Historia: del siglo XIII al XVIII

A lo largo del siglo XIII el crecimiento urbano hace que el antiguo mercado o Azogue viejo, situado entonces  en el entorno de la catedral, quede descentrado, por lo que se traslada al Azogue nuevo, en la gran plaza de San Martín. Convertido este lugar en el centro de las actividades mercantiles y de gobierno de Salamanca, será la referencia espacial desde el cual surge un urbanismo radial con calles que buscaban las principales puertas de la muralla. La ciudad continúa rellenando los espacios vacíos existentes intramuros a través de las políticas repobladoras de Alfonso IX, que fueron protagonizadas por órdenes militares y religiosas.

A partir del siglo XIV, y en un contexto de inestabilidad política en Castilla,  Salamanca se ve envuelta en la lucha de poder entre la nobleza que derivó en la construcción de grandes mansiones o palacios-fortaleza. La rivalidad de los dos principales bandos nobiliarios, Santo Tomé al norte y San Benito al sur, tuvo su repercusión en todos los ámbitos, incluido el urbanístico, generando interesantes muestras de arquitectura civil como los palacios. De igual forma, la creciente influencia del Cabildo Catedralicio y del Estudio de la Universidad, durante los siglos XIV y XV, tiene su plasmación en la modificación del antiguo ordenamiento -a través de parroquias- de la zona sur con nuevas construcciones. La llegada de los Reyes Católicos terminó con la inestabilidad e introdujo a Salamanca, paso a paso, en su momento dorado.

El siglo XVI,  de prosperidad general en toda Castilla, se convierte en la centuria de esplendor para Salamanca y la de su consolidación como una de las ciudades renacentistas más relevantes de Europa, con una población de hasta 25000 habitantes  y un núcleo urbano regido por unas ordenanzas municipales que estuvieron vigentes hasta el siglo XVIII. Su apogeo se basó en las buenas comunicaciones y la importancia de su prestigiosa Universidad, que atrajo a numerosas órdenes religiosas que se instalaron en su entorno, afianzándose una división territorial:

  • La zona sur, destinada fundamentalmente a los edificios religiosos y docentes.
  • El área norte, lugar en el que, orientado a las actividades mercantiles y de gobierno, las capas  medias de la ciudad se agrupan según sus oficios.
Grabado de Salamanca en 1570
Grabado de Salamanca en 1570 - A. Van den Wyngaerde

En el siglo XVII se percibe un ambiente de crisis y penuria social, caracterizado por guerras, epidemias y una aguda recesión económica. Estas catástrofes, junto a la implantación de la Corte en Madrid y la decadencia de la Universidad, llevó a la nobleza al cambio de su residencia a la capital del reino, lo que dio paso a un mayor control por parte de la oligarquía eclesiástica de todo el centro del núcleo urbano; a lo que se añaden diversos desastres naturales como la riada de San Policarpo (1626), que motivó el traslado de la comunidades religiosas que se encontraban fuera de la Cerca Nueva al centro de la ciudad, ocupando las nuevas posesiones de la Iglesia o las viejas residencias de los nobles abandonadas o donadas. Fruto de esta tendencia surgieron en la ciudad edificios monumentales como  El colegio del Espíritu Santo, hoy llamado Clerecía, con el traslado de los jesuitas a la calle Compañía, cuya construcción supuso un notable cambio en la zona por el derribo de manzanas completas. También de este periodo data la construcción de numerosos conventos, como el de las Agustinas Recoletas, incluyendo la iglesia de la Purísima.

Plano de la ciudad en 1784
Plano de la ciudad en 1784 - J. García de Quiñones

Durante el siglo XVIII  la ciudad tuvo que recuperarse de los efectos de la guerra de Sucesión, con una  población  reducida hasta los 15000 habitantes. Sin embargo, el reformismo ilustrado de los Borbones se manifestó a través de planes de cambio y mejora de servicios e infraestructuras. Estas modificaciones  en la estructura urbana se vieron reflejadas de igual forma en las nuevas regulaciones que se impusieron desde la administración local, como fue la desaparición de las antiguas collaciones y la aparición de una nueva división territorial denominada cuarteles.

En la segunda mitad de este siglo, con el máximo apogeo de la etapa ilustrada, se llevan a cabo varios intentos de reforma arquitectónica que se dejaron sentir de gran manera en la ciudad, como fue la generalización del empedrado como técnica de urbanización de las calles, junto con un fomento de las normas higiénicas basado en el saneamiento y limpieza regular de los ámbitos públicos, al igual que se muestra interés en mejorar el abastecimiento de agua  con la construcción de nuevas fuentes.

En general, el modelo urbano y espacial mantiene la fisonomía heredada del pasado, rasgo de ello son las plazas,  como la de San Martín, la del Carbón o la de Santo Tomé. El resto de plazuelas estaba relacionado con los amplios espacios que se solían respetar delante de los numerosos edificios representativos que se construyen durante este periodo, grandes obras monumentales  tanto religiosas como seculares que constituyen parte de los valores fundamentales considerados en la inclusión de Salamanca en la lista de Patrimonio Mundial. Toda la zona sur se convierte en un sector eminentemente monumental con conjuntos arquitectónicos tan emblemáticos como la propia Plaza Mayor, iniciada en 1729 con planos de Alberto de Churriguera y finalizada en 1755 por García de Quiñones, en la zona noroeste de la plaza de San Martín,  con la consiguiente reorganización del entorno y consolidación de las actividades comerciales y políticas en la zona; el Colegio Militar de Calatrava, iniciado por Joaquín de Churriguera en 1717 y cuyas obras fueron retomadas por el mismo García de Quiñones en 1750; también en esta etapa se remató la construcción de la Catedral Nueva bajo dirección, entre otros, de Joaquín y Alberto de Churriguera con posteriores intervenciones de Juan de Sagarvinaga y, nuevamente, García de Quiñones, tras el terremoto de Lisboa de 1755, que provocó destrozos en diversos inmuebles.