Itinerario I

Tanto el trazado de sus calles, como la organización del parcelario y la distribución de las plazas en el entramado urbano son motivos esenciales que convierten a San Cristóbal de La Laguna en Ciudad Patrimonio de la Humanidad. En los principales repartos urbanos que se otorgan en la ciudad, una vez conquistada la isla, es posible constatar cómo los oficiales y comisionados del Cabildo trazaban primero las calles y, una vez alineadas estas, se parcelaban y medían los solares, procediéndose luego al reparto entre los beneficiarios. El hecho de subordinar la parcela privada al viario ya es indicativo de una clara vocación ordenadora del crecimiento urbano, que debía constreñirse a un área delimitada con anterioridad para no invadir la dehesa. La propia traslación del núcleo de la incipiente ciudad a la Villa de Abajo sugiere la inclinación del Adelantado y el Concejo por conseguir un diseño ordenado en el que prevaleciese el concepto de calle recta y manzana regular, idea que ya contaba con una larga tradición en los campamentos militares y que ya había sido puesta en práctica en algunos asentamientos permanentes tras la Reconquista. Esta determinación institucional para normalizar el entramado viario se impondrá poco a poco sobre los intereses individuales y la mentalidad campesina de muchos pobladores: en una fecha tan próxima a la fundación como la de 1514, el núcleo de la Villa de Abajo contaba con siete calles reconocidas como tales, mientras que la Villa de Arriba, con su urbanización espontánea y no planificada no disponía de una calle que mereciese tal nombre. La urbanización de la ciudad, sin embargo, debió aplicarse en parte sobre ciertos terrenos que ya habían sido objeto de adjudicación, y cuya propiedad era preciso respetar –especialmente en una época en que debía fomentarse el poblamiento–, razón por la cual algunas calles no resultaron del todo rectas ni otras manzanas del todo regulares. Las propias ordenanzas del Cabildo, en sus primeras recopilaciones, conceden importancia a la calle como espacio público, disponiendo que la gente que trabajaba en la edificación de sus casas desembarazase la calle de escombros y prohibiendo ciertas prácticas como la de apilar leña, quemar paja o dejar los cerdos sueltos en ellas.

Tramo empedrado de la calle Obispo Rey Redondo (antigua La Carrera)
Tramo empedrado de la calle Obispo Rey Redondo (antigua La Carrera) - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde

Las calles principales, las que en mayor medida participan en la articulación del trazado urbano son: la de la Carrera (actual Obispo Rey Redondo), la vía de comunicación más importante entre la plaza del Adelantado y la Villa de Arriba, con la plaza de Los Remedios y la iglesia como hito intermedio; la calle Herradores, nexo de conexión entre el camino de Santa Cruz y las vías que desde la Villa de Arriba discurrían hacia el norte de la isla; la calle del Agua (actual Nava y Grimón), con salida hacia el convento de San Francisco, desde donde partían los caminos de Las Mercedes y la Rúa, y en el transcurso de la cual se hallaban el convento de las Claras y el hospital de San Sebastián; y la calle San Agustín, con el convento agustino y el hospital de Dolores como inmuebles más significativos, que conducía hasta el borde mismo de la laguna y tenía salida asimismo hacia los caminos que conducían al norte de la isla.

Otro de los factores que ha dejado su huella impresa en la configuración urbana es el parcelario. Al margen del tamaño de la parcela, relacionado con la condición social del ocupante, el denominador común del parcelario ha sido la planta ortogonal, mayoritariamente rectangular y con desarrollo en sentido perpendicular a la calle; además de la presencia consuetudinaria del «corral», un espacio que ha sido ocupado históricamente por el patio, la huerta, los corrales y otras dependencias auxiliares, y hacia al que se ha extendido la edificación, en el transcurso de sucesivas ampliaciones, mediante el añadido de crujías a escuadra en torno a un patio, con el cuerpo principal emplazado siempre en uno de los lados menores de la parcela y frontero con la calle.

El secular estancamiento demográfico de La Laguna favoreció la conservación de este parcelario, en el que la fronda de jardines y huertas interiores se convirtió en un elemento caracterizador del mismo, permaneciendo casi inalterado hasta la segunda mitad del siglo XX, por lo que su contemplación desde la cercana montaña de San Roque, debía resultar, tal como nos muestran las fotografías, similar a la que describiese el ingeniero italiano Torriani en el XVI, con «las calles rectas [y] las casas llenas de árboles».

