Patrimonio: el proceso histórico de la ciudad hasta la Edad Moderna

Antes de Baeza. Los tiempos prehistóricos.

Destacando la presencia de industria microlítica al noreste de la ciudad, en el área de Las Montalvas, que plantea la existencia de un yacimiento epipaleolítico en esta zona, el poblamiento más antiguo registrado en el área ocupada por el núcleo urbano de Baeza, corresponde al periodo Calcolítico. Esta ocupación ha sido documentada en el  cerro del Alcázar, donde se detectaron depósitos de la Edad del Cobre que permiten remontar la  ocupación inicial de la ciudad al III milenio a. C. Los datos disponibles son insuficientes para determinar la entidad de este asentamiento o si presenta estructuras de fortificación. No obstante,  su localización  estratégica en el reborde de La Loma y la continuidad en su ocupación, permitiría vincularlo con otros grandes poblados de La Loma, como el de las Eras del Alcázar de Úbeda. A este respecto, es necesario destacar la cercanía de los yacimientos calcolíticos de Fuente de Piedra, situado sobre una suave loma a unos 2 Km hacia el suroeste, el de Las Montalvas, junto al depósito de abastecimiento de agua de la ciudad, y el existente en las proximidades del cortijo del Encinarejo, con el que se ha relacionado un posible dolmen cercano. Estos yacimientos representarían los primeros asentamientos de la zona superior de La Loma.  

Las excavaciones realizadas en el cerro del Alcázar han proporcionado una importante información sobre la Prehistoria reciente en el Alto Guadalquivir. Se ha detectado un asentamiento prehistórico que se desarrolla entre el 2300 y al menos el siglo VII a. C. La ocupación de este periodo se extiende por la zona superior del cerro y por la ladera meridional, excediendo los límites del recinto amurallado medieval. Los momentos finales de la Edad del Bronce se han establecido a partir de cerámicas detectadas en la superficie del terreno.

La primera mitad del II milenio a. C., se corresponde con el horizonte argárico del Alto Guadalquivir. En este contexto se ha planteado la crisis del estado centralizado y el ascenso de determinados poblados periféricos de menor entidad, proceso que coincide con la asunción de caracteres argáricos plasmados en modelos de urbanismo en terrazas, sepulturas en las áreas residenciales y nuevos repertorios cerámicos. Estos cambios se aprecian en el abandono de los asentamientos localizados en las zonas medias del valle (fuente de Piedra, cortijo Ventanas) y en las desembocaduras de los principales afluentes del Guadalquivir (puente Mazuecos, puente del Obispo, puente del río de la Vega, puente de la Reina). En cambio, los asentamientos como el cerro del Alcázar, emplazados en los límites de la meseta de La Loma, se erigen en poblados centrales prolongando su existencia.

Baeza en los tiempos protohistóricos, romanos y en la tardoantigüedad.

Los indicios sobre la ocupación ibérica en Baeza son muy exiguos y no permiten conocer la entidad del poblamiento ibérico en esta zona de la ciudad. Se reducen a las citas de autores clásicos (Ptolomeo) y a noticias sobre la presencia de cerámicas a torno pintadas en rojo y de cerámicas griegas del siglo IV en las faldas del cerro del Alcázar. Por otro lado, las evidencias materiales cartaginesas en el casco urbano de Baeza se reducen a una moneda de plata (dishekel) localizada extramuros, en las excavaciones arqueológicas realizadas entre la calle San Vicente y la muralla.

La información sobre la ciudad durante la etapa romana también procede en su mayor parte del cerro del Alcázar y su entorno próximo. En el resto de la ciudad los materiales romanos se reducen a algunos fragmentos cerámicos localizados junto a las calles San Pablo y Barbacana. Los restos relacionados con la ocupación de la ciudad durante la etapa romana republicana (siglos II-I a. C.) solo se constatan por la presencia de algunas importaciones de cerámicas campanienses en el cerro del Alcázar y en un solar aledaño de la calle Atarazanas. 

