Historia: Baeza prehistórica, romana y medieval

Además de las fuentes escritas, la arqueología constituye una disciplina fundamental para conocer la historia de la ciudad y la única que nos facilita información sobre la etapa prehistórica.

En su término municipal, la arqueología ha expuesto la existencia de una ocupación prehistórica que se remonta al Paleolítico Medio. En este ámbito territorial se localizan algunos yacimientos musterienses representados por el arroyo de los Caballeros, Lorite  y arroyo del Sotillo. Estos yacimientos se sitúan en las terrazas de los cursos de agua más importantes, aunque  la zona sobre la que se asienta la ciudad actual también sería frecuentada por el hombre paleolítico en relación con la captación de recursos alimentarios sobre todo mediante la caza y la recolección. Hasta el momento los que pueden resultar los indicios más antiguos de poblamiento humano más próximos a la ciudad se localizan en la zona de las Montalvas, al noreste del casco urbano, donde la presencia de productos microlíticos ha sido relacionada con la etapa epipaleolítica.

Apenas se conocen ocupaciones neolíticas en la margen derecha del Alto Guadalquivir y el poblamiento neolítico se ciñe a las sierras Subbéticas. Cerca de la pedanía de Las Escuelas, el cerro de Los Horneros, formaría parte de los pequeños asentamientos al aire libre localizados en el piedemonte de la vertiente norte de sierra Mágina.

En el paraje de las Montalvas, junto al depósito municipal de agua se ubicó un asentamiento calcolítico de la primera mitad del tercer milenio a.C., de tipología similar al localizado junto al cortijo del Encinarejo, a dos km de distancia, en los límites del término. Estos núcleos de poblamiento serían representativos de los primeros asentamientos en la penillanura de la zona superior de La Loma. Igualmente, en las laderas y junto a los ríos también se disponen algunos yacimientos de las Edades del Cobre y del Bronce como los de Cortijo Ventanas, fuente de Piedra, cerro de la Cueva. Próxima a la pedanía de Puente del Obispo y junto al río Guadalquivir se extiende la Zona Arqueológica de Gil de Olid, con ocupación calcolítica y donde también se emplaza  un poblado oretano exponente de la ocupación de este espacio durante la etapa ibérica.

Es en el extremo suroeste de la ciudad, en el cerro del Alcázar, donde los depósitos arqueológicos existentes ofrecen una secuencia continuada y amplia del proceso histórico de la ciudad. En este ámbito intramuros y en sus laderas se sucede el poblamiento desde los tiempos prehistóricos de la etapa calcolítica, hace  unos 5200 años, hasta la actualidad.

Vivatia en la etapa romana imperial

La identificación de la ciudad romana de Vivatia con la actual Baeza se ha fundamentado sobre todo en su afinidad toponímica en los textos clásicos y en algunas inscripciones epigráficas al parecer procedentes del cerro del Alcázar. Las  referencias de las fuentes literarias clásicas son de los siglos I y II d.C. Plinio  (23-79 d.C.) cita a los viatienses como pueblo estipendiario dentro del Conventvs Carthaginensis. En el siglo II d.C., Ptolomeo nombra Biatia dentro de las ciudades de la Oretania. 

Con el Imperio Romano, en el siglo I a.C., Vivatia adquiere el rango de Municipio, formando parte del aparato administrativo y de la organización territorial romana con pleno derecho. Desde mediados del siglo II d.C. se constata la crisis del sistema municipal romano y la concentración de la propiedad de la tierra, lo que derivó en la potenciación de la vida rural a través de grandes explotaciones agrarias organizadas desde las villas rurales que adquirieron un peso económico mucho más relevante.

En la organización administrativa de la etapa romana imperial Baeza formaba parte del Conventvs Ivridicvs Carthaginensis y su emplazamiento tenía un fuerte componente estratégico respecto a la vía de comunicación entre Cástulo y Málaga, ruta comercial que permitía la salida de productos agrarios, pero sobre todo del mineral de cobre, plomo y plata.

