Patrimonio: en la Prehistoria

Los monumentos que conforman el conjunto histórico – arqueológico de Mérida han sido objeto de atención por parte de viajeros, poetas, eruditos, arqueólogos e historiadores desde época muy temprana. Este interés por su pasado ha supuesto que la ciudad cuente con una amplia tradición historiográfica y, sobre todo, que los restos arqueológicos se hayan mantenido hasta hoy en buen estado de conservación para merecer ser incluidos en la Lista Mundial como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

El acueducto de Los Milagros - Laborde

Los testimonios más antiguos sobre la ciudad se documentan en pleno siglo IV de la mano de Ausonio, poeta y político, que sitúa a Avgvsta Emerita en el noveno puesto de las ciudades conocidas. A finales de ese siglo, el panegirista Prudencio ensalza a la ciudad y la figura de la mártir Santa Eulalia en su obra Poema de las Coronas (Peristephanon).

Es indiscutible el valor historiográfico del Libro de las Vidas de los Santos Padres de Mérida, obra del diácono emeritense Paulo, para conocer el proceso histórico de Emerita en los siglos VI y VII: la llamada Edad de Oro de la capital de la Diocesis Hispaniarum.

Las fuentes árabes entre los siglos IX al XV subrayan la grandeza y dispersión de los monumentos de épocas anteriores. Viajeros y geógrafos como Muhammad ibn Muza Al – Razi o Al – Idrisi  aluden a la majestuosidad de sus restos arquitectónicos de época romana, en concreto, a las murallas, puentes, acueductos y mármoles; relatos en los que extraña la ausencia de mención alguna a los edificios de espectáculos (teatro, anfiteatro y circo). Otros autores árabes posteriores dan a conocer el expolio o traslado de piezas de mármol fuera de la ciudad e informan de la evolución de Mārida y su alcazaba como, por ejemplo, Dikr Bilad Al – Andalus (crónica anónima magrebí, s. XIV - XV) o Abú ʻAbd Allah Al - Himyari, entre otros.

En el Renacimiento se inicia un proceso de legitimación de la nación española a través de la religión (la expulsión de los árabes), la lengua (unificación del territorio peninsular) y la búsqueda de raíces en el pasado grecorromano.

Antonio de Nebrija dedica un poema en latín, De Emerita Restituta, que ofrece información minuciosa sobre estado de conservación de los monumentos de la ciudad, en concreto, de teatro, anfiteatro, circo y arco de Trajano. Desde entonces, viajeros, cronistas, eruditos e historiadores pasaron por Mérida para conocer sus tan respetadas “ruinas”.

Dovelas del arco de Trajno - Consorcio de la Ciudad Monumental de Mérida

En este momento surge la figura del “anticuario” que utiliza para sus estudios los materiales arqueológicos en un claro precedente para la arqueología. Entre ellos, Gaspar de Castro o Antonio Agustín comparan a Mérida con Roma y testifican el expolio, iniciado en época islámica, que sufre los restos de la ciudad de manos de las clases más pudientes.

Con el Humanismo cobra auge entre las clases más altas de la sociedad la recuperación de vestigios de la antigüedad como signos de prestigio. El coleccionismo en Mérida se documenta en fecha muy temprana de la mano de María de Hungría, hermana de Carlos V, o el conde de Osorno.

En el siglo XVII surgen las obras de eruditos locales. En este sentido, La Historia de la ciudad de Mérida (1633) de Bernabé Moreno de Vargas ofrece el testimonio más completo sobre la ciudad y es un referente en cualquier estudio arqueológico a día de hoy.

Durante el Renacimiento y el Barroco se realizaran las grandes colecciones de eruditos locales entre los que encontramos a: D. Luis de Ávila, Señor de Don Tello y Sierrabrava o Señor de los Corvos, los Mexías, el marqués de Mirabel o la del propio Moreno de Vargas. Principalmente estaban compuestas por restos epigráficos y escultóricos de época romana y elementos arquitectónicos – decorativos de origen visigodo.

La preocupación del Cabildo emeritense por las excavaciones clandestinas, el coleccionismo en auge, el expolio constante de los edificios y el traslado de piezas fuera de la ciudad, unido a un interés por la conservación de las antigüedades, llevó a la promulgación de las ordenanzas municipales de 1677 por las que se prohibieron  la demolición de edificios antiguos, el acopio y el acarreo de piezas de cantería procedentes de restos arqueológicos y las obras sin licencia de la ciudad. 

 Este interés constante por el pasado  y su conservación se materializó a mediados del siglo XVIII en “El Jardín de las Antigüedades”, denominación dada a una agrupación de piezas romanas y visigodas expuestas en la huerta del convento – hospital de Jesús, recogidas por el médico local Forner y por el P. Domingo de Nuestra Señora, religioso del convento.

Con la Ilustración, la labor de documentación del patrimonio emeritense se verá impulsada por la Real Academia de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando. Mérida será visitada por numerosos viajeros y representantes de estas instituciones (el marqués de Valdeflores, Pérez Bayer, el marqués de Villena, Antonio Ponz…) para recuperar, inventariar y dibujar sus abandonados monumentos. Junto a ello, el interés de la monarquía por convertir a Mérida en una nueva Pompeya hizo que entre los años 1794 y 1797 tuvieran lugar las primeras excavaciones sistemáticas en los monumentos más importantes a cargo de Manuel Villena.

En un intento por controlar el yacimiento emeritense, poner freno al expolio, acentuado por la guerra de la Independencia,  y apoyar la creación de un museo arqueológico (Real Orden de 26 de marzo de 1838) en la desamortizada iglesia de Santa Clara se crea la Subcomisión de Monumentos de Mérida en 1868. Su nacimiento independiente le ocasionó duros enfrentamientos con la Comisión Provincial de Badajoz, quién demandaba las piezas emeritenses para el Museo Arqueológico Provincial.

Sin embargo, el continuo expolio, las excavaciones clandestinas y la venta de piezas arqueológicas por parte de algunos miembros de la propia subcomisión a coleccionistas como el Marqués de Monsalud dan cuenta del estado de despropósito en el que se encontraba la ciudad.

Este hecho cambiará definitivamente con la llegada a la ciudad de Don José Ramón Mélida en 1907, catedrático de la Universidad Central y director del Museo Arqueológico Nacional, con la intención de inventariar todas las piezas emeritenses para el Catálogo Monumental de España correspondientes a las provincias de Cáceres y Badajoz.