Historia: la Corduba romana y visigoda. Qurtuba islámica

La Corduba Romana

A poca distancia de la Corduba prerromana durante la primera mitad del siglo II a.C. se instala un nuevo asentamiento romano que aprovecha la importante situación estratégica del lugar. El general Marco Claudio Marcelo, uno de los grandes personajes de la política romana del segundo cuarto del s. II a.C., funda un castellum o praesidium, un núcleo militar de unas 47 Ha de extensión en la cima de una meseta o terraza elevada sobre el Guadalquivir que dominaba los vados del río, rodeado de cursos menores de agua, que ofrecían posibilidades naturales de defensa. Desde este emplazamiento se ejercía un dominio efectivo sobre el oppidum prerromano, que durante algún tiempo convive con el indígena, pero que progresivamente irá capitalizando el poblamiento de la zona, hasta provocar el abandono definitivo de aquél. El lugar elegido para la instalación de este primer campamento romano coincide con el centro urbano de la ciudad actual.

La fundación de este nuevo enclave, cuya cronología se situaría entre los  años 169-168 o 152 a.C. (las dos fechas en la que está constatada la presencia en Hispania de dicho militar romano como gobernador), se desarrolló a unos 750 m al NE del oppidum turdetano.  No obstante la nueva fundación romana, en la que se incluyeron e integraron “gentes escogidas de los romanos y los indígenas” (en palabras de Estrabón), grupos turdetanos selectos, se mantuvo el antiguo asentamiento turdetano, lo que ha llevado a hablar de una auténtica “dípolis” hasta comienzos del s. I a. C., cuando el oppidum prerromano decae a favor de la Corduba romana.

El nuevo núcleo urbano, quizá con el status colonia latina desde el primer momento, detenta casi desde su fundación la capitalidad de la provincia Hispania Ulterior.  Desde un primer momento queda claro el valor estratégico y la función logística de la ciudad, base de operaciones de los ejércitos romanos en las sucesivas campañas de conquista romana (control efectivo del valle del Guadalquivir, contención de las incursiones lusitanas, penetración al norte de Sierra Morena), posible centro de abastecimiento del ejército, así como lugar de invernada de los gobernadores y de parte de sus tropas acuarteladas en los núcleos más importantes o conflictivos del área controlada.

A estos momentos, o a fechas poco posteriores, correspondería el trazado de la muralla, datada aproximadamente en el tercer cuarto del s. II a. C., que constituye el elemento arqueológico mejor conocido de esta etapa, cuyas puertas marcarían el trazado de las principales vías (kardo y decumanus) y, probablemente la construcción de un primer puente sobre el Guadalquivir, constatado documentalmente desde mediados del siglo I a.C. (mencionado en el Bellum Hispaniense), pero que fue intensamente remodelado y monumentalizado en fechas posteriores.

A mediados del siglo I a.C., durante las Guerras Civiles libradas entre César y los hijos de Pompeyo, que marcan el fin de la República romana, la ciudad se vio duramente afectada por este cruento conflicto civil. Si bien durante un primer momento se rindió a César, como consecuencia de los abusos de su legado en la provincia, entre los años 47 y 45 a.C., la mayoría de la población de Córdoba toma partido por el bando de los pompeyanos. La ciudad fue asediada, incendiada y la posterior represión tras la derrota se tradujo en la masacre de más de 20.000 de sus habitantes a manos de las tropas de Julio César. Esta destrucción tuvo como consecuencia una recesión poblacional y urbana.

No obstante, en fechas recientes se ha propuesto como hipótesis de trabajo, a partir de un modesto testimonio arqueológico recuperado de manera casual, la constitución en Corduba de una Colonia Civium Romanorum en torno al año 43 a.C., lo que supone una deductio entre veteranos del ejército romano. No obstante, esta refundación del enclave urbano con esta nueva condición jurídica no parece traducirse en una revitalización urbana hasta finales del siglo I a.C. En cambio, sí parece más consensuado por la comunidad científica que Córdoba, tras volver a ganar el favor de Augusto, con anterioridad al año 14 a.C. fue refundada como Colonia de ciudadanos romanos, con el elevado rango de Patricia, con la correspondiente deductio de los veteranos de las guerras cántabras. A partir de este momento, desde el cambio de Era, la nueva Colonia Patricia experimentará un intenso proceso de reconstrucción y monumentalización, que dará pie a una etapa de esplendor hasta el siglo IV d.C, a la altura de la capital política oficial de la recientemente fundada Provincia Baetica.

