Baeça en la Edad Moderna

Desde el reinado de los Reyes Católicos hasta la segunda mitad del siglo XVII, coincidiendo con la etapa renacentista, la ciudad experimenta su máximo desarrollo económico y poblacional, adquiriendo también una importante relevancia sociopolítica dentro del reino, en relación con la presencia de una amplia población señorial. Esta pujanza económica se asienta sobre una destacada producción agraria y un incremento notable en su actividad manufacturera, especialmente ligada a la artesanía de los paños y las pieles. El zumaque era un cultivo habitual de los campos, ligado a la actividad de las tenerías de la ciudad. La orfebrería era otra actividad común, con un importante gremio de plateros.

En esta etapa, en relación con el poder realengo del Concejo, con un extenso término que le proporcionaba cuantiosas rentas, se producen importantes cambios urbanísticos que se reflejan en la consolidación de la plaza de Santa María como uno de los principales espacios públicos de la ciudad. La propia plaza era originariamente el centro de reunión de la asamblea de vecinos.

A finales del siglo XV, sobre la casa solariega de Gil Baile de Cabrera, se edificaron las Casas Consistoriales Altas para sede del Concejo. La Catedral y las Casas Consistoriales como sedes de sus respectivos cabildos agrupaban los poderes civil y eclesiástico. A lo largo del siglo XVI la centralidad del espacio público y su carácter simbólico se reafirma con dos actuaciones: la instalación en medio de la plaza en el año 1564 de la fuente triunfal de Santa María, conmemorativa de la conducción del agua a la ciudad desde la Celadilla, y las importantes transformaciones acometidas en el templo catedralicio que conllevan tanto la ampliación de la cabecera sobre la estructura mudéjar precedente como la importante reconstrucción de carácter clasicista de la mano del arquitecto Andrés de Vandelvira, acometida a raíz del hundimiento del templo en 1567.

En el mismo siglo XVI, el desarrollo económico y el incremento poblacional, que llego a alcanzar los 20.000 habitantes, se plasman en la consolidación del área extramuros de la plaza del Mercado y su entorno como el nuevo centro neurálgico de la ciudad, escenario ciudadano para la celebración de fiestas y otros tipos de acontecimientos públicos. En este espacio se focaliza la actividad económica comercial y artesanal y se convierte en el núcleo principal de la actividad social, donde el Concejo municipal construye importantes edificios públicos como las Carnicerías, las Escribanías, el Pósito, la Alhóndiga, la Cárcel  y el balcón del Concejo.

Al mismo tiempo se extienden las áreas habitadas extramuros, consolidándose nuevos barrios en los siglos XIV y XV entorno a las iglesias del Salvador y de San Pablo. Las reformas urbanísticas renacentistas acometidas, sobre todo al interior del recinto y en algunas zonas inmediatas, como la plaza del Mercado, van acompañadas en el siglo XVI de la expansión urbana planificada de la ciudad hacia los espacios más viables, situados al norte y oeste del recinto intramuros.   

Además de los nuevos barrios del Vicario y de San Andrés o Santa María de Gracia,  en la parte septentrional y englobando el área del Ejido se conforma el barrio de San Lázaro. Entre ellos el de San Andrés se consolida entorno al camino de Ibros y Linares y era el que acogía a mayor población a finales de la centuria. Junto a las iglesias de San Andrés y San Marcos, varios conventos acompañan el crecimiento de las nuevas áreas residenciales.  

Los barrios del Vicario y de San Lázaro tienen un importante valor patrimonial fundamentado en su peculiaridad urbana. Responden a barrios renacentistas de nueva planta y por lo tanto sin condicionamientos urbanos previos, lo que ha permitido una traza puramente renacentista, organizada a partir de un sistema ortogonal del viario que conforma manzanas muy regulares de planta rectangular.

A partir del siglo XVII la desmembración y decadencia del imperio español se ve reflejada en el retraimiento de la ciudad. La reducción de la población casi a la mitad por múltiples factores (la expulsión de los moriscos en 1609, malas cosechas, enfermedades, emancipaciones de núcleos urbanos, levas de soldados, etc.) se ve reflejada en la recesión de muchos barrios cuyas parroquias terminan cerrándose al culto por falta de feligreses. En el caso del barrio del Alcázar, núcleo originario de la ciudad, esta realidad conlleva el despoblamiento y destrucción de sus edificaciones, desmanteladas para la reutilización de sus materiales constructivos. La colegiata de Santa María en el barrio del Alcázar, sufrió el despoblamiento y la falta de feligresía hasta que el templo fue abandonado y finalmente demolido en los años finales del siglo XVIII.