Patrimonio bajomedieval cristiano y judío

Cuando las tropas castellanas entraron definitivamente en Córdoba en junio de 1236 bajo el mando de Fernando III encontraron una ciudad despoblada y languideciente en comparación con la legendaria capital omeya andalusí. Sin embargo, contaba con las instalaciones e infraestructuras que serán reaprovechadas por los nuevos ocupantes y que condicionarán, en buena medida, el desarrollo urbanístico posterior. Contamos con un documento de excepcional valor para reconstruir la imagen de la ciudad bajomedieval cristiana, en el que se aprecia el callejero en su estado previo a las grandes transformaciones acometidas a finales del siglo XIX y primera mitad del siglo XX. Se trata del denominado “Plano de los Franceses”, el primer levantamiento planimétrico de la ciudad realizado por el barón de Karwinsky en 1811, un ingeniero francés llegado durante la ocupación por las tropas napoleónicas.

En dicho documento gráfico se aprecian la organización de la ciudad en tres grandes unidades urbanas, encerradas en sendos recintos fortificados. Dos de ellos habían sido heredados del urbanismo islámico: la “Villa”, coincidente con la ciudad romana y la medina islámica, y la ampliación oriental o “Ajerquía”, el antiguo yanib al-Sarquiyya. El tercer espacio o sector urbano, conocido como Alcázar Viejo, quedó definido a finales del siglo XIV como una nueva ampliación del espacio amurallado en el sector suroccidental de la ciudad.

La consecuencia inmediata de la conquista en la fisonomía de la ciudad es el cambio de propietarios, en virtud de las condiciones del pacto de capitulación, mediante la fórmula del Repartimiento. Las propiedades e inmuebles urbanos se distribuyen entre los conquistadores y repobladores, siguiendo un orden jerárquico en función de su condición social, su posición en el estamento nobiliario y eclesiástico, y sus méritos en la conquista. Así, por ejemplo, el conjunto palatino andalusí se fracciona en múltiples propiedades cedidas a la iglesia, a los nobles y, en su espacio más privilegiado, reservado para la Corona.

Alminares de San Juan-Santiago-San_Lorenzo y Santa Clara
Alminares de San Juan-Santiago-San_Lorenzo y Santa Clara - Ayto. de Córdoba

En el Fuero concedido por Fernando III y que regirá el funcionamiento de la ciudad desde mediados del siglo XIII se establece su organización administrativa en catorce collaciones, distribuidas en torno a parroquias que les dan nombre y que regirán la estructura y funcionamiento de estos espacios urbanos. Estas collaciones se distribuyen equitativamente entre la Villa (Sta. María, S. Nicolás de la Villa, S. Juan, Omnium Sanctorum, S. Miguel, S. Salvador y Sto. Domingo de Silos) y la Ajerquía (S. Nicolás de la Ajerquía, Santiago, Santa Marina, S. Pedro, S. Andrés, S. Lorenzo y la Sta. María Magdalena). Además de la decisión de constituir estas iglesias parroquiales, Fernando III promovió la fundación de varios conventos, como los de San Pablo y San Pedro el Real (actual Convento de San Francisco), la Santísima Trinidad y San Agustín.

Muchas de las iglesias aprovecharon inicialmente para su instalación la existencia de mezquitas de barrio previas, como demuestra el hecho de que se conservan en alzado los restos de antiguos alminares de época omeya integrados en algunos campanarios. Estos son los casos, en la villa, de San Juan (actual convento de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús) y el convento de Santa Clara (antiguo convento de Santa Catalina, fundado en 1263) y, en la Axerquía, San Lorenzo y Santiago.

Torre de San Nicolás de la Villa
Torre de San Nicolás de la Villa - Ayto. de Córdoba

Igualmente, la iglesia de San Nicolás de la Axerquía pudo instalarse sobre una mezquita previa, aunque hoy apenas quedan trazas del edificio cristiano.

La mayoría de los templos actualmente visibles se ha identificado con el término genérico de “iglesias fernandinas”, aunque el monarca castellano no promovió ninguna de las obras, erigidas entre finales del siglo XIII y mediados del siglo XIV. Su papel se limitó a la definición de las collaciones en las que se debían erigir dichas iglesias parroquiales. Aunque las reformas acometidas en muchos de estos edificios entre los siglos XVII y XVIII han transformado su estructura original, aún se conservan suficientes elementos que permiten caracterizar este modelo arquitectónico tan característico de la Córdoba bajomedieval. Se trata, por lo general, de edificios erigidos en sillería de calcarenita, que imita los aparejos omeyas, con plantas basilicales de una (San Pedro el Real) o tres naves, sin crucero destacado, con cabeceras rematadas por ábsides centrales poligonales, reforzados al exterior por contrafuertes, y con ábsides menores o capillas laterales. Estas naves separadas por arcos apuntados se cierran con techumbres de madera de estilo mudéjar y bóvedas de crucería. Las fachadas muestran habitualmente una portada con jambas escalonadas, flanqueada por contrafuertes y rematada con rosetones góticos. Como hemos indicado, algunas reutilizan alminares como campanarios. Para el resto se levantaron torres nuevas, aunque su aspecto actual corresponde a su culminación o reformas más tardías.

