunque los procesos de expolio y reutilización de los enclaves arqueológicos han sido una constate generalizable a todo el archipiélago canario, en el valle de Aguere y en sus inmediaciones es posible localizar casi toda la diversidad tipológicas de los yacimientos de la Isla.

Grabados rupestres: es una categoría arqueológica cuya característica fundamental es la plasmación de grafías sobre una superficie pétrea que se asocian a un contenido simbólico cuyo significado se ha perdido. Presentan gran variabilidad formal que depende de las técnicas de ejecución, los motivos realizados, su ubicación, el tipo de soporte, posición y orientación. En el municipio destacan, por ejemplo, los alfabetiformes del Barranco de Gonzaliánez, los figurativos de La Pedrera o los geométricos de Los Picachos.

Detalle de los alfabetiformes de la estación de grabados rupestres de Gonzaliánez
Detalle de los alfabetiformes de la estación de grabados rupestres de Gonzaliánez - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde
Estación de grabados rupestres de La Pedrera
Estación de grabados rupestres de La Pedrera - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde
Estación de cazoletas y canales de Dos Hermanos
Estación de cazoletas y canales de Dos Hermanos - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde

Estaciones de cazoletas y canales: vinculado a rituales propiciatorios, son huecos de dimensiones variables horadados en soportes pétreos, predominantemente tobaceos pero también basálticos, que pueden aparecer de forma aislada o formando conjuntos, y que suelen estar conectados entre sí por pequeños conductos excavados en la roca denominados canales. De esta tipología sobresalen los enclaves de Lomo La Bandera, por sus grandes dimensiones, o el de Los Dos Hermanos, por reunir en un único bloque de toba más de una docena de cazoletas.

Cuevas de hábitat: posiblemente sean los yacimientos más conocidos en la arqueología aborígen de Tenerife. Suelen ser oquedades naturales amplias, situadas preferentemente en la solana de los barrancos, con buena accesibilidad y formando agrupaciones. Los materiales arqueológicos más habituales suelen ser: restos de recipientes cerámicos, útiles líticos sobre basalto u obsidiana, evidencias del trabajo sobre hueso y concha, desechos de actividades alimenticias, etc. Barranco Perdomo, El Roquillo o El Calabazo son ejemplos relevantes del gran número de yacimientos de estas características que reúne San Cristóbal de La Laguna.

Cueva Lomo Perdomo
Cueva Lomo Perdomo - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde

Cuevas sepulcrales: son enclaves definidos por la presencia de restos humanos. Presentan amplitudes y profundidades dispares, más o menos mimetizadas con el entorno, con orientaciones diferentes, o coexistiendo en algunas ocasiones con actividades de hábitat. Históricamente han sufrido un expolio sistemático como puede constatarse en cuevas como Barranco del Horno o Camino Lercaro.

Dispersiones de material en superficie: corresponde al tipo de yacimiento más numeroso de la Isla. Suelen ser concentraciones de material arqueológico como fragmentos cerámicos, desechos de talla lítica sobre basalto y obsidiana, restos de malacofauna, o piezas óseas de ovicápridos. En ocasiones, aparecen vinculadas a algún tipo de estructura de piedras o, directamente, a cabañas con zócalos pétreos. El municipio conserva algunos ejemplos singulares como El Roquillo, Lomo de la Crucita o Pico Cho Canino.

Concheros: son acumulaciones de conchas de moluscos marinos, de extensión y volumen variable, cuya interpretación ha basculado entre su consideración como vertedero, fruto del reacondicionamiento del asentamiento, o como evidencia de comidas colectivas de carácter festivo y/o conmemorativo. En el municipio es posible encontrar varios en el entorno de Punta de la Romba.