La riqueza económica acumulada por las grandes familias aristocráticas cordobesas, gracias a la explotación de las minas de Sierra Morena (Mons Marianus) y del comercio del aceite bético, revierte en la ciudad con las donaciones de los evergetas locales, que de este modo, mediante la financiación de monumentos, obras públicas estatuas e inscripciones, erigen una esplendorosa ciudad, en buena medida a imitación de la propia Roma, mostrando la adhesión al régimen imperial, fomentando y materializando arquitectónicamente el culto al Emperador como una forma de prestigio social, propaganda y promoción política frente a la capital imperial, como homenaje de la ciudad y de la provincia al propio emperador y su familia.

A partir de esta fecha y, en particular a lo largo de todo el siglo I d.C., Córdoba es una ciudad en permanente construcción: el recinto amurallado se amplía hacia el río, se remodelan y amplían los espacios públicos urbanos, se erigen conjuntos monumentales como los grandes templos forenses y dotan a la ciudad de todo el repertorio de los edificios de espectáculos. Se consolidan nuevas áreas residenciales, con la instalación de vici que se extienden por los suburbios, que adquieren un especial dinamismo a finales del siglo I d.C., y se monumentalizan los espacios funerarios situados en torno a las vías de acceso a la ciudad.

Córdoba durante la Antigüedad Tardía:

Durante los tres primeros siglos de nuestra Era, se va progresivamente configurando un paisaje urbano monumental, reflejo de la propia imagen del Imperio, que se mantendrá en progresivo auge hasta las crisis de mediados del siglo III d.C. En un proceso similar al que experimenta la mayor parte de las ciudades hispanas, la dinámica urbana cambia como consecuencia de las circunstancias económicas y políticas por las que atraviesa el Imperio. Se produce un estancamiento en la actividad edilicia y muchos de los edificios y espacios públicos existentes se reutilizan para usos privados, se dejan de realizar las labores de mantenimiento necesarias para el buen uso de estos espacios y de las infraestructuras de saneamiento urbano. El resultado es el surgimiento de un nuevo concepto de ciudad, propio de la Antigüedad Tardía, distinto del existente en la época clásica.

Pese a ello, Corduba, que recupera a partir del siglo IV-V d.C. su antigua denominación, conservó un papel destacado en la provincia. De hecho, mantiene su función como centro administrativo durante el siglo IV y no está constatado el traslado de la capitalidad a Hispalis (Sevilla) hasta fechas muy tardías, ya en el siglo VI. De hecho, la construcción del complejo arquitectónico de Cercadilla, independientemente de su discutida función, sería un claro indicio de la vitalidad urbanística que mantuvo la ciudad entre finales del siglo III e inicios del siglo IV d.C. y su carácter de centro principal de los intereses políticos y militares, en época de Constantino, con la presencia en ella del vicarius, cuando el control de Hispania resultaba decisivo en el propio devenir del Imperio.

En este sentido, destaca un personaje que será fundamental en el propio desarrollo del Imperio y de la consolidación del cristianismo como religión vinculada al Estado: la figura del obispo de Córdoba, Osio, que tras las persecuciones tetrárquicas desempeñó un destacado papel en la difusión y consolidación del cristianismo y se convirtió en mentor y principal consejero de Constantino en asuntos relacionados con la religión cristiana, desde su victoria sobre Majencio en el Puente Milvio. La constitución de una sede episcopal, con el aval de uno de los obispos más influyentes en Hispania, contribuyó al mantenimiento de su prestigio urbano.