Los espacios residenciales de la ciudad romana han sido documentados en varias zonas del casco urbano y vienen a corresponderse con el desarrollo de la ciudad ligada al proceso de municipalización de época flavia, refrendado por el acceso a la ciudadanía otorgada por Vespasiano en el siglo I d. C. En el cerro del Alcázar y junto a la calle Atarazanas se han registrado viviendas del siglo I d. C, con muros de mampostería y suelos enlosados y de tierra compactada. Sobre la cornisa del mismo cerro también se han identificado los restos de unos baños y una torre cuadrangular construida con grandes bloques de piedra que formaría parte del sistema defensivo de la muralla romana.

En la ladera occidental del cerro del Alcázar, junto a la calle San Vicente, se localizan algunas edificaciones romanas relacionadas con la transformación agraria y con el aprovisionamiento de agua. En esta zona se emplazaba un molino de aceite formado por una nave rectangular y depósitos para su decantación. La actividad industrial también está representada por la presencia de varios hornos excavados en el subsuelo y con alzados de ladrillo, posiblemente relacionados con la producción alfarera. Cerca del molino se localiza un pozo para la captación de agua con las paredes de mampostería y al que se accedía a través de unas escaleras cubiertas con lajas de piedra.

La información sobre la ocupación de la ciudad durante la etapa tardorromana (siglos III-V d. C.) también es muy restringida, y se reduce a la localización de fragmentos cerámicos en el área del cerro del Alcázar. Este periodo se ha caracterizado a nivel general por la crisis del sistema municipal, las concentraciones de la propiedad agraria en grandes latifundios explotados a partir de las villas rurales y la implantación del cristianismo, con el aumento del poder de la iglesia en el control municipal. La presencia de cerámicas bajoimperiales en el cerro del Alcázar testimonia la continuidad de la ocupación romana. Beatia, al menos desde la etapa visigoda, mantuvo un papel significativo como centro administrativo a partir de su condición de sede episcopal.

Las excavaciones arqueológicas efectuadas en la ciudad no han aportado datos sobre las áreas residenciales de época tardoantigua. Es muy probable que encuentren bajo los gruesos niveles de la ocupación medieval del cerro del Alcázar. Se han recuperado algunos elementos arquitectónicos reutilizados como material constructivo que podrían atribuirse a este periodo.

La instauración de Baeza como sede episcopal en el siglo VII d.C.,  otorga a la ciudad el carácter de centro jurisdiccional y administrativo de la zona, al que se adscribiría un amplio alfoz, sobre todo a partir de la extinción de la diócesis de Cástulo (Linares). Aunque no se han registrado espacios residenciales de la etapa visigoda, en el área de la Catedral, sobre todo junto a la calle Cabreros, se han documentado sepulturas pertenecientes a una necrópolis fechadas entre los siglos VI-VII. Estos enterramientos cristianos son fosas antropomorfas excavadas en el subsuelo, individuales y dobles que no presentan ajuares asociados.

En la misma zona se han registrado otra serie de elementos arquitectónicos, cuya asignación visigoda adolece de contrastación. En las paredes exteriores de la propia Catedral se localizan varios fustes reutilizados de mármol, similares a otro localizado en la iglesia cercana de San Juan Bautista. En esta última, durante las obras de restauración efectuadas en el 2010, e integrada en un muro reedificado en época contemporánea, se localizó una estela funeraria altomedieval reutilizada como material de construcción. Se trata de una estela funeraria discoidea sobre piedra caliza sin epigrafía, cuya esfera integra una cruz patada. La documentación en esta misma zona de tumbas anteriores a la construcción del templo románico del siglo XIII, podrían vincularse con un área de necrópolis visigoda o mozárabe. Estos elementos arquitectónicos, unidos al cementerio registrado junto a la calle Cabreros, permiten plantear la posible existencia de una basílica visigoda precedente.

La presencia de un pequeño arco de herradura en la iglesia de Santa Cruz también ha servido para plantear la construcción del templo románico sobre una basílica visigoda, si bien, aparte de la incertidumbre sobre su adscripción, hemos de considerar su posible traslado desde otra zona y su reutilización en un momento posterior.

