Historia: en la Prehistoria

Las terrazas que forman la cuenca media del Guadiana, con buena materia prima para la talla de la piedra, han sido un lugar destacado para el establecimiento de los primeros grupos humanos desde los inicios de la Prehistoria. El espacio natural donde se asienta la ciudad de Mérida, entre los cerros del Calvario y San Albín, flanqueado por los cauces del río Guadiana y el río Albarregas, fue un lugar privilegiado para el establecimiento de cazaderos y talleres de fabricación de herramientas (Barroso, Y. y Morgado, F.).

La investigación arqueológica en Mérida no ha podido localizar lugares bien estratificados donde analizar cómo fue el clima, la vegetación o la fauna del Cuaternario y de las bandas de cazadores – recolectores de dicho período. En cualquier caso, las excavaciones realizadas han evidenciado la existencia de restos materiales en cuarcita de industrias líticas adscritas al Paleolítico Inferior, en la fase media del período Achelense, y al Paleolítico Medio (Musteriense) en diversos puntos de la ciudad: el Área Arqueológica de Morería, zona de Las Abadías y Los Bodegones.

Con respecto al Paleolítico Superior no contamos en el solar emeritense con ningún registro material que informe de la ocupación del lugar. La evidencia de ocupación más significativa se corresponde con los períodos Neolítico final y Calcolítico: los restos más significativos proceden de un solar en la avenida de Juan Carlos I relacionados con un poblado abierto, próximo al Albarregas y correspondiente al “horizonte de la cazuelas carenadas”, cronología apuntada también para los restos arqueológicos aparecidos en el Circo Romano y el estadio de fútbol.

En las proximidades de Mérida se tiene constancia de la existencia de un poblado en el que se practica la agricultura con abundante cerámica manufacturada: Araya.

A lo largo del III milenio a. C., se produjeron transformaciones políticas e ideológicas entre las que destacan: la aparición del Megalitismo y el asentamiento estable.

El Megalitismo – la aparición de grandes construcciones realizadas con bloques de granito  para uso funerario -  constituyó un fenómeno cultural de gran dinamismo que se extendió desde finales del Neolítico hasta prácticamente la Edad del Bronce por todo el occidente de la Península Ibérica. En el término municipal de Mérida se encuentra el Dolmen de Lácara: posee una largo corredor, articulado en varios tramos, y una gran cámara circular que conserva una altura superior a cinco metros, todo rodeado de un túmulo compuesto por tierra y piedras de más de cuarenta metros de diámetro.

Dolmen del Lácara - Consorcio de la Ciudad Monumental de Mérida

En el poblamiento Calcolítico en el valle del Guadiana predominan los poblados de llano en la zona de las vegas y los situados sobre suaves lomas en la transición a la penillanura. Pero también se ocupan los cerros estratégicos que hay cerca de los vados y en los puntos de control de zonas esenciales. Las estructuras documentadas en el cerro del Calvario y el registro material asociado a silos y zanjas plantean la existencia de esta nueva ocupación y control del territorio: un poblado asentado en una elevación destacada, dominando la confluencia de los ríos Guadiana y Albarregas, adscrito a los momentos finales del Calcolítico.

Recientes trabajos de investigación aluden a una cierta ordenación del territorio en la vega media del Guadiana en torno a un espacio defendido por la construcción de estos poblados fortificados, alineados de forma no casual, y por la defensa natural del río Guadiana.

Las últimas evidencias de ocupación prehistórica en la ciudad se adscriben a principios del I milenio a. C., al final de la Edad del Bronce,  y se documentan en dos fondos de silo asociados a cerámicas en el Área Arqueológica de Morería que vuelven a constatar la continuidad de ocupación en el solar emeritense. A partir de este momento, se producirán una serie de transformaciones culturales, políticas y sociales debido a la llegada de los pueblos del mediterráneo a las costas de la Península Ibérica dando paso a la Edad de Hierro.

El territorio extremeño durante los siglos VII y VI a. C. estuvo bajo la influencia cultural de Oriente, a partir de la interacción comercial entre las poblaciones autóctonas (tartésicas) y los comerciantes fenicios y, posteriormente, griegos: elementos como el tesoro de Aliseda o los jarros de bronce, el kernos o el carrito de Mérida, los ricos ajuares registrados en la necrópolis de Medellín y Aljucén o los resultados arqueológicos del poblado de El Palomar en Oliva de Mérida  se encuadran dentro de este Proceso Orientalizante.

El resultado de las transformaciones en el terreno económico y político se concreta en una serie de construcciones monumentales, templo – palacio, localizadas en el valle medio del Guadiana, cuyos mejores exponentes se encuentra en la ficha de Cancho Roano (Zalamea de la Serena, Badajoz) o el Turuñuelo, situado en la comarca de Mérida.

Muestras epigráficas, localizadas en la ciudad, sugieren que los túrdulos serían el pueblo prerromano de origen ibérico dedicado a la ganadería y a la agricultura que ocupó la zona donde se levantaría en el siglo I a. C. la colonia Augusta Emerita.