Aunque el período de la tardoantigüedad es aún muy poco conocido, la Córdoba de los siglos IV-VIII d.C. presenta algunos rasgos particulares que la distinguen de la dinámica general de otras ciudades peninsulares, rápidamente integradas en el reino visigodo. Por un lado, se mantiene la fuerte tradición hispanorromana de la población cordobesa, con conciencia de su particular idiosincrasia frente a los nuevos contingentes germánicos. Ello favoreció que se mantuviesen las instituciones municipales romanas (la curia o senado municipal) hasta bien avanzado el siglo VI. Existe una sólida y rica aristocracia cristianizada urbana desde inicios del  s. IV, que establece su base económica en los grandes latifundios béticos y el comercio de sus productos y que abandera la oposición al arrianismo visigodo. Esta aristocracia mantendrá viva la tradición hispanorromana y su independencia hasta un momento avanzado del s. VI (572 – 584).  Muestra de la existencia de esta aristocracia urbana son los palacios construidos en la ciudad y su entorno inmediato, los denominados balat-s por las fuentes islámicas en el momento de la conquista, en el año 711. Los acontecimientos que confirman esta situación son: la resistencia y triunfo de la ciudad al cerco del rey Agila (550) y la rebeldía frente los intentos de conquista por parte del rey Leovigildo, en dos ocasiones sucesivas: en 572 y tras la rebelión de su hijo Hermenegildo, en 584, ya de forma definitiva. Como reconocimiento de esta doble conquista fue la emisión de monedas en la ceca de Córdoba con la leyenda bis optinuit (conquistada dos veces).

De todo lo cual se deduce que el periodo que va del siglo IV d.C. al momento de la conquista islámica, en 711, no constituye en absoluto una etapa de decadencia, como tradicionalmente se ha venido considerando a partir de las crónicas musulmanas que narran la toma de la ciudad, sino que en ella se producen constantes e importantes transformaciones históricas, sociales y urbanísticas en las que Córdoba continuó ejerciendo un papel relevante. Desde un punto de vista urbanístico, la ciudad perdió sus espacios públicos de la antigüedad clásica a favor de otros de distinta naturaleza, en los que se evidencia un peso determinante de la cristianización de la topografía y cuyos centros de poder se localizan en la zona sur-oeste de la ciudad, cerca del puente y el río, mientras que en otros sectores se observan síntomas de despoblamiento y abandono. Los elementos heredados de la ciudad tardoantigua (vías, necrópolis, centros de culto y los barrios surgidos en torno a ellos así como el área de control político religioso meridional) condicionarán la evolución de la posterior ciudad andalusí y, junto con factores nuevos, puramente islámicos, como las fundaciones pías (mezquitas y cementerios) y las almunias, serán elementos de capital importancia para entender la configuración del paisaje de la capital del Estado Omeya de al-Andalus.

Qurtuba Islámica.

El episodio de la conquista de Córdoba por las tropas islámicas dirigidas por Mugit al-Rumi, lugarteniente de Tariq ibn Ziyad, es una clara muestra de la situación de la ciudad en epílogo del reino visigodo. Los problemas internos de la monarquía con sede en Toledo, con el recién proclamado rey visigodo, Rodrigo, y las luchas internas con una aristocracia cada vez más poderosa e independiente habían supuesto una cierta dejación de las labores de gobierno. En la primavera de 711, contundente derrota del débil ejército visigodo en la batalla de Guadalete deja expedito el territorio hispano para su conquista por el Islam. Uno de los primeros objetivos fue Córdoba, antigua capital y enclave estratégico para el paso al centro peninsular.

La narración que se hace en las crónicas de la conquista de Córdoba en octubre de 711 a manos de Mugit muestra el precario estado en el que se encontraban las murallas y el propio puente mayor. El papel trascendental que había caracterizado históricamente al solar cordobés queda de manifiesto con la elección de este enclave como capital administrativa de los territorios peninsulares en 716, bajo el control del gobernador al-Hurr. No obstante, el deteriorado estado de conservación de dicha construcción, incluso se afirma que “no existía puente ninguno en Córdoba”, obliga al nuevo gobernador, al-Samh, a afrontar su reconstrucción entre los años 719 y 721, siguiendo las instrucciones del califa Umar, empleando para ello piedra de la propia muralla.

Durante la primera etapa de ocupación islámica bajo la administración de los gobernadores dependientes de Damasco, no se documentan grandes obras en la ciudad. En lo esencial se mantiene la población concentrada en el interior del recinto amurallado coincidente en sus líneas generales con el de la colonia romana altoimperial, la Madina o ciudad propiamente dicha, en cuya conformación espacial encontramos una cierta continuidad con la ciudad visigoda. Una de las primeras actuaciones acometidas por el nuevo poder político es la ocupación efectiva de los antiguos espacios de poder, con especial incidencia en la disposición de los centros de poder político (Alcázar, Qasr o Dar al-Imara) y sobre las construcciones del anterior palacio visigodo. De este modo, el núcleo más importante de la ciudad se concentra en la parte meridional, inmediatamente adyacente a la Puerta del Puente. Esta conversión de la depauperada ciudad en capital de un incipiente gobierno islámico andalusí resultará decisiva para el devenir histórico durante los primeros siglos de al-Andalus. Se erige de este modo en un polo de atracción de población al calor de la sede del poder, y de la instalación de las oportunas instituciones administrativas.

