Historia: del Paleolítico al siglo XII

Durante la Era Terciaria, en un periodo anterior a la aparición del hombre y en un contexto ecológico muy diferente, el entorno salmantino era un medio lacustre que estuvo habitado por unas especies extinguidas de animales cuyos restos quedaron depositados en las arenas y lodos aluviales generadores de las areniscas de la zona a través de diversos procesos de sedimentación fluvial.

Los restos fósiles descubiertos se concentran en los llamados Escarpes del Tormes y, en conjunto, forman parte de un singular yacimiento de vertebrados que se ha convertido en un referente internacional por la especial presencia de quelonios y cocodrilos.

Dibujo de un bifaz de los alrededores de Salamanca - M. Santonja y A. Pérez González, 1984

La presencia humana más antigua atestiguada en el entorno de la ciudad se remonta a la fase final del Pleistoceno Medio, continuando durante el Pleistoceno Superior, tal y como demuestran los abundantes ejemplares de industrias líticas achelenses y afines musterienses recogidas en las terrazas fluviales.  Dicho conjunto forma parte de los tecnocomplejos del Paleolítico Inferior y Medio del interior peninsular que fueron realizados por nuestros ancestros cuando recorrían el curso del valle medio del Tormes y sus afluentes. Estas primeras comunidades cazadoras dieron paso, ya en el Pleistoceno Superior, a la irrupción del Homo sapiens y, con el tiempo,  a las primeras sociedades  productoras, como resultado de los cambios climáticos y ecológicos producidos en el nuevo estadio del Holoceno.

Durante los periodos Tardoneolítico y Calcolítico, Salamanca se encuentra dentro del ámbito geográfico de uno de los mayores focos del Megalitismo y arte rupestre esquemático de la Península Ibérica, testimoniado por la  notable concentración de sepulcros de corredor, abrigos y hábitats conservados en su entorno provincial e incluso dentro de su propio municipio.

El solar urbano parece haber sido habitado, al menos de forma esporádica, desde finales del segundo milenio a.C., en la Edad del Bronce, como demuestran los fragmentos de cerámica recogidos en el cerro de San Vicente pertenecientes a la cultura de Cogotas I. Pero es durante la primera Edad del Hierro, entre los siglos VII y V a.C., cuando se instala un poblado en dicho lugar, el más occidental de sus altozanos históricos, adscrito al grupo cultural del Soto de Medinilla, que hasta la fecha se considera el origen efectivo de la ciudad. El asentamiento  salmantino, de carácter sedentario y estable, fue concebido como un castro en sentido estricto que se extendía por una superficie nuclear de 1,6 hectáreas. Estaba rodeado por un  escarpe rocoso esculpido por los cursos fluviales que discurrían a su alrededor,  con su flanco más accesible  reforzado por un muro defensivo que discurría con traza arqueada a lo largo de unos 90 metros. En su interior se extienden, diseminadas, agrupaciones de  casas mayoritariamente circulares que fueron construidas con  adobe y materia vegetal, mostrando una cierta organización espacial que nos permite hablar de un urbanismo incipiente. Sus gentes se dedicaron a la explotación de los recursos del entorno practicando una economía mixta agrícola y ganadera, complementada con la caza y la recolección.

Plano del poblado protohistórico y castro de Salmantica
Plano del poblado protohistórico y castro de Salmantica - C. Macarro y C. Alario

Esta población mantuvo su vigencia durante varios siglos hasta alcanzar, por evolución interna, la segunda Edad del Hierro. En este momento el caserío original ya había rebasado los límites del hábitat ceñido a la cerca y, por un problema demográfico y de cambio de comportamiento en el modelo de ocupación del territorio, la población se trasladó a lo largo del siglo IV a.C. al vecino teso de las Catedrales, donde se conformó el renombrado oppidum de Salmantica, sustrato de la ciudad actual. Este núcleo  fue rodeado por una muralla  de la que se conservan espectaculares restos y pasó a la historia cuando fue conquistado por Aníbal en el año 220 a.C., durante su expedición al interior de la Meseta. La cultura castreña salmantina del segundo hierro se sitúa en el ámbito de influencia de los pueblos vacceo y vettón, de quienes recibe las influencias culturales. Se estructuró siguiendo un urbanismo planificado en manzanas de  construcciones ordenadas en torno a calles, siguiendo el modelo habitual de otros asentamientos prerromanos de la zona, configurados como espacios urbanos políticamente independientes.