En la etapa visigoda Biatia llegó a constituirse en sede episcopal como evidencia la asistencia  de su obispo Rogato al  XI Concilio de Toledo en el año 675. La acuñación de moneda hacia mediados del siglo VII bajo los reinados de Tulga  y Chindasvinto, refrendaría su jerarquía como centro urbano.  En la etapa visigoda, lugares de culto situados en el medio rural como el oratorio de Valdecanales (Rus) o el de La Veguilla (Úbeda) se integrarían en la demarcación de su diócesis.

La ocupación islámica de Bayyasa

Durante la etapa musulmana Bayyasa continuó teniendo un papel relevante como una de las ciudades más importantes de la Cora de Jaén, ostentando la capitalidad de uno de los iqlin o distritos territoriales de la Cora. Su extenso término o alfoz incluía poblaciones menores y alquerías. En sus campos se cultivaban cereales, vides, olivos e higueras y las fuentes árabes destacan el cultivo del azafrán muy apreciado y exportado a todos los territorios del Islam.

A partir del reinado de Abd al-Rahman II (822-852) el poder del emirato se consolida, lo que conlleva un proceso general de urbanización de las ciudades ligado al aumento de su población. Es muy probable que Bayyasa también fuera participe de esa potenciación de los centros urbanos, adquiriendo la capitalidad de distrito (Iqlin), y construyendo o reforzando sus murallas y su Alcázar.  

El convulso periodo del Emirato Omeya, estuvo marcado en su etapa final por la sublevación muladí. Esta sublevación se produjo como respuesta al proceso de control del estado en detrimento de los intereses y privilegios de las grandes familias terratenientes árabes y muladíes. Aunque sabemos que la Cora de Jaén fue escenario del conflicto, disponemos de escasa información sobre la implicación y los efectos sobre Bayyasa de la insurrección contra el estado omeya de finales del siglo IX. La obra Dirk al-Andalus menciona la insurrección de Ibn Maymun en Bayyasa y Ubbadat al-Arab, entre los numerosos rebeldes que se alzaron contra el emir cordobés Abd Allâ. Finalmente, el conflicto se resolverá a favor del Estado con Abd al-Raman III que, tras vencer la rebelión y con la proclamación del califato, iniciaría un periodo de estabilidad política y de crecimiento económico que se mantendrá hasta el siglo XI, cuando las luchas por el poder (fitna) acabaran con el califato dando lugar a numerosos reinos denominados Taifas que estaban en manos de gobernadores o emires independientes.

Esta disgregación del estado central fue acompañada de luchas entre los reinos de taifas, cuyos límites territoriales fluctuaron a lo largo de la centuria. Baeza y su alfoz  formaron parte sucesivamente de las taifas de Murcia, Almería, Denia, Granada, Toledo y Sevilla.

Desde finales del siglo XI tienen lugar las dominaciones almorávide y almohade de la ciudad, con el intervalo de la conquista por Alfonso VII, pasando a manos cristianas entre 1147 y 1157, volviendo después a dominio almohade. No obstante, su posición estratégica entre la meseta castellana y el valle del Guadalquivir, determinó frecuentes razias cristianas en territorio musulmán.

La batalla de las Navas de Tolosa en 1212 se resuelve con la derrota del califa almohade, facilitando la conquista del territorio que de forma progresiva pasará a manos cristianas. Tras esta batalla la población de Baeza se trasladó a Úbeda, pero ambos núcleos fueron saqueados e incendiados. Tras el asalto los cristianos se retiraron y las ciudades volvieron a manos musulmanas.