Este proceso de consolidación del dominio islámico se ralentizó ante las reiteradas insurrecciones de los propios contingentes beréberes y árabes arribados durante la conquista. El punto de inflexión se produjo como consecuencia del derrocamiento del califa Omeya de Damasco y su sustitución por la nueva dinastía abbasí instalada en el territorio del actual Iraq. La supervivencia del único heredero de la depuesta dinastía, ‘Abd al-Rahman ben Mu’awiya, el futuro Abd al-Rahman I, resultará un hecho crucial para el posterior desarrollo del Estado andalusí. Tras su periplo por el Mediterráneo y su desembarco en al-Andalus en 755 y, gracias al apoyo de las facciones árabes leales a su familia, consigue derrocar al gobernador pro-abbasí, Yusuf al-Fihrí, en el entorno de Córdoba, en la primavera de 756. Tras esta victoria se autoproclama emir del Estado Independiente Omeya de al-Andalus. La decisión de mantener la capitalidad en Córdoba conlleva la adopción de un importante programa arquitectónico y urbanístico materializado en la reconstrucción de las murallas y el puente (766 d.C.), la erección del Alcázar (785 d.C.) y, sobre todo, con la fundación de una nueva mezquita aljama (786 d.C.) en el mismo lugar ocupado por la antigua sede episcopal visigoda de San Vicente. La vinculación del principal edificio religioso y del centro político en un binomio Alcázar-Mezquita, tan característico en las primeras fundaciones islámicas, será uno de los aspectos más característicos de la imagen de la Qurtuba omeya. La progresiva islamización de la ciudad se deja notar en las aportaciones que los sucesores de “El Emigrado” dejan en la mezquita aljama, el espacio reservado a la oración del viernes.

Por lo que respecta al desarrollo urbanístico de Qurtuba durante el emirato omeya, el protagonismo de la capital y su carácter de sede del nuevo Estado resultan decisivos para hacer de la medina un polo de atracción de población, hasta tal punto que en pocas décadas se superan los límites marcados por la muralla. La circunstancia de la total destrucción del Arrabal de Saqunda como consecuencia de la revuelta protagonizada en 818 por sus habitantes contra al-Hakam I (796-822), ha permitido la preservación de las más tempranas muestras del urbanismo y de la arquitectura doméstica en la capital de al-Andalus, documentando además  las formas de vida en la segunda mitad del s. VIII y los primeros años del IX.

Pero la mayor transformación urbanística acometida en la ciudad debió estar asociada a la consolidación del Estado islámico centralizado de la mano de Abd al-Rahman II (822-852). El amplio programa edilicio promovido por este emir implica la ampliación de la mezquita aljama, la remodelación del Alcázar y la construcción de nuevas dependencias para la administración en todo el sector meridional. La imposición de un nuevo modelo político centralizado en al-Andalus provoca reiteradas sublevaciones internas por parte de la población de origen hispanorromano, conocido como la “primera fitna”, que ponen de manifiesto la dificultad de cohesión interna y el clima de inestabilidad reinante en muchas zonas de al-Andalus. De todos estos episodios, el más renombrado es el encabezado por el muladí Umar ibn Hafsun durante las décadas finales del siglo IX y primeros años del siglo X. No será hasta el advenimiento al trono como emir de Abd al-Rahman III, en 912, cuando se inicie una campaña sistemática para aplastar todas estas rebeliones internas. La fortaleza y el prestigio alcanzados por el nuevo emir, junto a la situación política en el resto del occidente mediterráneo conducirá al nuevo gobernante a autoproclamarse califa, el sucesor de Mahoma, en el año 929, con las consecuentes implicaciones religiosas que esta decisión conlleva.