También hemos de destacar un edificio con un posible carácter religioso documentado en las excavaciones realizadas junto a la calle San Vicente. Este posible templo consta de una sala cuadrangular de unos 5 m de anchura con un banco corrido adosado a su pared oriental y un suelo enlosado. En su lado norte se sitúa la cabecera que integra un pequeño ábside cuadrangular donde se localizó una pequeña columna con capitel en una misma pieza y que posiblemente proceda del parteluz de un vano integrado en el muro de la cabecera. El capitel, probablemente realizado en un taller local, está decorado con motivos vegetales estilizados toscamente tallados a bisel  y presenta restos de pintura roja. Las características del edificio y la tipología del capitel apuntan a su posible atribución visigoda, aunque los materiales muebles asociados al nivel estratigráfico situado sobre el suelo, integran cerámicas almohades que impiden descartar su reutilización en momentos de la ocupación islámica. 

Al menos desde la etapa visigoda, Biatia también albergó a una importante comunidad judía. Sin contrastación documental, algunos autores sitúan la sinagoga en el barrio de San Pedro, en el solar donde se edificó el convento de Santa Catalina.

Baeza en la Edad Media

La mayoría de las referencias escritas existentes sobre esta etapa se reducen a los acontecimientos políticos relacionados con la conquista, con las luchas por el poder y a escasos apuntes sobre la actividad productiva o sobre aspectos descriptivos muy generales sobre la ciudad. No obstante, las intervenciones arqueológicas realizadas en la ciudad alumbran, aunque débilmente todavía, la realidad material de la ocupación islámica, sobre todo del periodo transcurrido entre el siglo XI y la conquista cristiana.

La incorporación de Baetia al dominio islámico implicó el asentamiento de población musulmana en la ciudad. Desconocemos la magnitud de la población islámica, ya que las referencias de las fuentes son muy escasas, aunque hubieron de tener acceso a las grandes propiedades que habían estado en manos de la iglesia y de la aristocracia visigoda. Una parte de la población hispanogoda se convertiría al Islám para mantener sus propiedades y por las revueltas muladíes posteriores podemos apuntar que este grupo de población era bastante numeroso. La comunidad judía debió de mantenerse bajo el dominio islámico y quizás en mejores condiciones a las que estaban sometidos con el poder de la iglesia y del estado cristiano precedente. La continuidad de la sede episcopal de Biatia, al menos hasta el siglo IX, también pone de manifiesto el mantenimiento de una importante comunidad mozárabe bajo el dominio islámico. Aunque no contamos con evidencias que apoyen la preexistencia de una basílica visigoda o un templo mozárabe, la historiografía refiere la pervivencia del culto cristiano en la iglesia de San Gil. No obstante, la arqueología aporta otras evidencias constatadas por la presencia de enterramientos cristianos, quizás mozárabes, anteriores a la edificación de la iglesia de San Juan Bautista, fechada en el siglo XIII.

La realidad es que las evidencias materiales de las etapas del emirato y el califato se reducen a algunos restos cerámicos y a alguna moneda de estos periodos localizados en las intervenciones arqueológicas del cerro del Alcázar. En el siglo X se fecha una epigrafía en mármol conmemorativa de la fundación de un alminar bajo el califato de Alhakam II. Existen noticias de la localización de esta inscripción reutilizada como material constructivo en un muro de una de las casas de la calle Las Minas. No obstante, la estabilidad política durante el Califato debió de contribuir al desarrollo de la ciudad.

La ciudad islámica de Bayyasa contó con un recinto amurallado y con un arrabal que se extendía hasta el cauce del arroyo de Val de la Azacaya o del Matadero.  No conocemos fuentes escritas que nos informen directamente sobre las murallas durante el periodo islámico y con los datos disponibles tampoco podemos determinar el trazado completo del recinto amurallado. Las excavaciones arqueológicas han permitido conocer los únicos elementos de la fortificación asignable a esta etapa  que se sitúan en el flanco noroeste del sistema de defensivo, en el tramo comprendido entre la puerta de Jaén y la puerta del Barbudo.