El tercer elemento articulador del espacio urbano de San Cristóbal de La Laguna son las plazas. Por sí mismas son espacios generadores de trazado y de tejido edilicio que termina subordinando las edificaciones circundantes a sus contornos. La plaza de San Miguel o del Adelantado, por ejemplo, determina el arranque de dos de las calles principales del trazado: la del Agua y la de la Carrera, que junto con San Agustín y Herradores sirvieron de guía para la traza de las calles secundarias.

La plaza del Adelantado. La traslación de las sesiones capitulares a las casas del Adelantado y la ordenanza, prohibiendo la construcción de inmuebles en la Villa de Arriba, constituyeron una meditada decisión que pude calificarse como de auténtica «refundación» de la ciudad. El lugar elegido, hacia el sureste del asentamiento original, se hallaba en una zona más llana, menos afectada por el insalubre estancamiento de las aguas de la laguna durante el estío, rodeado de cursos de agua y en una posición estratégica más favorable que la anterior, dominando el camino que ascendía desde el puerto.

Plaza del Adelantado (con la Ermita de San Miguel al fondo)
Plaza del Adelantado (con la Ermita de San Miguel al fondo) - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde

La construcción, en 1505, de la ermita de San Miguel; la edificación de la sede del Cabildo, con la audiencia y la cárcel, a partir de 1512; y la temprana resolución (1511) de llevar el agua de abasto público a la plaza canalizándola desde los montes de Tegueste y Las Mercedes, son tres de los hitos que marcan el reconocimiento de este espacio público, refrendado luego por decisiones estratégicas y simbólicas como las de situar aquí la carnicería y la pescadería, así como la picota y el rollo, lugar donde se ejecutaba y se sometía a escarnio público a los penados. El establecimiento de las instituciones de gobierno es, en consecuencia, prácticamente simultáneo al de la generación del espacio físico de la plaza y, a su vez, serán los propios inmuebles los que definen el perímetro de la misma y los que le infundirán parte de su simbolismo. Muy pronto se convirtió en el centro de la vida pública. En 1522 el Cabildo acordó hacer la carnicería en la plaza, y en 1524 encargó la obra de la fuente, cuyos pilares debían contar con basas, capiteles ochavados y molduras, con las armas del escudo real en los capiteles. En 1526 obligaba a los vendedores a hacer mercado en la misma y, en 1538, tras el incendio de las casas del Cabildo, decidió reconstruirlas en el mismo lugar.

Con el tiempo adquiriría la consideración de plaza mayor y, si bien su planta no era del todo regular, algunas disposiciones administrativas persiguieron –sin conseguirlo– homogeneizar su contorno a la manera de las plazas mayores castellanas, facultando a los vecinos de la plaza para que construyesen soportales en las fachadas. En 1585 comenzó a edificarse en uno de los extremos la casa solar del regidor Tomás Grimón, que tras sucesivas reformas ha llegado hasta nuestros días bajo la denominación de palacio de Nava, marcando el inicio de la calle del Agua. Hacia finales de siglo, además del Corregidor, residían en la plaza los regidores Hernando del Hoyo, Francisco Alzola de Vergara y Alonso de Llerena.

En la plaza, por ser la principal, se leían los pregones, se celebraban las proclamaciones reales y se organizaban festejos. Era, además, el punto de confluencia de las procesiones más importantes, siendo la más popular la del Paso, en la tarde del Miércoles Santo, donde se encontraban las imágenes de Jesús Nazareno y Nuestra Señora, ambas procedentes del convento agustino.

En el transcurso de los siglos XVI y XVII la plaza permaneció como un espacio expedito de tierra, sin otro motivo ornamental que la fuente de abasto público. El plano de Torriani (1588) muestra una plaza de contorno más irregular que el actual, sobre todo en la zona coincidente con la esquina sureste. Tampoco durante el siglo XVIII dispuso la plaza del Adelantado de pavimento. Los edificios tenían frontera con la plaza sin que existiese ningún elemento delimitador o de transición entre ambos (vías, muros o pretiles). Tan solo a finales de la centuria, en 1798, se registran algunas obras de pavimentación en las calles que rodeaban la plaza y que afectaron al empedrado de la calle Santo Domingo.

