Itinerario II

La arquitectura canaria es deudora de la tradición mudéjar, tanto desde el punto de vista estructural, como espacial y organizativo. Los muros (en este caso de mampostería) cerrados por armaduras de madera y cubiertas de teja curva; la organización de la vivienda en torno al patio; y, en el caso de la arquitectura religiosa, las diferentes tipologías de iglesia, ya sea las de nave única con capillas añadidas a lo largo del tiempo –la «multiplicación aritmética»–, ya la denominada «iglesia columnaria mudéjar», con soportes cilíndricos y arquerías de medio punto apeando armaduras con artesonados, así lo constatan. La influencia mudéjar es indiscutible, según qué casos, hasta el XIX. Por otra parte, es admisible que, inmerso en el proceso de adaptación al nuevo contexto social y geográfico del archipiélago, el estilo terminara adquiriendo características propias. Condicionantes tales como la escasez de cantería de calidad, la abundancia de madera y la escasa pericia constructora de los primeros colonos, determinaron tanto la materialidad de la arquitectura como los primeros criterios constructivos, centrados exclusivamente en la funcionalidad. En un territorio de frontera y por colonizar, la procedencia de los pobladores constituye otro factor a tener en cuenta. La variedad de soluciones y experiencias aportadas por cada grupo, luego de probada su eficacia, se incorporó al discurso arquitectónico popular conformando una tradición constructiva que destila influencias andaluzas, portuguesas, castellanas, del norte peninsular, etc.

Paralelamente al mudéjar, estilo portador de una larga tradición constructiva procedente de la España medieval, y a medida que nos adentramos en el siglo XVI, surgen las primeras evidencias de los estilos occidentales europeos: gótico y renacentista, utilizados especialmente por el poder civil y eclesiástico en edificios emblemáticos como símbolo de autoridad y distinción. En La Laguna de esa época, sin embargo –exceptuando, quizá, el edificio del antiguo Cabildo–, estas manifestaciones no dejan de constituir testimonios puntuales adheridos a tipologías estrictamente mudéjares: un arco apuntado, unos soportes polilobulados, un capitel sogueado e incluso una portada clasicista. Contemplados desde la globalidad de la construcción, quedan convertidas en meras excrecencias o accesorios superpuestos.

Convento de San Agustín.

Plaza, convento e iglesia de San Agustín
Plaza, convento e iglesia de San Agustín - Concejalía de Patrimonio Histórico del Ayuntamiento de San Cristóbal de La Laguna

Agustinos y franciscanos fueron las órdenes que acompañaron a Fernández de Lugo en la conquista, y de ahí la temprana fundación de sus respectivos conventos. La creación de este convento se atribuye a fray Pedro de Cea y fray Andrés de Goles. En 1506 el Adelantado donó a los frailes agustinos el solar donde habían de edificar su convento. En correspondencia, como quiera que aquél abrigase la idea de fundar un hospital en el lugar, los agustinos habilitaron una de las salas como hospital durante los primeros años. Las obras comenzaron el mismo año que recibieron la data. Parece que el claustro principal ya se hallaba en pie hacia 1524. Ultimar la iglesia, sin embargo, costó algo más de tiempo, y la capilla mayor no se finalizó hasta 1547-48. En 1765 se demolió el viejo templo para reconstruirlo retranqueado hacia el este. La obra concluyó en 1784.

La Universidad Literaria, creada por Carlos IV en 1792, tuvo su sede en este convento a partir de 1821, en que se trasladó aquí desde el inmueble del antiguo colegio de los Jesuitas. La desamortización de 1836 tuvo como consecuencia la exclaustración de los frailes. Apenas una década después, en 1845, se clausuró la Universidad, si bien en su lugar se creó el Instituto de Segunda Enseñanza de Canarias (hoy I.E.S. Canarias Cabrera Pinto). En 1964 un incendio redujo a pavesas toda la carpintería de la iglesia, incluyendo los retablos y muchas imágenes que no pudieron ser rescatadas.