La proclamación de Abd al-Rahman III al-Nasir como califa, Amir al-Muminin, Príncipe de los Creyentes, significa el ascenso de Córdoba al rango de capital califal, al mismo nivel que Bagdad o las ciudades del emergente califato fatimí de Ifriqiya. Esto supone un considerable crecimiento demográfico en el entorno de la metrópolis que implica la necesidad de abordar nuevos proyectos urbanísticos, en esta ocasión promovidos desde el Estado. Al igual que venía siendo tradición en el Oriente islámico, una de las prerrogativas del nuevo califa era la fundación de una ciudad. Así, a pocos kilómetros al oeste de la antigua Medina se erige Madinat al-Zahra, concebida como la plasmación arquitectónica del triunfo del nuevo Estado califal. El crecimiento hacia poniente de los arrabales de Córdoba a la sombra de la ciudad palatina genera una gran conurbación, al estilo de las megalópolis orientales como Bagdad o Samarra. No obstante, el centro político y religioso de la antigua medina sigue manteniendo un importante papel simbólico y jurídico, razón por la cual los califas omeyas continúan dedicando una especial atención al enriquecimiento y ampliación de la aljama.

El esplendor de estas instalaciones va parejo a su efímera duración. La ruptura de los artificiosos fundamentos simbólicos y propagandísticos sobre los que estaba sustentado el estado califal se produjo a principios del siglo XI, durante la fitna o conflicto civil acaecido entre 1009 y 1013. Los contingentes militares que atacan la ciudad, en especial las tropas beréberes que asedian Córdoba en 1010, saquean los arrabales occidentales, provocando un repliegue de los habitantes al interior de las antiguas murallas. Tan sólo los arrabales orientales parecen haberse mantenido ocupados, aunque muy menguada su población, gracias a la fortificación de su perímetro con una elemental muralla. Con ello, el contorno de la ciudad medieval de Córdoba queda definido en este momento, circunscrito a la antigua Madina y a una parte de los arrabales amurallados de al-Yiha al-Sarqiyya (Axerquía). Esta fisonomía será la que mantendrá, a grandes rasgos, durante los siglos bajomedievales y modernos.

Tras el colapso del califato, en Córdoba se mantiene un gobierno de notables, a diferencia de lo que sucede en otras taifas andalusíes. Es la conocida como “república de los Banu Yahwar” (1031-1069). Durante esta etapa Córdoba es objeto de las aspiraciones expansionistas de otros reinos vecinos. En pocas décadas la propia capital se verá absorbida inicialmente por la taifa abbadí sevillana de al-Mu’tamid (1070), con un breve paréntesis bajo el dominio de la taifa toledana de los Banu Di-l-Nun (1075-1078), para revertir posteriormente y de manera definitiva bajo el control abbadí (1078-1091).

En Córdoba, el advenimiento de los ejércitos almorávides ante la creciente amenaza castellana tras la conquista de Toledo en 1085, se tradujo en la ocupación militar de la ciudad en 1091 por las tropas de este emergente imperio norteafricano. La imposición de tropas foráneas nunca fue bien acogida por los habitantes de la ciudad, quienes sufrieron en algún caso los excesos de las huestes norteafricanas. Un episodio que ilustra bien esta conflictiva coexistencia tuvo lugar en 1121, cuando la población se sublevó contra el ejército del emir almorávide Ali ibn Yusuf. Durante este período, de apenas sesenta años, la capital no experimentó grandes cambios. La imagen de la ciudad ha quedado fijada ya en los siglos anteriores, con la dotación de las infraestructuras y edificios básicos. Una de las intervenciones urbanísticas más notables, que han encontrado su refrendo arqueológico, es la construcción, o mejor reconstrucción, de la muralla de la Axerquía. Las fuentes mencionan la imposición de un tributo o ta’tib en 1125 por parte del emir Ali ibn Yusuf para la reconstrucción de las murallas de las principales ciudades de al-Andalus, entre las que se menciona a Córdoba.

Los últimos años de la ocupación almorávide se vieron alterados por las conocidas como “segundas taifas”, durante las cuales la población cordobesa se movió entre varios bandos opuestos hasta llegar a caer temporalmente en manos del rey castellano Alfonso VII en 1146, quien la mantiene bajo vasallaje hasta la conquista y control almohade en 1148.