Plaza de Santo Domingo
Plaza de Santo Domingo - Javier Soler Segura y Miguel Machado Bonde

Durante la Ilustración, la mayoría de los edificios que rodean la plaza fueron objeto de remodelaciones que afectaron al ámbito público: su fachada, imponiéndose las convenciones del lenguaje neoclásico, sobre todo en lo tocante a la regularización de los vanos, así como a la construcción de parapetos para ocultar aleros y cubiertas. En 1841 se aprobó el primer proyecto centrado exclusivamente en hermosear la plaza, recogiendo además la vieja idea de crear una alameda. En el presupuesto se desglosan, entre otros capítulos, el importe de la cantería para los bordillos, la zahorra para la composición del piso, la construcción de canapés, el plantío de los árboles y canalizaciones para el regadío de los mismos. La obra finalizó en 1843. Este proyecto urbanizador coincide además con la instalación del mercado y el matadero en uno de los costados (este) de la plaza, reformando la casa del Granero para este cometido. Terminada la plaza y provista ya de una pequeña alameda –que ya se refleja en el plano de Pereira Pacheco, de 1855– el siguiente paso consistía en adquirir un elemento ornamental que la caracterizase como espacio público.

Plano
Plano - Pereira Pacheco (1809)
Plano
Plano - Pereira Pacheco (1831)

Durante el siglo XVIII se habían introducido los primeros adornos marmóreos en Tenerife, encarnados por alegorías y fuentes, en plazas y alamedas. Estas fuentes, en el XIX, ya no cumplían otra función que la estética. La fuente de mármol se encargó en Marsella, y arribó al puerto de Santa Cruz en abril de 1869. La verja de hierro forjado que habría de protegerla llegó a su vez en el mes de julio. Desde la década de 1870 hasta finales de siglo, las actuaciones en la plaza se dirigieron a crear zonas ajardinadas entre los paseos. Estos jardines no figuran en la representación de la plaza que plasmara Alejandro de Ossuna en una acuarela cercana a 1870; tan sólo aparecen la alameda, muy concurrida, y los bancos alineados con los paseos. Sin embargo, sí que se puede apreciar esta mejora en una fotografía de la fuente fechada hacia 1880, donde aparecen, en segundo plano, unos jardincillos delimitados por arbustos. En el plano de Juan Villalta (1899) ya se distinguen claramente cuatro parterres en forma de enjutas rodeando la fuente. En 1904 se pavimentaron con cemento los paseos principales, y en 1912 volvieron a modificarse los jardines interiores. Otra fotografía, de la década de 1920, nos permite apreciar transformaciones en los jardines: algunos de los setos que los delimitaban desaparecieron, y se crearon pequeños montículos con plantaciones que a su vez originaban paseíllos entre ellos. Las fotografías de esta época muestran, ya en los paseos perimetrales, unas alamedas perfectamente definidas, con sus bancos e hileras de árboles, pavimentadas con baldosas de cemento y con alcorques circulares en torno a los árboles.

Plaza de la Concepción. El primer emplazamiento de este templo se hallaba, según las referencias más antiguas, «a un tiro largo de piedra» del actual. Esta iglesia primitiva, bajo la advocación de Santa María la Mayor, sin duda contó con una pequeña plaza en torno a la cual se habrían edificado las primeras casas de la villa. Si bien no se ha realizado una excavación arqueológica, algunas indicaciones del plano de Torriani, bajo la intitulación de «Villa Vechia», la ubican de forma inequívoca hacia el lado este de la actual calle marqués de Celada, en el primer tramo de la misma partiendo desde La Concepción y en el interior de una manzana ya urbanizada, lindando con casas y con corrales de otras viviendas cuya fachada se orientaba hacia la calle trasera, la actual calle Maya, presentando una pequeña embocadura de acceso hacia la calle Marqués de Celada. Se la representa con un perímetro irregular, y parece que parte de la superficie original de la plaza pudo haber sido invadida por alguna de las casas que siguen la alineación de la calle. En el plano se aprecia, con todo, que aún por esa época (1588) varios inmuebles disponían de fachada a la plaza.