El claustro principal presenta la particularidad, única en la isla, de que las galerías superior e inferior disponen de soportes pétreos. Las galerías de los corredores inferiores cuentan con columnas de mayor tamaño, de orden toscano y con zapatas bajo las vigas maestras; las superiores, con diferentes motivos ornamentales en sus capiteles, traducen la influencia de algunos claustros portugueses. Las columnas del patio proclaman ya la ascendencia creciente del argumentario clásico como expresión de autoridad y de la propia misión evangelizadora. Por otra parte, en estos mismos corredores en que se yerguen las columnas toscanas, se abren capillas particulares en las que aún se adivinan manifestaciones del gótico (arco apuntado con columnillas molduradas en bocel, arco de medio punto con baquetones entre molduras de media caña y capiteles con fronda, etc.), encarnando otro rasgo característico de la arquitectura canaria: la persistencia de ciertos arcaísmos que trascienden la superposición cronológica de estilos y se asientan como práctica consuetudinaria.

La restauración del antiguo convento, ejecutada en 1993, se centró, en lo que toca al primer claustro, en la recuperación y/o reposición de las columnas, zapatas, envigados y entablados. Algunas de las piezas originales desechadas, las más deterioradas, se muestran en el hueco de la escalera. En el segundo patio, más distorsionado por intervenciones históricas, se recuperó la configuración material del mismo demoliendo los cerramientos de fábrica de la galería alta, así como restaurando o restituyendo los soportes de madera que aparecían embebidos en los muros. El arco de conexión entre este claustro y la iglesia, tapiado prácticamente desde la expropiación del convento, fue abierto nuevamente. Cuando se desmontó la galería, se comprobó asimismo que las cabezas de las vigas se acoplaban en las dovelas del arco, perforadas, de lo que se deriva que el patio contaba sólo con tres galerías originalmente. Otro elemento que se dejó visto intencionadamente, en la crujía norte, es un entrepaño de mampostería dentro del cual se perfila medio arco de cantería roja, condenado probablemente en el transcurso de la reforma de Manuel de Oraá, a la que seguramente pertenecen las puertas de hechura neoclásica que dan hacia el corredor.

En el interior de la antigua iglesia, ya en estado de ruina, los padres bethlemitas acondicionaron en los años 80 del siglo XX un pequeño huerto-jardín, alguna de cuyas especies aún prolifera de forma asilvestrada. A la vista tan solo se ha preservado la sepultura de Pedro Lobo y María Mazuelos, con fecha de 1609, frente a lo que fuera el altar de la Encarnación, y algún fragmento del mural con trampantojos que decoraba la capilla tras el altar mayor.

Claustro del Convento de San Agustín
Claustro del Convento de San Agustín - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde
Interior de la Iglesia de San Agustín
Interior de la Iglesia de San Agustín - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde
Lápida de la Iglesia de San Agustín
Lápida de la Iglesia de San Agustín - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde

Hospital de Dolores.

Fachada principal del Hospital de Dolores
Fachada principal del Hospital de Dolores - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde

Instituido por iniciativa de Martín de Jerez, quien en 1514 impetró una bula papal solicitando licencia para fundar un hospital bajo la advocación de Ntra. Señora de los Dolores. El inmueble se edificó entre pleitos y desavenencias con la administración de otro hospital, el de la Antigua (1507), al que acabaría absorbiendo. Parece que la primera edificación concluyó en 1517. Martín de Jerez y su esposa, Catalina Gutiérrez, dotaron al hospital con sus propias casas, anejas al hospital de la Antigua, de forma que el primero consiguió ser nombrado, en 1519, patrono y comendador del hospital de Dolores.

El inmueble fue reparado y ampliado en diversas ocasiones a lo largo de los siglos XVI y XVII. A finales del XVII se reedificaron la iglesia y el hospital gracias a la aportación de Bernardo de Fau (1644-1718), mercader de origen francés y a la sazón mayordomo del hospital. La desamortización menoscabó el presupuesto del hospital, dado que las propiedades con cuyas rentas se financiaba quedaron desvinculadas. La última rehabilitación del hospital se llevó a cabo en 2002, transformando el edificio en la nueva biblioteca municipal. Durante la ejecución de las obras no surgieron elementos dignos de reseña, toda vez que el inmueble había sido objeto de intervenciones de calado a lo largo del siglo XX, con remontas (crujía oeste), forjados de hormigón (norte), obras en la caja de la escalera, añadido de un cuerpo en el traspatio, etc. La iglesia actual, con portada del cantero Juan González de Agalé, es de la segunda mitad del XVII. Presenta semicolumnas pareadas de orden corintio sobre plinto común, cornisa, friso y frontón partido con retranqueo.

