Historia II: Conquista y asentamiento europeo

Al contingente poblacional resultante de la conquista, compuesto fundamentalmente por militares y aborígenes, se sumaron oleadas migratorias sucesivas de campesinos, artesanos y comerciantes portugueses; una cantidad no desdeñable de esclavos berberiscos y negros para las plantaciones de azúcar; y un número representativo de la burguesía mercantil y financiera –genoveses, flamencos y catalano-aragoneses– que, bien había participado como acreedora en la conquista, bien se incorporaba en una segunda fase dispuesta a invertir en el negocio azucarero, planificado desde el instante en que se dominaron las islas. Nos hallamos, por tanto, ante una tierra de frontera donde confluyen grupos humanos heterogéneos. Un crisol en el que entran diferentes etnias y credos, y dentro del cual debía forjarse una sociedad estable y más o menos estructurada en torno a una tradición cultural y unas instituciones implantadas por los conquistadores. Canarias, se ha apuntado, encarna el primer ejemplo histórico de movilidad social provocado por el naciente proceso de expansión europea transatlántica.

Las relaciones sociales entre los primeros colonos debían ser menos rigurosas que las vigentes en sus lugares de origen, toda vez que la distancia y el desconocimiento de antecedentes personales desleían muchos condicionantes previos y propiciaban un tejido social más permeable y con posibilidades de promoción. La clase dominante, con todo, se configuró en torno a la jerarquía eclesiástica, a la burguesía mercantil y financiera, y a los militares más distinguidos que acompañaron al Adelantado Alonso Fernández de Lugo, contribuyendo con hombres y armas a la conquista. Este grupo estaba conformado, grosso modo, por una pequeña nobleza de ascendencia bajomedieval que había prosperado en su carrera militar durante la Reconquista y que ahora buscaba nuevas empresas en las que embarcarse.

En este sentido, uno de los principales factores de distinción social radicaba en los repartos de tierra o «datas» con las que el Adelantado correspondía a los militares partícipes de la conquista y a los prestamistas que la habían financiado. En estos repartos se aprecia la inclinación de Fernández de Lugo por la gran propiedad, privilegiando el cultivo de la caña de azúcar para la que destinó los mejores terrenos, cercanos a la costa, con abundante agua y buena insolación. Tal es así que las tierras más preciadas las reservó para sí mismo (Los Realejos), para algunos de sus deudos (La Orotava) o para mercaderes de reconocida solvencia, capaces de afrontar los gastos de roturación, irrigación y construcción de ingenios que aparejaba este cultivo (Daute). La propiedad de la tierra constituyó, por tanto, la base sobre la que edificar una nueva clase privilegiada basada en la terratenencia.

Desde el punto de vista económico, el comercio del azúcar introdujo a las islas en el mercado internacional y las vinculó directamente con plazas italianas y flamencas, auspiciando la instalación de mercaderes procedentes de dichos lugares y favoreciendo el desarrollo de operaciones comerciales y financieras (letras de cambio, pagos en metálico, intercambio por textiles y productos suntuarios, etc.). La nueva clase privilegiada fue cohesionándose poco a poco a base de alianzas, reservando para sí los altos cargos de las administraciones civiles (regidurías en el Cabildo), religiosas y militares (castellanos, maestres de campo, capitanes, etc.).

Las capas superiores de la clase mercantil se incorporaron sin dificultad a este grupo dirigente, así como algunos miembros de la mediana burguesía, a través de las vías de promoción y ascenso social facilitadas por la política regia. Una de ellas era la franquicia —concedida para facilitar el poblamiento de las islas— que comportaba la ausencia de tributación directa, eliminando de este modo una de las principales discriminaciones entre el campesinado y la hidalguía. El otro instrumento fue una institución de origen medieval renovada por la monarquía absoluta para hacerla más accesible a las clases emergentes: el mayorazgo. En una sociedad como la castellana de origen, que todavía sublimaba los valores señoriales de la Edad Media, el mayorazgo se había convertido en la principal aspiración de todo aquél que quisiese acceder a un modo de vida noble y vivir de las rentas que proporcionaban sus propiedades.

En el siglo XVII el cultivo de la vid había sustituido a la caña de azúcar y, especialmente en la segunda mitad del siglo, Inglaterra se convirtió en el principal importador de los caldos tinerfeños, sobre todo de los ponderados malvasías, que alcanzaban altos precios en ese mercado. Buena parte de los réditos de este comercio se invirtieron, en consonancia con el prurito de relevancia social, en fundaciones pías, patronazgos, mayorazgos y otros bienes raíces, alcanzando en esta época niveles inusitados.

Asimismo, durante el siglo XVII se advierte un proceso de concentración de la propiedad entre la clase dirigente. Ésta acumula mayorazgos mediante la práctica de matrimonios endogámicos, a la par que se convierte en un grupo de propietarios absentistas que, residentes en La Laguna, en La Orotava o en Garachico, acostumbran a dejar sus haciendas al cuidado de administradores.

Demográficamente, sin embargo, la ciudad fue perdiendo peso específico en el ámbito insular desde finales del siglo XVI. Hacia la segunda mitad del XVII, cuando contaba con cerca de 6.500 habitantes, ya había sido incluso superada por La Orotava, lugar de origen de los principales cultivos de malvasía. Durante ese periodo la población de San Cristóbal de La Laguna suponía algo más del 13% de la población insular.