Plaza de La Concepción
Plaza de La Concepción - Concejalía de Patrimonio Histórico del Ayuntamiento de San Cristóbal de La Laguna

Fue a partir de 1511, año en que se decidió cambiar la ubicación del templo desplazándolo hacia el sur, cuando La Concepción se convirtió en el principal nudo urbanizador de la Villa de Arriba. El espacio inmediato al templo prosperó lentamente debido a la atonía inicial que caracterizó la fábrica. Sin embargo, por la propia disposición de la iglesia y de las calles que, desde la Villa de Abajo, desembocaban en La Concepción, a ambos costados de la iglesia se desarrollaron sendas plazas casi independientes, cada una de ellas provista de una funcionalidad específica.

Plaza del Dr. Olivera
Plaza del Dr. Olivera - Concejalía de Patrimonio Histórico del Ayuntamiento de San Cristóbal de La Laguna

Hacia el sur del templo se abría la plaza de la Antigua (actual Dr. Olivera). Ubicada entre las actuales calles Herradores y Marqués de Celada (antiguas Mesones y Empedrada), la plaza constituía el nodo de conexión entre el camino de Santa Cruz, cuya prolongación urbana era la calle Herradores, y los caminos que conducían a las feraces tierras de cultivo del norte de la isla, Tacoronte y Valle de la Orotava, tornándose en uno de los enclaves más transitados de la ciudad y lugar de parada y fonda obligatorio del trayecto. En la época de los carruajes se convirtió en la plaza de la Estación y, en 1901, con motivo de la instalación de la línea de tranvías, aquí se situará la parada más importante. Durante la segunda mitad del XIX fue objeto de pequeñas actuaciones como el plantío de árboles y la delimitación de su contorno respecto a la calle. Con motivo de la ubicación de la parada del tranvía, en 1901, el muro perimetral se retranqueó unos metros hacia la iglesia.

La otra plaza, hacia el norte, era conocida indistintamente por plaza de la Concepción o de la Pila Seca. En 1522 se decidió que el agua de abasto público, además de a la plaza principal (Adelantado), debía conducirse a otras dos fuentes, una en los Remedios y otra en La Concepción.

 
Plaza de Los Remedios con La Catedral
Plaza de Los Remedios con La Catedral - Concejalía de Patrimonio Histórico del Ayuntamiento de San Cristóbal de La Laguna

La ubicación de esta última fuente y los problemas que comportaba el traslado del agua desde el punto de bifurcación del canal, cercano al convento de San Francisco y con escaso desnivel hacia la zona de La Concepción, fueron en parte responsables de la curiosa planta que presenta este espacio. Desde el primer tercio del XVI, al ámbito propio de la plaza de la iglesia se incorpora otro de factura trapezoidal, como un apéndice de la zona inmediata a la iglesia, que se prolonga hacia el extremo sur, donde el desnivel es más acusado y podía ubicarse la fuente. Se tiene constancia documental de la existencia de un primitivo puente que salvaba el antiguo barranco que recorría la zona. Desde el momento en que se construyó el pilar, el lugar pasó a denominarse plaza de la Pila Baja o de la Pila Enterrada: al margen del desnivel, se había soterrado la misma con el fin de procurarle algo de presión al agua. El acuerdo para construir la fuente en la plaza de La Concepción es de 1525, aunque no se ejecutó por falta de fondos. En 1530 la fuente ya se hallaba en funcionamiento, si bien los problemas de falta de presión aludidos provocaron que pronto dejase de manar agua y recibiese el nombre de plaza de la Pila Seca. En 1561 se ordenó su reparación, pero hacia 1575 la fuente no constituía más que un elemento ornamental. Por esta época se la conocía indistintamente por plaza de la Pila Seca o de La Concepción, unificándose ambos espacios con el transcurrir del tiempo.