La situación de inestabilidad heredada durante los primeros años de dominio almohade y la necesidad de consolidar el control militar de al-Andalus, provocó que en un primer momento Córdoba mantuviese un papel secundario, simple escala en las diferentes campañas militares contra las taifas rebeldes. No obstante, Córdoba nunca perdió su prestigio como antigua capital califal. De hecho, en 1162 el califaAbd al-Mu’min convierte de nuevo a Qurtuba, por unos ocho meses, en capital de al-Andalus. Su emplazamiento en el centro valle del Guadalquivir, nudo de una densa red de comunicaciones con la Meseta y con el este de la península, hace de Córdoba una plaza estratégica en la defensa del sur de al-Andalus y cabeza de lanza de las campañas de saqueo y conquista que se inician hacia el interior del territorio cristiano. Por tanto, este enclave adquiere un significativo papel militar; zona de acuartelamiento y concentración de tropas y pieza clave en el control defensivo en el entorno de Sevilla, la nueva capital almohade en al-Andalus. Prueba de ello es la edificación ex novo de varias fortalezas en puntos clave de la ciudad, en las inmediaciones del alcázar andalusí. Se dota a las inmediaciones del puente y del alcázar de un sistema de fortificaciones que permiten albergar acuartelamientos numerosos, necesarios para las constantes campañas militares, al margen de la población civil. El propio Alcázar conoce notables reformas interiores. Probablemente, de la mano del peso estratégico que va adquiriendo la ciudad se inicia una recuperación de la actividad económica y un aumento de la población que se traduce una ocupación efectiva de ciertos espacios urbanos, incluso superando los límites del recinto amurallado.

Las descripciones que nos han transmitido las fuentes cristianas en el momento de la conquista, acaecida en 1236, retratan una ciudad en un estado de decadencia, consecuencia de las circunstancias por las que pasó la ciudad en los últimos momentos de dominio islámico, una vez pasada la etapa de auge almohade, rota ya la unidad política y tras la desintegración del territorio andalusí en nuevas taifas.

La Córdoba Bajomedieval Cristiana

El peso ideológico de Córdoba como capital del estado omeya de al-Andalus había hecho de esta ciudad una plaza anhelada por los reyes castellanos, como sucedió igualmente con la toma de Toledo en 1085. Hubo un primer intento de conquista por parte de Alfonso VII en 1146, que resultó efímero, pues fue recuperada por los almohades en 1148. Sin embargo, cuando en junio del año 1236 las tropas de Fernando III tomaron, de forma casi improvisada, la ciudad de Córdoba, dieron un paso decisivo en la consolidación de la conquista castellana sobre el desestructurado estado islámico de al-Andalus. Se había abierto la pieza clave para el control del sur peninsular, cuya frontera con el reino nazarí acabó por establecerse pocas décadas más tarde en las estribaciones de las serranías béticas andaluzas. En esos momentos de inestabilidad militar la ciudad había quedado notablemente despoblada, con claros signos de decadencia, encerrada en los dos recintos amurallados existentes desde el siglo XII: la Madina –que a partir de este momento será conocida como “La Villa”- y al-Sarquiyya, o Ajerquía posterior. La conquista de la ciudad más importante del valle medio del Guadalquivir se produjo en dos etapas sucesivas: en un primer momento, en enero de 1236, se llevó a cabo la toma del sector oriental, la Axerquía, aprovechando su estado de semi-abandono. Tras un intenso asedio, la ciudad capitula en junio de ese mismo año, a condición de respetar la libertad y las posesiones muebles que puedan trasportar; a cambio, la población musulmana debe abandonar la ciudad y sus propiedades inmuebles. De este modo, por su carácter casi fortuito, durante los primeros años de la conquista, hasta 1240, este enclave quedó  relativamente aislado en poder castellano, rodeado de territorio bajo control mayoritariamente musulmán. Para garantizar la defensa y el control del territorio, se inicia un proceso de repoblación con cristianos de otros lugares, entre los que se repartían tierras y propiedades urbanas, auspiciados, además, por leyes bastante beneficiosas para sus intereses, conocidas como Fueros.