A raíz de las obras de restauración del presbiterio, en 1969, se descubrió un arco apuntado entre la capilla y la sacristía. Poco después, durante una reforma en 1974, se descubrieron dos pequeñas ventanas de toba roja, una de las cuales describe un arco conopial, hacia la actual calle Juan de Vera. Ambos hallazgos han llevado a inferir que la orientación original de la iglesia pudo seguir la alineación de la actual calle Juan de Vera, de suerte que el arco apuntado constituyese el arco mayor de la capilla y las dos ventanas formasen parte de la nave.

Convento de Santo Domingo

Los orígenes de esta fundación se remontan a 1522, cuando el Adelantado Fernández de Lugo cedió a la comunidad dominica dos parcelas en la actual plaza del Adelantado. La instalación de los dominicos en esta ubicación, sin embargo, no prosperó, de suerte que el vicario fray Tomás de Santiago acabó vendiendo el lugar y comprando otro con el dinero obtenido. El solar –con ermita de la Concepción incluida– fue adquirido a María Abarca, viuda de Fernando del Hoyo, en 1526. Ante las dificultades sobrevenidas para financiar la obra, en 1532 la congregación pidió ayuda al Cabildo, que le asignó una renta de 150 fanegas de trigo anuales a cambio de que impartiesen estudios de gramática, lógica y filosofía. La iglesia se edificó aprovechando la fábrica anterior, a la que se adosó y acabó incorporando como una nave lateral cuando, finalizadas las capillas de ese lado, se comunicaron interiormente. La portada, atribuida a Sebastián Merino, presenta elementos de filiación gótica adosados al arco de medio punto.

Tras la desamortización, el convento, separado del templo, permaneció en manos de la Iglesia. Si bien conoció varias décadas de abandono, se convirtió sucesivamente en cuartel, cárcel eclesiástica y en albergue para menesterosos. En 1877 acogió el Seminario Diocesano, y como consecuencia de esta nueva funcionalidad, a principios del siglo XX fue objeto de una ampliación: se demolió parte de la crujía que separa los dos patios para levantar un cuerpo de hormigón con cubierta plana, y se construyó otro inmueble de nueva planta en la huerta del convento, al sur del claustro. En 1976 el antiguo convento fue adquirido por el Cabildo, que cedió parte de la huerta al Ayuntamiento y a la Universidad. En 1988 el Cabildo decidió rehabilitar el convento, hallándose hoy día concluida la cuarta fase y quedando pendiente una quinta actuación en torno al patio menor y a las dependencias municipales que se ubican al sur de aquél.

En el claustro, las columnas toscanas de cantería que componen el peristilo han quedado desembarazadas con la demolición de los cerramientos de fábrica que las embebían. Entre los cascotes de la demolición se hallaron piezas correspondientes al antepecho de cantería que corría bordeando el corredor bajo, con encaje entre los plintos. En la galería superior, ahora abierta, se recuperaron los pies derechos de madera y sus pedestales abalaustrados, cuyos perfiles habían sido rebajados para encastrarlos entre los muros. La pared norte de este claustro, por ser la que comunica con la iglesia, es la que mayor número de evidencias arqueológicas ha proporcionado. Tanto la puerta reglar dintelada, en la esquina NE del corredor bajo, como un pequeño arco de la galería superior (NO), reciben el envigado de esta galería, que se le adosa como una construcción posterior. Junto a este último arco afloró también una puerta condenada que comunicaba con el coro, y en la pared, junto a la escalera de acceso a la puerta, una pequeña oquedad que hacía de pila de agua bendita. En el mismo corredor bajo, al retirar el enfoscado, surgieron tres arcos dobles condenados que en su día franqueaban el acceso desde el claustro a los confesionarios de la iglesia, y que aún se conservan por el lado del templo. En la crujía este, en la estancia en que se hallaba la capilla y bajo un falso techo de cañizo, se descubrió un alfarje policromado con rosetas entre los casetones. Este techo tiene continuidad, con idénticos motivos, en la sala correspondiente del lado de la iglesia. En el centro del claustro se desenterró la pila octogonal de cantería, que se hallaba bajo un promontorio.