En la cartografía histórica se puede apreciar que por el flanco oeste, frente a la pila, discurría un callejón hacia la actual calle Herradores. Este callejón desapareció, absorbido por la manzana, hacia mediados del siglo XIX, si bien la estrechez del parcelario en el tramo en que se hallaba refleja claramente su antigua ubicación. Entre el último cuarto del XIX y el primero del XX, la plaza fue objeto de una serie de transformaciones entre las que se cuenta el traslado de la fuente a la actual plaza de la Junta Suprema, la instalación de una torre transformadora de electricidad y el ajardinado central. Junto a la pared lateral del Evangelio se puede apreciar en la actualidad un resto de adoquinado que, al igual que el que se conserva en la zona baja de la plaza, en torno a la torre transformadora, poco tiene que ver con el original. Levantado de las calles, se utilizó en el último cuarto del siglo XX para «embellecer» el interior de algunas plazas, lugar para el que, demás está decirlo, no fue concebido originalmente.

Plaza de los Remedios. En 1515 el Cabildo decidió promover la erección de una parroquia en la Villa de Abajo con la idea, apenas disimulada, de que en un tiempo pudiese convertirse en un gran templo capaz de albergar una sede episcopal. La iniciativa para su construcción partió del Cabildo y del Adelantado, quienes, deseosos de favorecer el crecimiento de la Villa de Abajo, cedieron en 1515 los terrenos para tal fin. La iglesia debía construirse aprovechando una ermita que ya existía en el lugar, edificando la capilla hacia los corrales del Cabildo, de manera que quedase «la iglesia, su capilla y su cementerio e plaça todo conpasado». La plaza perderá amplitud conforme vaya creciendo el templo, primero, con el aumento del buque o la nave central (1520-1523), y luego con la ampliación a tres naves, en 1559. Se desarrollaba hacia el oeste, el sur y el norte de la fachada principal de la iglesia, siendo más amplia que en la actualidad, como se aprecia en el plano de Torriani. Por la trasera del templo corría un callejón que quedará suprimido con la ampliación del siglo XVIII.

Consolidando esta zona mediante la creación de un espacio relevante, se conseguía proyectar el crecimiento urbano hacia la Villa de Arriba. Era solo cuestión de tiempo que la trama acabara de cerrarse. En este sentido, la calle Carrera se convirtió en el eje que vertebraría la unión de ambas villas, contando con dos plazas en los extremos y con otra a mitad del recorrido. Con la erección del templo se escenificaba además la separación entre los poderes civil y eclesiástico: el primero con sede en la plaza del Adelantado y el segundo en Los Remedios.

A principios de la década de 1520 se resolvió que el agua de abasto público alcanzase esta plaza, donde debía colocarse una fuente. Las Ordenanzas Viejas, recopiladas en 1540, disponían que se fabricase aquí un pilar con figuras antropomorfas y un león. La fuente, sin embargo, no se llegó a colocar nunca, y se fueron sucediendo diferentes proyectos sin que ninguno cristalizase. En 1526 se autorizó la presencia de dos vendedoras en la plaza, pudiendo vender pan cocido, verdura y frutas, y teniendo vedada la venta de carne, pescado y caza, que debía realizarse en la plaza principal, donde se hacía el mercado. También se leían aquí los pregones y se celebraban remates de rentas, como en una plaza principal.

Durante el siglo XVIII resurgirá la vieja aspiración de contar con una sede catedralicia. En la década de 1730 arrancan las obras que, hacia mediados de siglo, concluirán con un templo ampliado a cinco naves y provisto de cúpula sobre el crucero, además de una nave más amplia, con nuevo presbiterio, que acabó absorbiendo parte del antiguo callejón de las Emparedadas o del Emparedamiento.

A comienzos del XIX, ya inmersos en el proyecto de la Catedral, los hermanos Bencomo promovieron la reedificación de su fachada. Cristóbal Bencomo remitió los planos que Ventura Rodríguez había diseñado para la catedral de Pamplona. Juan Nepomuceno Verdugo da Pelo y Juan Díaz se encargaron de adaptarlos suprimiendo elementos ornamentales y simplificando el diseño. Las obras, que se dilataron más de la cuenta, acabaron dotando al templo de una nueva fachada de estética neoclásica, con columnata central exenta de orden toscano, entablamento y remate en frontón triangular.

A principios del XX, sin embargo, el edificio presentaba graves problemas estructurales -el empuje de la bóveda amenazaba con colapsar los arcos del crucero-, por lo que se decretó su cierre y se encargó un nuevo proyecto al ingeniero Rodrigo de Vallabriga, quien demolió todo el cuerpo de la iglesia, salvo la fachada, y erigió otra nueva con cubiertas neogóticas de hormigón armado y planta en cruz latina.