A raíz de los sucesivos episodios de conquista, el oppidum fue paulatinamente romanizado, especialmente a partir del siglo I de nuestra Era, hasta adquirir la categoría de civitas. Tuvo un papel secundario como ciudad estipendiaria, vinculado a su función de mansio en la milla 183 del camino principal que iba de Emerita Augusta  a Asturica Augusta y Caesaugusta. De época imperial procede uno de los testimonios más notables de la ingeniería romana de la Península; el puente sobre el río Tormes.

La población mantuvo su vitalidad en época bajoimperial  a  pesar de la crisis de las formas de vida urbana del periodo anterior y, según manifiestan los restos arqueológicos hallados, participó de los rasgos característicos de las urbes tardorromanas: la sustitución del  propio caserío y las infraestructuras públicas por instalaciones fabriles e industriales; y el traslado de las elites a las villae rusticas. A este periodo se atribuye la construcción de un nuevo recinto amurallado que seguía la traza de la antigua cerca del castro, dentro del proceso defensivo que se generaliza en las ciudades tardoantiguas.

A partir de ese momento, entre los siglos VI y XI, se hace palpable la evidente escasez de datos en el registro arqueológico que prueba el declive del núcleo urbano salmantino en el periodo altomedieval. Según las fuentes, la ciudad en época visigoda fue designada sede episcopal  y acuñó moneda desde una  ceca local en un periodo de inestabilidad e incertidumbre que se agudizó con la invasión musulmana, manteniendo su pulso vital a duras penas en este periodo.

Una vez conquistado Toledo a finales del siglo XI, Alfonso VI encarga la repoblación de la Extremadura Leonesa a su yerno Raimundo de Borgoña, quien a principios del siglo XII incentiva la colonización de la  ciudad sobre los restos de la antigua civitas romana que se incorpora definitivamente al reino leonés. A través de  la información que nos aporta el Fuero de Salamanca, sabemos que la ciudad antigua se expandió con nuevos barrios construidos por las pueblas (collaciones)  que se establecen  formando parroquias a la sombra de pequeñas iglesias románicas. A su alrededor se articulan las viviendas en manzanas irregulares, formando corrales que estructuraban unidades vecinales con significación municipal propia. Este singular sistema de ocupación del suelo derivó en una trama urbana conformada por angostas callejas y patios en torno a pequeñas plazas, aún perceptible  en algunas zonas del casco antiguo de la ciudad.

Los principales grupos de poder, Francos y Serranos,  se establecieron dentro de la antigua muralla que fue reconstruida, asentándose el resto de linajes repobladores (toreses, castellanos, bregancianos, portogalenses, gallegos y mozárabes) en las zonas extramuros.

Plano de la Salamanca medieval
Plano de la Salamanca medieval - M. González García, 1988

Fue en estos siglos de la  Edad Media, con la construcción de edificios monumentales –catedral, el alcázar y hasta una cincuentena de modestos templos románicos- y con la articulación del trazado básico conservado en los siglos posteriores, cuando se marcó de manera notable la fisonomía de la ciudad que hemos heredado. El mismo impulso repoblador promovió igualmente la construcción durante el siglo XIII de un nuevo recinto defensivo, la Cerca Nueva, que acogiendo  dentro del núcleo urbano a los arrabales que se habían originado y quedaban desprotegidos por hallarse fuera de la muralla antigua,  delimitaba una nueva superficie urbana de 110 ha. Es durante  este siglo XIII cuando se produce un hito histórico esencial para entender el devenir histórico de la ciudad: la creación por parte de Alfonso IX en 1218 del Estudio General de Salamanca o Universidad.