Quizá debido a esta circunstancia y a la atonía demográfica de los siglos venideros, la ciudad presenta, ya como seña de identidad de su tejido urbano, una buena cantidad de huertas, jardines y espacios libres en el interior de las manzanas, reminiscencia de aquellas «casas con corral» de la época fundacional y de aquella visión de la ciudad que aportara el ingeniero Leonardo Torriani en el último cuarto del XVI: una población de casas con su huerta «llena con naranjeros y otros árboles hermosísimos».

Plano de la ciudad
Plano de la ciudad - Torriani (1588)

La literatura histórica sugiere varias fechas para la fundación de la ciudad. Se ha apuntado la fiesta del Corpus de 1496, «bajo un cobertizo de enramada», en lo que podría considerarse el origen de la primitiva ermita de La Concepción, y también el día 25 de julio de 1496. Tal fecha, festividad de Santiago Apóstol, fue igualmente admitida por la Iglesia para celebrar la onomástica de San Cristóbal, santo epónimo de La Laguna.

El marco institucional encargado de amalgamar el sustrato étnico y multicultural que constituía la población insular tras la consumación de la conquista, así como de imponer las normas de convivencia conforme a los patrones ideológicos de los vencedores, lo integraban, por un lado, el Cabildo, depositario de la tradición municipal castellana oportunamente reformada y adaptada al ideario centralizador de la monarquía absoluta y, por el otro lado, la Iglesia.

Como órgano administrativo, el Cabildo era una institución municipal e insular a un tiempo, toda vez que, al reunir San Cristóbal de La Laguna la condición de capital y de único municipio, su jurisdicción abarcaba todo el ámbito insular, a la vez que entendía sobre los asuntos propiamente municipales de la capital.

Si bien la ciudad surgió en torno al primer templo de La Concepción, cercano a la laguna, hacia el año 1500 el Adelantado auspició un nuevo asentamiento conocido como Lugar o Villa de Abajo (emplazado unos 900 m hacia el este del anterior), donde había fijado su propia residencia. En contraposición con el abigarrado urbanismo de la Villa de Arriba, este nuevo núcleo crecerá ordenadamente siguiendo el trazado de las calles principales y en torno a un espacio articulador: la plaza de Abajo. La intención de privilegiar y de supervisar el desarrollo de este nuevo asentamiento en la Villa de Abajo se hace ostensible con la famosa prohibición de construir y reparar casas en la Villa de Arriba (marzo de 1500), so pena de demolición, obligando a edificar las nuevas casas desde el convento agustino hacia el lugar de Abajo.

En 1505 un acto simbólico como el alza de pendones en honor a la reina doña Juana tuvo como centro la actual plaza del Adelantado, enarbolándose también en la puerta del convento agustino, ratificando la zona de ocupación preferente demarcada en 1500. Por estos años ya se habían asentado nuevos pobladores en la ciudad, generándose un área más densa hacia la zona este de la villa, en dirección al convento agustino, cuyos frailes ya habían comenzado a fabricar su hospicio.

En dicho periodo, afianzada ya la ciudad, tuvo lugar (noviembre de 1506) el amojonamiento de la dehesa. Una medida de organización espacial determinante, por cuanto marcar los límites de la dehesa comunal era requisito indispensable para poder repartir solares a los nuevos pobladores.

Pese a la consolidación de la localidad, los primeros años del XVI no resultaron fáciles. El propio Adelantado Fernández de Lugo lamentaba en los pregones que muchas personas a las que había concedido solares no acabasen de edificarlos y se limitaran a cercarlos de tapias. La necesidad de poblar la villa, al menos durante la primera década del siglo XVI, aconsejaba, en consecuencia, aplicar con cierta lenidad los plazos en que la normativa conminaba a edificar, bajo la amenaza de perder la data.

Entrada la década siguiente, un repartimiento vecinal para realizar labores de limpieza en la laguna, proporciona la imagen de una población dividida en dos núcleos y que ya ha alcanzado el ciclo expansivo. Por un lado, se hallaba la Villa de Arriba, con 39 unidades familiares censadas, sin que en ella se consigne una vía merecedora de tal nombre, y, por otro, la Villa de Abajo, con 277 vecinos y siete calles.

No debe extrañar que a esta época de crecimiento correspondan las prohibiciones de construir casas pajizas (marzo de 1514), debido al peligro de incendio y de propagación del mismo que comportaban estas cubiertas. La ordenanza, sin embargo, se volvió a pregonar meses más tarde, de lo que se deriva que tal cambio no acababa de producirse, dada la escasez y el elevado precio de materiales como la teja y la cal. En enero de 1516, a la vista del ritmo con que se edificaba y se poblaba la ciudad, el Cabildo optó por delimitar el perímetro urbano, fuera del cual quedaba prohibido edificar. Un año después, en lo que supone la puesta en práctica del acuerdo anterior, se amojonó el mencionado perímetro con el fin de que la villa estuviese «junta y no derramada». Al día siguiente, el 8 de enero de 1517, se comisionó al Dr. Sancho de Lebrija, teniente de la Isla, para que repartiese solares y trazase nuevas calles, y poco después se apoderó a los medidores que habían alineado la mayoría de las nuevas calles, Miguel Alonso y Gonzalo Pérez, para que midiesen y repartiesen solares entre los nuevos vecinos. El corolario de estos acuerdos fue el reparto de una gran cantidad de solares de planta rectangular, señalados sobre unas calles rectilíneas trazadas con anterioridad y que se cortaban perpendicularmente. Este trazado, más o menos ortocéntrico, y este parcelario, caracterizado por la casa con su corral o espacio para patio y huerto trasero –lógicamente subdividido por arriendos, particiones hereditarias, ventas, etc.– han trascendido durante generaciones constituyendo uno de los distintivos del urbanismo de la ciudad.