Su significación como plaza, desde el punto de vista urbano, no fue tan relevante como la plaza del Adelantado. Al margen de la consideración de la primera como un hito fundacional, el espacio de la plaza de Los Remedios quedó subordinado a la ampliación del templo. Parece que con el transcurrir del tiempo la plaza fue perdiendo muchas de sus antiguas funciones urbanas, perjudicada por las continuas e inacabables obras de la Iglesia. Tal es así que, durante el primer cuarto del XIX, el lugar se utilizaba como escombrera de todo el vecindario e, incluso, como basurero. En 1830 se construye un pretil de cantería que delimita la plaza con respecto al viario; en 1860 se planta de álamos; y en 1888 comienza a enlosarse, concluyéndose la pavimentación a finales de siglo mediante una suscripción popular. Los macizos de vegetación y el pequeño estanque que hace esquina con la calle Bencomo son de principios del siglo XX. En el transcurso de las últimas obras de urbanización de la plaza han aparecido restos de pavimento empedrado con un bordillo bien alineado y otras estructuras, alguna de ellas atribuible, presumiblemente, a un antiguo inmueble. Los restos han sido delimitados en tres diferentes ámbitos que se hallan pendientes de excavación. A modo de curiosidad, en el lado de la plaza orientado hacia la calle Bencomo, aún se conserva un fragmento del antiguo enlosado –probablemente de la época en que la plaza contaba con pavimento empedrado o de tierra– destinado a resistir el vertido de una de las gárgolas laterales de la fachada. Igualmente, uno de los antiguos bordillos de cantería basáltica, en la esquina con Bencomo, presenta un grabado cuadrangular (otro idéntico lo hallamos en la calle Santiago Cuadrado) cuya interpretación se desconoce.

Otras plazas. La temprana instalación de las órdenes monásticas –franciscanos y agustinos acompañaban a Lugo en la conquista– y la construcción de los conventos comportó la generación de otros nodos y espacios en torno a los cuales creció el tejido urbano. Tal sucedió con los conventos agustino y dominico.

El primero, más antiguo (las obras comenzaron en 1506), marcó en su momento el límite de la Villa de Abajo. La demolición de la vieja iglesia y la construcción de otra nueva retranqueando la fábrica hacia el este, entre las décadas de 1760 y 1780, dejó espacio a una plaza más amplia a la entrada de la iglesia y el convento. Tras la desamortización y la posterior creación del Instituto de Segunda Enseñanza, la plaza adquirió una vitalidad hasta entonces desconocida. En 1902 se aprobó un proyecto que incluía el enlosado y el ajardinado de parte de la plaza, además del cerramiento de rejería sobre zócalo que aún conserva. Las recientes obras de peatonalización de la calle han respetado el enlosado original de la acera, frontero con el muro de la plaza.

El convento dominico comenzó a fabricarse en 1527, en el extremo sureste de la población, aprovechando como templo la antigua ermita de La Concepción. Cotejando los diferentes planos de la ciudad desde el siglo XVI, se observa que la zona apenas sufrió alguna variación hasta el siglo XX. Tan solo se aprecia, durante el último cuarto del siglo XIX, la plantación de árboles en el espacio que se abre hacia el costado norte de la Iglesia, ocupado hoy por el edificio de Correos.

El convento de San Francisco, situado en un lugar más excéntrico, tardó bastante más en integrarse en la trama urbana, a pesar de que en ella desembocan tres calles: la del Agua, Viana (antigua del Pino) y Tabares de Cala (Los Álamos), y que, desde el costado norte, partían sendos caminos hacia el Llano: el de la Rúa y el de Las Mercedes. Hasta entrado el siglo XX el espacio permaneció sin pavimentar, tan sólo se puede apuntar, hacia finales del XIX, el plantío de árboles a lo largo del perímetro. A partir de 1839, cuando la casa conventual se convirtió en cuartel, se utilizó la plaza como campo de maniobras. Parce que hasta principios del siglo XX existía una era en su interior, que se utilizaba para la celebración de algunas fiestas populares y que incluso sirvió como lugar de pasto, de lo que se traduce que, más que una plaza urbana, se trataba de una explanada inmediata al casco, que fue aprovechada por la ciudad como un espacio multifuncional.