Se ha documentado un área de viviendas islámicas de la etapa almohade (siglosXII-XIII) adosadas a la muralla. Estas viviendas fueron abandonadas y sobre ellas se construyó el antemural de la barbacana existente entre la puerta de Jaén y la puerta del Barbudo. Estos datos permiten establecer la edificación de la barbacana en este sector en el siglo XIII, después de la conquista castellana de la ciudad.

Los documentos escritos conocidos que hacen referencia a las fortificaciones de la ciudad medieval son fuentes cristianas que datan del siglo XIV y hacen referencia a su reparación y a varias puertas y torres de su trazado.

En estos encargos de reparación se nombran dos recintos de la villa, el çinto primero y el çinto de medio. El recinto de medio ocupaba el espolón sobre el que se situaba la ciudad y cerraba por su lado noreste con el lienzo de muralla que desde la puerta de la Azacaya discurría junto a la iglesia de San Gil, la plaza de Santa Maria, la iglesia de San Juan y el Palacio Episcopal, hasta cerrar el recinto conectando con la muralla de la cornisa sureste. En ese lienzo se refieren varias torres y puertas denominadas torre del Rincón de San Gil, torre de Martín Fernández, torre primera y torre de las Casas del Obispo, puerta del Hierro, puerta de la plaza de Santa María, puerta del arquillo de San Juan. Estos datos confirman el cierre del recinto por su lado noreste. Tras la conquista castellana se refuerzan las defensas ampliándose el recinto fortificado hacia el noreste hasta la calle Obispo Narváez. El recinto inicial perduró durante la Baja Edad Media, si bien su lienzo noreste quedo en mitad del nuevo recinto, perdiendo su función de cierre perimetral tras la ampliación.

El lienzo noroeste se prolonga siguiendo el cauce del arroyo de Val de la Azacaya hasta la torre de los Altares de donde parte el lienzo cambia de orientación hasta conectar con el lienzo de la cornisa meridional de la ciudad. En este tramo, con un terreno más llano se situaban las puertas del Cañuelo, Úbeda y más al sur la de Quesada, que protegidas por varias de las torres de más grandes del recinto (torres de Los Altares, puerta de Úbeda y Habladera) formaban parte de los accesos principales a la ciudad. Desde este punto, la muralla adquiría dirección sureste siguiendo la cornisa meridional hasta conectar con el lienzo del primer recinto donde se situaría la puerta de Granada.

Existen referencias de finales del siglo XVII sobre una torre aledaña a la iglesia de San Pedro, que han servido para plantear la prolongación de la muralla por la cuesta de San Gil hasta la antigua calle Pintada Alta.  

Estos documentos nos indican que el perímetro actual del recinto fortificado ya estaba funcionando a principios del siglo XIV, por lo que lo que la ampliación tras la conquista se podría remontar al siglo XIII, momento en el también se realizó la barbacana con la construcción de su antemural.  

En el siglo XVII, el jesuita Francisco de Torres realiza una descripción del recinto fortificado de la ciudad. En su narración refiere los restos aún visibles de este lienzo que cerraba el recinto por su lado noreste antes de su ampliación. Nos dice que la muralla proseguía por las Escuelas Viejas hacia la iglesia de San Gil, en cuyo corral había una torre. Su trazado continuaba hasta otra torre situada junto a la iglesia de San Juan hasta conectar con la puerta de Granada. También apunta la demolición de unos argamasones en la plaza de Santa María para construir su fuente renacentista.

Alrededor del núcleo urbano se desarrollaban las huertas, regadas en la zona occidental por el arroyo de la Azacaya. El recinto fortificado y el cauce del arroyo, acotan el arrabal extramuros en el periodo islámico. Las fuentes árabes refieren una zona de arbolado próxima a la puerta de la Azacaya, conocida como al-Baqî, lugar donde se ha planteado la ubicación la maqbara o necrópolis islámica.