La principal collación, situada en el centro neurálgico de la ciudad, está presidida por la iglesia mayor de Santa María, consagrada al culto cristiano inmediatamente después de la entrada de las tropas en la ciudad el 29 de junio de 1236 y convertida en catedral urbana en 1239, tras la proclamación del primer obispo de la diócesis.

Además de las parroquias, el paisaje urbano de la Córdoba bajomedieval estuvo jalonado por otras instalaciones piadosas, como conventos y hospitales. En unos casos, los conventos fueron fundados bajo auspicio real (en el siglo XIII los de San Pablo, San Pedro el Real –actualmente Iglesia de San Francisco–, San Agustín –inicialmente en la orilla sur del Guadalquivir-, la Santísima Trinidad, Santa Clara; en el siglo XIV, la Colegiata de San Hipólito (que alberga actualmente los restos de los monarcas Fernando IV y Alfonso XI) y los conventos de San Clemente y San Lázaro, como los más destacados. No obstante, la mayoría de los conventos se erigen, en especial entre la segunda mitad del siglo XV y principios del siglo XVI, gracias a la promoción pía de nobles cordobeses quienes ceden algunas de sus propiedades nobiliarias y casas-palacio para la instalación de congregaciones religiosas en las que ingresan algunas de sus descendientes y en las que, a la postre, van a reposar sus restos funerarios; objeto final de muchas de estas fundaciones. Estos son los casos de los conventos de Santa Marta, Santa Cruz, Regina Coeli y San Rafael –o Capuchinas– (convento fundado en el siglo XVII), y los desaparecidos Santa Inés (recientemente excavado), Santa María de las Dueñas y Santa Isabel de los Ángeles, entre otros.

También se conservan algunos testimonios de las  propiedades solariegas que se mantuvieron en uso como residencias de la nobleza cordobesa; aunque notablemente transformadas para su adaptación a edificios públicos con usos muy distintos de aquellos para los que estuvieron concebidos en origen. En la zona sur de la Villa, en las proximidades de la Catedral, se conservan algunos ejemplos notables de estos palacios bajomedievales de los siglos XIV y XV, como la casa Mudéjar (sede de la Casa Árabe en Córdoba en la C/ Samuel de los Santos Gener), la torre y casa-palacio de los Marqueses del Carpio (entre C/ Cabezas), la casa de los Páez de Castillejo (actual sede del Museo Arqueológico), o el Museo Taurino, aunque muy transformado. En la mayoría de los casos sólo se conservan algunos elementos decorativos como portadas (casa del Indiano) y algunos salones  con armaduras de madera o yeserías, como la Casa de los Guzmanes, actual Archivo Municipal. En la Axerquía se conservan igualmente algunos ejemplos de esta arquitectura civil con ricas decoraciones mudéjares, como la casa de las Campanas (C/ de la Siete Revueltas), la casa de los Caballeros de Santiago (hoy colegio C/ Agustín Moreno), y  la casa de los Aguayo (colegio de las Francesas).

Dentro de las collaciones la población se distribuía en barrios organizados en función de las actividades económicas o artesanales de las que se conservan algunos topónimos en el callejero histórico (Plateros, Herradores, Especieros, Caldereros, Carniceros, Espartería, Zapatería, etc.). Las actividades vinculadas con el uso del agua, como las relacionadas con el corte, teñido y tratamiento de pieles, paños y tejidos se concentran en el sector meridional de la ciudad (Badana, Tundidores, etc.). Precisamente se aprovechó la fuerza del río Guadalquivir a su paso por Córdoba para la construcción de varios molinos hidráulicos y norias fluviales, interesantes testimonios de la actividad económica e industrial de la ciudad en estrecha relación con el río, que fueron utilizados como batanes o molinos harineros durante la Baja Edad Media. Así, aguas arriba del Puente se encontraban el molino de Lope García, el de Martos (adaptado como Museo Hidráuico); inmediatamente al oeste del puente mayor están la Albolafia, el molino de En medio, el de Pápalo y el de San Antonio; este último ya del siglo XVIII; y, finalmente aguas abajo se encuentran el molino de la Alegría (integrado como espacio expositivo en el Jardín Botánico) y los molinos de San Rafael y San Lorenzo.