La zona de acceso a la huerta, tras la crujía sur y frente al actual edificio de la Agencia Tributaria, deparó igualmente algunos hallazgos. Aparecieron dos niveles de suelo empedrado y una fosa séptica. Los dos niveles de suelo salieron a la luz siguiendo la trayectoria de unos soportes de madera que proseguían bajo el antiguo piso hasta alcanzar unas basas de cantería sobre pavimento empedrado. El primero de ellos, más extenso, ocupa una superficie de unos 11 por 2,5 m, y se descubrió a una profundidad de alrededor de 0,90 cm; el segundo, 2 m hacia el este del anterior y 40 cm más bajo, apenas alcanza los 0,90 por 1,20 m. La fosa séptica, con una superficie de 3,9 x 2,5 m y algo más de 2 m de profundidad, presenta muros de mampostería basáltica de alrededor de 60 cm de grosor así como tres arcos escarzanos de toba roja que sostenían el techo. Al parecer, en su interior se hallaron restos orgánicos.

Lamentablemente, la huerta del convento, parcelada, quedó adulterada con la construcción de los edificios de Hacienda, del Rectorado, de la casa parroquial, y con la apertura de una nueva calle. Tanto las obras aludidas, como el trazado de la cercana vía de Ronda con sus accesos, destruyeron y semienterraron parte del imponente muro de mampostería que cerraba la huerta y que, a su vez, se erigía en uno de los límites de la ciudad hacia el este, bordeando el barranco. Su trazado se puede apreciar en la cartografía histórica desde el primer plano de Torriani. En la actualidad, los restos de este muro se distinguen con claridad hacia el naciente del Rectorado y a lo largo de las calles Corregidores y Molinos de Agua.

Claustro del Convento de Santo Domingo
Claustro del Convento de Santo Domingo - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde
Columnas toscanas del Convento de Santo Domingo
Columnas toscanas del Convento de Santo Domingo - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde
Arcos condenados del Convento de Santo Domingo
Arcos condenados del Convento de Santo Domingo - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde
Imagen del proceso de restauración de la trasera del Convento de Santo Domingo
Imagen del proceso de restauración de la trasera del Convento de Santo Domingo - Fernando Saavedra Martínez
Lápida del pirata Amaro Pargo en la Iglesia de Santo Domingo
Lápida del pirata Amaro Pargo en la Iglesia de Santo Domingo - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde

Convento de Santa Clara.

En 1544, Alonso de Lugo, hijo del conquistador Bartolomé Benítez, otorgaba testamento manifestando su voluntad de fundar un convento de monjas, inexistente en la ciudad por esa época. Muerto el testador, se llegó a un acuerdo con los franciscanos en virtud del cual éstos se trasladarían al hospital de San Sebastián cediendo su convento a las monjas clarisas. El Cabildo, sin embargo rechazó este convenio y los frailes pleitearon para recuperar su primer asentamiento. La solución se presentó en 1575, cuando Olalla Fonte del Castillo, viuda del regidor Juan Fiesco, cedió su casa y solar a las monjas, obligándose igualmente a fabricarles iglesia. La escritura de fundación se formalizó en 1579. A lo largo del XVII las obras de ampliación fueron frecuentes, no en vano, el convento llegó a albergar 150 monjas, y aún hoy abarca la totalidad de la manzana. En 1697, un incendio destruyó la práctica totalidad del convento, librándose tan sólo una pequeña parte que daba hacia la calle del Agua. La reconstrucción se acometió con celeridad, al punto de que en 1700 se hallaba la obra concluida. Para fomentar la reconstrucción se expidieron licencias facultando la construcción de celdas individuales por cuenta de particulares, quienes podrían cederlas a familiares residentes. Esta medida dio lugar a la formación del beaterio, una serie construcciones adosadas que forman un cuerpo paralelo a la calle Anchieta, con patios privativos hacia la tapia de la calle y común hacia el sur, unificado además hacia este lado por una galería abierta en la planta superior.

La restauración del inmueble comenzó en el año 2000 y se ha realizado en varias fases. Finalizada la misma, el claustro menor ha quedado habilitado como Museo de Arte Sacro. Este claustro cuenta con cerramiento de fábrica original en tres de las galerías, tal como nos sugieren los pies derechos de las esquinas, concebidos para recibir los paños: de contorno semicircular hacia la parte abierta de la galería abierta y planos hacia los muros. Durante la restauración de este claustro se descubrió una puerta condenada bajo la antigua escalera de acceso a la galería superior. El hueco constituye hoy la puerta de entrada al Museo por la calle Viana. Quizá entre los hallazgos más interesantes se cuenten dos franjas de cantería quemada –una en cada planta– descubiertas bajo el enfoscado de la antigua caja de la escalera; ambas constituyen una prueba material del incendio de 1697. Para finalizar, en la calle Ascanio León-Huerta, en la llamada «casa del Mandadero», próxima a la calle del Agua, apareció una ventana con marco de arco dintelado en cantería roja. Se da la circunstancia de que esta ventana originalmente debió ser exterior, dado que cuenta con los característicos asientos de rinconera en los derrames interiores del hueco.