Dado su valor estratégico en el centro del valle del Guadalquivir, como enclave principal en la segunda línea fronteriza respecto al incipiente reino granadino, la ciudad quedó vinculada directamente bajo la jurisdicción real como villa de realengo. El Fuero de Córdoba fue otorgado por Fernando III en 1241. Según este documento, la ciudad quedaba organizaba en catorce collaciones, circunscripciones jurídico-administrativas, conformadas en torno a  una iglesia que ejercía como parroquia. La distribución de estas collaciones se hizo de forma equilibrada entre las dos zonas bien diferenciadas de la ciudad; cada una de ellas presidida por una parroquia que le daba nombre: siete en la Villa (San Nicolás de la Villa, San Miguel, Santo Domingo de Silos, Iglesia de Santa María (Catedral), San Juan y Todos los Santos, Omnium Sanctorum e Iglesia del Salvador); y siete en la Ajerquía (Santa Marina, San Andrés, San Nicolás de la Axerquía, San Lorenzo, Santiago, San Pedro y la Magdalena). Con la constitución del barrio del Corral de los Ballesteros, conocido como el Alcázar Viejo, en el siglo XIV se creará una nueva, San Bartolomé.

A estas iglesias estaban vinculados los correspondientes cementerios parroquiales, en espacios aledaños cuya existencia, en algunos casos, ha quedado fosilizada en plazas o en topónimos antiguos, como la calle del cementerio, junto a la Magdalena, o C/ Cementerio de Santa Marina o San Pedro.

Una vez consolidado el territorio frente a la amenaza musulmana, fueron las luchas civiles en el seno de la corona castellana las que generaron periodos de inestabilidad que fueron aprovechados por la nobleza emergente para su enriquecimiento, pues favorecieron la eclosión de numerosos señoríos en el reino de Córdoba. De ellos destacan los enfrentamientos protagonizados por Pedro I “El Cruel” y Enrique II de Trastámara durante la guerra civil por la corona de Castilla en la segunda mitad del siglo XIV. Estas contiendas tuvieron como consecuencia inmediata el auge de los partidarios del bando victorioso, que se vieron premiados con los denominados “bienes enriqueños”, las donaciones territoriales otorgadas por Enrique II a los individuos que le habían prestado su apoyo. En este conflicto, la población de Córdoba se decantó por la causa del Trastámara, por lo que la ciudad fue sitiada por la alianza formada por el rey “Cruel” y el sultán nazarí (Muhammad V). En 1369 tuvo lugar uno de los episodios más notables de la historia medieval de Córdoba, con la denominada “Batalla del Campo de la Verdad”, en la que los cordobeses hicieron una épica defensa de la villa al repeler el sitio al que se vio sometida.

A causa de estos episodios violentos, las defensas de la ciudad se vieron reforzadas en varias ocasiones. Así, en la misma capital contamos con los casos de la fortaleza de la Calahorra, remodelada por Enrique II en 1369, y el Alcázar Real, donde Alfonso XI acometió en 1328 el acondicionamiento militar de las estructuras almohades previas. Del mismo modo, el trazado de las murallas de la Villa fue modificado durante los siglos bajomedievales ya que en el siglo XIV se producen algunas ampliaciones en el ángulo suroeste de la ciudad con motivo de la construcción de un nuevo recinto fortificado que englobaba el Alcázar de los Reyes Cristianos y un nuevo barrio de repoblación, conocido como Alcázar Viejo. De igual forma, se reconstruye la muralla que rodea la Ajerquía, cuya estructura más relevante se fecha en 1404, durante el reinado de Enrique III; consistente en una torre albarrana poligonal situada en un ángulo de la muralla, la denominada popularmente como Torre de la Malmuerta.

Una vez aseguradas las tierras conquistadas, y consolidado el proceso de repoblación, las décadas finales del siglo XV conocieron, no obstante, un nuevo periodo convulso de inestabilidad interna, caracterizado por las luchas nobiliarias por el control político de Córdoba y su territorio. Aprovechando el debilitamiento de la corona, los señores cordobeses, agrupados en dos bandos nobiliarios principales, iniciaron un enconado enfrentamiento que tuvo su reflejo en la incorporación de ciertas novedades arquitectónicas en el diseño y acondicionamiento de sus respectivas fortificaciones para adaptarlas al uso generalizado de la artillería de pólvora en las nuevas tácticas militares.  El final de estos conflictos vino en las postrimerías de la década de 1470 con la consolidación de la autoridad de una corona que con la mano firme de los Reyes Católicos inició una nueva etapa histórica en la que Córdoba perdió buena parte de su protagonismo anterior.

Desde entonces la ciudad ha languidecido inmersa en una vida complaciente con su pasado y con una actitud conformista con los recursos a su disposición, cayendo en el tipismo y en un inmovilismo secular.