Noria fluvial de La Albolafia
Noria fluvial de La Albolafia - Ayto. de Córdoba
Molinos del Guadalquivir
Molinos del Guadalquivir - Ayto. de Córdoba

En otros casos la población se concentraba en barrios por su condición religiosa, como es la judería. Existió una importante comunidad judía instalada dentro de la villa de Córdoba durante todo el periodo medieval, al menos desde el inicio de la ocupación islámica hasta su definitiva expulsión a finales del siglo XV. Durante el período andalusí su emplazamiento debió estar situado en la zona norte de la medina, a tenor del nombre de una de las puertas septentrionales del recinto amurallado, conocida como puerta de los Judíos –Bab al-Yahud– (identificada con la desaparecida puerta de Osario, destruida en 1903), que daba salida a un cementerio judío emplazado al norte de Córdoba. En época bajomedieval la aljama cordobesa se localizaba en el sector suroccidental de la villa, junto a la muralla y en las inmediaciones de los centros de poder por excelencia: el alcázar y la mezquita-catedral; es decir, en zonas resguardadas bajo la protección directa de la corona que aseguraba la integridad de la población y sus costumbres. Se conforma así un barrio especialmente reservado para esta comunidad y segregado del resto de la población, una verdadera aljama o judería, provista de las instalaciones e instituciones necesarias para el desarrollo de una vida acorde con la Torá. Este barrio ha mantenido su denominación hasta nuestros días en el sector urbano conocido precisamente como judería, dentro del casco antiguo, en las inmediaciones de la mezquita. En el caso cordobés, la judería estaba delimitada al oeste por la muralla urbana cuyo límite septentrional vendría marcado por la puerta de Almodóvar; al sur posiblemente lindaba con el tramo de muro conservado perteneciente al antiguo Alcázar Omeya; y, al menos durante el siglo XIV, se tiene constancia que ocupó el recinto amurallado conocido como Castillo de la Judería, la fortificación almohade construida al oeste del Alcázar andalusí. Debió contar con un muro de cierre por su lado oriental, del que no queda ninguna huella. Este recinto interior tenía al menos dos accesos desde la ciudad, de los que tan sólo conocemos sus nombres –puerta de la Judería y puerta de Malburguete–, pero ignoramos su posición exacta.

De todo este conjunto urbano sólo se conserva la sinagoga (en la actual C/ Judíos) el edificio más significativo y verdadero centro de la vida social hebrea. Según una de las inscripciones que se conservan en su interior, fue construida en el año 1315. Se trata de un pequeño edificio, al que se ingresa por un patio y un vestíbulo que preceden a la sala de oración y a las escaleras de ascenso el piso superior, donde se encontraba la galería de las mujeres, separada de la sala principal por tres ventanas. Todo el interior está profusamente decorado con placas de yeso que dibujan motivos vegetales, geométricos y epigráicos.

Sinagoga de Córdoba
Sinagoga de Córdoba - Ayto. de Córdoba

Es muy probable que algunas de las viviendas anejas hubiesen funcionado en origen como estancias de servicios del templo, como baños públicos (mikve), escuela religiosa (Tamud Torá), etc. En el callejero actual las casas mantienen un esquema similar al que pudieron tener las primitivas judías, conocidas como “corrales”, caracterizadas por la existencia de patios centrales en torno a los cuales se disponían varias viviendas. En las inmediaciones de la sinagoga se conserva una casa en buen estado de conservación, musealizada y visitable, conocida como la “casa Andalusí” (C/ Judíos, nº 12).

Fuera de este gueto, al oeste de las murallas se situaba el cementerio judío en la zona conocida desde antiguo con el topónimo de “Fonsario de los Judíos”,  entre la puerta de Sevilla y el cementerio moderno de Nuestra Señora de la Salud, donde en los años treinta del siglo XX se excavaron algunas tumbas que se identificaron con tipologías judía, como los lucillos o fosas trapezoidales.

La creciente animadversión hacia la minoría judía por parte de la población cristiana provocó el pogromo o asalto de la aljama en el año 1391. La consecuencia inmediata, al margen de los robos y saqueos cometidos, fue la conversión obligatoria de un significativo porcentaje de la población y, en última instancia, la desaparición de la judería como un barrio aislado, quedando integrado en la ciudad medieval cordobesa. Se crea así a finales del siglo XIV la collación de San Bartolomé y se erige la capilla cristiana homónima en el centro de la antigua judería, obra mudéjar integrada en la actual Facultad de Filosofía y Letras. La coexistencia entre ambas comunidades se mantuvo a duras penas, con reiterados episodios violentos hasta la definitiva expulsión de los judíos en 1492. Tras la expulsión de estos, la Sinagoga se transformó inicialmente en hospital de Santa Quiteria y ya en el siglo XVI se convierte en la ermita de San Crispín y San Crispiniano. En el siglo XIX pasa a ser escuela de párvulos, hasta que en es declarada Monumento Nacional.

Capilla de San Bartolomé
Capilla de San Bartolomé - Ayto. de Córdoba

Esta nueva collación que abarcaría parte de la de Sta. María (Catedral) y el nuevo sector urbano del Alcázar Viejo. Este último surge con motivo de la  con la construcción (entre 1368 y 1385) de un nuevo recinto fortificado que amplía el espacio amurallado al suroeste de la ciudad y que abarcaba los jardines del Alcázar y un nuevo barrio de repoblación, destinado a albergar a ballesteros que debían proteger el entorno del Alcázar de los Reyes Cristianos. El urbanismo que se genera en este barrio responde a un esquema distinto al existente en otros puntos de la ciudad, en los que se adaptaba a un trazado preexistente.  En este caso, con calles de trazado ortogonal y casas de vecinos en torno a patios centrales, germen de la conocida tradición de los “patios cordobeses”, en el actual barrio de San Basilio.