Facha principal del Convento de Santa Clara
Facha principal del Convento de Santa Clara - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde
Fachada de acceso al museo del Convento de Santa Clara
Fachada de acceso al museo del Convento de Santa Clara - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde

Casa Lercaro.

Edificada por el matrimonio formado por Francisco Lercaro de León y Catalina Justiniani hacia finales del XVI. Cuenta con patio interior de tres lados y traspatio, ofreciendo su fachada principal hacia la calle San Agustín. La portada, inspirada en modelos manieristas genoveses, presenta dos cuerpos ornados con cantería almohadillada: el primero con arco dintelado y frontón partido rematando en volutas, y el segundo coronado por un frontón curvo. En el interior destaca el patio, con galerías en tres tramos, dos de ellas apeadas por columnas toscanas de cantería y la otra, al fondo del patio, sobre pies derechos de madera con zapatas. Esta última galería fue adosada a la lateral en una época posterior a la construcción de las primeras. Desde el patio se puede apreciar una tercera altura, correspondiente al cuerpo del granero, que se eleva en esta crujía posterior

El proyecto de restauración es de 1984. Entre los aspectos más interesantes de la misma destacamos la recuperación de las columnas que soportan la galería de la primera crujía, que se hallaban embutidas entre muros de fábrica, y el descubrimiento de una bóveda catalana bajo el segundo tramo de escalera, así como de un arco, igualmente de ladrillo, en la caja de la escalera. Se trata de un hallazgo, si no excepcional, cuando menos atípico en la arquitectura insular, toda vez que la utilización del ladrillo no fue demasiado habitual. Con respecto a la bóveda catalana, por lo que se conoce, se trata de la más antigua documentada en Canarias. La restauración de la fachada también deparó hallazgos interesantes. Entre ellos, la constatación de que la misma está integrada por dos construcciones diferentes, una principal y otra de menor tamaño, en la esquina con la calle Tabares de Cala, que no se apareja, sino que se adosa a la principal, resultando con toda seguridad una construcción independiente que se incorporó al edificio. En las imágenes anteriores a la intervención se aprecian asimismo tres puertas bajas típicas de finales del XIX o principios del XX, estrechas, de doble hoja y montante acristalado. Estos huecos, que distorsionaban la lectura de la fachada, fueron suprimidos, recuperando a su vez los ventanillos originales, uno de los cuales apareció entero bajo el enfoscado (de los otros dos restantes tan solo aparecieron piezas del cerco de cantería, aprovechadas como relleno sobre los dinteles de las puertas). Asimismo, bajo el enfoscado afloraron los cercos de cantería de las ventanas superiores, unas figuras esgrafiadas junto a la portada y un enlucido llagueado que, curiosamente, volteaba por la calle Tabares de Cala y volvía a girar coincidiendo con la anchura de la primera crujía, quedando solapado por la adición posterior de la crujía lateral (paralela a la calle Tabares de Cala); acción igualmente indicativa de que esta última crujía forma parte de una ampliación del edificio.

Fachada principal de la Casa Lercaro
Fachada principal de la Casa Lercaro - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde
Obras de restauración del patio de la Casa Lercaro
Obras de restauración del patio de la Casa Lercaro - Museo de Historia y Antropología de Tenerife
Patio de la Casa Lercaro
Patio de la Casa Lercaro - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde

Casa de Nava.