Después de la batalla de las Navas las disputas por el poder en el seno de la familia almohade, favorecieron el control de Baeza por Àbd allâ b. Muhammad al-Bayyâsî, que reforzó su posición frente al poder sevillano pactando y rindiendo vasallaje al rey castellano Fernando III. El apoyo del ejército castellano le permitió aumentar sus dominios en el Aljarafe hasta que fue derrotado cerca de Sevilla en 1226. Su derrota ante el ejército sevillano y la represalia por sus avenencias con los castellanos acabaron costándole la vida a manos de los musulmanes cordobeses. Los baezanos musulmanes intentaron infructuosamente tomar el Alcázar controlado por el maestre calatravo Gonzalo Ibáñez de Novoa. La falta de apoyo del gobernador de Jaén ‘Umar b. ‘Îsà y el miedo a las represalias cristianas indujeron al abandono de la ciudad y a la diáspora de los habitantes de Baeza que se dirigieron a otros territorios en manos musulmanas. Bayyassa será conquistada definitivamente en 1227 por Fernando III recuperando su condición de centro diocesano, lo que reportó privilegios papales que incluso permitieron la coexistencia de las catedrales de Baeza y Jaén dentro de la misma diócesis tras el traslado de su sede a la capital.  

Baeça en la Baja Edad Media (siglos XIII-XV)

Hasta el siglo XV, durante la Baja Edad Media  tiene lugar la organización eclesiástica de la ciudad en 10 parroquias que englobaban los arrabales extramuros. Las parroquias intramuros correspondían a Santa María la Mayor, Santa María del Alcázar, San Miguel, San Pedro, San Gil, San Juan Bautista y  Santa Cruz, mientras que las extramuros correspondían a San Vicente, El Salvador y San Pablo. La expansión urbana hacia el norte conllevó la creación de las collaciones de San Marcos y San Andrés hacia finales del siglo XV.

La situación fronteriza de Baeza con el reino de Granada le reportó una amplia autonomía política determinada por su condición de ciudad realenga. Esta circunstancia supuso privilegios económicos y autonomía de gobierno sobre una amplia jurisdicción territorial que englobaba numerosos núcleos de población, castillos y alquerías. El Fuero de Baeza  y las ordenanzas concejiles acreditaban las prerrogativas de la ciudad entre las que se encontraban el derecho de reunión ciudadana en concejo abierto y la elección de sus alcaldes y jueces.

En el siglo XIV, la política centralizadora de Alfonso XI recortó el autogobierno de las ciudades realengas con la implantación del Regimiento. Entre otras medidas, la asamblea general de vecinos fue sustituida por un consejo de regidores elegidos entre la nobleza por la corona. Pese a su resistencia, la asamblea de vecinos perdió su poder, que pasó a manos del cabildo formado por una minoría de regidores con cargos vitalicios y hereditarios y que defendían los intereses de su estamento y de la corona. En el siglo XV, Enrique III implantó el nombramiento de corregidores que acentuarán el control de la corona sobre la oligarquía y sobre el gobierno municipal.

Desde su conquista, las necesidades defensivas supusieron transformaciones y reparaciones continuadas del sistema de fortificación de la ciudad. Las fuentes escritas nos indican la existencia de dos recintos defensivos y el desarrollo de importantes reparaciones en 1326 y 1327.

La Compañía de los Ballesteros de Santiago, cuerpo militar creado por Fernando III y fijado en doscientos ballesteros por Felipe II, mantuvo su prestigio y fidelidad a la corona, con un importante papel en la lucha contra las Comunidades de Castilla y en la defensa del imperio en la mayor parte de los acontecimientos bélicos. Su existencia perduró en Baeza hasta mediados del siglo XVIII, quedando reflejada en las portadas de varias casas de la ciudad que presentan la ballesta como elemento identificador de sus escudos.  

A finales del siglo XV, los altercados y disputas nobiliarias entre los linajes de los Benavides y de los Carvajales por el control del Concejo y del Alcázar como centro del poder civil, derivaron en el mandamiento de 1476 de la reina Isabel la Católica que ordenaba la demolición  del Alcázar y de algunas de las torres más importantes de la fortificación.

Otro hecho reseñable del último cuarto de la centuria es la expulsión de los judeoconversos en 1492, aunque de cualquier forma la disminución poblacional no debió de ser muy significativa ya que a finales del siglo XV las nuevas collaciones de San Andrés y San Marcos refrendan un importante auge demográfico.