En las excavaciones arqueológicas realizadas en el área inmediata a la puerta de Jaén, se ha documentado un área residencial correspondiente al arrabal extramuros de los siglos XII-XIII. La ordenación de estas casas adosadas entre medianerías muestra una planificación urbana previa. Las casas islámicas presentaban un nivel de incendio que debió de ser la causa de su destrucción y no volvieron a reedificarse, lo que manifiesta el abandono de la ocupación islámica al menos en esta zona. Este abandono podría explicarse como el resultado de las acciones de rapiña para la obtención de botines de guerra, emprendidas por las tropas cristianas tras la victoria de las Navas de Tolosa, aunque también podrían asociarse a un momento posterior cuando la ciudad, tras la muerte de al-Bayyâsî y ante la imposibilidad de expulsar a las tropas cristianas acantonadas en el Alcázar, es abandonada por los musulmanes pasando a ser ocupada en 1227 por las tropas castellanas de Fernando III.

En espacios cercanos del barrio de San Vicente se extiende este arrabal extramuros, donde las casas presentan diversas estancias y zonas de patios enlosados que integran pozos, vertederos y arriates o espacios ajardinados. Sus muros se construyen a partir de zócalos de mampostería y alzados de adobe o tapial y con ellas se relaciona también un aljibe y un complejo sistema de infraestructuras hidráulicas, definido por una red de canalizaciones subterráneas para el abastecimiento (qanât). En algunas de las casas se constata la reocupación tras la conquista cristiana, detectándose remodelaciones constructivas o adaptaciones espacio-funcionales adecuadas a las necesidades de los nuevos ocupantes.

Vista general de las excavaciones desarrolladas en el barrio de San Vicente
Vista general de las excavaciones desarrolladas en el barrio de San Vicente - Ayto. de Baeza

Edificaciones islámicas asociadas a espacios residenciales también han sido registradas en otros solares intramuros entre el cerro del Alcázar y la cuesta de San Gil, como las localizadas junto a la muralla en el mismo cerro del Alcázar y junto a la calle Atarazanas. En zonas más interiores del recinto, junto a la calle Cabreros y áreas próximas a la plaza Santa María, se han registrado varias fosas excavadas en la base geológica utilizadas como vertederos.     

Tras la conquista castellana el poblamiento supera el arroyo y se extiende hacia el altozano de enfrente (cerro de la Horca), donde se desarrollará un nuevo arrabal cristiano, conocido como del Salvador tras la fundación de su parroquia hacia finales del siglo XIV. Desde la conquista cristiana y hasta principios del siglo XIV hubo de construirse el antemuro que conformaba la barbacana de la zona occidental de la muralla y del que se ha documentado un tramo de unos doscientos metros entre la puerta de Jaén y la puerta del Rastro. Esta barbacana se prolongaría al menos hasta la puerta de la Azacaya donde, integrados en las viviendas colindantes, se constatan los retranqueos de la muralla, una torre con escaleras de acceso también hacia el adarve y vanos de acceso actualmente cegados.

Vista aérea del espacio comprendido entre la puerta del Rastro y la puerta de Jaén
Vista aérea del espacio comprendido entre la puerta del Rastro y la puerta de Jaén - Ayto. de Baeza

El uso de la pólvora y la implantación de la artillería entre los siglos XIV y XV implicaron importantes cambios en las fortificaciones de las ciudades. En el siglo XV, durante los reinados de Juan II y Enrique IV, debieron tener lugar importantes modificaciones en el sistema defensivo de Baeza como manifiesta la presencia de troneras, el reforzamiento de las torres y la inutilización al menos parcial de la barbacana.

Desde la Baja Edad Media en el barrio del Alcázar  se emplazaba la colegiata de Santa María, parroquia a la que se adscribía una feligresía formada por las familias hidalgas que habitaban en las casas solariegas del barrio y que eran descendientes de los conquistadores cristianos. Desde el siglo XV, esta población se fue trasladando al barrio extramuros de San Pablo, iniciándose ya en el siglo XVI la pérdida de población del barrio del Alcázar. Esta circunstancia, junto a los problemas de abastecimiento de agua y a la disminución de la hidalguía, terminará con la despoblación del antiguo barrio señorial en la segunda mitad del siglo XVII.  Este descenso demográfico afectaría también a la parroquia de San Gil y a la extramuros de San Vicente, cuyas ruinas aún eran visibles a principios del siglo XIX.