Tomás Grimón, regidor y alcaide del Castillo de San Cristóbal (Santa Cruz), comenzó a edificar esta casa hacia 1585. La portada, de lineamientos clásicos, se atribuye al cantero Diego Díaz, y en su esquema destacan las dobles columnas corintias sobre plinto, el balcón central sobre canes en «S» tendida y el vano central, en correspondencia simétrica con la puerta, repitiendo la solución de columnas pareadas y coronando con un frontón partido de influencia manierista. A lo largo del XVII se emprendieron frecuentes mejoras y reparaciones en la vivienda. Tomás de Nava y Grimón, sucesor en los mayorazgos familiares, fue nombrado primer marqués de Villanueva del Prado en 1666. La necesidad de convertir la fachada de su propia casa en trasunto de esta nueva distinción social y la rivalidad que sostuvo con otra figura de la alta sociedad lagunera, el conde del Valle de Salazar, por el patronato del convento agustino, constituían motivos suficientes para emprender una reforma de la fachada. Máxime cuando Cristóbal de Salazar ya las había acometido en la suya (1681). La semejanza formal en los remates de ambas las fachadas, ya inequívocamente barrocos, ha llevado a atribuirlas a un mismo artífice: Andrés Rodríguez Bello. En la década de 1770, Tomás de Nava Grimón y Porlier, V marqués, reviste la fachada enteramente de cantería y encarga la construcción de la escalera de mármol. Tanto los remates de los huecos de la planta alta como la balaustrada del parapeto corresponderían a esta intervención.

En el interior destacan el patio principal, de cuatro lados y la escalera. Las columnas, de cantería gris, disponen de plintos decorados, fustes de factura mixta, acanalado en el primer tramo y con estrías helicoidales en el segundo, y capiteles corintios bajo zapatas de madera. La escalera de mármol es abalaustrada y de tres tramos con dos descansillos. La pesadez de su estructura obliga a apear el rellano superior con una columna toscana. El cerramiento se resuelve con un artesonado ochavado que combina destreza y lacerías mudéjares con el cromatismo de influencia portuguesa. La escalera, coronada por el escudo familiar en el almizate, se convierte en un elemento ritual que permite la continuidad del patio en la galería superior, transformándose en una «galería de comunicación vertical» con una estudiada funcionalidad escénica.

El edificio, a mediados del siglo XX, padeció algunas intervenciones desafortunadas. Entre ellas se cuenta la división del inmueble en dos viviendas que, si bien compartían el patio principal, no hacían lo propio con el trasero ni con la huerta, que fueron seccionados. Igualmente desacertada fue la colocación de un forjado de hormigón en una de las habitaciones principales de la crujía norte. A juzgar por la altura original de la estancia, debía tratarse de una de las principales de la casa. La última actuación en la casa corresponde al año 2006, centrándose principalmente en aspectos de conservación. Sin embargo, dado el nivel de alteración, especialmente en torno al segundo patio, también se abordó la eliminación de algunos añadidos discordantes. Tras la puerta de acceso al segundo patio, a espaldas de la escalera principal, descontextualizada e inserta en un cajeado de hormigón, se conservaba media columna –el capitel corintio y el fuste helicoidal– idéntica a las del patio principal. En principio se atribuyó su pertenencia original a este espacio; la jerarquía y las dimensiones del segundo patio son menores y, además, cuenta con soportes de madera. Ahora, sin embargo, también se especula con la posibilidad de que fuese concebida in situ para ese espacio de transición.

Fachada de la Casa de Nava
Fachada de la Casa de Nava - Concejalía de Patrimonio Histórico del Ayuntamiento de San Cristóbal de La Laguna
Patio de la Casa de Nava
Patio de la Casa de Nava - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde

Ayuntamiento y casa del Corregidor.

A comienzos de la década de 1820, la fachada porticada del cabildo amenazaba ruina, por lo que se decidió demolerla y edificar otra siguiendo los lineamientos de Juan Nepomuceno Verdugo: planta baja porticada, cinco vanos por cuerpo alineados en ejes verticales separados por pilastras de orden gigante, cornisa y parapeto corrido, y remate en frontón curvo. La gramática neoclásica, elocuente expresión del ideal de autoridad, se exhibía en la fachada consistorial coincidiendo con todo el proceso de pérdida de la capitalidad por parte de La Laguna, y representa quizá un último estertor de la ciudad reivindicándose como tal.

La obra, con todo, sufrió retrasos y se culminó a lo largo de la primera mitad del XIX. Al demoler la fachada se comprobó además que el resto del edificio no se hallaba en mejores condiciones y que urgía reformar, entre otras dependencias, el antiguo salón de sesiones. El proyecto se encargó al arquitecto Manuel de Oraá, si bien no arrancó hasta 1860 en el contexto de las obras de ampliación del ayuntamiento.

