Historia: la Corduba prerromana

Las excepcionales condiciones geográficas de Córdoba favorecieron la instalación de comunidades humanas estables con anterioridad a la implantación de la ciudad romana. El primer asentamiento conocido como Corduba (nombre indígena, cuyo origen y significado exacto aún se desconoce) no se situaba en el mismo solar de la fundación republicana, sino que se emplazaba en un enclave con unas condiciones topográficas más favorables, según los patrones de asentamiento característicos de la Prehistoria reciente. Se trata de un cerro ligeramente amesetado situado a unos centenares de metros al SW del futuro emplazamiento de la Córdoba Romana. Destaca en el entorno y cuenta con unas pendientes acusadas al N, E y S, que descendían hasta las inmediaciones del río y el actual cementerio de la Salud. Esta zona, conocida en la historiografía arqueológica como “Colina de los Quemados” y en la localidad como “Heras de la Salud, Fontanar de Cabanos o Huerta del Maimón”, ha sufrido considerables transformaciones topográficas como consecuencia de las actuaciones de relleno y explanación vinculadas a la expansión urbanística de la ciudad a partir de los años sesenta del s. XX, que han provocado la destrucción de una parte importante del yacimiento, hoy protegido en la normativa urbanística como “zona de reserva arqueológica”. La identificación de este asentamiento prehistórico se realizó en los años sesenta. Las excavaciones más recientes, realizadas con precisa metodología estratigráfica datan de 1992, han permitido reconstruir la secuencia de ocupación completa. La ininterrumpida  ocupación de este sector acabó por conformar una colina artificial de más de siete metros de potencia estratigráfica que encierra los tres milenios de vida de esta primitiva Córdoba.

El poblamiento de esta Corduba prerromana arranca del Calcolítico, a finales del Tercer Milenio a.C., aprovechando los recursos metalúrgicos cupríferos de la sierra, y se mantiene, sin solución de continuidad, hasta el siglo II a.C., de tal manera que se erige como uno de los principales asentamientos de todo el valle del Guadalquivir, dentro de un marco territorial fuertemente jerarquizado.

En sus primeras fases, las excavaciones arqueológicas constatan una ocupación dispersa del enclave, con pequeñas aglomeraciones de cabañas sustentadas en una economía esencialmente agropecuaria. Este patrón de asentamiento se mantiene durante el Bronce Pleno, en el tránsito del II al I milenio a.C., hasta ocupar una superficie máxima de más de 100 Ha.

A partir del cambio de milenio, durante el Bronce Final Tartesio o Precolonial (siglo IX - VIII a.C.), se produce un cambio en el modelo de ocupación, con una concentración de población en cabañas de planta circular y rectangular, construidas con barro, piedra y madera, dispuestas sin una aparente ordenación urbanística en el extremo oriental del conjunto, frente al vado del Guadalquivir existente junto a la desembocadura del arroyo del Moro, donde hoy se alza el Puente de San Rafael. Hacia el siglo VIII a.C., la vitalidad de este enclave permite hablar ya de un núcleo protourbano que ocupaba una superficie de unas 50 Ha y ejercía ya un importante función de control y explotación del territorio circundante. La explotación, control y distribución aguas abajo del Guadalquivir, de los minerales de la sierra y el aprovechamiento de los recursos agropecuarios de parte de la vega fluvial y un sector de Campiña, permiten aumentar la importancia del asentamiento de Corduba indígena hasta convertirse en uno de los más importantes asentamientos prerromanos del valle medio del Guadalquivir, pues articula un extenso territorio muy diversificado ecológicamente.

Este relevante papel de Corduba se consolida y amplía durante el llamado Periodo Orientalizante (s. VII-VI a.C.). Esta etapa se caracterizada por la intensa “orientalización”  que experimenta la población indígena como consecuencia de la influencia ejercida por comunidades de fenicios y griegos asentados en las costas y los valles fluviales, que acuden, entre otras muchas razones, atraídos por la riqueza de metales la zona minera de Sierra Morena. La explotación, transformación y comercialización hacia el bajo Guadalquivir y la costa de la metalurgia del cobre y la plata y el control y distribución de los recursos agrícolas de las márgenes del Guadalquivir provocan una fuerte expansión económica y, por ende, urbanística de la ciudad que actúa como auténtico lugar central de un amplio territorio vertebrado por el río Guadalquivir como principal vía de comunicación.

Estela de Ategua
Estela de Ategua - Ayto. de Córdoba

A finales del Periodo Orientalizante (segunda mitad del siglo VI a.C.), el valle del Guadalquivir, el núcleo central del territorio tartésico, experimenta una acusada crisis socioeconómica, quizás como consecuencia del agotamiento de los filones mineros, junto con posibles tensiones internas de la sociedad tartésica, y que se plasmará en fenómenos de gran trascendencia como es la ocupación de zonas adyacentes y la delimitación militar de los territorios de los distintos núcleos urbanos. Surgen así los primeros oppida, constituidos como verdaderas ciudadelas amuralladas que cuentan con un sistema defensivo perimetral realizado con técnica ciclópea a partir de grandes piedras irregulares. Muestra de ello es la muralla conservada en Ategua, asentamiento prerromano que jugó un papel fundamental en la resistencia contra César durante las Guerras Civiles con los hijos de Pompeyo, año 45 a.C.

Estas circunstancias afectaron en cierta medida a la evolución de la Corduba prerromana, donde se debió producir un retraimiento en la extensión del asentamiento y un proceso de reorientación económica, centrándose en la actividad agrícola como el pilar básico de la economía y el intercambio de nuevos productos comerciales, como son las importaciones de cerámicas griegas que desde mediados del s. V a.C. se documentan en el yacimiento y que proceden de la zona ateniense.

La nueva realidad cultural surgida de esta crisis, la sociedad turdetana, durante los siglos V y IV a.C., muestra una Corduba plenamente integrada en los circuitos comerciales del momento, como un destacado centro de redistribución de las producciones de cerámica ática en la cuenca media del Guadalquivir hasta el tercer cuarto del s. IV a.C., como demuestran las últimas excavaciones realizadas en el asentamiento prerromano. Esta etapa turdetana no supone un retraimiento o involución de la ciudad que mantuvo su primacía económica y estratégica en el ámbito del valle medio del Guadalquivir.

Éste es el panorama que encuentran los ejércitos de Roma a su llegada al valle del Guadalquivir a principios del siglo II a.C. Este poblado indígena coexiste con la nueva fundación del campamento militar romano, conformándose con ello una doble ciudad (dípolis), que se mantiene más de un siglo, ya que la cerámica recuperada en Colina de los Quemados documenta su permanencia por lo menos hasta finales del s. II a.C. o, más probablemente, los primeros años del s. I a.C.