Fachada del Ayuntamiento
Fachada del Ayuntamiento - Concejalía de Patrimonio Histórico del Ayuntamiento de San Cristóbal de La Laguna

La casa del Corregidor se edificó coincidiendo con la tercera reconstrucción de las vecinas casas del Cabildo, en 1540. En su fachada, hacia la calle Carrera, destaca la portada de cantería roja enmarcada por un alfiz de reminiscencia mudéjar, si bien en el interior de este conjunto se barajan elementos platerescos como las columnas abalaustradas que flanquean el vano superior. Tres escudos blasonan esta portada: en la parte inferior izquierda, el del corregidor Sotomayor; en la derecha, el de la isla de Tenerife; y en la parte superior, el escudo imperial de Carlos V. Una inscripción situada en el lado derecho de la fachada deja constancia de la fecha de conclusión: 1545. El interior del edificio se halla muy alterado. En el patio, sin embargo, se conserva una construcción de anchos muros de mampostería, de alrededor de 1,40 m de grosor, descargando una bóveda de cantería basáltica en el cuerpo inferior: la cárcel. Es posible que se trate de una de las obras acometidas en el XIX tras la absorción de esta casa por el Ayuntamiento (1860). El recinto cuenta con 4,5 m de ancho y unos 10 de largo. El pavimento original de losa basáltica se conserva tan sólo en la segunda mitad del mismo, que ha sido atajado con un muro divisorio. Aunque en la actualidad es usado como depósito, en la pared del testero se conservan aún dibujos de los presos representando vapores y otras inscripciones.

Fachada de la Casa de los Corregidores
Fachada de la Casa de los Corregidores - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde
Cárcel de la Casa de los Corregidores
Cárcel de la Casa de los Corregidores - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde

Casa Alvarado-Bracamonte o de los Capitanes.

Este inmueble formó parte de la dote aportada por Baltasar Vergara y Grimón, primer marqués de Acialcázar, a su hermana María, que contrajo matrimonio con Diego Alvarado de Bracamonte (1580?-1636), gobernador, corregidor y capitán a guerra entre 1624 y 1631. La casa fue habilitada por Diego Alvarado Bracamonte Vergara y Grimón (1631-1681), general de Artillería y ministro del Consejo de Guerra, quien casó con la hija del Capitán General de Canarias, Ana María de Benavente y Quiñones. Su ascenso social, jalonado por sonados éxitos militares, fue reconocido con la concesión del título de marqués de la Breña (1681). Los inmediatos sucesores del título y de los mayorazgos de los Alvarado-Bracamonte residirán en la Corte. A principios del XVIII varios capitanes generales fueron inquilinos en esta casa, al igual que el obispo Lucas Conejero Molina (1721).

Destaca, en su fachada, la portada de cantería roja de gusto manierista, con un esquema de huecos dintelados flanqueados por pilastras almohadilladas, balcón sobre ménsulas y frontón triangular partido decorado con dentículos. En el interior llama la atención el patio, de cuatro lados, con soportes originales en tres de ellos alternando las columnas toscanas sobre plinto con los soportes lígneos de zapatas.

La restauración del inmueble concluyó en 2007. La actuación contemplaba sustituir un cuerpo espurio que cerraba el patio en «L» por el sur, construido durante las primeras décadas del siglo XX, por otro que claustra igualmente la planta mimetizándose con el preexistente. La justificación de esta nueva edificación estribaba en el hallazgo de unos pedestales de cantería sobre base de ladrillo, en los que parece que descargó una antigua galería. Las características de estas bases de ladrillo, que se hallan al mismo nivel que los plintos del patio, no se corresponde con la calidad del resto de los soportes del patio ni, probablemente, con la visión unívoca del mismo que se pretendía transmitir, contradiciendo la idea misma de contemporaneidad con el resto. Durante la restauración afloraron elementos interesantes como el esgrafiado de la fachada, describiendo una balaustrada bajo el alero; dos tipos diferentes de pavimento en el corredor bajo de la galería este (uno adoquinado en el tramo central y otro empedrado en la esquina sur); y, ya en la antigua huerta de la casa, un pozo o fosa séptica construida sobre un banco de mampostería rectangular de 3 por 2,5 m, con tres arcos rebajados de ladrillo para descargar el piso.

Fachada de la Casa de Alvarado-Bracamonte o de los Capitanes
Fachada de la Casa de Alvarado-Bracamonte o de los Capitanes - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde
Patio de la Casa de Alvarado-Bracamonte o de los Capitanes
Patio de la Casa de Alvarado-Bracamonte o de los Capitanes - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde